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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe, Rector del Santuario, en el VI Domingo de Pascua, en la Basílica de Guadalupe.

9 de mayo de 2010
Año Sacerdotal

UNA PAZ QUE SE FUNDA EN EL AMOR Y EN LA LIBERTAD

 

Muy queridos hermanos y hermanas, llevados por la meditación de la Palabra de Dios, continuamos en el tema de LA IGLESIA COMO OBRA de Dios; es el tema que nos propone, desde hace dos domingos, el libro del Apocalipsis en la segunda lectura. Pero tanto la primera lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles, como el texto del E de san Juan Evangelio nos indican cómo podemos hoy, en medio de las adversidades, caminar en la paz y en la libertad por el amor al Padre y a su Hijo.

Veamos cómo lo expresan las lecturas bíblicas, comenzando por la segunda, es decir la del Apocalipsis. A la Iglesia celeste se refiere el autor, san Juan, con la descripción de la Jerusalén celestial a la que designaba el mismo texto el domingo pasado con la imagen de una novia enjoyada, engalanada para las bodas con su esposo.

La descripción de hoy no escatima detalles para presentarla en toda su perfección. Es, ciertamente, la Nueva Jerusalén, es decir, el cielo mismo donde ni siquiera habrá ya templo alguno, porque lo que significa y anuncia en la tierra, ya se habrá alcanzado y se tendrá en posesión perpetua. Esto quiere decir, entonces, mis amados hermanos y hermanas, que la Iglesia actual, con todo y sus limitaciones y penas, es ya anuncio de santidad y de perfección celeste, una perfección propia del ámbito divino. Por eso la Iglesia actual, como signo, es decir, como sacramento de Cristo, realiza ya, de algún modo, lo que anuncia. Y nos preguntamos, tal vez con inquietud ¿CÓMO PODEMOS ALCANZAR HOY, AQUÍ Y AHORA, ESTA PROMESA APOCALÍPTICA? Para acercarnos a una respuesta a esta pregunta podemos ver qué nos dicen tanto la primera lectura de los Hechos, como el Evangelio de san Juan, que hoy hemos escuchado.

La lectura de los Hechos continúa dando cuenta de la actividad primitiva de los predicadores y de la organización de las primeras comunidades. Hoy nos da una noticia muy importante en lo que se refiere a la organización jerárquica de la Iglesia. Vemos en este texto cómo, desde el principio, quedó bien establecido que existen ciertas cuestiones de interés común a las jóvenes iglesias que no pueden ser resueltas aisladamente en las locales. Hay asuntos y prácticas que son comunes y deben resolverse en comunión. Para eso está una autoridad. Éste es su servicio.

El caso de la circuncisión que algunos, probablemente judíos convertidos al cristianismo, querían imponer a todos los que provenían del paganismo y abrazaban la fe, fue en ese momento objeto de controversia que los jefes de entonces tuvieron que dirimir con Pedro a la cabeza. Lo que se mostró, entonces, mis amados hermanos, fue que la Iglesia naciente no era un apéndice de la religión judía: LA IGLESIA ENTENDIÓ QUE ERA UNA COMUNIDAD UNIVERSAL, algo completamente nuevo y que, por lo tanto, debía romper con todas aquellas prácticas propias de la religión judía que eran una barrera de raza y religión. La Iglesia tenía que ser libre de cualquier lazo o compromiso ajeno al Evangelio. Así ha sido desde el principio y debe así mantenerse hoy tercer milenio.

En las palabras del Evangelio que hoy hemos escuchado, tenemos la conclusión de la primera parte del así llamado ‘discurso de despedida’ de Jesús que hemos venido escuchando estos domingos de Pascua. En esta parte, Jesús no sólo promete al Espíritu Santo sino también su venida y la del Padre a habitar en medio de los discípulos, en medio de la comunidad creyente. De esta manera se realiza la efectiva presencia de Dios en medio de la humanidad, mediante la Iglesia, y por medio de ella, también la posibilidad de acceder a Dios. Jesús dice que si los discípulos lo aman verdaderamente, observarán sus mandamientos y entonces Él y su Padre morarán en ellos.

En esta nueva e insuperable relación de Dios con los hombres, el Espíritu Santo tiene un papel muy importante porque será quien hará comprender y aceptar todo lo que Jesús les ha enseñado. Jesús, Jeshua, el Dios con nosotros, nos va a dar abundantemente al Dio en nosotros, que es el Espíritu Santo y desde nosotros nos va a llevar a entender y a vivir los mensajes, el Evangelio de Jesús. No es que el Espíritu les revele cosas distintas de lo que ha enseñado Jesús, no. En realidad, todo lo que podemos saber acerca de Dios en relación con nosotros los seres humanos, lo podemos conocer por medio de Jesucristo que nos ha revelado plenamente el misterio de Dios, al menos lo que nos basta para creer, pues nos queda todavía conocerlo tal como Él es, según nos dice san Pablo (cf. 1Co 13, 9-12), pero eso será en el cielo después de nuestra muerte.

Con estas palabras, mis queridos hermanos y hermanas, Jesús quiere animar a sus discípulos próximos a experimentar su ausencia. El próximo celebramos la Ascensión del Señor a los cielos, Jesús que sube glorioso y está a la derecha del Padre intercediendo por nosotros, pero no nos deja.

Mis amados hermanos, miren, Jesús quiere animar a sus discípulos próximos a experimentar su  ausencia, no los debe invadir el temor, porque estará presente, aunque de otra forma y, ciertamente, más profunda y efectiva desde dentro de nosotros. Esta presencia misteriosa y real, que sólo se puede experimentar en el amor a Cristo, no puede más que producir una paz que no puede ser comparada con nada porque nace, precisamente, del amor de Dios y se vive por el amor a los hermanos en la comunión perfecta. Comunión que no significa, para nada, uniformidad; sino, precisamente, unidad en la diversidad, unanimidad para ser más exactos: una sola alma.

El verdadero amor, el que nos tienen el Padre y el Hijo y realiza el Espíritu Santo en nosotros, produce la verdadera comunión en la Iglesia que la hace libre y alegre para actuar con valentía y humildad en medio del mundo, porque no hace otra cosa que continuar la acción salvadora de Jesús. Igual que Jesús, ELLA, LA IGLESIA, NOSOTROS QUE SOMOS LA IGLESIA, CON LA PREDICACIÓN Y EL TESTIMONIO DE LA FE ES COMO LUZ EN MEDIO DE LAS NACIONES (Lumen Gentium) para iluminar y guiar a todos los que buscan y aman la verdad y la vida practicando la justicia y promoviendo la paz: la paz verdadera, la de Cristo, la que nace del amor, de la verdad, de la justicia, de la libertad. No es, entonces, la paz, esa paz falsa que se impone por la fuerza, que se impone por la mentira, que se impone por la división, que se impone por la amenaza por el terrorismo, que se yo, hermanos.

Mis queridos hermanos y hermanas, en la Sagrada Eucaristía, celebramos cada domingo este misterio del amor de Dios sellado en la alianza de amor con la muerte y resurrección del Hijo de Dios que nos ha dado su Espíritu. Si cada domingo nos fortalecemos en esta verdad tan central de nuestra fe, no tenemos razón para vivir en la confusión, no tenemos razón para vivir en el temor, en el miedo, en la angustia ante los embates que sufre hoy la Iglesia, no. Siempre los ha padecido y ha salido más fuerte. Estemos seguros y serenos de que el Señor de la Iglesia la asistirá siempre pues su gloria y su poder están comprometidos en ella que es obra suya. “estaré con ustedes hasta la consumación de los tiempos”

Mis queridos hermanos y hermanas, que nuestra Muchachita y Madrecita Tonantzin Guadalupe, nos anime y proteja con “su aliento” nos tenga en el hueco de sus manos, y en los pliegues de su manto y nos siga acompañando en estos momentos de prueba para nuestra comunidad universal creyente.

Amén.

 
 
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