AL ENCUENTRO DE CRISTO POR EL CAMINO
DE LA CONVERSIÓN
Hermanos,
el Adviento es el tiempo de la Iglesia.
Esto significa que la Iglesia está en permanentemente espera hasta que
venga su Señor. De esta manera podemos afirmar que la oración más profunda
de la Iglesia es: ¡Ven Señor! La certeza de su venida gloriosa
es lo que da sentido a nuestro vivir en Cristo.
No está por demás, mis hermanos, que insistamos en que el tiempo
santo de Adviento es la oportunidad que la Iglesia nos da de hacernos
conscientes de que toda la vida del creyente es un caminar al encuentro
del Señor que viene. Los profetas anunciaron este misterio a lo
largo de la historia de Israel, el pueblo elegido por Dios, señalando
que la misma elección era ya un signo de este acontecimiento de la
historia de la salvación. El Señor había previsto desde la eternidad
que, en su misericordia, enviaría a su Hijo para salvar a la humanidad.
Por eso los profetas al anunciar este don divino exhortaron
y orientaron hacia la conversión del corazón a Dios. Precisamente
como lo hizo Juan el Bautista que preparó la venida inminente del
Mesías. Es notable que los profetas que hoy hemos escuchado coincidan
en la necesidad de la conversión como la condición necesaria para
el encuentro con el Señor que viene.
El profeta Baruc, para cerrar su predicación, lo expresa de
una manera muy poética y alegre. Históricamente este oráculo del profeta
es una palabra de aliento para el pueblo que, por obra de la
misericordia divina, habría de regresar del exilio. Era importante
que el pueblo, afligido por cincuenta años de destierro, confiara
en la fidelidad y en la misericordia de Dios que iba a hacer volver
a su pueblo. En el contenido de su profecía, Baruc estaba muy cerca
del profeta Isaías que cita san Juan Bautista para justificar su actuación
y su predicación.
Igual que Baruc, el Segundo Isaías, contemporáneo suyo, anuncia
el retorno del exilio como un nuevo éxodo, más aún, como una
nueva creación. El pueblo está todavía en el destierro, pero se
vislumbra próxima la caída de Babilonia, que lo tenía sometido con
la esclavitud. El profeta interpreta este inminente acontecimiento
como el fin del castigo que sufría el pueblo. Era como el regreso
de Dios a su pueblo. Y para esto había que preparar el camino.
Esta preparación la está llevando a cabo Dios mismo, facilitando todo
para que suceda. Podríamos decir que Dios está preparando su propio
camino para el encuentro con su pueblo facilitando, como Señor
de la Historia, todas las cosas; pero, como en doble vertiente, el
profeta exhorta también al pueblo a la conversión tal como lo entiende
el Bautista.
Efectivamente, mis hermanos, Juan aparece en el evangelio
de san Lucas como el último profeta de la antigua alianza que anuncia
la llegada del profeta de la nueva que es Jesús. Como cada vez
que san Lucas habla de momentos trascendentes, lo hace de la forma
más solemne: con datos precisos de lugar y tiempo. La historia
de la salvación se da en tiempos y lugares precisos, como nos
lo mostraba el Antiguo Testamento.
Decíamos hace una semana que el Adviento nos exhorta a vivir
la espera y, por tanto, a prepararnos. El bautista, al predicar
el bautismo de penitencia para el perdón de los pecados, retoma las
palabras del profeta Isaías que incitaba a preparar el camino al Señor.
Está claro entonces que Adviento es un tiempo de penitencia, es
decir, de conversión o de arrepentimiento.
Hoy en día, mis hermanos, nos ha dado mucho por la conversión,
pero no por la que exige la fe. Para superar los graves desafíos que
le producen la política, la economía y, en fin las situaciones sociales
tan críticas como complejas, el hombre moderno, con renuncias y
grandes esfuerzos, incluso económicos, se vuelve, se convierte,
hacia sí mismo. Siempre volver sobre sí mismo será algo útil y,
hasta cierto punto, necesario para crecer, pero cuando esto se considera
como lo único e insustituible no deja de ser peligroso, porque en
lugar de salir de sí para atender al llamado del otro —y en el
caso del creyente, de el-Totalmente-Otro— el hombre se encuentra
atrapado en su narcisismo estéril. Conversión a sí mismo es nada
menos que hacia la debilidad y a la propia miseria, en una palabra,
hacia el fracaso. El humanismo es un gran valor, pero no sustituye
el encuentro necesario con el verdadero Dios.
Hoy se nos invita a preparar el encuentro con Alguien que viene.
Es necesario destruir todo lo que impide su llegada. Eso exige una
actitud permanente de cambio; de cambio radical de la mente y del
corazón, es decir, cambio de actitudes profundas que se manifiesten
en acciones nuevas y vida nueva: Se nos está proponiendo hoy a
una total disponibilidad al servicio del amor de Dios y de los hermanos.
El Reino de Dios es un camino y nada puede suplantarlo. Cristo
encarna ese camino, pues dijo con plena verdad y amor: Yo soy el
camino, la verdad y la vida (Jn 14,6). Por eso, Cristo,
a quien esperamos, es la encrucijada decisiva en la que se encuentran
el camino de los hombres y el de Dios. Sin embargo, mis hermanos,
para no caer en el romanticismo, no debemos olvidar que, el de Cristo,
es un camino difícil. Porque pasa por la sangre y por la cruz. Pero
es el único que lleva a Dios. No hay otro. Con estas consideraciones
podemos preguntarnos: ¿Cómo podemos hoy, los cristianos del siglo
veintiuno, preparar la venida del Señor? ¿Qué tengo que rebajar
o allanar para que este encuentro sea seguro y estable?
La
Eucaristía es señal de este encuentro. Para eso nos reunimos cada domingo
a celebrarla: para experimentar su presencia entre nosotros. La
Eucaristía es la ocasión no sólo de expresar nuestra adhesión
en el amor a Cristo, sino también de hacer la opción por todos y cada
uno de nuestros hermanos y compañeros de viaje, especialmente
los que menos cuentan.
Nuestra Muchachita, nuestra Señora de Guadalupe, como Señora
del Adviento, que vino a facilitarnos el encuentro con el Hijo
de Dios, su hijo, está con nosotros en este camino de reconciliación
y de construcción de un mundo abierto a los valores del Reino. Que
ella nos auxilie con su maternal intercesión y con su ejemplo
de escucha y disponibilidad para acoger al que viene. Amén.