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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe, Rector del Santuario, en el XXVIII Domingo Ordinario,
en la Basílica de Guadalupe.

10 de octubre de 2010

QUERER Y SABER VER PARA CREER

Queridos hermanos y hermanas, La bondad de Dios no cesa jamás de manifestarse en nuestra vida. Por las distracciones del mundo. Sin embargo, muchas veces dejamos de experimentar su cercanía. Por eso nos hemos dirigido a Él muy atinadamente en la primera oración de la misa de hoy diciéndole: “que tu gracia nos inspire y nos acompañe siempre para que podamos descubrirte en todos y amarte y servirte en cada uno”.

Hace una semana precisamente, mis queridos hermanos, flexionábamos en la necesidad de la fe para poder hacer su voluntad y vivir, como siervos suyos, haciendo permanentemente su voluntad. Hoy las lecturas de la Sagrada Escritura nos iluminan una vez más, y desde otra perspectiva, acerca de este proceso de fe. En efecto, mis queridos hermanos y hermanas, las actitudes de fe del pagano Naamán sanado por mediación de Eliseo y el leproso samaritano que fue curado por Jesús, nos ayudan a entender cómo la fe se da como un don de Dios en los momentos más inesperados y exige de nosotros estar atentos a su presencia amorosa en nuestra vida a fin de responder oportunamente a su llamado. Los invito, mis queridos hermanos y hermanas, a profundizar un poco en el mensaje que los textos sagrados nos ofrecen como palabra de Dios.

Naamán, general del ejército de Siria, que sufría la enfermedad de la lepra, había ido a encontrar a Eliseo, profeta de Israel porque atraído por su fama buscaba que éste lo curara. Y obedeciendo, a más no poder, al profeta, se fue a bañar siete veces en el río Jordán, después de lo cual quedó limpio de su mal. Naamán, una vez que se vio curado, volvió a encontrarse con Eliseo para hacer una profesión de fe: “Ahora sé –le dice– que no hay más Dios que el de Israel. El rechazo de la paga que el hombre ofrece a Eliseo, es un mensaje muy claro de que a Dios no se le puede pagar, ni quiere que se le pague. Lo que quiere es que el hombre, muchas veces arrogante, sobrevivo, orgulloso doblegue su orgullo y lo reconozca como único y verdadero Dios, a la vez que con esa actitud aprenda a recibir todo lo que le ofrece para su propio bien, especialmente su salvación.

Lo mismo sucedió con el samaritano, el único de diez leprosos sanados por Jesús, que se volvió de su camino alabando a Dios, para encontrarse con el Señor y agradecerle tan gran favor. Regresó, alabando a Dios en voz alta, dice el texto del Evangelio de san Lucas. Los nueve leprosos, judíos, conocen la orden del libro del Levítico que señalaba la obligación de presentarse ante los sacerdotes para que éstos dieran fe de su curación y así pudieran reincorporarse a la vida de la comunidad. Ellos obedecen, por eso, el mandato de Jesús, obedeciendo así la Ley. Seguramente, entonces, se consideran sanados por su obediencia a los mandamientos de la Ley mosaica. Se reconocen merecedores de la curación.

Mientras tanto sólo uno, y por cierto, no judío sino samaritano, descubre en el acto bondadoso de Jesús, el poder y el favor gratuito y misericordioso de Dios. SE HA DESCUBIERTO AMADO POR DIOS. Esta es la enseñanza central, mis amados hermanos, el samaritano se descubre amados por Dios. Probablemente no llegó a descubrir a Dios mismo en la persona de Jesús, pero supo responder de alguna manera, en la fe, a la bondad divina manifestada en aquel a quien suplicó con los otros nueve llamándolo Maestro. Podríamos ver, mis amados hermanos y hermanas, en esta escena el contraste entre quienes sólo buscan el milagro por sí mismo apoyándose en un legalismo burdo y sin trascendencia y la respuesta al don de la fe que culmina en la gratitud.

Miren, mis amados hermanos y hermanas, de los leprosos solamente uno vuelve a dar gracias a Dios, los demás al verse sanos se olvidan del que los sano. Ya ellos estaban curados, ya era tiempo de volver a sus casas después de tantos años de vivir en las cuevas y se olvidan de Cristo. Esa es la tentación humana, nos sentimos enfermos, pobres, desamparados, oprimidos, caídos, perseguidos, difamados, fracasados. Pero un día el médico acierta, un día el patrón sube el sueldo, un día encontramos la mano amiga que nos apoya, un día encontramos el camino del éxito, y nos sentimos felices. Y entonces se nos olvida hablar de Dios, que da la ciencia al médico, que da el buen corazón al patrón, que ilumina al amigo para apoyar al amigo, que da la luz para triunfar. Somos unos vergonzantes, mis amados hermanos, no cabe duda. Todo lo que tenemos decimos y ojala convencidos: viene de Dios. Aunque lo hayamos obtenido por nuestro esfuerzo, por nuestro trabajo, por nuestra lucha. El hombre de ciencia niega o ignora a Dios. El empresario aumenta su caudal, aumenta su fábrica y se olvida de Dios. El amigo se olvida de darle gracias al amigo que lo ayudó. El trabajador cansado se rebela contra Dios sin pensar que lo poco que posee de Él viene. Es una gracia.

Una vez más, mis queridos hermanos, hemos de caer en la cuenta que la gratitud a Dios es auténtica y verdadera expresión de la fe. Cuando volvemos a Dios con actitud agradecida, Él no se deja ganar, pues, responde como Jesús: LEVÁNTATE, TU FE TE HA SALVADO. Comprobamos, entonces, mis queridos hermanos, una vez más que la fe tiene su comienzo en una iniciativa divina, espera enseguida nuestra acogida y nuestra respuesta en un acto de entrega total y Él concede aún más de lo que podríamos esperar, pues, nos da lo más importante: LA SALVACIÓN, el don más alto que se nos puede conceder, su misma vida.

Nosotros, por nuestra parte, en esta Eucaristía, le podemos decir este domingo: GRACIAS Señor por el don de la fe; que nos ha llegado a través de nuestra preciosa Niña y Celestial Señora, Morenita del Tepeyac. Gracias porque te has dado a conocer en Jesucristo tu Hijo, el arraigadísimo Dios por quien se vive, el Creador de las personas, el Dueño del cerca y del junto, el Señor del Cielo y de la Tierra. GRACIAS Padre porque no cesas de darte a conocer a través de tu Palabra y en todos los acontecimientos de nuestra vida; GRACIAS por los sacramentos, signos verdaderos de salvación, que actualizan y van haciendo más firme nuestra inserción en la vida divina; GRACIAS especialmente por el sacramento de la Eucaristía en la que nos das a manos llenas tu vida misma en la muerte y en resurrección de tu Hijo amado, Jesucristo; GRACIAS por los momentos difíciles y dolorosos en los que parece no nos ves y que te cayas pero sin embargo en los que Tú manifiestas tu cercanía y misericordia amorosa; GRACIAS por tu perdón y tu paciencia que nos haces experimentar en el sacramento de la penitencia. En fin, Padre, Padre Bueno, GRACIAS por los amigos y su apoyo desinteresado y por los bienes materiales con los que nos haces esta vida alegre y feliz desde ahora.

Mis queridos hermanos y hermanas, la gratitud, podemos ya percibirlo mis hermanos, siempre nos ennoblece y nos hace ser humildes y nos hace sencillos, por eso podemos, mis amados hermanos, también con autenticidad y oportunidad agradecer al Padre Bueno la presencia amorosa de nuestra Preciosa Niña y Celestial Señora, escudo, bandera, estandarte, Patrona de nuestra libertad, a lo largo de estos 478 años. Te agradecemos Padre la presencia amorosa de Santa María de Guadalupe que quiso volverse morena y mestiza, como nosotros para robarnos el corazón y abrirle el corazón a tu Hijo Jesucristo. Gracias, porque Santa María de Guadalupe nos has acompañado los momentos luminosos y oscuros  y que ha sido, en nuestra historia nacional, signo amoroso de la providencia divina.

Amén.

 
 
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