Homilía
pronunciada por Mons.
Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal
de Guadalupe y Rector del Santuario, en el Segundo
Domingo de Pascua.
18 de abril de 2004
ENVIADOS A DAR TESTIMONIO
Hermanos:
Demos gracias a Dios y démosle gloria porque “Su misericordia
es eterna” ¡Aleluya! No dejemos que se enfríe el
fervor de Pascua. Dios ha sido y será grande con nosotros a
cada momento. Nuestro Dios no es un dios del pasado que podamos evocar
románticamente; pero tampoco es sólo del futuro que
nos haga tener simplemente sueños e ilusiones. Cristo es de
ayer, de hoy, de siempre. Está involucrado en la historia humana
con nosotros. No olvidemos que creemos en un Dios presente, actual;
que camina con nosotros; que se hace parte de nuestra historia.
En
su afán por narrarnos la difusión del evangelio y el
crecimiento de la Iglesia, los Hechos de los Apóstoles, nos
dan en este resumen (llamado técnicamente “sumario”)
una primera descripción de las primeras comunidades inspiradas
en la primera, y más pequeña comunidad del capítulo
anterior (1,13-14). Características notables y permanentes,
que deben arrojar luz sobre nuestras asambleas actuales, son el empeño,
la concordia y la constancia en la asistencia de los miembros de la
comunidad, así como en la oración y en la instrucción
de los apóstoles; pero especialmente en la “fracción
del pan”, expresión con la cual se designó desde
el principio a la Eucaristía.
Pero
el trozo de la Escritura nos refiere también a los milagros
que los apóstoles, con Pedro a la cabeza, realizaban en nombre
del Señor Jesús. Es también notable, pues, que
los apóstoles siguen el modelo de actuación de Jesús:
la predicación junto con hechos: obras y palabras. Inseparables
tanto en la predicación de Cristo, como en la predicación
apostólica y en la historia de la Iglesia.
En
la lectura del Apocalipsis, se nos presenta la revelación de
Cristo con sus poderes de resucitado, en el día del Señor,
es decir, nuestro domingo. Aparece como el que tiene la plenitud de
la vida y el poder sobre todo.
Finalmente
el evangelio, mis hermanos, nos da cuenta, de una manera sencilla
y a la vez muy solemne, de cómo dió Jesús esos
poderes con los que actuaban sus apóstoles. Junto con el envío
a predicar les dio también su Espíritu con el poder
de perdonar los pecados. La incredulidad de Tomás ausente en
la primera aparición de Jesús entre los discípulos,
es una enseñanza sobre la fe que tiene mucho de riesgo, pues
consiste no en ver y tocar, sino en acoger un anuncio. Precisamente
como nosotros lo aceptamos a través de la cadena ininterrumpida
de testigos en más de veinte siglos.
Mis
hermanos, me parece que las lecturas de hoy tienen un mensaje en común
para nosotros que nos reunimos domingo a domingo para celebrar nuestra
fe en torno a Cristo muerto y resucitado. Pero también ilumina
muy claramente la práctica de la vida sacramental. Efectivamente,
hermanos, la Iglesia toda ha sido revestida de poder para anunciar
con palabras y signos la realidad de la salvación efectuada
en Cristo.
En
efecto, queridos hermanos, la Iglesia se renueva y resplandece siempre
joven, como criatura nueva, cada vez que celebra la Pascua del Señor
mediante cada uno de los sacramentos: cuando crece en número
y en santidad al hacer pasar a los hombres de la muerte a la vida
mediante el bautismo; cuando afirma y consolida su misión en
la confirmación; al celebrar el memorial del mismo acontecimiento
pascual con toda su eficacia y su fuerza renovadora en la Eucaristía;
cuando actualiza la reconciliación y la salud con la liberación
del pecado en la penitencia; cuando alienta a los débiles en
su cuerpo y en su espíritu con la unción de los enfermos;
cuando expresa su naturaleza más íntima y característica
de servicio y entrega en la fraternidad con el sacramento del orden;
y, finalmente, al expresar la dimensión divina del amor humano
con el matrimonio. Todos los sacramentos nacen de la Pascua; o, como
dice la liturgia “nacieron del costado de Cristo” (prefacio
del Sgdo. Corazón).
Pero,
con todo lo anterior, tan importante y tan sublime, no se agota el
carácter testimonial de la fe cristiana. Podemos afirmar, hermanos,
que los sacramentos no logran, por sí solos, expresar “toda
la profundidad y la anchura” (Íbidem) del misterio cristiano.
Hay algo, queridos hermanos que no podemos perder de vista y que es
la prueba más contundente de la resurrección personal,
antes de que llegue a su plenitud: esto es la forma de vivir individual
y comunitariamente. Es en la Iglesia donde los cristianos vivimos
hoy el misterio que nos hace prolongar la obra de Cristo. La liberación
interior es necesaria y fundamental, pero no puede quedarse en el
intimismo; para su desarrollo, necesita comprometer toda la vida,
en todos sus aspectos del y los creyentes. De esta forma estaremos
en sintonía con la práctica de Jesús y de los
apóstoles de anunciar el evangelio mediante hechos y palabras;
y todo esto, porque la fe cristiana es esencialmente histórica;
no simplemente espiritual, entendido este término en el peor
de sus sentidos.
A
la luz de estas reflexiones, podemos, hermanos, revisar nuestras actitudes
ante las celebraciones dominicales a las que asistimos todavía,
tal vez, “obligados” y sin fervor; llevados simplemente
por una actitud legalista de mero “cumplimiento” externo.
Hagamos de nuestras asambleas eucarísticas unos verdaderos
encuentros no sólo con Dios, sino con nuestros hermanos, como
nos o manda el Señor. Celebradas en la alegría y en
la gratitud nos liberan de la rutina y del aburrimiento que, en lugar
de hacer de ellas verdaderos signos salvíficos, son objeto
de escándalo y de confusión para los pequeños
que todavía no descubren su riqueza. Dejemos que la Eucaristía
realice por sí misma su propia misión evangelizadora
y liberadora.
Que
Santa María de Guadalupe, nuestra maestra y Señora,
que está siempre presente en nuestras fiestas dominicales,
nos enseñe a vivir intensa y alegremente la presencia santificadora
de su Hijo.
Amén.