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Aqui se Cuenta...El Gran Acontecimiento
                                                                     

Introducción
                                       

Decíamos que en diciembre de 1531, Dios realizó un portento de incultaración tan portentoso que apenas ahora empezamos a descubrirlo, y que tenemos la fortuna de contar con una crónica, escrita por un contemporáneo, de lo que sucedió entonces, pero, como todo lo escrito hace siglos, en otra lengua y en otro contexto cultural, no es tan fácil captar lo que significó para quienes lo vivieron en ese entonces y en ese sitio, por lo que es muy conveniente -y aun necesario- no sólo ofrecer una traducción, (Ya hay varias muy buenas), sino intentar al menos un esbozo de análisis lingüístico y antropológico, es decir una explicación de las características de la lengua y la cultura de sus protagonistas de aquel entonces.
 


La difícil facilidad de comunicarse 

Un ejemplo que nos puede ayudar a captar esto, sería que cuando entramos a una habitación oscura, pero dotada de electricidad, con sólo pulsar un botón la llenamos de luz; parece sencillísimo, y lo es, pero detrás de ese simple gesto hay una complicada tecnolocía y una inmensa maquinaria que costó años y años desarrollar e instalar. De modo análogo, la comunicación verbal o escrita entre nosotros, los seres humanos, parece y es muy fácil, pues lo que hacemos es sólo un poco de ruido con la boca o unos trazos en un papel, pero esa facilidad supuso siglos de desarrollo de la cultura que fue formando la lengua y la mentalidad de quienes se están así comunicando. Cuando hablamos de "cultura" nos referimos a algo netamento humano y muy complejo, es decir a "la manera peculiar en que los hombres, en un determinado pueblo, cultivan su relación con la naturaleza, consigo mismos y con Dios, a fin de alcanzar un nivel verdadera y plenamente humano"[127]. 
                                   
También puede pasar que alguien, fuera de su propio país, quiera enchufar un aparato eléctrico hecho para una región que usa diferente voltage. Al hacerlo realiza el mismo sencillo esfuerzo que siempre ha hecho en su tierra, pero el resultado puede ser muy distinto: el aparato no funciona adecuadamente, e incluso podría averiársele, por lo que es indispensable echar mano de un transformador. Es lo mismo que acontece en nuestra comunicación humana cuando las lenguas de los interlocutores son diferentes, y mucho más cuando también lo son las culturas, por lo que puede ser no sólo útil, sino indispensable un "transformador cultural".
                                    
Ya lo declaraba así el primer blanco que dominó la lengua náhuatl, Fray Alonso de Molina, un franciscano que la aprendió desde niño y elaboró un diccionario que usamos hasta la fecha, (y que es, por cierto, uno de los primeros diccionarios en toda la lengua castellana), reconociendo que la mexicana "es tan copiosa, tan elegante, y de tanto artificio y primor en sus metáforas y manera de decir, cuanto conocerán los que en ella se ejercitaren [...] y por esto, así para entender sus vocablos como para declarar los nuestros, son menester algunas veces largos circunloquios y rodeos."
[128] Y no sólo él, sino quienquiera que conoce más de un idioma, como son tantos de nuestros hermanos indígenas mexicanos, sabe perfectamente que es imposible traducir con rigurosa exactitud a una lengua lo dicho en cualquier otra, por lo que toda traducción viene siendo una aproximación.
                                    
Un indio contemporáneo a las apariciones, que conocía y vivía su lengua y su cultura, no necesitaba explicación alguna al oír el relato, pero, a casi cinco siglos de distancia, la gran mayoría de los cristianos mexicanos ya no poseemos ninguna de las dos: ni la lengua ni la cultura de entonces, por lo que hay que hacer un no fácil esfuerzo para rescatar al menos una parte de ellas, no sólo traduciendo el texto, sino explicándolo.
 
                                                


Lengua elegantísima, de todos sabida
                                     

Cabría preguntarse por qué la Virgen escogió el náhuatl para entregar su mensaje, puesto que no lo dirigía sólo a los nahuas, sino a "todos Uds. los que en esta tierra están en uno y a las demás variadas estirpes de hombres, mis amadores, los que a mi clamen, los que me busquen, los que confíen en mí" (Nican Mopohua vv. 30-31), y la respuesta es fácil: Fue porque el náhuatl era la lengua hablada por la mayoría, y fácilmente accesible a todos los demás. Más o menos por el tiempo en que se escribió el Nican Mopohua, otro franciscano, Fray Rodrigo de la Cruz, escribía a Carlos V que era absurdo pretender que todos los indios aprendieran español, mientras que era muy fácil pedirles que aprendieran el náhuatl, porque muchos ya lo dominaban, y porque los que no, lo aprendían con facilidad:  "..V. M. ha mandado questos indios deprendan la lengua de Castilla. Jamás la sabrán, sino fuere cual o cual mal sabida, porque vemos que un portugués, que casi la lengua de Castilla y de Portugal es toda una, está en Castilla 30 años y nunca la sabe, ¿pues cómo la han de saber estos que su lengua es tan peregrina a la nuestra y tienen maneras de hablar exquisitas?  A mi paréceme que V. M. debe mandar que todos deprendan la lengua mexicana, porque ya no hay pueblo que no hay muchos indios que no la sepan y la deprenden sin ningún trabajo, sino de uso y muchos se confiesan en ella.  Es lengua elegantísima, tanto como cuantas hay en el mundo..."
[129].


Eso de que el náhuatl es "lengua es tan peregrina a la nuestra", o sea tan diferente al español, de que tiene "maneras de hablar exquisitas" y de que "es lengua elegantísima", sin darnos cuenta lo demostramos todos los días los mexicanos cuando usamos tantos diminutivos y cuando aludimos a situaciones afectuosas. En todas partes del mundo se usa un lenguaje y un tono diferentes cuando se acaricia a un niño, cuando se regaña a un culpable, cuando se interpela a un superior, pero en el náhuatl eso es mucho más claro, pues no solamente usa formas de respeto y cariño de las que el español carece, sino que el mismo verbo se conjuga en forma diferente según quien habla y según a quien se le hable. Eso permite un estilo de gran finura y elegancia, imposible de expresar en otra lengua como no sea a base de circunloquios, que hacen que en la traduccción parezca un tanto afectada, pero que reune un inefable sentido de ternura y majestad que, en el fondo, sigue siendo lo que usamos los mexicamos para comunicarnos.
 
                                   

Veamos un ejemplo: en el versículo 14 se dice que Juan Diego "Auh in ye acitiuh in icpac tepetzintli, in ye oquimottili ce cihuapilli oncan moquetzinoticac.", lo que el P. Rojas correctamente traduce: "Y cuando llegó a la cumbre del cerrito, cuando lo vió una Doncella que allí estaba de pie.".. Eso es exactamente lo que dice el texto náhuatl, pero no lo dice exactamente así, ya que los verbos "itta" = "ver" y "quetza" = "estar de pie" son una sola palabra, pero la forma en que aquí están conjugados: "oquimottili" y "moquetzinoticac", no solamente expresan la visión y la postura, sino la benevolencia, el amor de quien los actúa, de modo que para no perder ese bello matiz, hay que hacer en español ese "largo circunloquio y rodeo", como sería "al llegar a la cumbre del cerrito, tuvo la dicha de ver a una Doncella, que por amor a él estaba allí de pie", es decir no diciendo simplemente "vió", sino "tuvo la dicha de ver", ni simplemente "estaba de pie", sino "por amor a él estaba ahí de pie". Más adelante, en el versículo 22, podemos leer que, al llegar Juan Diego ante la Virgen, "en su presencia se postró. Escuchó su venerable aliento, su amada palabra, infinitamente grata, aunque al mismo tiempo majestuosa, fascinante, como de un amor que del todo se entrega". El náhuatl dice eso mismo, y aun con mayor fuerza, pero le bastan menos palabras. Y así, en general, el texto del Nican Mopohua permite algo muy difícil de captar en otra lengua, pues conjunta un gran amor, ternura, delicadeza con majestuosidad y solemnidad.
 
                                                      


Una palabra, varios conceptos
                                     


Además, el idioma náhuatl es aglutinante, es decir puede unir varias palabras en una sola para así expresar, en forma tan sintética como clara, nuevos conceptos. Por ejemplo, en los versículos 27 y 28, todas las traducciones han dicho que María Santísima deseaba que se le edificara un templo "para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa", (cosa a la que nada tendríamos que objetar tratándose de nuestra Madre Santísima), pero un examen más escrupuloso del intraducible original, sobre todo bajo la lente teológica, nos indica que el templo no lo pedía para ella, sino para para su Hijo, porque en náhuatl "mi amor" se dice "notlazotlaliz", "mi compasión" sería "noicnoitaliz", (literalmente: "mi mirada compasiva"), pero el texto no dice eso, sino "notetlazotlaliz", "noteicnoitaliz"... Ese "te" indica que está refiriéndose no a "algo", no a la acción de amar o de compadecer que ejecuta Ella, sino a "alguien", a una persona, es decir, que está hablando no de sí misma, sino de su Hijo, y, por tanto, para expresar lo de veras dice ahí es mejor recurrir a otro "circunloquio y rodeo", y traducir: "... allí lo mostraré, lo engrandeceré, lo entregaré a El que es todo mi amor, a El que es mi mirada compasiva, a El que es mi auxilio, a El que es mi salvación", lo cual no es exacto literalmente, pero es inmensamente más correcto y más amoroso, pues Ella no viene a predicarse a sí misma, sino a El, además de que no puede haber nada más generoso de parte de una madre que entregarnos a lo que más ama, a su propio hijo.
  
                                                            

Ternura y solemnidad
                                    

Podremos notar que, cuando dialogan Juan Diego y la Virgen, a la solemnidad se conjunta la ternura; en cambio Juan Diego usa un tono menos afectuoso y más ceremonioso, cuando le habla a Zumárraga, como podrá comprobarse leyendo del versículo 164 al 180, pero esos matices se desvanecen en una traducción normal, ya que el español de suyo no puede expresarlos, y hay que recurrrir a adjetivos, a adverbios o a rodeos para que no se pierdan del todo y se pueda percibir algo de lo que percibieron sus primeros destinatarios, nuestros antepasados indios.
                                    
Otra característica intraducible del náhuatl es su facilidad y elegancia para expresar todos los matices de las relaciones humanas, sobre todo -repitámoslo- el amor y el respeto entre los interlocutores. Otro Padre antiguo, el jesuita Francisco de Florencia, comentaba ya hace siglos: "..las palabras y frases mexicanas [...] suenan bien a los que las entienden; vueltas en nuestro castellano como están en su fuente, degeneran y desdicen del decoro y decencia, que en el mexicano les dan las partículas reverenciales propias de aquesta lengua, que no tiene la nuestra castellana; y así salen las palabras tan nimiamente afectuosas, que parecen irreverentes y no dignas de la majestad de la Señora que las habló, y del respeto de Juan Diego cuando las dijo. En el mexicano, como lo afectuoso y lo tierno de ellas está embebido en lo reverencial del estilo de la lengua, suenan bien, y causan a un tiempo respeto y amor."
[130].
                                    
Esto es muy claro en el caso del náhuatl, que, aunque ya pocos lo hablen, influye mucho más de lo que parece en la forma como todos los mexicanos pensamos, e incluso en cómo hablamos el español, llenándolo de diminutivos y de expresiones cariñosas o respetuosas. Por ejemplo, jamás tuteamos a nadie cuando nos dirigimos a más de una persona: así sea una madre cuando habla a sus hijos pequeños, nunca les hablará de tú, usando el pronombre plural de segunda persona: "vos", "vosotros", sino los tratará con la forma reverencial: "Ustedes". Esas formas de expresarnos, y nuestros diminutivos mexicanos, son exactamente eso: mexicanos. Aunque hablemos español, en eso no somos nada españoles, pues en nuestro lenguaje cotidiano "lo afectuoso y tierno está embebido en lo reverencial", lo que provoca que a otro hispano-parlante, sobre todo a un español peninsular, podamos sonar "nimiamente afectuosos".
  



Apariciones y revelaciones
                                                                       

Y pasando ya a hablar de la obra, decíamos que lo que aquí tenemos es un pequeño librito que conocemos con el título de sus dos primeras palabras: "Nican mopohua" = "Aquí se cuenta". Según los datos conocidos, lo debemos a la pluma de un gran sabio indio de la primera generación cristiana, Antonio Valeriano, quien supo plasmar con admirable fuerza la crónica y vivencia de su raza ante el maravilloso don de Dios que fue para todos sus coterráneos la aparición de nuestra Madre Santísima María de Guadalupe, que, según la tradición, Juan Diego no cesó de narrar a cuantos querían oírla en los 17 años que sobrevivió, dedicado al servicio de la ermita y la conversión de sus hermanos.
 
                                   
Sin embargo, para que entendamos mejor, antes de que hablemos de esta aparición, hay que dejar claro qué cosa es una aparición y qué es una revelación.
 

                                    "Aparición", como su nombre lo indica, es algo que se deja inesperadamente ver. "Revelación" etimológicamente sería remover un velo que impide ver algo, pero más exactamente es que se nos confíe algún dato o verdad que nunca hubiéramos sabido por nosotros mismos. El amor de Dios ha hecho ambas cosas a lo largo de la historia con nosotros los humanos: numerosas apariciones están narradas en la Biblia, y toda ella es Revelación que El nos ha dejado, pero un dato de extrema importancia es que con la Encarnación de su Hijo, todo lo que tenía que revelarnos ya quedó revelado para siempre, y que de suyo ya no desea ni apariciones ni revelaciones, porque ya no tiene nada nuevo que comunicarnos.                                     

En la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro, (Lc. 16, 19-31), Jesús dejó muy claro que una aparición que no añade nada nuevo a lo que ya se nos reveló, simplemente está fuera de los planes de Dios: "Tienen a Moisés y a los Profetas, que los escuchen... Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, no harán caso ni aunque se les aparezca un muerto".
 
La Carta a los Hebreos (1, 1-2) nos indica que, en el Antiguo Testamento, Dios fue revelando, paulatina e incompletamente, muchas cosas por medio de sus Profetas; pero que eso acabó cuando nos entregó a su Palabra definitiva, que es su propio Hijo, Quien "nos ha comunicado todo lo que le ha oído al Padre" (Jn. 15, 15) y "jamás dijo nada en secreto" (Jn. 18, 20), de modo que el Padre ya no tiene nada más que compartirnos, puesto que en su Hijo ya nos lo entregó todo. Ahora bien, cuanto nos reveló Jesús está en su Evangelio, y en lo que después nos transmitieron sus apóstoles, sea consignándolo por escrito ellos mismos, sea dejándolo en la memoria de sus discípulos, que es lo que llamamos la Tradición. Fuera de eso, nada más tiene Dios que revelarnos, pues no cabe pedir más revelación que la total entrega al hombre que fue su Encarnación y la fundación de su Iglesia, a través de la cual nos continúa asistiendo e instruyendo. 
                                   

Esto lo expresa muy bien San Juan de la Cruz, un santo que vivió en el mismo siglo que la Virgen de Guadalupe, ya que nació en 1542, 11 años después de la aparición y murió en 1591:
 

            "La principal causa porque en la ley de Escritura eran lícitas las preguntas que se hacían a Dios y convenía que los profetas y sacerdotes quisiesen revelaciones y visiones de Dios, era porque entonces no estaba bien fundamentada la fe, ni establecida la ley evangélica, y así era menester que preguntasen a Dios y que él hablase, ahora por palabras, ahora por visiones y revelaciones [...] Pero ya que está fundada la fe en Cristo y manifiesta la ley evangélica en esta era de gracia, no hay para qué preguntarle de aquella manera, ni para que él hable ya ni responda como entonces, porque en darnos, como nos dió a su Hijo, que es una Palabra suya -que no tiene otra- todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar [...] Dios ya quedado ya como mudo y no tiene más que hablar, porque lo que El hablaba antes en partes a los profetas, ya lo ha hablado en El todo, dándonos al Todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiera preguntar a Dios o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino agravio a Dios, [...] Porque le podría responder Dios de esta manera: <<Si te tengo ya habladas todas las cosas en mi Palabra, que es mi hijo, y no tengo otra, ¿qué te puedo yo ahora responder o revelar que sea más que esto? Pon los ojos sólo en El, porque en El te tengo todo dicho y revelado, y hallarás en El aun más de lo que pides y deseas. [...] Porque tu pides locuciones y revelaciones en parte y, si pones en El los ojos, la hallarás en todo; porque El es toda mi locución y respuesta, y es toda mi visión y toda mi revelación. Lo cual os he ya hablado, respondido, manifestado y revelado, dándoosle por Hermano, Compañero y Maestro, Precio y Premio>>."[131]. 
                                   
Eso está, pues, clarísimo. San Juan de la Cruz es Doctor de la Iglesia, pero si eso no bastara para que quedáramos seguros, añadamos que la opinión de que "la Revelación, que constituye el objeto de la fe católica, no quedó completa con los Apóstoles" la condenó expresamente el Papa San Pío X
[132], contra quienes afirmaban que podía seguir habiendo nuevas revelaciones divinas. 


El por qué de la aparición
                                     

Siendo así las cosas, podríamos preguntarnos: Si Dios ya no quiere apariciones, ni tiene nada nuevo que revelarnos, ¿qué fue entonces nuestra aparición guadalupana? La respuesta es fácil, y quedará más clara al ir profundizando en la narración. Fue y es precisamente lo que Su Santidad Juan Pablo II calificó como "un gran ejemplo de evangelización perfectamente inculturada"
[133], es decir, no una revelación nueva, sino una nueva y maravillosa adaptación de la misma y única revelación de Cristo a la cultura de nuestros antepasados indios, y tanto más maravillosa cuanto que esto lo hizo a través de los únicos ministros humanos de que podía disponer entonces: nuestros antepasados españoles, no obstante que su propia cultura lo hacía del todo inadecuados.
                                    
Suena raro esto de que Cristo haya recurrido a ministros que sabía inadecuados, pero la explicación es también sencilla: Al encarnarse el Verbo Eterno como hombre en el seno de María tuvo que aceptar, como dice San Pablo en su carta a los Filipenses (2, 5-11), despojarse de sus prerrogativas divinas de estar en todas partes y en todo tiempo, de saberlo todo, de poderlo todo, para iniciar como auténtico y desvalido bebé, gestado y alimentado por su madre, necesitado de ser protegido de quienes querían matarlo, que conoció la emigración y el exilio, que vivió como uno de tantos en un pueblecillo olvidado y que, para poder después llegar a todos los rincones del mundo y a todos los tiempos futuros, hubo de echar mano de la única forma en que puede hacerlo un hombre real, o sea mandando representantes y dejando sucesores.
 




Notas
[127] Paul POUPARD Paul, Cardenal Presidente del Consejo Pontificio para la Cultura, Intervención en la 7a. Congregación General, presente el Santo Padre, el 20 de noviembre de 1997. (En GARCIA GONZALEZ L.C. Javier: "Historia del Sínodo de América", Ed. Nueva Evangelización, México 1999, p. 190).
[128] MOLINA O.F.M. Fr. Alonso de: "Vocabulario em Lengua Castellana y Mexicana y Mexicana Castellana", (1a. Edición México 1571), Ed. Porrúa, Biblioteca Porrúa no. 44, Edición Facsímil, México 1970, Prólogo al Lector, sin paginación.
[129] Carta de FRAY RODRIGO DE LA CRUZ O.F.M. al Emperador CARLOS V, Ahuacatlán, 4 de mayo de 1550. En CUEVAS S.J. Mariano: "Documentoa inéditos del Siglo XVI para la Historia de México", Editorial Porrúa, Biblioteca Porrúa no. 62, 2a. Edición, México 1975, Documento 230, p. 156.
[130] FLORENCIA S.J. Francisco de: "La Estrella del Norte de México". Es una de las fuentes de la tradición guadalupana. Fue públicada por primera vez en 1688. En DE LA TORRE VILLAR Ernesto y NAVARRO DE ANDA Ramiro: "Testimonioss Históricos Guadalupanos", Fondo de Cultura Económica, 1a. Edición, México 1982, p. 375.
[131] "Subida al Monte Carmelo", Libro 2. cap. 22, nos. 3-5.
[132] "21. Revelatio, obiectum fidei catholicae constituens, non fuit cum Apostolis completa" (ASS 40 (1907) 470-478, p. 473. Cfr. Denzinger 2021 2065.
[133] Juan Pablo II, Discurso inaugural de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Santo Domingo (12 de octubre de 1992), 24: AAS 85 (1993), 826.
 
 
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