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• Lesa Majestad divina
Los españoles eran, pues, tan religiosos y guerreros como los mexicanos,
pero en forma castastróficamente distinta para éstos últimos, ya que
ellos no buscaban consolidar un equilibrio titubeante, sino eliminar
-por conversión o destrucción- a todo el que no pensase como ellos.
Hoy, principios del tercer milenio, con casos con Afganistán
y "Torres Gemelas", seguimos presenciando a qué extremos
puede llevar el fanatismo religioso, de modo que no tenemos por qué
hallar extraño el de quienes llegaron a México hace casi cinco
siglos, profundamente identificados con su fe y convencidos de que estaban
peleando contra Satanás en persona. Pese a su bélica rudeza,
ninguno se recuperó jamás del "schock" que les causó la religión
indígena, para ellos espantosa y sólo comprensible en clave de directa
posesión diabólica: "... cosas muy diabólicas de ver -se
horrorizó Bernal Díaz al conocer el Templo Mayor- tenían
tanto que los doy a la maldición [...], todo hedía a carnicería [...],
era una casa de ídolos, o puro infierno, porque tenía de la puerta una
muy espantable boca de las que pintan que dicen están en los infiernos
con la boca abierta y grandes colmillos para tragar a las ánimas...".
Nada raro, entonces,
que quienes en Europa, en guerras de religión, exterminaron sin
contemplaciones a miles y miles de hermanos cristianos, por disenciones
religiosas, a veces mínimas, que encendieron hogueras de Inquisición
sólo por matices teológicos, aquí se transformaran en indomables
máquinas bélicas, al convencerse de que jamás podría haber guerra más
justa y gloriosa que la que los estaba enfrentando con el mismísimo
Lucifer. Así, cualquier cobardía o acomodo hubiese constituido
alta traición divina; cualquier valentía, aun llevada hasta la inconciencia
y la insensatez, era heroísmo; cualquier muerte, martirio... Y no hay
que olvidar que podían darse el lujo de juntar otros motivos, menos
nobles pero no menos poderosos, como la ambición de honores y la avaricia
de riquezas: "La causa principal por la que venimos a estas
tierra -arengaba Cortés a los suyos- es por ensalzar y
predicar la fe de Cristo, aunque juntamente con ella se nos sigue honra
y provecho, que pocas veces caben en un saco.".
No olvidemos,
tampoco, que en aquel entonces la fantasía más arrebatada era elemente
normal de cualquier leitmotiv europeo y que, además, el oceáno
actuaba como un colador que detenía implacablemente toda mediocridad.
El viaje a Las Indias era tan peligroso e incómodo que simplemente
ningún mediocre lo hizo jamás; acá no vino sino lo mejor y peor de España,
cuantitativamente mucho más de lo primero, pero cualitativamente glorioso
lo segundo, puesto que muchos misioneros fueron en verdad santos y héroes,
y, aunque limitados por los condicionamientos de su cultura, desarrollaron
una labor asombrosa que Dios iba a compensárselas con el milagro
del acontecimiento guadalupano.
Colón terqueó
siempre que había llegado a la India, pero pronto se convencieron
los demás de que esto no lo era. Un concilio de teólogos, convocado
en Burgos en 1511, se planteó el problema de si podía o nó un
monarca cristiano aceptar la soberanía de esas nuevas tierras, y la
obvia respuesta fue que no, puesto que ya tenían dueño legítimo en sus
primeros habitantes, pero que, siendo éstos paganos, tenía el derecho
y el sacro deber, recordado, insistido y aceptado con el Papa,
de llevarles el Evangelio y la civilización, y solamente
si a esto respondían ellos hostilmente, podrían los españoles
proceder legítimamente a una guerra. Desde entonces tuvieron siempre
la consigna de primero "exhortar y requerir", y nunca
atacar sin ser atacados, y hasta debían llevar siempre un notario para
dar fe oficial del cumplimiento de esto. Y esa consigna, en general,
siempre la respetaron.
Más de 20 años después de Colón, cuando ya conocen Norte y
Sudamérica, México seguía tan desconocido como Marte,
pese a que Yucatán dista un paso de Cuba. La razón eran
las condiciones geográficas de las corrientes y vientos, que se conjugaban
para hacerlo casi inaccesible a los barquitos de la época. Un naufragio
en el actual Quintana Roo es el primer contacto, y una chiripada
el segundo, pues Hernández de Córdoba viene a dar acá también
involuntariamente, pero sin naufragar y puede regresar a contarlo, por
lo que "aunque no trujo sino heridas del descubrimiento, trajo
relación como aquella tierra era rica de oro y plata, y la gente vestida". Juan de Grijalba
capitanéa después otra expedición, en la que pasa por diversos éxitos
y descalabros, pero en la cual, sin imaginárselo siquiera, empieza a
"conquistar" a México, aunque no disparando
un solo tiro, sino dando cuenta, con buen apetito, de un regio banquete.
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Hernán Cortés
Quien habia enviado a Grijalba era Diego Velázquez, Gobernador
de Cuba, y aún antes de que regresara empezó a organizar una
nueva expedición, cavilando muchísimo respecto a quién poner al frente
de ella, pues de todos desconfiaba, y con sobradas razones. Por fin
se decidió por un "intelectual": Hernán Cortés Monroy,
a quien creyó del todo dócil y confiable. Este había llegado a América
huyendo de la inevitable mediocridad que le deparaba España,
y en Cuba sentó fama de sabio, pues tenía cierto barniz de jurista,
adquirido en un fugaz paso por la Universidad de Salamanca. Velázquez
lo creyó dócil y manejable, aunque desde un principio el manejado fue
él, ya que en el propio nombramiento influyó Cortés, sobornando
con promesas y halagos a sus consejeros. Antes de mucho pudo Velázquez
comprobar que de dócil y manejable no tenía nada, y quiso removerlo,
sólo para constatar que era demasiado tarde y ver que se le fuera en
sus narices. Llevaba "quinientos ocho soldados, sin maestres
y pilotos y marineros, que serían ciento; y diez y seis caballos y yeguas
[...] once navíos grandes y pequeños [...] treinta y dos ballesteros
y trece escopeteros", amén de "doscientos
isleños de Cuba para carga y servicio, ciertos negros y algunas indias". Era una fuerza
considerable en sus circunstancias, pero ridícula para enfrentarse a
un imperio de 30 millones...
Desde un principio
tuvo una suerte increíble. En Cozumel consigue lo impensable:
un intérprete de confianza en la persona de un náufrago, Jerónimo
de Aguilar, que ya hablaba el maya, y luego, en Tabasco,
una india llamada Malintzin, a quien ellos llamaron respetuosamente
Doña Marina, pues era princesa que sabía tanto el maya como el
náhuatl. Con ellos Cortés pudo comunicarse con todo México,
bien a través de un triple cedazo, cuyas distorciones es fácil imaginar.
De hecho, fueron tan grandes que en ellas podemos ver el primero de
los impoderables que determinaron la conquista. Cortés, por ejemplo,
jamás afirmó ser personalmente Dios; la Malinche, en cambio,
por su cuenta y riesgo, empezaba todas sus traducciones con "-Estos
dioses dicen:...".
En Yucatán,
entre batallas y acogidas amistosas, obtuvo buenos "rescates",
(es decir: cambió baratijas por oro), pero, desde entonces, oyó que
ahí había muy poco, pero en cambio, en "Culúa", muy
lejos tierra adentro, existía un imperio fabuloso donde lo había a montañas.
Contra las expresas instrucciones de Velázquez y pese al miedo
de los suyos, decidió ir allá costara lo que costara. Sus artimañas
de leguleyo le facilitaron la clave: hizo que otros decidieran lo que
él quería y fundaran, en Veracruz, un "Ayuntamiento",
mera entelequia jurídica que, sin embargo, le ofrecía el pretexto que
necesitaba para desvincularse de Velázquez y depender directamente
del Rey de España, que era lo mismo que no depender de nadie,
puesto que éste no tenía la menor idea de lo que estaba pasando. Desde
luego que ésto era flagrantemente ilegal y penado con la muerte, pero harto
sabía él, y los hechos le dieron la razón, que en la corrupta Castilla
lo que a la postre valdría iban a ser su triunfo y sus sobornos, y que
nadie pararía mientes en fruslerías como la justicia o la ley.
Con esto, sin
embargo, ya no pudo pensar en volver a Cuba, pero sí veía, en
cambio, un imperio fabuloso que conquistar para Dios y para el
Rey... Sus fuerzas no podían ser más insuficientes, pero estaba
cierto de tener a Dios de su parte, de modo que decidió -¡Y convenció
a los suyos!- de lanzarse a esa gran gesta "quemando" las
naves.
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Motecuhzoma
Ya para entonces Cortés estaba en tratos con el propio Huey
Tlatoani de México Tenochtitlan, quien se preguntaba, angustiado,
qué hacer con él. Este era Motecuhzoma Xocoyotzin, quien había
engrandecido como nadie a Tenochtitlan, aunque al precio de convertirse
en un verdadero déspota, humillando a propios y extraños, especialmente
al vecino y venerable Reino de Texcoco, cuyo Tlatoani, Netzahualpilli,
había incluso muerto amargado sus desaires, y luego, había impuesto
-contra todo derecho- como sucesor a un sobrino suyo, Cacamatzin,
lo que provocó una rebelión de otro de los hijos, Ixtlixóchitl,
que "le tenía muy gran odio y enemistad por haber sido causa
de la muerte del rey Netzahualpiltzintli su padre, y deseaba mucho vengarla,
si pudiese [...] Asimismo en este atrevimiento y discordia que hubo
con sus hermanos y tíos, se alteraron muchas provincias que querían
negar la obediencia a Motecuhzoma por la demasiadas imposiciones de
tributos que cada día les ponía, usando más de crueldad y tiranía que
de piedad, como había sido costumbre entre los reyes sus pasados; y
los que esto más frecuentaban fueron los de las provincias de Totonacapan...".
Además, el propio
Motecuhzoma hacía más de 10 años padecía una psicosis de terror,
pues extrañas señales habían empezado a caer sobre México: Desde un principio
había estado informado de la llegada de extrañas gentes a Yucatán,
y no pudo menos de relacionarlas con el prometido retorno de Quetzalcóatl.
El enfrentaba
esas cosas desde un ángulo personal que se las presentaba dificilísimas:
Básicamente, él era sacerdote antes que guerrero, teólogo antes que
político, y, desde el punto de vista de su teología, descontaba por
absurda la mera idea de oponerse a los dioses y comprometer el equilibro
del Quinto Sol. Sabía de sobra que Huitzilopochtli, de
quien él era representante. reinaba por vía sólo provisional, mientras
no se presentara el legítimo soberano: Quetzalcóatl. No era ningún
ingenuo, pero estaba preso en las tan sutiles como indestructibles redes
de su cosmovisión, y se daba perfecta cuenta de que esos recién llegados
corcordaban en mucho con los esperados, aunque no del todo, pues éstos
diferían espantosamente del benigno personaje de las historias toltecas,
ya que eran unos brutos que mataban por matar, olían atrozmente, mostraban
una sed tan insaciable como inexplicable de oro, el "excremento
de los dioses" y, en una palabra,
todo parecía mostrar que su cultura era incompatible con la del Anáhuac,
que entregárseles sería destruirse... pero también, en su mentalidad
dualista, cabía la posibilidad de fuese el propio Quetzalcóatl,
pero en su version opuesta, el malévolo Xólotl.
Con sólida lógica,
lo primero que quiso dejar claro fue ver si se trataba efectivamente
de Quetzalcóatl o nó, y para ello creía contar con una prueba
infalible: Quetzalcóatl, al revés de todos los demás dioses,
no aprobaba los sacrificios humanos... Convocó, pues, a un emisario
de su confianza y le instruyó:
"Yo
e proveído de joyas y piedras y plumages para que los lleves en presente
a los que an aportado a nuestras tierras y deseo mucho que sepas quién
es el Señor y principal dellos, al cual quiero que le des todo lo que
llevares y que sepas de raíz si es el que nuestros antepasados llamaron
Topiltzin y, por otro nombre, Quetzalcóatl [...] Y si él es, saludarlo
has de mi parte y darle este presente y más: mandarás, de mi parte, al Señor y gobernador de Cuetlaxtlan que provea
de todos los géneros de comida que se pudieren haber [...] y preséntaselo
de mi parte, para que lo coma él y sus hijos y compañeros, y nótale
si lo come, porque si lo comiere y bebiere es cierto que es Quetzalcóatl,
pues conoce ya las comidas de esta tierra y que él las dexó y vuelve
a regusto dellas [...] y no vayas temeroso ni con sobresalto, ni te
de pena al morir a sus manos, que yo te prometo y te doy fe y palabra
de te honrar y a tus hijos, y dalles muchas riquezas de tierras y cosas,
y de los hacer de los grandes de mi consejo, y si acaso no quisiere
comer de la comida que le diéredes, sino personas, dexaos comer, que
yo cumpliré lo que tengo dicho con vuestras mujeres y parientes...".
Todo esto sucedía
desde la segunda expedición, la de Grijalba, que fue el primero
que tocó territorio de Motecuhzoma. El y los suyos, por supuesto
que devoraron encantados el banquete que tan inesperadamente se les
ofrecía, y, desde luego, no mostraron interés alguno en comerse a los
anfitriones. No pudieron entenderse al no haber intérprete, pero, a
señas, les corroboraron que venían del oriente -de donde tenía que retornar
Quetzalcóatl- y que debían retirarse, pero que pronto volverían.
Por tanto, cuando Cortés llega a México, exactamente en
el año Ce Acatl = Uno Caña, el año de Quetzalcóatl, Motecuhzoma
lo está esperando.
•
Jesucristo-Quetzalcoatl
Esta vez Motecuhzoma quiere estar definitivamente seguro de la
identidad del recién llegado, y, para ello, además de alimentos y regalos,
le envía las insignias de los dioses y ordena que -lo pida él o no-
se le ofrende un sacrificio humano, a fin de estudiar su reacción. Cortés,
sin tener la menor idea de que estaba siendo sometido a un riguroso
examen, lo aprobó brillantemente, pues no sólo aceptó de mil amores
los envíos y rechazó, horrorizado, la sangre, sino que montó todo un
despliegue de poderío bélico, con cañonazos, cabalgatas y disparos,
para mejor impactar a los visitantes, lo que logró apabullantemente
y, como desde luego les expuso el "requerimiento", que sonaba
ni más ni menos que lo que los indios esperaban oír: que venía, en
nombre de Dios, a tomar posesión de esas tierras, Motecuhzoma
no pudo ya permitirse dudar de que se trataba de Quetzalcóatl
en persona, y empezó a romperse la cabeza para resolver el problema
de qué hacer con él. Atacarlo hubiera sido la opción lógica de un guerrero,
pero él -que antes que nada era teólogo- estaba metafísicamente convencido
que eso era precisamente lo único que jamás debía intentar, que cualquier
padecimiento o humillación era más tolerable que el desastre total que
sobrevendría de enfrentársele abiertamente, por la irrefutable razón
que Quetzalcóatl era, en su propio reino, más fuerte que Tezcatlipoca-Huitzilopochtli.
En perfecto acuerdo
a la mentalidad náhuatl, primero intenta lo primero, o sea aplacarlo
pacíficamente, enviándole regios presentes, expresándole su pleno reconocimiento
moral y solicitando, como favor, que renuncie -o al menos aplace- la
toma de posesión de lo que le reconoce indiscutiblemente suyo: "-Y
dile que le suplico yo -y que me haga este beneficio- que me deje morir,
y que después de yo muerto, venga muchonorabuena y tome su reino, pues
es suyo y lo dejó en guarda a mis antepasados, y, pues lo tengo de prestado,
que me deje acabar y vuelva por él y lo goce mucho de norabuena.".
Cortés nada entendía
de los usos mexicanos, y esa política tuvo en él el efecto exactamente
contrario. Deslumbrados todos los españoles por la magnificencia de
los regalos, (que decidieron usar para sobornar a Carlos V a
que aprobara su traición a Velázquez), lo que menos pensaron
fue en contentarse con ellos y retirarse a aguardar a que Motecuhzoma
muriese, antes Cortés insistió en que quería una entrevista
personal con él, pues a eso expresamente había venido.
A Motecuhzoma
le sonó esto a malísimas noticias... Cuando había sido elegido Huey
Tlatoani, antes de aceptar tuvo que plantearse un grave problema
de lealtad personal: él, por la fecha de su nacimiento y por su sangre
tolteca, estaba consagrado a Quetzalcóatl, y se le pedía ahora
que se ligara al servicio y engrandecimiento de Tezacatlipoca-Huitzilopochtli.
Había aceptado, confiando en que las cosas mantendrían su statu quo
y transcurrirían siglos antes de que Quetzalcóatl retornase...
pero ahora él estaba ahí, a pocas jornadas de distancia, y porfiaba
en verlo a él, personalmente... ¿Qué importancia podía tener él, su
persona? Ignoraba por completo que, a ojos españoles, él era "Emperador",
es decir, dueño patrimonial del país, de modo que ese interés directo
por su persona sólo atinaba a verlo como un peligro, tan incomprensible
como ominoso, para sí y para todo su pueblo.
•
Dioses de carne dura
Al fallar su diplomacia, no le quedaba sino rendirse o pelear, y a pelear
se entregó con todas sus fuerzas, aunque, con sagacidad teológica, evitó
hacerlo en el terreno militar -donde se consideraba derrotado de antemano-
y resolvió hacerlo en el mágico: si Tezcatlipoco había vencido
una vez a Quetzalcóatl, quizá pudiera hacerlo de nuevo:
"Envió
Moctezuma adivinos, agoreros y nigrománticos, para que mirasen si podían
hacer contra ellos algún encantamiento o hechizería, para que enfermasen,
o muriesen, o se volviesen. Y estos hicieron todas las diligencias,
como Moctezuma les había mandado, contra los españoles; pero ninguna
cosa les aprovechó ni tuvo efecto...". "Hicieron
todo su poder y usaron de sus artes endemoniadas y fabulosas, y a cabo
de muchos días que habían porfiado y trabajado de matar a los españoles
con estas artes mágicas, volvieron a Moctezuma y le dijeron que aquellos
eran dioses y que sus artes y hechicerías no les comprendían [...] y
que la carne de aquellos dioses era dura y que no podían entrar en ellos,
no hacer impresión cosa de encantamiento, porque no les podían hallar
el corazón...".
Total, que su
iniciativa resultó un desastre, puesto que los españoles ni siquiera
se enteraron y, en cambio, todos los indios sí, con lo que se vino a
reforzar enormemente la fama de esos "dioses", al reconocerlos
invencibles la confesión de los brujos. Ante eso, Motecuhzoma optó
por una nueva táctica: dado que los dioses dependían de los hombres
para su sustento, y éstos, aunque le hacían ascos a la sangre consumían
ávidamente todas "las comidas de esta tierra", manda
que no se les proporcionen más. Y así, los españoles que, hasta ese
momento, se habían visto atendidos como dioses, ven de repente esfumarse
a sus solícitos proveedores y quedan abandonados a los mosquitos y a
su suerte en las arenosas playas de Veracruz.
Ellos temían
un enfrentamiento militar casi tanto como Motecuhzoma, y por
las mismas razones: se sabían derrotados de antemano, de modo que, ante
eso, los más pugnaron por retirarse cuanto antes, y volver después,
mayores en número y pertrechos; pero es entonces cuando Cortés
-con un gesto indudablemente heróico- decide quedarse, fundar Veracruz
y vencer o morir en el intento.
Pronto su buena
estrella volvió a brillar en la persona de unos indios de raro aspecto,
que resultaron ser totonacas en búsqueda del patrocinio de Quetzalcóatl-Jesucristo
contra Huitzilopochtli. Cortes captó al instante que el
monolítico imperio que pretendía enfrentar tenía resquebrajaduras, y
tanto más que también le llegó otra embajada, que él y todos los
españoles callaron siempre, pero que iba a ser la decisiva para
su empresa: ".. y en este medio tiempo llegaron otros embajadores
de Ixtlilxúchitl en competencia contra sus hermanos y el rey Motecuhzoma
su tío, a dar la bienvenida a Cortés y a los suyos y a ofrecérsele por
su amigo, dándole noticia del estado en que estaban las cosas del imperio,
y el deseo de vengar la muerte de su amado padre Netzahualpiltzintli,
y libertar el reino del poder de tiranos, enviándole algunos dones y
presentes de oro, mantas de algodón y plumería. De que se holgó infinito
Cortés saber las alteraciones y bandos que había entre estos señores
[...] y vió luego abierto el camino para la felicidad que después le
sucedió, y que juntándose con uno de los bandos, se consumirían ellos
entre sí, y él se haría señor de entrambos.".
Por lo tanto,
ante la oportunidad que se le presentaba tan en bandeja de plata, no
sólo aceptó el padrinazgo, sino que se las arregló para enemistarlos
con los mexicanos, haciendo que asaltasen y encarcelasen a sus recaudadores,
a quienes luego soltó de trasmano para también quedar bien con Motecuhzoma.
Para colmo de su suerte, un error garrafal suyo Marina lo transformó
en fortuna: Cortés exigió a sus nuevos protegidos no sólo que
jurasen vasallaje al Rey de España, sino que renegasen de sus
dioses y aceptasen exclusivamente al suyo:
"..
les dijo que ahora los tendríamos como a hermanos y que les favorescería
en todo lo que pudiese contra Moctezuma y sus mexicanos, porque ya envió
mandar que no les diesen guerra, y pues que en aquellos sus altos cues
no habían de tener más ídolos, que él les quiere dejar una gran señora,
que es madre de nuestro Señor Jesucristo, en quien creemos y adoramos..", pero que, que
de no hacerlo, "no los tendríamos por amigos, sino por enemigos
mortales..".
Para la mente
india, semejantes métodos misioneros eran inauditos: en religión eran
tan pluralistas como en política. No tenían el menor inconveniente en
aceptarle a Quetzalcóatl el nuevo nombre de "Jesucristo",
ni en aceptarle una madre o toda la parentela que se quisiese; pero
de ninguna manera estaban dispuestos a eliminar a todos los demás dioses,
pues eso provocaría la ruina de todo el cosmos. A punto estuvo Cortés,
y todos los españoles, de perecer ahí mismo a manos de sus flamantes
aliados, pero fue Marina quien paró en seco a los totonacas,
haciéndoles ver que ya no tenían opción: habían ofendido mortalmente
a Motecuhzoma y su única defensa era Quetzalcóatl, así
que no les quedaba otra que aceptar sus exigencias, por injustas e insolentes
que fuesen. Así, pronto sus ídolos rodaron hechos trizas y ellos, con
infinita amargura, pero para siempre. "se convirtieron" a
Jesucristo-Quetzalcóatl. Ya Cortés, hiciera lo que hiciera,
contaría invariablemente con su lealtad y la de los sucesivos "conversos",
no tanto porque la hubiera ganado, sino porque la convicción de éstos
no les dejaba otra salida.
Notas
DIAZ
DEL CASTILLO Bernal:
"Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España",
Ed. Porrúa, Colección "Sepan Cuantos..." no 5, 11a.
edición, México 1976, pp. 174-176.
GOMARA:
"Historia de la Conquista...", cap. 120, p. 189.
GOMARA: "Historia
de la Conquista...", cap. 5, p. 12.
DIAZ
Bernal: "Historia Verdadera...", cap. 26, p.
42.
GOMARA:
"Historia de la Conquista...", cap. 8, p. 19.
DURAN:
"Historia de la Indias...", II tomo, cap.
69, p. 500, et passim.
Pueden verse
estas Instrucciones en ZAVALA Silvio:
"Las Instituciones Jurídicas en la Conquista de América",
Imp. Helénica, Madrid 1935, pp. 308-315.
La Ley de
las Siete Partidas, vigente en España, preveía: "...
si alguno por sí tomase poderío para ser adalid, magüer fuese para
ello, debe morir por ende..." Ley V, citada por SEPTIEN
Y DE LA LLATA
José Antonio: "Hernán Cortés y el Tribunal de la
Siete Partidas", Ed. Cimatario, Querétaro 1947, p. 8. Apud
GUZMAN Eulalia: "Relaciones de
Hernán Cortés", Editorial Orión, 2a. edición, México 1966,
1a. Relación, p. 61.
IXTLILXOCHITL
Fernando de Alva: Obras Históricas, U.N.A.M., Instituto
de Investigaciones Históricas, 2 tomos, México 1977, 2 tomo, Historia
de la Nación Chichimeca, cap. 76, p. 192. (Y es precisamente ahi,
entre los totonacas, donde Cortés empezará su entrada
a México.)
Los augurios
funestos, parte coincidencias naturales, parte fenómenos paranormales
fruto de la angustia colectiva, pueden verse en SAHAGUN:
"Historia General...", libro 12, cap. 1, pp.
723-724.
Oro, en náhuatl
se dice "teocuítlatl" = "excremento de dios",
lo cual hacía que, para los mexicanos, en afán de los españoles por
él viniese a resultar una perversión, una verdadera coprofilia.
DURAN:
Historia de las Indias..., tomo II, cap. 69, no. 11, p. 507.
DURAN:
"Historia de las Indias...", tomo II, cap. 69, p.
508.
SAHAGUN:
"Historia Gral...", lib. 12, cap. 8, nos 7 y 8, p.
767.
DURAN:
"Historia de las Indias...", tomo II, cap. 69, p.
508.
Alva Ixtlilxóchitl:
Historia de la Nación Chichimeca, cap. 80, p. 201.
DIAZ
Bernal: "Historia Verdadera...", cap. 52, p.
89.
DURAN,"Historia de
las Indias...", tomo II, cap. 51, p. 87.
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