InicioPeticionesAparicionesOracionesHomilíasEstudiosSan Juan DiegoSantuario
     
Inicio > Homilías > Ciclo C, 2004
   
 

Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario en la celebración del Domingo XXVII del Tiempo Ordinario

03 de octubre del 2004

LA FE, VIDA DEL CREYENTE

    Hermanos: demos gracias al Padre de la misericordia por habernos llamado a la fe que ilumina nuestras vidas y les da sentido aún en los peores momentos por los que nos toca pasar.

    Hermanos, solemos hablar de la fe como una actitud relacionada con lo que esperamos y deseamos. Así, por ejemplo, decimos u oímos decir: “ten fe en que lo lograrás”; “ten fe en que va (o vas) a sanar”; “ten fe en que todo va a salir bien”; etc. Y, mis queridos hermanos, tenemos que reconocer, estas frases o actitudes no son la verdadera fe cristiana. Dejemos que la Palabra de Dios nos ilumine para saber en qué consiste la verdadera experiencia de fe que no es otra cosa que la experiencia de un Dios que está siempre presente.

    El profeta Habacuc, del cual hemos escuchado sólo unos pocos versículos extraídos de los capítulos 1 y 2, vive una situación de descomposición social tal que le hace hablar a Dios de una manera tan impaciente que suena más a un reclamo desesperado que a una súplica. La queja del profeta sale desde lo más profundo de su dolor por la situación en la que vive postrado el país hacia fines del siglo séptimo y comienzos del sexto: injusticias de toda clase, impunidad, anarquía, abuso de poder, cinismo y desenfreno en todos los ámbitos de la sociedad y de la moral. Y el desconcierto de Habacuc llega a su colmo porque no ve respuesta alguna de parte de Dios.

    Situaciones como ésa, mis hermanos, las hemos vivido todos alguna vez con la consiguiente desesperación y angustia porque no vemos la salida. No vemos luz alguna al final del túnel. Más bien, algunos han visto, y tal vez nosotros mismos en algún momento, que no tiene sentido creer. Precisamente porque tenemos una fe funcional que está en relación directa con lo que esperamos alcanzar o lograr. A la larga, es mejor pasársela sin creer. Es aparentemente más cómodo, pues no se corren riesgos. Es mejor, por el momento atenernos a lo seguro, a lo que poseemos aquí y ahora. Y, en definitiva, nuestra fe está puesta en lo que hemos alcanzado o esperamos obtener con nuestro esfuerzo.

    Escuchemos, hermanos, un poco más de cerca a Jesús que nos acaba de hablar en el evangelio de san Lucas. Dejemos que Él sea quien nos ilustre acerca de este misterio de la fe. A pesar de lo corto que es el trozo del evangelio que hemos escuchado, toca cuatro asuntos, tal vez difíciles de relacionar entre sí. Éstos son: la necesidad de evitar el escándalo, es decir, las ocasiones de tropiezo para los demás; crecer en las actitudes de perdón; entender la importancia de la fe en toda la vida; y, finalmente ser humildes en el servicio a Dios y a los demás, sin exigir recompensa.

    Me parece, mis hermanos, que el tema de la fe podría dar unidad a los cuatro temas. La Iglesia nos ha propuesto par nuestra consideración este tema ya sugerido en la primera lectura. Dejando que esta primera lectura ilumine el texto del evangelio, podremos obtener el mayor fruto al comprender el mensaje que éste contiene.

    La fe es, en sí, en la perspectiva del evangelio de hoy el milagro más perfecto pues todo lo comprende. Para el creyente el vivir mismo no puede acontecer más que en el ámbito de la fe. ¡Todo es fe! Por ella, mis hermanos, los creyentes nos atrevemos a lo imposible. Pero, ¡cuidado! No tomemos el rábano por las hojas. No nos precipitemos en entender que por la fe podemos ver realizados todos nuestros deseos, y lo peor, nuestros caprichos egoístas. En esto consistiría lo que he señalad antes como una fe meramente funcional e interesada: “Creo para”. La fe, la teologal, la que es don de Dios nada o poco, pero muy poco, tiene que ver con aquello que podemos controlar de alguna manera mediante el éxito. Es como la fe de Abraham que consiste en esperar contra toda esperanza (Hb 11,8-20).

    La fe, como don de Dios, nos ilumina de tal modo que nos lanza a actuar en la vida, bajo la mirada de Dios que nos ama, sin esperar recompensa de modo que después de hacer todo lo que le interesa a Dios, y que es nuestro propio bien, decimos: somos siervos inútiles; hicimos lo que teníamos que hacer”. Ésta es la verdadera fe. La que me mantiene perseverante en las buenas y en la malas. Sobre todo en los peores momentos, pero no con la ilusión de que gracias a ella cambie mi suerte, sino con la certeza, propia de la fe, que me hace no desfallecer en el cumplimiento de lo que Dios me pide en cada momento de mi vida.

    La perseverancia y la constancia, diría el autor de la carta a los hebreos, el “aguante y la resistencia” a pesar de los pesares es la fe que también podemos llamar “fidelidad” a toda prueba: “No me tienes que dar por que te quiera, pues aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera”. (Teresa de Jesús?). “La fe no reivindica nada para sí, y menos el agradecimiento de Dios” (J. Garrido). Servir a Dios y a nuestros hermanos en la fe es un don de Dios).

    La Eucaristía nos ayuda, mis hermanos, a crecer en la fe verdadera y nos ayuda también a superar esa visión miope de la fe interesada, la que se tiene para obtener algo por noble que esto sea. Salud, vida, felicidad, paz y bienestar. Todo porque la Eucaristía especialmente la dominical, es la ocasión de un encuentro constante y cada vez más profundo con el amor que Dios nos ha manifestado y nos seguirá manifestando en su Hijo muerto y resucitado para nuestra salvación eterna.

    Que Santa María de Guadalupe, nuestra Señora, presente siempre entre nosotros, sea nuestra guía en este camino de la fe, sobre todo en sus expresiones a través de la caridad hacia nuestros hermanos, especialmente los más pequeños.

    Así sea.

 
 
Agregar a FavoritosMapa del SitioContáctenosImprimir PaginaPágina Anterior