VERSIÓN ESTENOGRÁFICA DE LA
HOMILÍA
PRONUNCIADA POR EL EXCMO SR. FRANCISCO
ROBLES ORTEGA, ARZOBISPO DE MONTERREY, EN LA PEREGRINACIÓN
ANUAL DE LA ARQUIDIÓCESIS.
12 de agosto de 2005
Muy amados hermanos sacerdotes,
muy amados hermanos y hermanas peregrinos venidos de las distintas
comunidades parroquiales de la Arquidiócesis de Monterrey;
muy amados hermanos y hermanas todos en Jesucristo nuestro Señor.
Nos encontramos gracias a Dios una vez más
en esta casa de la Madre, en esta casa de nosotros sus hijos, y conviene
que meditemos aunque sea brevemente sobre algunas de las motivaciones
que nos mueven sinceramente a peregrinar hasta este santo lugar.
Nos mueve en primer lugar, la convicción de nuestra
fe de que María es la Madre de Jesucristo, es la Madre de Dios.
La Palabra de Dios que acabamos de escuchar nos dice
que cuando llegó la plenitud de los tiempos Dios nos envió
a su Unico Hijo nacido de una mujer. Esta bendita mujer de la que
nació el Hijo Eterno del Padre al hacerse hombre como nosotros,
esta bendita mujer, es María.
Por eso también el Evangelio que se nos proclamó,
en el saludo de Isabel a la Santísima Virgen le dice: “De
dónde a mí que la Madre de mi Señor venga a verme”.
Isabel movida por el Espíritu Santo reconoce que el fruto bendito
que María lleva en su vientre es el Señor, y por eso
le dice: “De dónde que la Madre de mi Señor venga
a verme”.
Todavía más, cuando la Santísima
Virgen María en su advocación de Guadalupe se presentó
a San Juan Diego, Ella le dio su identificación, le dijo: “Yo
soy la siempre Virgen María, la madre del verdadero Dios por
quien se vive”. María es pues para nosotros la Madre
de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. María es
para nosotros la Madre de Dios.
Pero hay otro motivo que nos mueve a peregrinar hasta
aquí: la confianza que nos da el saber que María es
también Madre nuestra. Estando para expirar Jesucristo Nuestro
Señor en la cruz le dijo a Maria: “Mujer ahí tienes
a tu hijo”, refiriéndose al discípulo amado
en el que estábamos representados todos los discípulos,
y Jesús le dijo al discípulo: “Ahí tienes
a tu Madre”.
María es Madre de Dios, es Madre de Jesucristo,
pero también es nuestra Madre. Nos mueve venir a visitarla,
venir a verla, la convicción sincera y profunda que tenemos
en nuestra fe de que María es nuestra piadosa Madre, y sentimos
dichas para nosotros las palabras llenas de ternura que la Santísima
Virgen le dijo a Juan Diego: “Juan Dieguito hijo mío,
el más pequeño de mis hijos, por qué te afliges?,
que no estoy yo aquí que soy tu Madre?. El espíritu
del Señor nos hace experimentar esta amorosa protección
de la Santísima Virgen María de Guadalupe hacia cada
uno de nosotros y hacia todos los discípulos del Señor
Jesús.
Por eso sentimos la confianza de venir y presentarle
todas nuestras intenciones y necesidades. Antes de iniciar la Santa
Misa recibí muchos papelitos en los que me decían: “señor
arzobispo quiero que tenga presente esta intención”.
Estoy seguro que aparte de estas intenciones que me presentaron, todos
y cada uno, todas y cada una, de los aquí presentes trae su
propia intención, en la confianza, en la certeza de que
María de Guadalupe es nuestra piadosa Madre y le podemos nosotros
confiar todas nuestras necesidades, sea en forma de petición,
sea en forma de acción de gracias, de lo que sea, que nazca
sinceramente de nuestra corazón.
Otra motivación: María; Madre de todos
los creyentes, Madre de la Iglesia, sabe de las necesidades que vide
cada comunidad diocesana, María conoce todas las necesidades
y todos los retos que enfrenta la Iglesia de Jesucristo para predicar
y encarnar el Evangelio de Jesucristo en el corazón de todos
los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Por eso también queremos
confiarle a María, el proceso que estamos viviendo en nuestra
Arquidiócesis de Monterrey.
Queremos confiarle el anhelo que tenemos de elaborar
nuestro nuevo Plan Diocesano de Pastoral para llegar a todos los hombres
y mujeres de nuestra Diócesis en sus distintas circunstancias,
en sus distintas necesidades, pero hacer que el Evangelio sea el alimento
de su vida, sea la luz para el camino de todos y de todas.
Queremos encomendarle a la Santísima Virgen María
de Guadalupe, el que nos demos como tarea este nuevo plan pastoral,
al mismo tiempo que evaluamos y que agradecemos el Plan que estamos
concluyendo este año.
Todos de alguna manera experimentamos los retos que
como Iglesia diocesana tenemos. Ya sabemos la importancia que tiene
el tema de la santidad. ¡Cómo hace falta sembrar en el
corazón de todos y de todas el anhelo sincero de alcanzar la
perfección cristiana que es vocación desde el día
de nuestro bautismo!. ¡Cómo hace falta despertar en la
conciencia de todos los bautizados y bautizadas, de todos los que
han recibido el Espíritu del Señor por el Sacramento
de la Confirmación, su compromiso con Cristo y con el Evangelio!.
¡Cómo sentimos la necesidad de fortalecer la atención
específica a la familia!. La familia que se ve hasta combatida
como célula fundamental de la sociedad y de la Iglesia. ¡Cómo
necesitamos fortalecer a la familia para que siga siendo la primera
trasmisora de los valores del Evangelio a las nuevas generaciones,
en una educación en palabras pero sobre todo en actitudes verdaderamente
cristianas.
Todos somos concientes de la importancia que tiene ese
enorme potencial que es la juventud, la que tristemente en muchos
casos ha perdido su conciencia y su identidad cristiana, y en los
jóvenes está el presente pero también el futuro
de nuestra sociedad y de nuestra iglesia. ¡Cómo hace
falta hacer llegar una formación verdaderamente cristiana a
todos los jóvenes en los distintos ambientes y sectores en
los que se desarolla esta importante etapa de la vida.
¡Cómo hace falta en nuestra Arquidiócesis
atender el tema de la evangelización de la cultura y las culturas,
sobre todo ahora que se trata de imponernos una cultura que quiere
hacer a un lado, poner al margen el Evangelio, la persona, la doctrina,
la enseñanza y la vida que nos viene de Nuestro Señor
Jesucristo. Hay culturas que se presentan con todo el impacto como
para hacernos sentir, especialmente a las nuevas generaciones, que
se puede prescindir de Cristo, que se puede prescindir de su Iglesia,
se puede prescindir de todo lo que diga la trascendencia y el valor
sobrenatural. Nos hace falta enfrentar este reto de evangelizar la
cultura y las culturas.
El tema de la vida, el tema de la bioética, el
tema de los marginados. Vivimos nosotros en una situación geográfica,
socioeconómica, que nos pone obligadamente en el lugar donde
muchos llegan queriendo pasar más al norte, queriendo buscar
mejores condiciones de vida en el país del Norte, y al encontrar
las graves dificultades para pasar hacia ese país, cómo
se van asentando, cómo se van quedando en nuestro entorno urbano
con todas las necesidades y con todas las carencias, sumadas a las
que ya traen de sus estados o de sus pueblos, precisamente por eso
los dejaron, para buscar mejores condiciones de vida.
Muchos son los retos y las necesidades que nos presenta
nuestro mundo y nuestra sociedad hoy, pero también mucha es
la confianza y la seguridad de que la Santísima Virgen María
vela por el Evangelio de su Hijo, vela por la Iglesia de su Hijo Jesucristo,
vela por todos los esfuerzos que nosotros hagamos en orden a la Evangelización.
María vela porque es la Madre, la piadosa Madre
de todos nosotros los creyentes y es la Madre de Jesucristo Nuestro
Salvador.
Estas motivaciones y muchas otras que traemos como comunidad
y que trae cada uno como individuo, son las que nos traen una vez
más a peregrinar aquí ante las plantas de nuestra piadosa
Madre la Virgen de Guadalupe.
Vamos a seguir celebrando unidos a la Santísima
Virgen, el Misterio de nuestra redención, el Misterio de la
Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo que
se actualiza para nosotros hoy, y vamos a poner en la mesa del altar
junto con el pan y el vino, las intenciones, las necesidades, las
preocupaciones que cada uno de nosotros traiga para que por manos
de la Santísima Virgen sean ofrecidas y presentadas a Jesucristo
nuestro único y verdadero Salvador. Que así sea.