Homilía
pronunciada por Mons.
Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal
de Guadalupe y Rector del Santuario, en la solemnidad del V
Domingo Ordinario.
Domingo 6 de febrero del 2005
ENVIADOS A ILUMINAR EL MUNDO
Alabemos, hermanos, a Cristo, vivo reflejo del Padre, luz que ilumina a todo
hombre que viene a este mundo, y pidámosle que nunca nos falte la
luz de su Palabra y de la vida que nos ha ganado por su muerte y resurrección.
Apenas
el miércoles pasado hemos celebrado a Jesús como luz que ilumina
a los que viven en las tinieblas. Y el domingo pasado tal vez
nos dejó pensando en la dificultad que experimentamos para vivir las
bienaventuranzas.
La
Palabra de Cristo que hoy se nos presenta para nuestra consideración
se encuentra en el contexto del Sermón del Monte que se había
abierto precisamente con esa declaración de Cristo sobre los pobres:
felices los pobres, los que son perseguidos por ser justos, los
misericordiosos, los limpios de corazón, los que se afanan por la
paz, los que sufren…
Inmediatamente
después de las bienaventuranzas, Jesús dice ustedes son la sal
de la tierra…, ustedes son la luz del mundo. Notemos, mis hermanos,
que Jesús habla del momento presente. Ahora son ustedes felices; ahora
son ustedes sal y luz en este mundo real de hoy. No habla del futuro,
aunque el futuro se anuncia como la plenitud de esa felicidad.
Lo
que pasa hermanos es que cuando nos decidimos por ser pobres,
cuando nos pronunciamos por la justicia, cuando prestamos ayuda
a nuestros prójimos más necesitados haciéndonos solidarios con ellos,
cuando trabajamos por la paz, cuando somos limpios en nuestras
relaciones con todos, cuando somos valientes para resistir
a la violencia, es entonces cuando somos luz y sal de la tierra
y damos, con todo eso, la máxima gloria a Dios. Ya decía san Ireneo:
La gloria de Dios es el hombre vivo.
La
lectura que escuchamos del libro del profeta Isaías arroja una luz
tan clara como el mediodía cuando afirma en nombre de Dios que el
único culto que Él recibe con agrado son las obras de misericordia.
El pueblo judío de la época del profeta andaba preocupado por la reconstrucción
del templo, por la observancia fiel, pero puramente exterior, de las
normas y del esplendor cultuales descuidando lo que realmente le
interesaba al Señor.
En
esta semana iniciaremos la cuaresma. Y el próximo miércoles
de ceniza acudirá mucha gente a recibirla. Cuánto quisiéramos que
no fuera una práctica meramente externa y superficial. Ese día
es también día de ayuno y abstinencia de carnes en los alimentos.
Pero tengamos cuidado, mis hermanos de no observar estas prácticas
sin su verdadero sentido. Estas prácticas deben de ir acompañadas
de las obras de misericordia, según nos lo advierte el profeta
y la Iglesia. Nos privamos de algo para compartirlo con los que más
lo necesitan. Prescindimos de algo que puede ser hasta necesario para
fijar la atención y el corazón en valores más altos que sólo podemos
encontrar en Dios.
En
esto consiste el sabor que le hemos de dar al mundo. El sabor,
el gusto de la felicidad, la libertad, de amor y la luz de la alegría
en la fe y la esperanza no son otra cosa que la experiencia de
la salvación que podemos ofrecer al mundo no con palabras y discursos
elocuentes, lógicos y convincentes, sino con las obras de misericordia
y la fidelidad al evangelio, es decir, al mismo Jesucristo, nuestro
Señor y Maestro.
Habría
que revisar, por otro lado, hermanos míos, si todavía damos sabor
al mundo con nuestras actitudes religiosas o ya no sirven más
que para tirarlas y para que las pisen los transeúntes. ¿Qué calidad
tiene nuestra sal? Habría que examinarnos para ver si estamos
iluminando en nuestro entorno con la luz de nuestra fe y nuestra esperanza.
¿Qué reflejan nuestras obras? ¿Nuestra propia luz? ¿O la de Cristo
muerto y resucitado? (cf. Segunda lectura).
Seamos
más concretos, hermanos. A la luz del mandato de Cristo, de ser luz
delante de los demás, cabe preguntarnos ¿Qué tanto se nota en nuestra
manera de conducirnos ante los demás que vivimos con empeño y fidelidad
nuestra adhesión a Cristo? En nuestras prácticas cristianas ¿qué
lugar ocupa nuestro interés por los más pobres, por los que sufren
hambre, por los marginados de una sociedad materialista? ¿Con qué
valor y decisión exponemos nuestra seguridad y tranquilidad para luchar
por la verdad, la justicia y la paz? ¿Qué tanto nos conformamos
con vivir una religión de puro culto y piedad personalista y cerrada?
Hermanos,
la sagrada Eucaristía, a la que cada domingo nos convoca el
Padre, no nos permite continuar la vida de una manera anodina,
sin mordiente y rutinaria. De ninguna manera, hermanos. La escucha
y la meditación de la Palabra de Dios nos inquieta, nos alienta
y nos lanza a la lucha y al cumplimiento de nuestra vocación de ser
sal y luz del mundo. El Cuerpo y la sangre del Señor nos fortalecen
en esta lucha por la unión íntima con el Señor a quien nos vamos configurando.
Pidamos
a nuestra Señora, nuestra Madre de Guadalupe, que nos siga acompañando
en esta tarea que ella ha desempeñado fiel y constantemente en nuestra
tierra.