Mis queridos hermanos y hermanas, de todo corazón
démosle gracias a nuestro Buen Padre Dios porque en su Hijo Jesucristo
nos ha mostrado su amor y su lealtad y porque siempre que lo invocamos
nos escucha y nos llena de valor.
En el camino de subida de Jesús a Jerusalén,
el domingo pasado, con la escena de las hermanas Marta y María,
el evangelista san Lucas subrayaba la escucha de la Palabra de Dios
como actitud del creyente. Hoy nos habla de la oración. Hoy no es
ya una invitación a escuchar a Dios, sino hablar con Él, platicar
con Él, intimar con Él le. Tema que va preparado como siempre por
la primera lectura, tomada del libro Génesis, con la figura de Abraham
quien al conocer la intención del Señor de destruir a Sodoma y Gomorra,
inicia el regateo, típico estilo oriental, con quien habría sido
su huésped.
El regateo de Abraham conecta con la impertinencia
del amigo inoportuno de la parábola del Evangelio de san Lucas.
Tanto Abraham como el amigo inoportuno insisten porque confían en
el amigo que les escucha y porque se sienten responsables de los
demás – Abraham, de los justos de Sodoma y Gomorra, y el amigo inoportuno,
del amigo que ha llegado de un viaje –.
Amados hermanos y hermana, Abraham es modelo
de perseverancia en la oración de intercesión, porque confía en
Dios. Y a la vez es modelo del creyente que se sabe responsable
de la suerte de todos los pueblos, porque es capaz de regatear ante
quien sea para que nadie sea destruido.
Aunque parecería que a Él ni le va ni le viene,
se muestra solidario con los pecadores intercediendo por ellos ante
Dios. Y se vale de la bondad de los justos, que aunque pocos, podrán
salvar a los injustos, aunque sean muchos. Y con la tenacidad del
comerciante oriental que regatea, intentando bajar más y más el
precio a pagar, Abraham presenta a los buenos ante su amigo Dios
para que éste olvide la culpa de los malos y los perdone.
Ese regateo ha llegado a su culminación cuando
uno solo, Jesucristo, se ha puesto para compensar la balanza de
todos los demás, de la humanidad entera pecadora. Uno, el Justo,
clavado en la cruz, perdonó los pecados de todos. Así lo expresaba
san Pablo en la segunda lectura.
San Lucas es el evangelista que más veces presenta
a Jesús como modelo de oración. Cristo Jesús, el Hijo amado del
Padre, es el auténtico Mediador e Intercesor nuestro, que no solo
oró por nosotros, sino que entregó su vida por solidaridad con la
humanidad. Y de su ejemplo deriva que también nosotros, sus seguidores,
tenemos que dar importancia a la oración en la vida cristiana. Precisamente
sus discípulos le pidieron que les enseñara a orar porque le vieron
a él orando. ¡Cuantas veces el evangelista nos recuerda que Jesús
oraba! Es más, insiste en la importancia de la oración pues nos
recuerda que Jesús, siempre antes de iniciar algo importante, se
retiraba a orar. Se concentraba ante su Padre, le consultaba, le
daba gracias, le pedía ayuda.
Es una realidad palpable en nuestro mundo: Sodoma
y Gomorra ciudades pecadoras y abominables, ciudades malditas. México,
New York, París, Roma, Brasilia, Buenos Aires. El hombre quiere
ser autónomo y ha arruinado al mundo: prostitución, espectáculos
pornográficos, homosexualismo, aborto, mafias, negocios ilícitos,
drogas, corrupción, injusticia… Tal parece que no vivimos en un
mundo redimido por la Sangre preciosa de Jesucristo y purificado
por el amor del Espíritu.
Un mundo que clama castigo: la creatura se ha
puesto contra su creador, el barro se ha levantado contra el Omnipotente.
Un mundo infrahumano de miseria, de opresión, de iniquidad. Odio
y muerte. Lucha y violencia. Oscuridad y suciedad.
“Nos duele profundamente
la sangre que se ha derramado: la de los niños abortados, la de
las mujeres asesinadas; la angustia de las víctimas de secuestros,
asaltos y extorsiones; las pérdidas de quienes han caído en la confrontación
entre las bandas, que han muerto enfrentando el poder criminal de
la delincuencia organizada o han sido ejecutados con crueldad y
frialdad inhumana. Nos interpela el dolor y la angustia, la incertidumbre
y el miedo de tantas personas y lamentamos los excesos, en algunos
casos, en la persecución de los delincuentes. Nos preocupa además,
que de la indignación y el coraje natural, brote en el corazón de
muchos mexicanos la rabia, el odio, el rencor, el deseo de venganza
y de justicia por propia mano”. A pesar de todo el
mal de los dolores, de los las tragedias provocadas por los fenómenos
naturales, del terrorismo, de la violencia y de la enfermedad y
de la muerte, el Padre sigue amando a sus creaturas porque de la
tierra sube el suave perfume de la oración del que se siente responsable
de la suerte de los demás, oración de intercesión desinteresada,
sencilla y confiada del niño, del joven, del hombre maduro, de la
familia, del anciano, de la religiosa, del sacerdote que busca el
bien ajeno que el propio y que hace que el Padre sea misericordioso.
Oración insistente, llena de esperanza de quien confía en la bondad
del Amigo y no se cansa de aburrirle con su petición.
Sin olvidar lo que dijera
nuestra morenita a nuestro querido Santo indio Juan Diego Cuahutlatoatzin:
“Que nada te espante, que nada te preocupe, no tengas miedo, ¿NO
ESTOY YO AQUÍ QUE SOY TU MADRE? Estoy yo aquí para escuchar tus
quejas, penas y lamentos y curar todos tus males”. N. M. No.
119 - 120.
Los que queremos aprender a orar, hemos de imitar
el desinterés de Abraham que intercedía a favor de los habitantes
de Sodoma y de Gomorra, a pesar de que nada tenía que perder él.
Y su insistencia que no le dejaba rendirse en su petición machacona,
confiando en la bondad de su interlocutor, el Señor.
A la petición del discípulo que pide a Jesús
le enseñe a orar, él contesta dando el ejemplo que resume su oración,
el ejemplo que expresa su estilo de orar, su manera de dirigirse
al Padre: Padre Nuestro, Venga tu Reino, líbranos de todo mal.
Él se presenta como verdadero Maestro de oración
pues enseña con su vida. El discípulo que se ha percatado de su
ejemplo, encuentra en la fórmula del Padrenuestro la oración perfecta,
que él tan sólo se “atreverá a decir”, como afirmarnos respetuosamente
antes de recitarlo en la celebración litúrgica.
Mis hermanas y hermanos, que unidos a nuestra
preciosa Niña Santa María de Guadalupe que ora siempre por nosotros
y a nuestro querido San Juan Diego Cuauhtlatoatzin le digamos con
todas las fuerzas de nuestro corazón: “Señor, enséñanos a orar y
a disfrutar de la oración. Que no sea para nosotros tanto una obligación
pesada, sino como el respirar alegre de nuestra vida creyente”.
Haznos tomar conciencia de que de alguna manera somos responsables
de la suerte de los demás, de la situación lamentable que vivimos
y que está deteriorando la vida social, la convivencia armónica
y pacifica por el crecimiento de la violencia manifestada en diversos
órdenes. Que seamos coherentes con la fe que decimos tener y actuemos
en consecuencia, Amén.