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Versión Estenográfica

Homilía
Pronunciada por Mons. José Luis Castro Mellín, Obispo de la Diócesis de Tacámbaro,
Michoacán en ocasión de la peregrinación de su diócesis a la Basílica de Guadalupe.

8 de mayo del 2005

 

Muy queridos hermanos sacerdotes de la Diócesis de Tacámbaro, queridos hermanos diáconos, jóvenes seminaristas, hermanas religiosas; hermanos todos en el bautismo que venimos como peregrinos, los saludo a todos, principalmente a mis hermanos que vienen de las diferentes parroquias. Saludo a los peregrinos que vienen también de otras partes, de otras latitudes de nuestro México querido.

La Iglesia nos presenta ahora a Jesucristo que retorna a la casa de su Padre Celestial, para ser glorificado, por haber cumplido fielmente la misión que El le encomendó, por haber dejado la nueva semilla del Evangelio para que fructifique, para que se disemine por todo lo ancho y largo de nuestro mundo. Por eso el mandato que hace a sus apóstoles: “Vayan por todo el mundo a predicar la Buena Nueva del Evangelio”.

Son 2000 años de este acontecimiento histórico, pero estos 2000 años han ido ensanchando más y más el espacio al Evangelio gracias a tantas vocaciones que el mismo Señor Resucitado ha ido suscitando en el pueblo de Dios.
Quisiera, en este contexto, pronunciar algunas palabras en nombre propio, como obispo de Tacámbaro, encargado del cuidado pastoral de esta grey. Quiero pronunciarlas también en nombre de mis hermanos sacerdotes, de los hermanos diáconos, de las hermanas religiosas y de mis hermanos seglares que están comprometidos en las diferentes comunidades parroquiales, en los planes de pastoral. Permítanme hermanos, hablar en nombre de propio como les digo y en nombre de ustedes:

Madre Santísima de Guadalupe, la Diócesis de Tacámbaro viene a postrarse ante tus plantas para alabarte por ser la Madre de Dios y madre de todos los creyentes, por ser la Estrella de la Nueva Evangelización en nuestro continente, en el mundo. Por ser la mujer Eucarística que llevaste a tu Hijo Jesús en tu vientre purísimo durante nueve meses y nos lo diste para que fuere pan partido para la vida del mundo.

Queremos darte gracias por el infinito amor con el que nos has protegido, durante esta historia, desde aquel lejano 1531, hasta nuestros días. No has cesado de mostrarte Madre del amor, gracias Señora, porque vives en el corazón de tu pueblo que te invoca a cada paso de su vida; por las manifestaciones de amor y cariño que por todas partes, se te rinden. Por el amor de los esposos que te buscan con solicitud, para que los bendigas a cada momento. Por las esperanzas que abrigan los seminaristas de saber responder al llamado de Jesús a ser sus seguidores.

Por los hermanos diáconos que sienten tu presencia, tu amor, tu protección, para que les des fidelidad en el seguimiento de Jesús. Por los hermanos sacerdotes que tantas veces hemos invocado tu nombre y te hemos implorado para que vengas a nuestro auxilio y te muestres Madre con todos los que creen en ti,

Por el apostolado que se está realizando en nuestras parroquias, por los hermanos sacerdotes, las religiosas, los laicos comprometidos. Gracias señora por todo esto. Queremos poner en tus manos de Madre los trabajos que se realizan en cada parroquia y, ahora en este tiempo, los trabajos que se están realizando a través de las visitas pastorales en nuestra Diócesis, para que tengas incidencia en la vida cristiana de las comunidades.

Cómo quisiéramos que tu sigas acompañando el proceso de la evangelización, dando fortaleza y sabiduría a nuestros sacerdotes, religiosas y laicos comprometidos, para ir superando los grandes estragos causados por el narcotráfico, la embriaguez, la drogadicción, la desintegración familiar y la debilidad en la fe, de muchos de nuestros católicos que son agredidos por las sectas.

Madre! Ilumínanos! para hacernos conductores de tu pueblo que peregrina en medio de tantas dificultades, pero que quiere ser fiel a su vocación cristiana.

También venimos a presentarte nuestros sufrimientos, poniéndolos en tus manos de Madre, para que nos ayudes a encontrar la mejor solución. Queremos empezar diciéndote que bendigas a nuestras familias que se encuentran en situaciones muy complicadas. Por su pobreza, hemos visto un constante éxodo de padres de familia que salen de su patria, en busca del pan para sus hijos y muchas veces encuentran rechazo, persecución, vejaciones y malos tratos. Otras veces son utilizados como conejillos de indias para el narcotráfico, traslado y distribución. Otras veces por su ingenuidad y poca preparación, son víctimas de las sectas protestantes que los explotan a causa de su necesidad y les ofrecen ayudas condicionadas a cambio de mil cosas, que ellos pueden hacer con su cambio de creencias.

Queremos pedirte Madre, por los jóvenes que gran parte se sienten sin padre que los oriente, sin amigo que comparta sus penas y alegrías, que se sientan asediados por muchas fuerzas que los apartan del camino del bien y los empujan al mal. Jóvenes que no han sabido resistir a la fuerza del alcohol, de la droga, del libertinaje; jóvenes que están desorientados por teorías científicas manipuladas; jóvenes que recorren el camino de la vida sin norma, sin ley. Ellos son tus hijos, enséñanos Madre a orientarlos, a acercarnos a ellos para decirles que Cristo es el camino, la verdad y la vida del hombre; que se esfuercen en buscarlo, en oirlo y sobre todo en seguirlo.

Venimos a pedirte, Madre para que sigas ayudándonos a promover las vocaciones en tantos jóvenes que sienten un llamado de Dios, y a saberlos orientar y conducir hacia la fuente de agua viva que les sacie su sed de eternidad. Te lo hemos pedido diariamente y ahora lo hacemos en el mismo templo que pediste para escuchar las súplicas de tus hijos.

Madre, venimos a poner la vida de los niños en tus manos, ellos son limpios, tiernos y transparentes, pero están amenazados por la cantidad de programas vacíos y denigrantes que tenemos en los medios de comunicación; están desprotegidos por la falta de figuras paternas, afectuosas y atrayentes, por el fenómeno de la migración . Señora, queremos también hacerte una súplica por las nuevas madres de familia, por las que aman al hijo que viene en camino, y por las que no lo aman. Por las que quieren matarlo cubriendo así su irresponsabilidad al engendrarlo. Señora!, líbranos del cáncer del aborto, del libertinaje prematrimonial, de concebir el sexo como una simple autosatisfacción. Que las nuevas mamás puedan aprender de ti que ser mujer es un gran don de Dios, y ser madre, es un don mayor porque trasmite la vida a un nuevo ser y lo hace a semejanza de Dios: que sepan responder el plan trazado por Dios para ellas y se dediquen con cariño a realizarlo.

Madre, tú sabes que muchas de nuestras familias están lastimadas por los atracos del mal, de la injusticia, de los asesinatos, que nuestros caminos están llenos de cruces, como expresión de rencores, venganzas, que han sufrido los horrores del narcotráfico; mujeres viudas, hijos huérfanos, sumergidos en la pobreza y el abandono. Fuertes brotes de resentimientos y venganzas, que aún no han desaparecido.

Madre, compadécete de nosotros e intercede ante tu Hijo Jesús que nos de la capacidad de perdonar, de olvidar, que podamos dejar en sus manos la venganza de los daños recibidos, que podamos ser merecedores de la paz que sólo tu Hijo sabe dar a quien se la pide.

Madre, que este año de la Eucaristía, podamos crecer en el amor y veneración a tu Hijo que se quedó oculto en este Sacramento de Amor; que todos podamos acercarnos a recibir este alimento sagrado que transforma la vida del mundo, que fortalece la vida de los creyentes y que al mismo tiempo podamos ser pan partido para nuestros hermanos que tienen hambre y sed de Dios. Que sepamos acercarnos a ellos, siendo un rayo luminoso del rostro transfigurado de Cristo, que ilumina, fortalece, da sentido y transforma las realidades más adversas, en horizontes de la luz y esperanza.

Queremos sentir tu bendición de Madre que siente con ternura el sufrimiento de sus hijos e intercede ante el Hijo Eterno de Dios por nosotros.

Madre te amamos, madre te amamos, madre te amamos.

 
 
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