Homilía
pronunciada por Mons.
Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal
de Guadalupe y Rector del Santuario, en el Cuarto
Domingo de Adviento.
21 de diciembre del 2003
DICHOSA TÚ QUE HAS CREÍDO
Alabemos,
hermanos, a nuestro Padre Dios que nos ha dado a su Hijo nacido de
una mujer para la salvación de todos los hombres, haciéndonos,
en Él, hijos suyos para gloria de su nombre. Alegrémonos
también con María, madre del Hijo de Dios y de la humanidad,
pues por su obediencia llena de fe se nos da también como madre
y modelo de nuestra fe, esperanza y amor.
Queridos
hermanos, no hay en la vida del creyente otra fuente de mayor alegría
que la fe. El domingo pasado la alegría ocupaba el centro de
nuestra reflexión. Pero podemos comprobar hoy que, viéndolo
bien, es una actitud permanente en aquellos que, como María
e Isabel creen y esperan en Señor.
El profeta Miqueas, profeta del siglo VIII y contemporáneo
de Isaías, a pesar del los motivos que tendría para
ser pesimista, pues quienes tienen el encargo de cuidar del pueblo
—el rey, los sacerdotes, los profetas mismos— no hacen
más que ver por sus propios intereses, anuncia en la esperanza
que Dios mantendrá su fidelidad para con su pueblo y el signo
de ello es que hará surgir un soberano que, como David, vendrá
de las clases más humildes y realizará plenamente los
planes de liberación, paz y bienestar para su pueblo. En efecto,
“Dios marcará un nuevo comienzo al designar de nuevo
a Belén como el lugar del nacimiento de un futuro rey”
(Jan Colman, en Comentario Bíblico Internacional). Belén
es la más insignificante de las ciudades de Judá, pero
tendrá el honor de darnos al Mesías prometido por los
profetas, aquél que debe extender el Reino de Dios, de paz
y de amor, hasta los confines de la tierra.
En el Nuevo Testamento, el autor de la carta los Hebreos, polemizando
contra la ley antigua por imperfecta e ineficaz par alcanzar la salvación,
especialmente refiriéndose a los sacrificios, coloca en labios
de Jesús unas palabras que dan el sentido a su entrada al mundo
mediante la encarnación como un acto de obediencia y de fiel
cumplimiento del proyecto salvífico del Padre. Con la cita
del Sal 40, según el texto griego, el autor asegura que el
sacrificio de Cristo ha hecho obsoleto cualquier otro tipo de sacrificio,
pues con su muerte en la cruz, en obediencia a su Padre, nos ha alcanzado
definitivamente la salvación.
En el evangelio que acabamos de escuchar, san Lucas pone en camino
el evangelio en el que María, la made de Jesús, tiene
mucho que ver. Ya hemos señalado, hermanos, que podríamos
decir que el Lucas es el evangelista de los caminos. En su obra, todo
está en camino, la misma buena noticia está en proceso
permanente. Acabamos de escuchar, precisamente que María se
encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea.
Lo maravilloso, mis hermanos, es que es ella quien pone en camino
a su Hijo para el encuentro con su pariente Juan el Bautista.
En este domingo tenemos, hermanos míos, a María como
figura principal del Adviento. Ella es modelo, imagen y protagonista
de la última etapa de la salvación que echa a andar
con su respuesta a la escucha de la Palabra. María no sólo
escucha y conserva la Palabra en su corazón, sino que es también
portadora de la salvación que la Palabra produce en quien está
abierto a recibirla, como es el caso de Isabel que, llena del Espíritu,
la acoge y reacciona con una exclamación alegre y también
llena de fe: ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito
el fruto de tu vientre!
La Palabra, que está en proceso de encarnación, produce,
así sus primeros frutos, gracias a la disponibilidad de María,
pues Isabel se siente gratamente sorprendida del gesto amable y servicial
al grado de que se siente interpelada, conmocionada, pues pregunta:
¿quién soy yo?
Esta pregunta de Isabel es la pregunta existencial e inicial de la
conversión ante la experiencia del amor de Dios experimentado
en la vida por aquellos que se abren a la oferta misericordiosa de
un Dios que sale al encuentros de los hombres que lo buscan con sincero
corazón. Ésta es la primera pregunta que se hace quien
está abierto a la obra de Dios, pues ella lo sitúa en
la justa dimensión de criatura frente al Dios del amor y de
la misericordia infinita.
Esta fe, que brota de la experiencia de encontrarnos
con el amor de Dios, se transforma en una gran esperanza, la cual
lanza al futuro para verlo con alegría y optimismo: Dichosa
tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto
te fue anunciado de parte del Señor, dice Isabel a María,
pues iluminada por el Espíritu, vislumbra, en la fe, la trascendencia
de la respuesta obediente y fiel de María. De esta forma, Isabel
entra también en esta dinámica de la fe. Por eso, mis
hermanos, podríamos también felicitar a Isabel con su
mismas palabras porque cree, aceptando y comprometiéndose con
lo que está presenciando ante María y su Hijo.
La fe, hermanos míos, se da en los encuentros que Dios suscita
en los caminos de la vida de todo hombre. Después de recorrer
el camino de este Adviento que estamos por concluir, podemos estar
seguros de vivir siempre en camino para llevarles la Palabra, como
María, a quienes, como Isabel, están dispuestos y deseosos
de dejarse iluminar por esta Palabra hecha carne. La ocasiones son
muy variadas. Simplemente como María, seamos oportunos y estemos
dispuestos al servicio con todo lo que somos y tenemos. Lo demás
es obra del Espíritu, tal como sucede en la respuesta de Isabel.
¡Dichosos nosotros que hemos creído! ¡Dichosos,
todavía más, si otros llegan a creer por nuestro testimonio
vivo de fe! Contemplando la fe de estas sanas mujeres, pidamos su
auxilio para perseverar en el noble oficio de ser portadores de la
Palabra que salva.
Santa
María de Guadalupe, Señora y modelo de la Iglesia, asístenos
con tu intercesión maternal a fin de que, como tú, que
desencadenaste en la historia la serie de respuestas humanas a las
propuestas divinas, podamos hoy ser fieles en el servicio de evangelizar
y consolidar la fe en nuestra patria y en el mundo que nos ve y espera
de nosotros un testimonio vivo de nuestra esperanza.
Amén.