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Homilía
pronunciada por Mons. Enrique Glennie Graue, Vicario General y Episcopal de Guadalupe, Rector del Santuario, en la Solemnidad de Santa María, en la Basílica de Guadalupe.

11 de diciembre de 2011
Misa de Gallo 00:00 hrs.

“Yo soy la Madre del Amor, vengan a mí los que me aman”. Todos hemos respondido a esta invitación que nos hace Santa María de Guadalupe: los que tenemos la gracia de estar ahora en este recinto sagrado y quienes –especialmente a través de la televisión– se hacen presentes ante nuestra queridísima Morenita; los que hoy nos alegramos alabándola y los que desde hace 480 años la han reconocido y alabado ininterrumpidamente como la verdadera Madre del Dios por quien se vive y como nuestra piadosa Madre; los de diferentes razas y culturas, como en un principio los españoles y los naturales de México. A todos nos ha unido nuestra ‘Venerable Madre’ de Guadalupe. Nuestro cántico surge unánime y gozoso, como el de Isabel en el Evangelio: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre”. Todos nos hacemos eco de la alabanza que Ella misma profetizó: “Bienaventurada me llamarán todas las generaciones”.

María vino también a visitarnos y ha querido quedarse con nosotros. Está aquí y nosotros la vemos. La contemplamos hermosa y radiante. Su bello rostro y toda Ella es la síntesis perfecta de lo que ha hecho con nosotros y quiere de nosotros: nuestra unidad y que vivamos y nos amemos como hermanos. El Beato Papa Juan Pablo II escribió: “América… ha reconocido en el rostro mestizo de la Virgen del Tepeyac… en Santa María de Guadalupe… un gran ejemplo de evangelización perfectamente inculturada”. Esto quiere decir que Ella, en un primer momento, logró lo que simplemente parecía imposible: unir a dos pueblos irreconciliables por cultura, tradiciones, religión, sensibilidad: el pueblo de la Madre Patria y el pueblo que habitaba en estas tierras.

“Un modelo de eximia inculturación fecunda es María de Guadalupe –ha expresado un pensador contemporáneo- la misión evangelizadora de los primeros años parecía destinada al fracaso. Después de las apariciones en el Tepeyac cambió la situación misionera radicalmente… Guadalupe aparece como el acontecimiento tal vez más logrado de la historia de la Iglesia”. El término ‘inculturación’ incluye la idea de crecimiento, de enriquecimiento mutuo de las personas y de los grupos, debido al encuentro del evangelio con un ambiente social. La inculturación es la encarnación del evangelio en las culturas autóctonas y, al mismo tiempo, la introducción de esas culturas en la vida de la Iglesia. Por eso las apariciones de la Virgen de Guadalupe en 1531 no sólo son una mirada esperanzadora al pasado de nuestra fe cristiana impulsada en el Tepeyac, sino también una mirada hacía los desafíos del presente para provocar un futuro que se consolida bajo la guía del Espíritu Santo. María de Guadalupe no es un hecho del pasado, sigue muy presente en el caminar de la Iglesia; 480 años de historia son testigos de la presencia maternal y solícita de la Morenita, sin ella América estaría incompleta. Además, sus palabras y sus gestos siguen vivos en el corazón de nuestro pueblo.

Nuestro México -elegido como predilecto de María (“No ha hecho nada semejante con ninguna otra nación”), en donde Ella quiso quedarse para darnos su amor en la persona de su Hijo Jesucristo- nuestro México está herido. Sufre por la sangre de tantos hermanos nuestros mexicanos, derramada por otros mexicanos animados por la codicia, el odio, los intereses mezquinos, la corrupción y los vicios, lo que ha llevado a nuestra patria a sumirse en la violencia, la inseguridad y el temor. Sólo la Virgen de Guadalupe puede lograr que muchos aspectos aparentemente irreconciliables de nuestra sociedad confluyan para construir una nueva cultura de paz, de respeto a la vida, de confianza, de ayuda mutua.

En nombre de Santa María de Guadalupe clamamos: ¡YA BASTA! ¡Basta de armarse los unos contra los otros! ¡Basta de derramar tanta sangre inocente! ¡Basta de envenenar a nuestros niños y jóvenes con la droga! ¡Basta de vivir propiciando la corrupción y la injusticia! ¡Basta de asesinar a tantos miles de niños inocentes en el vientre materno!

Necesitamos volvernos a Dios. Necesitamos entender que sólo en Jesucristo podremos tener vida plena. Necesitamos volver al Evangelio para poder de verdad amarnos los unos a los otros. Necesitamos todos comprometernos seriamente por la paz en el respeto mutuo. Necesitamos consolidar los valores del matrimonio y la familia, porque es en la familia donde empieza la verdadera renovación de la sociedad.

Dirijamos nuestra mirada a los ojos maternales de Santa María de Guadalupe que nos envuelven con una infinita ternura y escuchemos de sus labios esas consoladoras palabras “¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre?”

 
 
 
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