Homilía
pronunciada por Mons.
Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal
de Guadalupe y Rector del Santuario, en el Primer
Domingo de Cuaresma.
Domingo 29 de febrero del 2004
CUARESMA: UN DESIERTO PARA EL ENCUENTRO
Bendigamos
a Dios nuestro Padre por este tiempo de Cuaresma que Él nos
da como un don precioso de su bondad y de su misericordia a fin de
reencontrarnos con Él y con nuestros hermanos en la libertad
y en el gozo de la salvación.
Mis queridos hermanos: “De entre todos los días del año
que la devoción cristiana honra de varios modos, no hay uno
que supere en importancia a la fiesta de Pascua, ya que ésta
hace sagradas todas las demás fiestas. Ahora bien, si consideramos
lo que el universo ha recibido de la cruz del Señor, reconoceremos
que, para celebrar el día de Pascua, es justo prepararnos con
un ayuno de cuarenta días, para poder participar dignamente
en los divinos misterios… Que todo el cuerpo de la Iglesia y
todos los fieles se purifiquen a fin de que el Templo de Dios, que
tiene como su base al mismo fundador, esté bello en todas sus
piedras y luminoso en todas sus partes…”
Así explica san León Magno el sentido de la santa Cuaresma
que estamos empezando. De manera, mis queridos hermanos, que debemos
tener bien claro que este tiempo de penitencia que la Iglesia emprende
como un don de Dios, no es un fin en sí mismo, sino que está
encaminado a vivir en toda su riqueza y su esplendor el misterio central
de nuestra salvación: la Pascua del señor.
Por lo mismo, mis hermanos, la penitencia y la ascesis que implica
no son tampoco un fin en sí mismos, como si ellas por sí
mismas nos ganaran la salvación. Son, más bien, medios
o métodos que nos facilitan el encuentro con nosotros mismos,
con el prójimo y con Dios. Por tanto, mis hermanos es muy importante
que el ayuno, la oración y las limosnas, que están en
el centro de la práctica cuaresmal, sean adecuadas a los tiempos
y a las circunstancias propias de cada uno de los miembros de la Iglesia
de hoy.
Quiero decir que en nuestras ciudades, empezando por la Ciudad de
México, ayuno, oración y limosnas tienen muchas formas
concretas de realizarlas. No se trata de dejar de comer sino de dejar
de consumir lo que está demás como son el alcohol, el
tabaco o, quizá la droga, para tener qué compartir con
los que tienen poco o casi nada para vivir; no se trata de orar más
sino de buscar la manera de hacerlo con mayor profundidad y huyendo
del ruido de la televisión, el radio o del bullicio de la diversión;
no se trata de aumentar las limosnas, sino de fomentar la solidaridad
de quienes tienen más con quienes no tienen trabajo ni recursos
para vivir con dignidad. Cuaresma es ante todo tiempo de fraternidad.
Y para vivir intensamente todo esto que implica la Cuaresma, queridos
hermanos, es fundamental que nos dediquemos más a la escucha
de la Palabra; que nos alimentemos de esa mesa y de ese pan que nutre
el espíritu. Este pan lo encontramos, especialmente en la Eucaristía
que nos da vida en abundancia, pues no sólo de pan vive el
hombre, afirma Jesús ante la primera tentación del diablo.
Al privarnos de algunos alimentos para poder compartirlos con los
que menos tienen, tenemos la oportunidad de apreciar que hay otras
necesidades humanas, como son las del espíritu, que hemos de
atender con mayor interés porque nos ponen en contacto con
Dios. En la Cuaresma, considerada como tiempo especial de escucha,
vamos a aprender un poco más el lenguaje de Dios con lo que
podremos orar con mayor sentido cristiano y con mayor provecho espiritual
pues nos permite conocer con más hondura al Dios en quien creemos
y a quien amamos.
En la escucha atenta y asidua de la Palabra también tendremos,
como Jesús, los recursos suficientes, como argumentos para
salir airosos de las tentaciones que nos ponga el maligno.
Hoy hemos escuchado en el evangelio de san Lucas cómo fue tentado
Jesús al inicio de su vida pública. Es interesante que
el evangelista nos transmite este episodio de la vida de Jesús
inmediatamente después de presentarlo, por medio de su genealogía,
como un ser humano más al colocarlo como descendiente de Adán,
mientras que poco antes había mostrado su carácter divino
en el Jordán durante su bautismo. Hermanos, el diablo pone
a prueba, es decir, pretende poner en crisis, al Dios-Hombre precisamente
acerca de su identidad y de la manera de cumplir su misión.
El desierto, como la cuaresma para nosotros, es signo de la vida,
comprendida como soledad, inseguridad, incertidumbre y lucha por la
supervivencia espiritual; aunque también puede ser visto, como
la oportunidad de encuentro con el poder de Dios que protege, auxilia,
consuela y hacer fuerte para salir victoriosos del mal.
Los cuarenta días de la tentación en el desierto, son
imagen de toda la vida de Jesús, como de la nuestra. La última
batalla la libró Jesús en Jerusalén, como lo
indica la tercera tentación y cuando se entregó en sacrificio
al Padre para rescatarnos del pecado. Igualmente a nosotros, la tentación
estará ahí acechando toda la vida. Pero con la escucha
de la Palabra y por fidelidad a ella, al igual que Jesús iremos,
al final, al encuentro del Padre.
Sabemos, mis hermanos, que esa Palabra de Dios es su Hijo mismo. Por
eso, si estamos en diálogo permanente con Él, podemos
estar seguros de triunfar pues como dice san Agustín: Él
nos transformó en sí mismo cuando quiso ser tentado
por Satanás… El Cristo total era tentado por el diablo,
ya que en él eras tú tentado. Cristo, en efecto, tenía
de ti la condición humana para sí mismo, de sí
mismo la salvación para ti; tenía de ti la muerte para
sí mismo, de sí mismo la vida para ti; tenía
de ti ultrajes para sí mismo, de sí mismo honores para
ti; consiguientemente, tenía de ti la tentación para
sí mismo, de sí mismo la victoria para ti. Si en él
fuimos tentados, en él venceremos al diablo.
En esta lucha, mis hermanos, tenemos seguro el auxilio y la intercesión
de nuestra Señora y Madre de Guadalupe que nos acompaña
siempre en el desierto.
Que así sea.