Muy queridos hermanos y hermanas, llevados por
la meditación de la Palabra de Dios, continuamos en el tema de LA
IGLESIA COMO OBRA de Dios; es el tema que nos propone, desde hace
dos domingos, el libro del Apocalipsis en la segunda lectura. Pero
tanto la primera lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles,
como el texto del E de san Juan Evangelio nos indican cómo podemos
hoy, en medio de las adversidades, caminar en la paz y en la libertad
por el amor al Padre y a su Hijo.
Veamos cómo lo expresan las lecturas bíblicas,
comenzando por la segunda, es decir la del Apocalipsis. A la Iglesia
celeste se refiere el autor, san Juan, con la descripción de la Jerusalén
celestial a la que designaba el mismo texto el domingo pasado con
la imagen de una novia enjoyada, engalanada para las bodas con su
esposo.
La descripción de hoy no escatima detalles para
presentarla en toda su perfección. Es, ciertamente, la Nueva Jerusalén,
es decir, el cielo mismo donde ni siquiera habrá ya templo alguno,
porque lo que significa y anuncia en la tierra, ya se habrá alcanzado
y se tendrá en posesión perpetua. Esto quiere decir, entonces, mis
amados hermanos y hermanas, que la Iglesia actual, con todo y sus
limitaciones y penas, es ya anuncio de santidad y de perfección celeste,
una perfección propia del ámbito divino. Por eso la Iglesia actual,
como signo, es decir, como sacramento de Cristo, realiza ya, de algún
modo, lo que anuncia. Y nos preguntamos, tal vez con inquietud ¿CÓMO
PODEMOS ALCANZAR HOY, AQUÍ Y AHORA, ESTA PROMESA APOCALÍPTICA?
Para acercarnos a una respuesta a esta pregunta podemos ver qué nos
dicen tanto la primera lectura de los Hechos, como el Evangelio de
san Juan, que hoy hemos escuchado.
La lectura de los Hechos continúa dando cuenta
de la actividad primitiva de los predicadores y de la organización
de las primeras comunidades. Hoy nos da una noticia muy importante
en lo que se refiere a la organización jerárquica de la Iglesia. Vemos
en este texto cómo, desde el principio, quedó bien establecido que
existen ciertas cuestiones de interés común a las jóvenes iglesias
que no pueden ser resueltas aisladamente en las locales. Hay asuntos
y prácticas que son comunes y deben resolverse en comunión. Para eso
está una autoridad. Éste es su servicio.
El caso de la circuncisión que algunos, probablemente
judíos convertidos al cristianismo, querían imponer a todos los que
provenían del paganismo y abrazaban la fe, fue en ese momento objeto
de controversia que los jefes de entonces tuvieron que dirimir con
Pedro a la cabeza. Lo que se mostró, entonces, mis amados hermanos,
fue que la Iglesia naciente no era un apéndice de la religión judía:
LA IGLESIA ENTENDIÓ QUE ERA UNA COMUNIDAD UNIVERSAL, algo completamente
nuevo y que, por lo tanto, debía romper con todas aquellas prácticas
propias de la religión judía que eran una barrera de raza y religión.
La Iglesia tenía que ser libre de cualquier lazo o compromiso ajeno
al Evangelio. Así ha sido desde el principio y debe así mantenerse
hoy tercer milenio.
En las palabras del Evangelio que hoy hemos
escuchado, tenemos la conclusión de la primera parte del así llamado
‘discurso de despedida’ de Jesús que hemos venido escuchando
estos domingos de Pascua. En esta parte, Jesús no sólo promete al
Espíritu Santo sino también su venida y la del Padre a habitar en
medio de los discípulos, en medio de la comunidad creyente. De esta
manera se realiza la efectiva presencia de Dios en medio de la humanidad,
mediante la Iglesia, y por medio de ella, también la posibilidad de
acceder a Dios. Jesús dice que si los discípulos lo aman verdaderamente,
observarán sus mandamientos y entonces Él y su Padre morarán en ellos.
En esta nueva e insuperable relación de Dios
con los hombres, el Espíritu Santo tiene un papel muy importante porque
será quien hará comprender y aceptar todo lo que Jesús les ha enseñado.
Jesús, Jeshua, el Dios con nosotros, nos va a dar abundantemente
al Dio en nosotros, que es el Espíritu Santo y desde nosotros nos
va a llevar a entender y a vivir los mensajes, el Evangelio de Jesús.
No es que el Espíritu les revele cosas distintas de lo que ha enseñado
Jesús, no. En realidad, todo lo que podemos saber acerca de Dios en
relación con nosotros los seres humanos, lo podemos conocer por medio
de Jesucristo que nos ha revelado plenamente el misterio de Dios,
al menos lo que nos basta para creer, pues nos queda todavía conocerlo
tal como Él es, según nos dice san Pablo (cf. 1Co 13, 9-12), pero
eso será en el cielo después de nuestra muerte.
Con estas palabras, mis queridos hermanos y
hermanas, Jesús quiere animar a sus discípulos próximos a experimentar
su ausencia. El próximo celebramos la Ascensión del Señor a los cielos,
Jesús que sube glorioso y está a la derecha del Padre intercediendo
por nosotros, pero no nos deja.
Mis amados hermanos, miren, Jesús quiere animar
a sus discípulos próximos a experimentar su ausencia, no los debe
invadir el temor, porque estará presente, aunque de otra forma y,
ciertamente, más profunda y efectiva desde dentro de nosotros. Esta
presencia misteriosa y real, que sólo se puede experimentar en el
amor a Cristo, no puede más que producir una paz que no puede ser
comparada con nada porque nace, precisamente, del amor de Dios y se
vive por el amor a los hermanos en la comunión perfecta. Comunión
que no significa, para nada, uniformidad; sino, precisamente, unidad
en la diversidad, unanimidad para ser más exactos: una sola alma.
El verdadero amor, el que nos tienen el Padre
y el Hijo y realiza el Espíritu Santo en nosotros, produce la verdadera
comunión en la Iglesia que la hace libre y alegre para actuar con
valentía y humildad en medio del mundo, porque no hace otra cosa que
continuar la acción salvadora de Jesús. Igual que Jesús, ELLA,
LA IGLESIA, NOSOTROS QUE SOMOS LA IGLESIA, CON LA PREDICACIÓN Y EL
TESTIMONIO DE LA FE ES COMO LUZ EN MEDIO DE LAS NACIONES (Lumen
Gentium) para iluminar y guiar a todos los que buscan y aman la
verdad y la vida practicando la justicia y promoviendo la paz: la
paz verdadera, la de Cristo, la que nace del amor, de la verdad, de
la justicia, de la libertad. No es, entonces, la paz, esa paz falsa
que se impone por la fuerza, que se impone por la mentira, que se
impone por la división, que se impone por la amenaza por el terrorismo,
que se yo, hermanos.
Mis queridos hermanos y hermanas, en la Sagrada
Eucaristía, celebramos cada domingo este misterio del amor de Dios
sellado en la alianza de amor con la muerte y resurrección del Hijo
de Dios que nos ha dado su Espíritu. Si cada domingo nos fortalecemos
en esta verdad tan central de nuestra fe, no tenemos razón para vivir
en la confusión, no tenemos razón para vivir en el temor, en el miedo,
en la angustia ante los embates que sufre hoy la Iglesia, no. Siempre
los ha padecido y ha salido más fuerte. Estemos seguros y serenos
de que el Señor de la Iglesia la asistirá siempre pues su gloria y
su poder están comprometidos en ella que es obra suya. “estaré
con ustedes hasta la consumación de los tiempos”
Mis queridos hermanos y hermanas, que nuestra
Muchachita y Madrecita Tonantzin Guadalupe, nos anime y proteja con
“su aliento” nos tenga en el hueco de sus manos, y en los pliegues
de su manto y nos siga acompañando en estos momentos de prueba para
nuestra comunidad universal creyente.
Amén.