InicioPeticionesAparicionesOracionesHomilíasEstudiosSan Juan DiegoSantuario
     

Inicio >Dozavario 2011 > Homilía

   
 
Homilía
pronunciada por el Excmo. Sr. Obispo Don Armando Colín Cruz, Vicario Episcopal de la I Zona Pastoral, en el Décimo Día del Dozavario, en la Basílica de Guadalupe.



Santa María de Guadalupe, Madre del ser humano

10 de diciembre de 2011

Apreciable Señor Rector de este querido santuario, Mons. Enrique Glennie Graue, M.I. Señores Canónigos, Padres capellanes, Diáconos, seminaristas, religiosos y religiosas, hermanos peregrinos que han venido hoy, todos lo que formamos parte de esta Iglesia peregrina, Gracia y Paz en el Señor.

Hoy hemos venido como peregrinos al Santuario dedicado a Nuestra Madre Santa María de Guadalupe, simbolizando con ello que somos peregrinos en este mundo, en este desierto, para llegar a la tierra prometida, la ciudad celestial, como hoy hemos venido aquí para celebrar el memorial de la pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, y presentarle llenos de fe nuestra oración, súplicas y necesidades por intercesión de la virgen inmaculada, Santa María de Guadalupe, nuestra madre y maestra.

En este recinto donde siempre nos recibe la Señora del Cielo, la siempre Virgen Santa María de Guadalupe, madre del verdaderísimo Dios por quien se vive, y nos da la bienvenida como la madre que recibe a sus hijos. En este décimo día del dozavario, como una estación más que hacemos en el camino hacia el cielo, como un paso más que nos prepara y nos acerca para celebrar a nuestra Reina, más no es una reina de la alcurnia de este mundo, sino es nada menos que la Reina del cielo, a quien ya mañana en la noche entre luces y cantos, peregrinos y danzas, calidez y gélido de invierno, ofrendas y promesas, mañanitas y flores, rocío y alborada, celebraremos ufanos un aniversario más de las apariciones de la Reina de reinas, la Señora del cielo aquí en el Tepeyac, al cumplir 480 años, recordando aquél luminoso 12 de diciembre cuando ante el Obispo Juan de Zumárraga quedó estampada la Guadalupana en la tilma de San Juan Diego, en una estancia del palacio episcopal.

Es de considerar y recordar, hermanos y hermanas, que desde los orígenes de este acontecimiento en 1531 en su aparición y advocación de Guadalupe María constituyó y fue el gran signo, para este sagrado suelo del Anáhuac, del rostro maternal y misericordioso de la cercanía del Padre y de Cristo, con quienes ella nos invita a entrar en comunión. María fue también la voz que impulsó a la unión entre los hombres y pueblos. Ella nos dice: hagan lo que Él les diga, en las bodas de Caná (Jn 4, 5), en el Tepeyac, nos dice: Mucho quisiera, mucho deseo, que en este lugar se me construya una casa para en ella mostrar todo mi amor, pero a través de ese amor mostrar a mi hijo Jesucristo, al verdadero Dios por quien se vive. Y Juan Diego en el Tepeyac escuchó, la voz de la Señora del cielo que le pedía ir al obispo y la Palabra de Dios en este día nos presenta a Elías, el profeta de fuego, y Jesús explica que Elías ha venido ya, para preparar los caminos del Señor y de hecho esta segunda semana de Adviento se nos propone esplendente la figura de Juan, el precursor, quien como mensajero, emite su voz para que se arrepientan.

Este hecho coincide muy bien con los proyectos pastorales en nuestra Arquidiócesis, pues se nos invita como Elías, Juan el bautista, nuestra madre María, Juan Diego a escuchar las voces del mundo, ahora las de nuestro tiempo y dar respuesta a las expectativas. Esto se proyecta para nuestra Iglesia local, con la propuesta de relanzar con mucho entusiasmo el proceso evangelizador misionero para nuestra ciudad, según la vivencia que hemos tenido a partir del II Sínodo diocesano, por lo que es muy importante descubrir la voz de Dios en las voces de nuestros hermanos.

En este contexto, en el texto del libro del Eclesiástico (Sirácide) se nos dice: ¿Qué glorioso eres, Elías, por tus prodigios? Dichosos los que te vieron y murieron gozando de tu amistad; pero más dichosos los que estén vivos cuando vuelvas. Esto nos lleva a pensar lo que contempló Juan Diego "El resplandor de Ella como preciosas piedras, como ajorca (todo lo más bello) parecía: la tierra como que relumbraba con los resplandores del arcoíris en la niebla". Cuando Juan Diego contempló estas maravillosas manifestaciones, inmediatamente vino a su mente la imagen del paraíso celestial, y lo que escucharon su contemporáneos sobre su experiencia de su encuentro con la Virgen Morena y lo que nosotros escuchamos y a la vez trasmitimos como los nuevos Juan Diego. Esto es lo que nos narra un antiguo escrito, que describe así esta sin igual hermosura: "La altura de su imagen es como una persona (mide 143 cms), su hermoso rostro es muy delicado y noble, de tez morena, denota una princesa humilde; están sus manos juntas sobre el pecho, hacia donde empieza la cintura. Tiene un cinto entre negro y morado sobre su vientre, solamente su pie derecho descubre un poco la punta de su calzado color ceniza. Su ropaje, en cuanto se ve por fuera, es de color rosado, que en las sombras parece bermejo; y está bordado con diferentes flores, todas en botón y bordes dorados. Además de adentro asoma otro vestido blanco y suave, que ajusta bien en las muñecas y tiene deshilado el extremo.

Su velo, por fuera, es azul celeste; sienta bien en su cabeza; no cubre nada de su rostro; y cae hasta sus pies, ciñéndose un poco por el medio; tiene toda la franja dorada, que es algo ancha, y estrellas de oro por todo él, las cuales son cuarenta y seis. A sus pies está la luna, cuyos cuernos miran hacia arriba. Se yergue exactamente en medio de ellos y de igual manera aparece en medio del sol, cuyos rayos la siguen y rodean por todas partes. Son cien los resplandores de oro, unos muy largos, otros pequeñitos y con figuras de llamas: doce circundan su rostro y cabeza; y son por todos cincuenta los que salen de cada lado. Junto a ellos, al final, una nube blanca rodea los bordes de su vestidura.

Esta preciosa imagen que aquí la tenemos y podemos contemplar, con todo lo demás, está sobre un ángel de tez morena y sonrisa en sus labios, del cual se ve solo medio cuerpo hasta la cintura; hacia abajo está como metido en la nube. Los extremos del vestido y del velo de la Señora del Cielo, que caen muy bien en sus pies, por ambos lados los coge con sus manos el ángel, cuya ropa es de color bermejo, con un cuello dorado, y cuyas alas desplegadas son de ricas plumas, largas y verdes, y de otras diferentes. La van llevando las manos del ángel, que, está muy contento de conducir así a la Reina del Cielo". 

Así motivados por esta fragante hermosura nos percatamos, que es la madre del amor, del conocimiento y de la santa esperanza de la que se habla en el capítulo 24 del libro del eclesiástico. La Señora que se nos propone en el capítulo 12 del libro del Apocalipsis, una mujer rodeada con el sol con la luna bajo sus pies, que gime porque está a punto de dar a luz... Es por ello, que a la luz de la Palabra de su Hijo y del mensaje que Ella nos trasmite queremos tomar conciencia de que hoy más que nunca tenemos que estar comprometidos en nuestra fe, asumiendo el encargo que nos ha dejado el de ser discípulos misioneros de su hijo Jesús. De constituirnos la voz de su hijo Jesucristo por las calles de nuestra ciudad.

Hoy como Elías, el profeta de fuego, como Juan el Bautista, el nuevo Elías, el que prepara el camino del Señor, como María la humilde sierva del Señor que nos recibe, y como Juan Diego su mensajero, también nosotros queremos glorificar a Dios por las maravillas que Él ha hecho con nosotros; pues no ha hecho cosa igual con las demás naciones, lo cual nos llena de inmensa alegría porque queremos sellar nuestros compromisos aquí, ante su imagen. Pues nos llena de anhelo el hacernos también nosotros, como Ella, mensajeros del Evangelio de su Hijo, es decir sus discípulos misioneros.

Como nos lo ha dicho, el Señor Arzobispo, Don Norberto Rivera Carrera en su mensaje pronunciado en la peregrinación en el inicio de este año: “Descansemos en el regazo materno de nuestra madre, María de Guadalupe. En Ella reconocemos la raíz de la fe que nos sostiene; en Ella encontramos lo que nos une e identifica como hermanos. En Ella experimentamos cómo el Espíritu completa lo que no alcanzamos a realizar”[1].

Por ello, llama la atención como una maravillosa coincidencia, queridos hermanos, que hoy la Palabra del Señor proyecta su mensaje en tomo a la figura del "fuego abrazador" que en forma de teofanía aparece en relación a la figura de Elías diciendo: En aquel tiempo, surgió Elías, un profeta de fuego; su palabra quemaba como una llama e hizo que descendiera tres veces fuego de lo alto y en torbellino de llamas fue arrebatado al  cielo, nos dice el texto del libro del Eclesiástico que se nos ha proclamado hoy, y según la tradición judía Elías volverá para anunciar la llegada del Mesías, tal es la pregunta que en el Evangelio de Mateo se presenta: ¿Por qué dicen los escribas que primero tiene que venir Ellas? La respuesta la da el mismo Jesús, respondiendo -Ciertamente Elías ha de venir y lo pondrá todo en orden. Es más, yo les aseguro que Elías ha venido ya, pero no lo reconocieron. Entonces entendieron los discípulos que les hablaba de Juan el Bautista. El fuego abrazador aparece también en el momento del bautismo de Jesús en el río Jordán realizado por el Precursor y de manera esplendente el día de Pentecostés.

En este contexto, justamente vemos como de manera semejante el Señor nos manifiesta su amor y predilección en el Tepeyac, cuando aparece aquella mañana del 12 de diciembre la Señora del cielo que viene a traernos a su Hijo Jesucristo, Dios encarnado en su seno. Como dice el himno guadalupano que continuamente cantamos aquí: "En la santa montaña en la cumbre, apareció como un astro María ahuyentando con plácida lumbre la tinieblas de la idolatría". Ella nos entregó el tesoro de su propio Hijo Jesucristo, nuestro Salvador, que llevaba en el Santuario de su virginal vientre con los bellos resplandores del sol, con la luna como testigo y las estrellas adorándolo. Fue aquí en el Tepeyac donde "los mezquites y nopales y las demás hierbecillas que allá se suelen dar, parecían esmeraldas. Como turquesa aparecía su follaje. Y su tronco, sus espinas, los riscos, relucían como el oro" con la tierra y el universo entero cubriéndolo de gloria y majestad; entre flores y cantos de la Verdad que se arraiga en María.

Así hermanos todos, es urgente entonces, identificar la voz de Dios, desde el Tepeyac, particularmente cuando en estos días vienen tantos peregrinos a rendir homenaje a la Reina del cielo y discernir de entre todas las voces que nos hablan, porque puede suceder que escuchemos voces fundamentadas en espejismos de aparentes bienes, más bienes de este mundo que agradan a nuestro cuerpo, como son: el poder enfermizo y desmedido que se olvida incluso de la propia dignidad como personas, riquezas mal habidas, instituciones corrompidas, vicios: el alcoholismo, la drogadicción, los atentados contra la vida y la dignidad de la persona, el lavado de dinero, crimen organizado, tráfico de personas y de drogas, en fin espejismos, que buscan alejarnos del bien supremo, que es Dios. Por ello tenemos que discernir preguntándonos ¿Qué voz es esa que nos habla? ¿De qué se trata?, esta imagen del anuncio de Elías ha de venir y lo pondrá todo en orden. Del mismo modo, el Hijo del hombre va a padecer a manos de ellos. Esta Palabra que se nos propone hoy para nuestra reflexión encaja muy bien con la temática en la que tratamos de identificar, buscar, escuchar y descubrir la voz de Dios en las voces de nuestra ciudad, por ello, hoy con la imagen del profeta de fuego, el precursor y la montaña del Tepeyac comprendemos el beneplácito de Dios que nos da su respuesta para escuchar su voz a través de la Buena Nueva que nos hace entender los signos de los tiempos, mediante el discernimiento para reconocer que el Señor que viene ya está entre nosotros.

En este contexto, el Papa Benedicto XVI, con motivo de su viaje a Benín, África, del 18 al 20 de noviembre, en su exhortación a ese propósito nos señala: "Hacemos una invitación a renovar cada día el anuncio del Evangelio sobre pistas precisas que conduzcan a una nueva evangelización: caracterizada por el compromiso de promover la reconciliación, la justicia y la paz”[2]. Esta palabras que nuestro pastor nos dice, tan llenas de realismo, están propuestas con gran tino para afrontar los retos de nuestro tiempo.

Queridos hermanos, escuchando la voz de Cristo, por sus profetas y el precursor, nosotros, como Iglesia que peregrina en esta ciudad, nuevo pueblo, queremos "caminar juntos", tal como hemos reflexionado en nuestra Asamblea Diocesana que se desarrolló el fin de semana antepasado, queremos escuchar la voz de Dios en las voces de nuestra ciudad para colaborar todos, especialmente en la construcción del nuevo pueblo, en su caminar histórico, como nuevos Juan Diego, en el destino luminoso y firme, en la senda transparente, especialmente en este tiempo de discernimiento electoral que ya ha comenzado. Es necesario entonces, que todos unidos colaboremos, para que podamos construir el proyecto de democracia, de justicia, de solidaridad y libertad.

Quiero terminar esta reflexión, no sin antes animamos mutuamente a vivir unidos y llenarnos de esperanza pensando en un futuro mejor. Este tiempo de Adviento es una oportunidad para reflexionar a fondo nuestra situación, recordemos que no estamos solos, Jesús, el maestro nos acompaña en el camino. Él nos manifiesta su predilección, pues nos ha bendecido por la presencia protectora de nuestra Madre, Santa María de Guadalupe, ya que por Ella hemos conocido la voz del verdaderísimo Dios por quien vivimos. Voz celestial para la nueva evangelización, quien nos abrirá las puertas de los hogares de aquellos hermanos alejados, para que escuchen el mensaje de lo mucho que Dios Padre nos ha amado, que nos ha entregado a su Hijo unigénito, para que crean y vivan. Muchas bendiciones en nuestras solemnidades decembrinas.

¡Que así sea!




Notas
[1] Norberto Rivera Carrera, Orientaciones Pastorales 2011, Renovar nuestra Pastoral desde la Raíz. No 132
[2] Benedicto XVI, Exhortación “El compromiso de África”, tomada del L’ Osservatore Romano, No 47, p.1.
 
 
Agregar a FavoritosMapa del SitioContáctenosImprimir PaginaPágina anterior