Homilía
pronunciada por Mons.
Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal
de Guadalupe y Rector del Santuario, en el III
Domingo de Pascua
10 de abril del 2005
CRISTO
SE REVELA EN LA ESCRITURA Y EN LA EUCARISTÍA
¡ALABADO
SEA JESUCRISTO! ¡SIEMPRE SEA ALABADO!
El Señor del Universo vive y domina todo como único
Señor. Alabémoslo y rindámosle todo el honor y la gloria debida
a su categoría de Hijo de Dios, pues por su muerte y resurrección
todo ha sido puesto bajo sus pies.
Este es, hermanos muy queridos, el anuncio perenne de
la Iglesia al mundo; el mismo que los apóstoles dieron como testimonio
desde el principio, según hemos escuchado en la primera lectura tomada
del libro de los Hechos de los Apóstoles. San Lucas, su autor,
nos muestra que la Iglesia desde sus inicios descubrió el sentido
de la muerte y la resurrección a partir del análisis y la meditación
de las Sagradas Escrituras. Ellas explican y dan la capacidad
de comprender a fondo el misterio de lo acontecido en Cristo como
el que pertenece al designio amoroso del Padre.
San Pedro, por su parte, nos exhorta a vivir en coherencia
con ese misterio de Cristo que se nos ha revelado en los últimos tiempos,
que hacemos nuestro mediante la fe y por la cual somos hombres
y mujeres de esperanza.
Pero la Palabra más rica de este domingo la tenemos,
como es común cada semana, en la palabra misma de Jesús que
se nos transmite por el evangelio. Detengámonos un poco en el desarrollo
del mensaje. El mismo autor de la primera lectura, san Lucas, nos
describe, a la manera de una catequesis, el encuentro de Cristo
con los discípulos de Emmaús. Con ello,
hermanos, nos enseña a nosotros un camino de un encuentro real con
Jesús, a través de la Escritura y mediante la Eucaristía.
Los comentaristas de este pasaje bíblico coinciden en
que san Lucas quiso dejarnos en esta pieza literaria, tan bella
como divinamente inspirada, por un lado, el testimonio de la experiencia
temprana de la comunidad creyente en torno a la ‘fracción del pan’
—primer nombre de las asambleas eucarísticas— como el lugar de encuentro
de la comunidad con su Señor. Así lo leemos ya en un documento del
segundo siglo (Didaché): En el día del
Señor reúnanse y partan el pan y hagan la Eucaristía, después de
haber confesado sus pecados, a fin de que su sacrificio sea puro.
Todo el que tenga disensión con su compañero, no se junte con ustedes
hasta que no se hayan reconciliado, para que no sea profanado el sacrificio
de ustedes. Este es el sacrificio del que dijo el Señor: "En
todo lugar y tiempo se me ofrece un sacrificio puro: porque yo
soy el gran Rey, dice el Señor, y mi nombre es admirable entre
las naciones"
Pero también, coinciden los comentaristas más connotados
en afirmar que el evangelista nos da noticia de la importancia
que tuvo para los primeros cristianos el recurso de la Escritura
para entender el misterio acaecido en la historia, y en el misterio
de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre glorificado y presente
en la vida de la Iglesia.
Obviamente, el texto lucano es también un testimonio
apostólico de la fe en el resucitado y especialmente de una experiencia
vivida por Pedro.
Hermanos, nadie como Jesús nos puede explicar la
Escritura con mayor profundidad. Y en ninguno otro momento de
la vida de la Iglesia y de cada creyente podemos encontrar a alguien
que nos hable con tanta autoridad acerca de los planes de Dios para
nuestra vida. Nadie ha hablado como él, contestaban los enviados
por los judíos a aprehender a Jesús (Jn 7,46) cuando les reclamaban
por no haberlo llevado preso. Y así es, mis hermanos, porque Jesús
es la Palabra viva del Padre. Él es la última, la más clara y veraz,
de todas las palabras que Dios ha pronunciado en la historia de la
humanidad.
Por eso, la Iglesia, la comunidad del Resucitado,
lee, escucha y medita la Palabra de Dios para comprender su propia
vida en el contexto amplísimo de la historia de la salvación donde
se encuentra insertada la historia de la humanidad y de cada uno de
nosotros.
Muerte
y Resurrección son el contenido de nuestras celebraciones eucarísticas
de cada domingo,
es esto lo que ilumina y da sentido a la vida cristiana en todas sus
expresiones. Porque la cruz y la resurrección dieron un rumbo nuevo
a la historia y a todo lo creado. Como los discípulos de Emmaús, desanimados y desilusionados, presas del escepticismo
y de la desconfianza, vieron iluminados sus horizontes, también el
mundo podrá reconocer hoy a Cristo presente en medio de ellos, cuando
éstos sepan “partir el pan”, pues la Eucaristía no es un acontecimiento
intimista y cerrado, sino profundamente abierto al mundo, a lo
social.
Por eso, quienes “dividen el pan” eucarístico,
deben saber también compartir el otro pan, el cotidiano y necesario
para vivir la vida ordinaria donde se construyen las relaciones
fraternas y donde es necesario luchar, en la justicia y la solidaridad,
por defender a quienes se les roba el pan por la injusticia de los
hombres y de los sistemas económicos inhumanos y salvajes.
Si falta este empeño nuestro, mis hermanos, la Eucaristía
no sólo pierde toda su fuerza de signo sacramental que salva, sino
sucedería lo peor: se convertiría en un fenómeno engañoso y alienante,
como son a veces algunos fenómenos religiosos desligados u opuestos,
en ocasiones, de la fe revelada.
Celebremos, más bien, hermanos, nuestra fe eucarística
con una conciencia iluminada por la Palabra, como sólo Cristo nos
la puede explicar, asimismo, con la conciencia de que somos signo
visible de la presencia del Resucitado en el mundo.
Que Santa María de Guadalupe, la maestra de escucha
y de adoración al misterio de su Hijo, nos acompañe siempre
en este encuentro con el Padre, a través de su Hijo, en el Espíritu
Santo. Amén.