Mis amados hermanos
y hermanas, Cristo ha resucitado ¡Aleluya! ¡Aleluya!
¡Te alabamos Señor por tus
obras magnificas! Esto lo estamos diciendo al Señor cuando cantamos
el Aleluya. ¡Te alabamos por tus obras magnificas Señor, porque
en este día has sacado de entre los muertos al gran pastor de
las ovejas nuestro Señor Jesucristo, que todo ser que alienta
alabe tu nombre Señor ahora y por los siglos de los siglos! Amén.
Mis amados hermanos, hemos
abierto esta Vigilia Pascual, con una pequeña maravilla. La Basílica
estaba totalmente a oscuras y entre todos poco a poco la hemos
ido iluminando a partir de la luz tomada del Cirio Pascual; a
partir de la luz de Cristo. Porque sólo quien se deja iluminar
por Cristo y encender por Cristo ilumina, irradia, paz, amor,
verdad y justicia.
Primero hemos encendido con
fue nuevo el Cirio Pascual, mirémoslo ¡qué hermoso! representa
a Jesús; Jesús vive ahora; Jesús viviente ahora y por eso el Cirio
tiene grabadas las cifras 2010. Estaba apagado, como habían apagado
la vida de Jesús en la cruz. Lo hemos encendido con fuego nuevo
recordando que el Padre lo ha resucitado y lo ha enaltecido.
Jesús es la luz del mundo. Nosotros
que estábamos en la oscuridad hemos encendido nuestros cirios
a partir del Cirio Pascual. Y hemos hecho retroceder la oscuridad,
somos muchos pero formamos una sola luz, la del Cirio Pascual,
la luz de Cristo.
Mis hermanos y hermanas, estrenemos
las fiestas pascuales ¡Aleluya! El Señor nos llama a iluminar
con la luz de Cristo nuestro mundo. Quizás alguien pensará: ¿qué
puedo yo hacer yo contra el mal, contra el odio, contra la guerra,
contra la desesperanza, contra el miedo, contra la tristeza? ¿qué
puedo hacer yo contra la violencia, contra la inseguridad, los
secuestros, contra el narcotráfico, contra la injusticia y la
corrupción? Puedes encender tu corazón en la luz de Jesús; puedes
ayudar al hermano a encender el suyo, recuérdalo. Si la luz de
Cristo está contigo, la oscuridad no podrá vencerte.
Nuestro Cardenal Norberto Rivera,
con sus Obispos Auxiliares, nos han entregado un mensaje lleno
de esperanza: ¿Por qué buscan entre los muertos al que está
vivo? No está aquí ha resucitado, el Señor está vivo. El mismo
que vimos sepultado y crucificado, no está en el sepulcro ha atravesado
el umbral que nadie había pasado jamás y lo contemplamos glorioso,
revestido de majestad y hermosura. Y dicen nuestros obispos de
esta Arquidiócesis de México: Esta es la alegre noticia, que ilumina
nuestra cruda realidad. Un México que se desgarra en la brutal
e irracional violencia fruto de la codicia, del ansia de poder,
de la corrupción sin escrúpulos, de la pérdida de valores cristianos
y humanos, de la desintegración familiar y de la política ejercida,
como poder carente de su vocación, que es el servicio a la patria.
El triunfo del Señor es un acontecimiento, que nos da la certeza
de que el mal no tendrá la última palabra en la destrucción que
deja a su paso el crimen organizado, la violencia de los derechos
humanos en el sufrimiento de miles de familias inocentes que padecen
los estragos de una guerra. Si hacemos vida este misterio de la
resurrección del Señor que estamos celebrando encontraremos una
respuesta a la pobreza que sufren miles de familias que no tienen
oportunidades para vivir dignamente, a los millones de jóvenes
que no vislumbran un futuro alentador; a la niñez que sufre la
ausencia de sus padres y una educación deficiente en auténticos
valores; a las políticas perversas que aprueban leyes asesinas
como la del aborto o inmorales, como las que atacan la naturaleza
y santidad del matrimonio y sacarifican los derechos superiores
de los niños. A la luz de este acontecimiento de la resurrección
debemos ver también la crisis que estamos padeciendo al interior
de nuestra Iglesia a raíz de que algunos sacerdotes deshonestos
y criminales con sus abominables acciones de abusos de niños inocentes
han dañado irremediablemente a sus víctimas, han traicionado su
ministerio sagrado. Han enlodado a la Iglesia y han avergonzado
a sus hermanos sacerdotes. desde el triunfo del Señor sobre el
pecado y la muerte la fe nos invita a ver más allá de la cruz
y la tumba, pues, el sepulcro estaba vacío.
El Señor ha resucitado, está
entre nosotros y pide transformar nuestra vida, desatarla de las
vendas de la codicia y del poder de la corrupción, de la violencia
embrutecida, de la indiferencia, de la intolerancia y de la inmoralidad.
Nos pide voltear la mirada a Él, el único que puede sanar nuestras
heridas; Él único que puede transformar nuestra muerte en vida
y recuperar la esperanza, para nuestra patria tan amada, por su
misericordioso corazón y que brotó del regazo de nuestra preciosa
Niña Santa María de Guadalupe.
Hasta aquí las palabras de
nuestros obispos.
Mis amados hermanos y hermanas,
esta que estamos celebrando en la noche y en la madrugada más
bella de la historia, es la noche y la madrugada más esperada.
La idea del cuerpo muerto de Jesús pesaba sobre sus amigos más
que la losa del sepulcro. Tres mujeres se disponían a embalsamarlo
con aromas no podían dejarle así amaban al Maestro; amaba a Jesús
y eran activas, pero no podían salirse del contexto de la muerte,
lo amortajarían como es debido, necesitarían ayuda para correr
la piedra que cerraba el sepulcro. Estos eran sus pensamientos
cuando de repente descubren que la sepultura estaba abierta, abierta
y vacía, y oyen una voz que les dice: Jesús, el Nazareno, el
crucificado no está aquí ha resucitado. Miren el lugar donde lo
pusieron en su momento, a la salida del sol en un momento todo
había cambiado la muerte había sido vencida, vencida para siempre.
Miren, mis amados hermanos
y hermanas, Pascua es eso, que Jesús ha pasado de la muerte a
la vida y en el dinamismo de este paso de su Pascua, se nos lleva
a nosotros bautizados en su nombre a bajo al fondo de la muerte
para sacarnos de ella a nosotros. Ha asumido nuestro pecado para
salvarnos de él. El sepulcro vacío de Jesús anuncia que todos
los sepulcros han de quedar vacíos un día, y los hospitales, las
cárceles, los campos de concentración, los antros de perdición
de nuestros jóvenes adolescentes y los antros de torturas. La
resurrección de Jesús anuncia la nuestra y funda así la única
esperanza solida de los hombres. Cristo resucitado da respuesta
a todas nuestras esperanzas, la que necesita una palabra de perdón;
un gesto que lo levante; una medicina que lo cure definitivamente
o el que espera algo que ilumine su vida de una relación integradora
de un encuentro amoroso.
Hoy, mis amados hermanos y
hermanas, pensamos en nuestro bautizo y nos ratificamos discípulos
de Cristo, seguidores de Jesús y nos ratificamos en la fe de la
Iglesia y nos sentimos agradecidos y felices de a ver sido bautizados.
Renovamos las promesas de aquel bautismo. El apóstol Pablo, que
hemos escuchado en las lecturas después del Viejo Testamento,
de estos textos maravillosos, nos lo ha recordado: debemos
andar, dice Pablo, una vida nueva considerándose muertos
al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús. Durante el tiempo
cuaresmal nos hemos ido preparando para ellos, ahora es el momento
de hacer posible que el mundo conozca a Jesús en la novedad de
la vida de lo que somos sus discípulos. Por eso nosotros
el mejor testimonio que podemos dar es tener siempre una cara
pascua, una cara feliz, porque el corazón expresa y manifiesta
esa felicidad y alegría en el rostro, en los ojos, en las actitudes.
Ojala que ninguno este con cara de empachado, porque Cristo ha
resucitado; porque Cristo vive. Si está empachado que vaya con
el médico, pero que su cara la ponga alegre.
Hermanos, miren, nuestro compromiso,
nuestro reto, nuestra tarea es la de sembrar semillas de resurrección,
es decir: poner gracia en el fondo de las penas. ¿Quién de nosotros
no tiene penas? Pero hay que poner gracia ahí; esta gracia que
Dios nos da permanentemente; poner salud donde está la herida;
poner amor donde hay condena. Sembrar resurrección es poner perdón
donde hay ofensas; sembrar resurrección es poner alegrías donde
hay tristeza, poner unión donde hay discordia, poner esperanza
donde hay desesperación, miedo, desilusión. Poner amor mucho,
mucho amor donde hay odio, donde hay egoísmo, donde haya excluidos,
levantar a los que yacen en el polvo.
Mis hermanos, la comunión,
el meter al pobre, al que sufre en el corazón, en el corazón de
Jesús, en el corazón nuestro también, en el corazón de la Morenita
del Tepeyac, Santa María de Guadalupe. Sembrar resurrección es
anunciar y trabajar por los valores del Reino.
Que nuestra dulce Madre del
Tepeyac, nuestra Muchachita y Celestial Señora, la Virgen de la
nueva vida, al que nos trajo al arraigadísimo Dios por quien se
vive, testigo fiel del resucitado, nos enseñe y nos acompañe por
los caminos de la vida nueva que su Hijo trasmite por su Espíritu,
Espíritu Santo. Que glorioso Jesús abre su costado y lo derrama
a chorros a raudales sobre nosotros.
Que Ella nos enseñe a dar gracias
y a bendecir a nuestro Dios por las grandes maravillas, que ha
hecho entre nosotros y a favor nuestro.
Amén.
¡Aleluya!