QUERER
Y SABER VER PARA CREER
Queridos hermanos y
hermanas, La bondad de Dios no cesa jamás de manifestarse
en nuestra vida. Por las distracciones del mundo. Sin embargo,
muchas veces dejamos de experimentar su cercanía. Por eso nos hemos
dirigido a Él muy atinadamente en la primera oración de la misa
de hoy diciéndole: “que tu gracia nos inspire y nos acompañe
siempre para que podamos descubrirte en todos y amarte y servirte
en cada uno”.
Hace una semana precisamente,
mis queridos hermanos, flexionábamos en la necesidad de la fe
para poder hacer su voluntad y vivir, como siervos suyos, haciendo
permanentemente su voluntad. Hoy las lecturas de la Sagrada Escritura
nos iluminan una vez más, y desde otra perspectiva, acerca de este
proceso de fe. En efecto, mis queridos hermanos y hermanas, las
actitudes de fe del pagano Naamán sanado por mediación de Eliseo
y el leproso samaritano que fue curado por Jesús, nos ayudan a entender
cómo la fe se da como un don de Dios en los momentos más inesperados
y exige de nosotros estar atentos a su presencia amorosa en nuestra
vida a fin de responder oportunamente a su llamado. Los invito,
mis queridos hermanos y hermanas, a profundizar un poco en el mensaje
que los textos sagrados nos ofrecen como palabra de Dios.
Naamán, general del
ejército de Siria, que sufría la enfermedad de la lepra, había ido
a encontrar a Eliseo, profeta de Israel porque atraído por su fama
buscaba que éste lo curara. Y obedeciendo, a más no poder, al profeta,
se fue a bañar siete veces en el río Jordán, después de lo cual
quedó limpio de su mal. Naamán, una vez que se vio curado, volvió
a encontrarse con Eliseo para hacer una profesión de fe: “Ahora
sé –le dice– que no hay más Dios que el de Israel. El
rechazo de la paga que el hombre ofrece a Eliseo, es un mensaje
muy claro de que a Dios no se le puede pagar, ni quiere que se
le pague. Lo que quiere es que el hombre, muchas veces
arrogante, sobrevivo, orgulloso doblegue su orgullo y lo reconozca
como único y verdadero Dios, a la vez que con esa actitud aprenda
a recibir todo lo que le ofrece para su propio bien, especialmente
su salvación.
Lo mismo sucedió con
el samaritano, el único de diez leprosos sanados por Jesús, que
se volvió de su camino alabando a Dios, para encontrarse con
el Señor y agradecerle tan gran favor. Regresó, alabando a Dios
en voz alta, dice el texto del Evangelio de san Lucas. Los nueve
leprosos, judíos, conocen la orden del libro del Levítico que señalaba
la obligación de presentarse ante los sacerdotes para que
éstos dieran fe de su curación y así pudieran reincorporarse a la
vida de la comunidad. Ellos obedecen, por eso, el mandato de Jesús,
obedeciendo así la Ley. Seguramente, entonces, se consideran
sanados por su obediencia a los mandamientos de la Ley mosaica.
Se reconocen merecedores de la curación.
Mientras tanto sólo
uno, y por cierto, no judío sino samaritano, descubre
en el acto bondadoso de Jesús, el poder y el favor gratuito y misericordioso
de Dios. SE HA DESCUBIERTO AMADO POR DIOS. Esta es la
enseñanza central, mis amados hermanos, el samaritano se descubre
amados por Dios. Probablemente no llegó a descubrir a Dios mismo
en la persona de Jesús, pero supo responder de alguna manera, en
la fe, a la bondad divina manifestada en aquel a quien suplicó
con los otros nueve llamándolo Maestro. Podríamos ver, mis amados
hermanos y hermanas, en esta escena el contraste entre quienes sólo
buscan el milagro por sí mismo apoyándose en un legalismo burdo
y sin trascendencia y la respuesta al don de la fe que culmina en
la gratitud.
Miren, mis amados hermanos
y hermanas, de los leprosos solamente uno vuelve a dar gracias a
Dios, los demás al verse sanos se olvidan del que los sano. Ya ellos
estaban curados, ya era tiempo de volver a sus casas después de
tantos años de vivir en las cuevas y se olvidan de Cristo. Esa es
la tentación humana, nos sentimos enfermos, pobres, desamparados,
oprimidos, caídos, perseguidos, difamados, fracasados. Pero un día
el médico acierta, un día el patrón sube el sueldo, un día encontramos
la mano amiga que nos apoya, un día encontramos el camino del éxito,
y nos sentimos felices. Y entonces se nos olvida hablar de Dios,
que da la ciencia al médico, que da el buen corazón al patrón, que
ilumina al amigo para apoyar al amigo, que da la luz para triunfar.
Somos unos vergonzantes, mis amados hermanos, no cabe duda. Todo
lo que tenemos decimos y ojala convencidos: viene de Dios. Aunque
lo hayamos obtenido por nuestro esfuerzo, por nuestro trabajo, por
nuestra lucha. El hombre de ciencia niega o ignora a Dios. El empresario
aumenta su caudal, aumenta su fábrica y se olvida de Dios. El amigo
se olvida de darle gracias al amigo que lo ayudó. El trabajador
cansado se rebela contra Dios sin pensar que lo poco que posee de
Él viene. Es una gracia.
Una vez más, mis queridos
hermanos, hemos de caer en la cuenta que la gratitud a Dios es
auténtica y verdadera expresión de la fe. Cuando volvemos a
Dios con actitud agradecida, Él no se deja ganar, pues, responde
como Jesús: LEVÁNTATE, TU FE TE HA SALVADO. Comprobamos,
entonces, mis queridos hermanos, una vez más que la fe tiene
su comienzo en una iniciativa divina, espera enseguida nuestra
acogida y nuestra respuesta en un acto de entrega total y Él
concede aún más de lo que podríamos esperar, pues, nos da lo
más importante: LA SALVACIÓN, el don más alto que se nos
puede conceder, su misma vida.
Nosotros, por nuestra
parte, en esta Eucaristía, le podemos decir este domingo:
GRACIAS Señor por el don de la fe; que nos ha llegado a través
de nuestra preciosa Niña y Celestial Señora, Morenita del Tepeyac.
Gracias porque te has dado a conocer en Jesucristo
tu Hijo, el arraigadísimo Dios por quien se vive, el Creador de
las personas, el Dueño del cerca y del junto, el Señor del Cielo
y de la Tierra. GRACIAS Padre porque no cesas de darte a
conocer a través de tu Palabra y en todos los acontecimientos
de nuestra vida; GRACIAS por los sacramentos, signos
verdaderos de salvación, que actualizan y van haciendo más firme
nuestra inserción en la vida divina; GRACIAS especialmente
por el sacramento de la Eucaristía en la que nos das a manos
llenas tu vida misma en la muerte y en resurrección de tu Hijo amado,
Jesucristo; GRACIAS por los momentos difíciles y dolorosos
en los que parece no nos ves y que te cayas pero sin embargo
en los que Tú manifiestas tu cercanía y misericordia amorosa;
GRACIAS por tu perdón y tu paciencia que nos haces
experimentar en el sacramento de la penitencia. En fin, Padre, Padre
Bueno, GRACIAS por los amigos y su apoyo desinteresado y
por los bienes materiales con los que nos haces esta vida alegre
y feliz desde ahora.
Mis queridos hermanos
y hermanas, la gratitud, podemos ya percibirlo mis hermanos,
siempre nos ennoblece y nos hace ser humildes y nos hace sencillos,
por eso podemos, mis amados hermanos, también con autenticidad y
oportunidad agradecer al Padre Bueno la presencia amorosa de nuestra
Preciosa Niña y Celestial Señora, escudo, bandera, estandarte, Patrona
de nuestra libertad, a lo largo de estos 478 años. Te agradecemos
Padre la presencia amorosa de Santa María de Guadalupe que quiso
volverse morena y mestiza, como nosotros para robarnos el corazón
y abrirle el corazón a tu Hijo Jesucristo. Gracias, porque Santa
María de Guadalupe nos has acompañado los momentos luminosos y oscuros
y que ha sido, en nuestra historia nacional, signo amoroso de
la providencia divina.
Amén.