“Yo
soy la Madre del Amor, vengan a mí los que me aman”. Todos
hemos respondido a esta invitación que nos hace Santa María
de Guadalupe: los que tenemos la gracia de estar ahora en
este recinto sagrado y quienes –especialmente a través de
la televisión– se hacen presentes ante nuestra queridísima
Morenita; los que hoy nos alegramos alabándola y los que
desde hace 480 años la han reconocido y alabado ininterrumpidamente
como la verdadera Madre del Dios por quien se vive y como
nuestra piadosa Madre; los de diferentes razas y culturas,
como en un principio los españoles y los naturales de México.
A todos nos ha unido nuestra ‘Venerable Madre’ de
Guadalupe. Nuestro cántico surge unánime y gozoso, como
el de Isabel en el Evangelio: “Bendita tú entre las mujeres
y bendito el fruto de tu vientre”. Todos nos hacemos
eco de la alabanza que Ella misma profetizó: “Bienaventurada
me llamarán todas las generaciones”.
María
vino también a visitarnos y ha querido quedarse con nosotros.
Está aquí y nosotros la vemos. La contemplamos hermosa y
radiante. Su bello rostro y toda Ella es la síntesis perfecta
de lo que ha hecho con nosotros y quiere de nosotros: nuestra
unidad y que vivamos y nos amemos como hermanos. El Beato
Papa Juan Pablo II escribió: “América… ha reconocido
en el rostro mestizo de la Virgen del Tepeyac… en Santa
María de Guadalupe… un gran ejemplo de evangelización perfectamente
inculturada”. Esto quiere decir que Ella, en un primer
momento, logró lo que simplemente parecía imposible: unir
a dos pueblos irreconciliables por cultura, tradiciones,
religión, sensibilidad: el pueblo de la Madre Patria y el
pueblo que habitaba en estas tierras.
“Un
modelo de eximia inculturación fecunda es María de Guadalupe
–ha
expresado un pensador contemporáneo- la misión evangelizadora
de los primeros años parecía destinada al fracaso. Después
de las apariciones en el Tepeyac cambió la situación misionera
radicalmente… Guadalupe aparece como el acontecimiento tal
vez más logrado de la historia de la Iglesia”. El término
‘inculturación’ incluye la idea de crecimiento, de enriquecimiento
mutuo de las personas y de los grupos, debido al encuentro
del evangelio con un ambiente social. La inculturación es
la encarnación del evangelio en las culturas autóctonas
y, al mismo tiempo, la introducción de esas culturas en
la vida de la Iglesia. Por eso las apariciones de la Virgen
de Guadalupe en 1531 no sólo son una mirada esperanzadora
al pasado de nuestra fe cristiana impulsada en el Tepeyac,
sino también una mirada hacía los desafíos del presente
para provocar un futuro que se consolida bajo la guía del
Espíritu Santo. María de Guadalupe no es un hecho del pasado,
sigue muy presente en el caminar de la Iglesia; 480 años
de historia son testigos de la presencia maternal y solícita
de la Morenita, sin ella América estaría incompleta. Además,
sus palabras y sus gestos siguen vivos en el corazón de
nuestro pueblo.
Nuestro
México -elegido como predilecto de María (“No ha hecho
nada semejante con ninguna otra nación”), en donde Ella
quiso quedarse para darnos su amor en la persona de su Hijo
Jesucristo- nuestro México está herido. Sufre por la sangre
de tantos hermanos nuestros mexicanos, derramada por otros
mexicanos animados por la codicia, el odio, los intereses
mezquinos, la corrupción y los vicios, lo que ha llevado
a nuestra patria a sumirse en la violencia, la inseguridad
y el temor. Sólo la Virgen de Guadalupe puede lograr que
muchos aspectos aparentemente irreconciliables de nuestra
sociedad confluyan para construir una nueva cultura de paz,
de respeto a la vida, de confianza, de ayuda mutua.
En
nombre de Santa María de Guadalupe clamamos: ¡YA BASTA!
¡Basta de armarse los unos contra los otros! ¡Basta de derramar
tanta sangre inocente! ¡Basta de envenenar a nuestros niños
y jóvenes con la droga! ¡Basta de vivir propiciando la corrupción
y la injusticia! ¡Basta de asesinar a tantos miles de niños
inocentes en el vientre materno!
Necesitamos
volvernos a Dios. Necesitamos entender que sólo en Jesucristo
podremos tener vida plena. Necesitamos volver al Evangelio
para poder de verdad amarnos los unos a los otros. Necesitamos
todos comprometernos seriamente por la paz en el respeto
mutuo. Necesitamos consolidar los valores del matrimonio
y la familia, porque es en la familia donde empieza la verdadera
renovación de la sociedad.
Dirijamos
nuestra mirada a los ojos maternales de Santa María de Guadalupe
que nos envuelven con una infinita ternura y escuchemos
de sus labios esas consoladoras palabras “¿No estoy yo
aquí, que soy tu Madre?”