Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy
Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe
y Rector del Santuario, en la Solemnidad de la
Epifanía del Señor.
Domingo 8 de enero de 2006
EL SEÑOR SALE AL ENCUENTRO DEL HOMBRE
Hermanos, demos gracias a Dios que nos ha dado la luz de
la vida y la verdad en su Hijo Jesucristo y nos ha destinado a que,
como Iglesia, unidos a su Hijo, seamos manifestación de su gloria, de
su amor y de su poder para la salvación de todos los hombres.
Hoy culmina en la Iglesia este tiempo santo de la Navidad.
Esperamos que haya sido ocasión
de abundantes bendiciones y gracias que nos encaminen por la senda del
año litúrgico y de una vida espiritual cada vez más profunda y llena
de conocimiento de Dios y de consciencia de lo importante que somos
para Él. Pasemos,
hermanos, inmediatamente a meditar en la culminación de estos misterios
de la Encarnación a partir de las lecturas que se nos proponen para
este domingo.
De una forma poética el profeta Isaías nos presenta a Jerusalén
como el lugar donde la gloria y la luz de Dios brillan de una manera
nueva y diferente. Para nosotros los cristianos, ésta imagen es
figura de la Iglesia cuya misión es ser, a su vez, luz para atraer
a todo los pueblos de la tierra para un encuentro con Dios y, mediante
este encuentro, alcanzar la salvación. El texto profético nos invita
a ser luz, es decir a manifestar a todos la salvación, es decir
a Jesucristo, ya que es Él quien brilla sobre su pueblo. Quienes
viven en las tinieblas, pero desean vivir en la luz, han de buscar
en la Iglesia y encontrar en ella a Cristo, luz de todos los pueblos.
La luz de Jesucristo consiste, según san Pablo, en ser revelador
del Padre para todos los hombres; no sólo para el pueblo judío,
sino también par los paganos, es decir, los que nada tienen que ver
ni religiosa ni culturalmente con aquellos, como es el caso de la
gran mayoría de los habitantes de la tierra y en la que estamos
incluidos nosotros.
También en el evangelio de hoy, mis queridos hermanos, san
Mateo nos invita a adorar el misterio de la Encarnación con gratitud,
admiración, y contemplación, sobre todo, a fin de ir al encuentro
con quien viene a nosotros como mesías y rey. La presencia de la
estrella es un elemento de raleza en la narración evangélica, de
manera que a quien la Iglesia anuncia y propone para el encuentro es
nada menos que el Mesías rey.
La
Iglesia, por su parte, en esta nobilísima tarea al servicio de la
salvación, valora todas las manifestaciones culturales de los diversos
pueblos de la tierra, para ir al encuentro de todas y cada una de
las inquietudes legítimas que son ya una disposición y una apertura
a la salvación. En dondequiera existen hombres y mujeres que,
dejándose llevar de ese don impuesto por Dios en lo más íntimo de cada
uno, buscan vivir los valoras más nobles como son la verdad,
la fraternidad, el respeto a los demás, la justicia y la rectitud en
el obrar llevados por el amor.
En esta fiesta en la que celebramos un aspecto de la multitud
de aspectos de la Navidad, el aspecto de luz y manifestación del
misterio, a nosotros, los ya creyentes, se nos propone como una
oportunidad de profundizar en este misterio como un encuentro entre
Dios con el hombre como un don que tiene su origen en la iniciativa
divina. La Epifanía del Señor, mis hermanos, nos invita a ver el
misterio como un encuentro con Dios, pero también como un
encuentro con todos los hombres en sus diversas culturas. Si Él
no puede ser monopolio de nadie: ni de personas ni de grupos, ni de
clases sociales o de razas, la Iglesia tiene que estar abierta
a todos sin exclusión alguna.
El hecho teológico y misterioso de la Epifanía es que
Dios se deja encontrar, conocer y adorar, es decir, servir —porque
el servicio es la mejor expresión de la adoración—, en realidad por
todos los que se dejan encontrar por Él.
Dios, en su inefable misericordia, nos da las señales suficientes que nosotros
hemos de entender y aceptar para seguir —como lo magos— desde
nuestra pobreza y humildad por los caminos que Él nos va abriendo
hacia la salvación, es decir, hacia el encuentro en el amor con Él.
Si nos dejamos guiar por su estrella, mis hermanos, no tendremos la
posibilidad de perdernos, sino de llegar a lo insospechado, a lo inesperado.
A la novedad del encuentro. Los signos tienen la función de guiarnos
a lo significado, que en este caso es el Significado: el Señor que,
a pesar de la condición humilde, pobre y pequeña de un niño —signos
éstos de su grandeza— ha venido a encontrarnos y quedarse con nosotros
como Emmanuel. Cada encuentro con Él está siempre cargado de novedad.
Y no requiere de mucha ciencia y de muchos conocimientos. Lo único que
requiere es apertura, disposición interior, humildad para aceptar los
signos.
Esos signos también pueden ser los demás. La mejor señal de
Dios al hombre es el hombre mismo. Y exige también ser aceptado como
es: imagen de su Hacedor. Esto tiene que ser, mis hermanos, una realidad
cada vez más auténtica y evidente en la Iglesia. En esta casa y familia
de Dios, cuya cabeza es Jesucristo, luz de todos los hombres. Si
deseamos que acaben las discordias y las diferencias estériles en el
mundo y en nuestra patria, propongámonos vivir más intensamente este
aspecto del misterio de la Iglesia a fin de ser, por nuestra parte,
y en la comunión fraterna, una epifanía del amor del Dios misericordioso.
Es lo que celebramos y significamos en nuestras asambleas eucarísticas
de cada domingo. Hagámonos conscientes de este misterio y tarea que
Dios nos ha encomendado. Que María, nuestra Niña y Señora de Guadalupe,
Estrella de la Primera y de la Nueva Evangelización signo y estrella
de nuestra salvación nos acompañe con su maternal intercesión. Amén.