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Queridos
hermanos Sacerdotes del presbiterio de Colima, Hermanos Laicos
peregrinos y demás hermanos:
Nos presentamos hoy en esta Basílica un grupo de católicos,
amantes y devotos de María la Madre de Dios, que venimos
desde la Diócesis de Colima como peregrinos a visitar
a nuestra Madre de Guadalupe, como suelen hacerlo otros muchos
a lo largo de todo el año, de todos los rincones de nuestra
patria.
Somos representantes de otros muchos que no
pueden hacerse presentes hoy pero que están en comunión
con nosotros, y queremos dejar en el regazo de María
nuestras súplicas y plegarias, nuestras cuitas y sufrimientos,
uestras alegrías y preocupaciones. Tenemos bien probado
que Ella ha cumplido lo que le dijo a nuestro hermano san Juan
Diego: "¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?".
Porque es la Madre y porque aquí dejó
sus huellas al encontrarse con Juan Diego y nos heredó
el tesoro de su imagen, por eso nos llenamos de alegría
y venimos a veda y contarle lo que cada uno trae en su corazón.
Sabemos de antemano que Ella nos consuela y que marcharemos
felices de haber conversado con "la Madre del verdadero
Dios por quien se vive" (NM),
1.- La liturgia que nos ilumina.
Sabemos, como 10 acabamos de decir en la oración de esta
celebración festiva ante Ella, que Dios ha querido ponemos
bajo su especial protección y, además de consolamos
con estas palabras, comprendemos que Ella nos lleva a quien
tenemos que poner en el centro de nuestra vida, es decir a su
Hijo Jesucristo. No podríamos comprender de otra manera
nuestra fe en Jesús y nuestro amor a María. Recordamos
claramente lo que hizo María en el primer milagro de
la vida pública de Jesús y lo que dijo a los sirvientes
de la fiesta, cuando faltó el vino: "hagan 10 que
El les diga" (Jn 2,5) y por ello, al venir hoy a esta basílica,
la casa de todos, sabemos que escucharemos de sus labios lo
que dijo en Caná de Galilea, porque Ella no podrá
decir otra cosa diferente, sino las palabras que nos Uevan ante
quien debe ser el centro de nuestra vida, es decir hasta su
Hijo. Si María de Guadalupe ocupa un lugar importante
en nuestra vida religiosa, Jesucristo debe estar en el centro
y continuar siendo el eje de toda nuestra vida de fe.
¡Madre de Guadalupe, recibe nuestro saludo
y nuestra ofrenda, pero sobre todo recibe nuestros corazones
y 10 que en ellos traemos, 10 nuestro y lo de aquellos que queremos.
Podemos sentimos, como Juan Diego, "pequeños",
escalerillas de tabla, gente menuda, sin importancia",
pero ante Ti, Madre, somos hijos que han sido redimidos por
la sangre de tu Hijo Jesús y que buscamos también,
como tantos en nuestra patria, la felicidad!
Hermanos creyentes, cada vez que celebramos
la santa Eucaristía escuchamos la Palabra de Dios en
la que encontramos vida y fortaleza pata continuar. Ella nos
ilumina el sendero de la vida, ella nos deja siempre enseñanzas
para que las llevemos a la práctica y no lleguemos a
sentimos deprimidos por las diferentes situaciones y problemas
que tenemos en la vida. Hoy hemos escuchado que nuestro Padre
nos recuerda cómo el hombre y la mujer de fe sabe, y
no debe olvidar, que todo su ser, alma y cuerpo, debe ponerlos
al servicio del bien, no dejamos arrastrar por la fuerza del
mal. Dios ha querido hacer todo en su creación para servir
a la criatura, que es 10 más grande que ha puesto en
este mundo y ha sembrado en el corazón de todos, el deseo
de la felicidad. Todos caminamos buscándola, algunos
se van por caminos equivocados y no la alcanzan, otros, escuchando
su palabra, entran por el camino que nos señalas y logran
vivir mejor. Pero Tú, como Padre bueno, nos llamas a
todos a alcanza.tJa"'Y nos dices que la plenitud de la
felicidad la tendremos cuando lleguemos a verte cara a cara
(Jn).
En nuestros tiempos, sabemos que hay una corriente fuerte que
nos invita a dejamos arrastrar por ella y que conduce poderosamente,
no al bien que Tú quieres, sino al mal. Los bienes que
Tú quieres que sirvan y sean para todos, se van quedando
en pocas manos; no hemos encontrado aún las formas más
adecuadas para gobernamos y las personas que en verdad deseen
preocuparse por el pueblo sino que van tras sus intereses, y
la miseria. Del pueblo continúa creciendo; los desastres
naturales también nos alcanzan y dañan cada año
una u otra zona de nuestro suelo; nosotros mismos, tenemos que
reconocerlo, no hemos recibido con gran interés el contenido
de tu palabra salvadora y hasta podemos pensar que alcanzaremos
la felicidad de manera casi mágica.
Vemos injusticias, vemos hermanos destrozados
por la droga o el alcohol, observamos el número creciente
de hermanos nuestros que buscan una mejor vida e intentan pasar
a otro suelo para lograrlo y, frecuentemente, se encuentran
con la muerte; constatamos que la familia se va desintegrando
y que no encontramos los caminos para comprender la necesidad
y la urgencia de salvarla.
Y con la miseria material, crece también
la cultural y aumenta el número de hermanos que no pueden
asistir a la escuela y formarse para la vida. Bien podemos decir
que no hemos sabido poner nuestras fuerzas y todo nuestro ser
al servicio del bien, y, quizá hemos colaborado en ocasiones
a que crezca la fuerza del mal y nos hemos involucrado en la
misma corriente.
Por todo esto tenemos necesidad de sentir la urgencia de pedir
a Dios nuestro Padre, que por intercesión de la Nuestra
Señora de Guadalupe, la Madre de Jesucristo y querida
Madre nuestra, nos ayude a comprender mejor esta exigencia para
poner nuestro esfuerzo y nuestra vida al servicio del bien.
Si logramos caminar en esta dirección, lograremos obtener
la santificación, lograremos llegar a ser hombres y mujeres
maduros en su fe, que la comprenden y se dan cuenta de las exigencias
que nacen de ella y que se tornan urgentes en nuestro tiempo
y en nuestra diócesis.
En el Evangelio que acabamos de escuchar hemos
oído a la vez que Jesús dice a sus discípulos:
“He venido a traer fuego a la tierra, ¡Y cuánto
desearía que ya estuviera ardiendo!” El señor
hace referencia a su acción evangelizadora mientras vivió
entre nosotros y manifiesta su deseo de ver toda la tierra abrasada
y hasta consumida por el fuego que su venida enciende en el
mundo. Debemos tener presente que el fin principal de su misterio,
de la proclamación de la buena nueva y de toda su actividad
y milagros se expresa con la imagen del fuego que consume y
que lanza a lo inaudito. Quien está lleno del fuego del
amor de Dios es capaz de lo extraordinario. En la visión
de Jesús, su ministerio es "un bautismo" no
sólo con agua, sino también con "fuego"
(Lc. 3,16), un, bautismo que no va destinado únicamente
a los demás, sino que le concierne también a él,
él tiene que enfrentarse con la prueba. El ansía
que esa realidad llegue a su cumplimiento, porque su bautismo
está unido estrechamente con los objetivos de su ministerio,
es decir con su muerte en la cruz. Por estos acontecimientos
dolorosos muestra el amor que encendió su corazón
y lo llevó a "dar la vida" por la salvación
de todos. (Cfr. Fitzmayér, nI, p. 498).
II.- En el fin del año eucarístico.
Nuestra presencia en este lugar sagrado donde nos encontramos
con María, se lleva a cabo en las postrimerías
del año dedicado a la santísima Eucaristía
y cuando los obispos de la Iglesia se encuentran reunidos con
la cabeza de la Iglesia, con el Papa, reflexionando sobre este
misterio fundamental de nuestra fe católica. Sabemos
que la Eucaristía es el centro de la vida de la Iglesia
y de toda su acción evangelizadora, que de ella se ha
alimentado a través de los siglos. Hoy mismo celebramos
este misterio a los pies de María, la mujer eucarística,
que acompañó a los discípulos del Señor
en los albores de la Iglesia (H.Ap. 2,42) Y es bueno recordar
lo que es parte de la verdad sobre la Eucaristía. Ella
es el sacramento que nos convoca para hacer viva la experiencia
de iglesia, para sentimos comunidad de creyentes que, unidos
a Jesús ya toda la Iglesia, formamos ese nuevo pueblo
de Dios que peregrina hacia la vida eterna. También alrededor
de esta mesa comemos el pan de la vida, y por ello le llamamos
la mesa del banquete; aquí encontramos el pan que nos
fortalece y nos hace caminar con alegría en la vida.
Siempre será triste que debiendo alimentamos con este
pan, lo dejemos a un lado y perdamos las energías que
nos ayudan para avanzar en nuestra vida de comunidad.
La Eucaristía es también sacrificio de Jesús
que se ofrece por nosotros en la cruz, aquí lo tenemos
a El, "el misterio de nuestra fe", como lo aclamamos
cada vez que celebramos la misa. Ante este misterio de Dios
que se acerca a nosotros y se queda en un pedazo de pan pata
convertirse en alimento, nosotros reafirmamos nuestra fe diciendo:
"Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección,
¡Ven, Señor, Jesús!".
Hemos querido recordar en ésta mañana
dos columnas de nuestra espiritualidad como mexicanos:"
el amor a María y el amor a la santísima Eucaristía”
.Los dos siempre 4eberían estar unidos, ellos son pilares
fundamentales que nos llevarán a no perder nuestra identidad
como pueblo religioso que debe dar siempre un lugar importante
a Dios nuestro Padre en nuestra vida de cada día.
Al acercarse las próximas fiestas en
honor de nuestra Madre de Guadalupe, sabemos que México
vibra, en toda su geografía, con el anuncio de que María
de Guadalupe desde el Tepeyac nos busca y nos convoca a reconocerla
como la "Madre del verdadero Dios por quien se vive",
pero también a escuchar la voz de ese "Hijo amado".
Sabemos también que la tenemos presidiendo la Iglesia
madre de la Diócesis, la catedral, y que desde allí
nos convoca en nuestra tierra a estar atentos al llamado de
Jesús y a no perder esta identidad mariana y Cristo-céntrica
que tenemos el gozo de poseer en nuestra Patria. Al llevar con
nosotros el gozo de este encuentro con María y su bendición
maternal, que llevemos también la alegría de gravar
en el corazón las enseñanzas de su Hijo Jesucristo.
Que así sea.
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