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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la Solemnidad de la Santísima Trinidad.

Domingo 22 de mayo de 2005

SOMOS IMAGEN DE DIOS TRINIDAD

Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios que nos ha dado su Espíritu para que seamos santos como Él, nuestro Dios, es santo.

Los cristianos tenemos la gran fortuna de creer en un Dios muy diferente de lo que cualquier pretensión religiosa o búsqueda filosófica podrían concebir de su misterio y su realidad. Efectivamente, hermanos, el Dios en quien creemos los cristianos no es el resultado de una elucubración humana sino la revelación de un misterio de de amor insospechable para el ingenio humano.

La imagen de Dios que nos da la Sagrada Escritura en el Antiguo Testamento estaba ya muy por encima de los diversos conceptos de divinidad que tenían las religiones contemporáneas, pero el Verbo Encarnado, es decir, Jesucristo el Señor, nos enseñó, desde hace más de dos mil años, el verdadero rostro del Padre en su persona misma, pues, como le dice al apóstol Felipe, quien me ve a mí, está realmente viendo al Padre (cf. Jn 14,9-10).

A lo  largo de veinte siglos, mis hermanos, los cristianos hemos ido aprendiendo que por más que sepamos de Dios, comprendemos muy poco. Pero esto, es precisamente lo que nos mueve a desear conocerlo más, sabiendo que la vida, la temporal, no nos va a alcanzar para conocerlo plenamente y, esta misma experiencia es la que nos alienta a esperar que podemos llegar a alcanzar un conocimiento perfecto de su misterio en el encuentro definitivo con Él. ¡En esto consiste el misterio de Dios! ¡Por eso es misterio, porque jamás se agota y siempre nos atrae! ¡Todo está en que nos dejemos atrapar por lo tremendo y fascinante de ese misterio!

Podemos, en efecto, mis hermanos, tener muchas experiencias de su misterio y ninguna nos satisface plenamente. En la vida ordinaria tenemos al alcance muchas imágenes, situaciones, expresiones… del amor de Dios y ninguna de ellas lo dice todo. Por eso la Sagrada Escritura nos sugiere una gran variedad de realidades que nos pueden ayudar a acercarnos al misterio.

En la primera lectura tenemos una descripción bellísima y profunda del Dios en quien cree el pueblo de Israel: Yo soy el Señor, el Señor Dios clemente y compasivo, paciente, lleno de amor y fiel; que mantiene su amos eternamente, que soporta la iniquidad, la maldad y el pecado… (Ex 34, 6b-7a). De todas estas cualidades de Dios, la que más se exalta en la tradición bíblica es su fidelidad. Podríamos decir, hermanos, sin temor a equivocarnos, que esta característica suya es el fundamento de todas las demás. En primer lugar Dios es fiel a sí mismo y lo que dice es y no puede no ser. De tal modo que cuando dice que nos ama es que esto es absolutamente cierto y es irrevocable. En Él no cabe un ‘ya no’ porque Dios es inmutable.

Sólo desde esta perspectiva podemos comprender un poco, el amor tan grande por nosotros que envió a su Hijo, hecho hombre, para salvarnos. Ya el Antiguo Testamento nos había adelantado algo de esta imagen verdadera de Dios, pero fue Jesús quien, como lo podemos comprobar en el evangelio de hoy, nos reveló abiertamente el proyecto amoroso del Padre de salvarnos por los méritos de su Hijo amado.

¡Qué idea tan equivocada tenemos cuando nos referimos a nuestro Dios como a un padre castigador! Por lo que hemos escuchado y estamos meditando, mis hermanos, eso es un concepto tan falso que sólo revela, en quien así piensa, un total desconocimiento del Padre Dios que nos ha revelado Jesucristo, no sólo con su enseñanza sino con su ser mismo y su obra. La misión de Cristo es eminentemente ser revelador del Padre. Nadie como Él nos puede hablar y dar a conocer el misterio de Dios, ¡pues es su Hijo! Pues bien, Jesús nos ha dicho que Dios, su Padre, es también nuestro Padre a quien, por el don de su Espíritu, podemos llamar con toda confianza Padre, abbá, ¡Papá!

Ahora bien, mis hermanos, el conocimiento verdadero de Dios como Padre, como obra del Hijo que se continúa por su Espíritu, está orientado a la comunión con el Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y en esto está la salvación y la vida eterna, según nos lo enseñó Jesús, especialmente por medio del evangelio de san Juan. Es decir, que la vida que Dios nos promete y nos ofrece en su Hijo Jesucristo se funda en el conocimiento del Dios verdadero que, en la tradición auténtica cristiana, es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Esta afirmación de fe, queridos hermanos, tiene consecuencias inmediatas en la vida y en la experiencia de fe cristiana, pues si decimos, en una afirmación de fe, que somos imagen de Dios, hemos de reconocer que lo somos tanto en lo que tenemos de misterio como de seres relacionales capaces amar y ser amados, de salir al encuentro unos de otros, es decir de ser plenamente nosotros en la medida en que somos para y con los otros en una comunidad.

Esto sería el fundamento de nuestro sentido de pertenencia a la Iglesia, cuerpo de Cristo. Y, por eso, de la necesidad de compartir la fe y la esperanza en el amor cuando nos reunimos para celebrar la Eucaristía. Ésta, como podemos entender entonces, no es una devoción personal e intimista, sino un encuentro con Dios comunidad que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Pidamos a Santa María de Guadalupe, nuestra Señora y Madre, que es hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo y Esposa del Espíritu Santo, que nos enseñe a ser verdaderos hijos del Padre, hermanos de su Hijo y templos del Espíritu Santo. Amén.

 
 
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