Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy
Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe
y Rector del Santuario, en la Solemnidad de Santa
María, Madre de Dios
Domingo
1de Enero de 2006
NUESTRA SEÑORA DE LA PAZ
Hermanos:
Cristo es nuestra paz (Ef 2,14) y es la paz que Dios nos envió
por medio de María para nuestra reconciliación con Él y entre nosotros.
Alabemos a Dios por su misericordia y alabemos a nuestra Señora por
su obediencia, porque el ‘sí’ de ella es un eco que se extiende
hasta el infinito en la historia y en la eternidad.
Estamos todavía, mis hermanos, en el ambiente de Navidad. Y desde el Adviento, Nuestra Señora
aparecía ya como una de las figuras que le daban vida y sentido a esta
etapa inicial del año litúrgico. Hace apenas ocho días hemos celebrado
el nacimiento de Jesús dando así inicio al tiempo de Navidad y que termina
hasta la fiesta de la Epifanía con la cual se celebra el sentido universal
de la Salvación.
En este tiempo tan hermoso y lleno de gracias, la Virgen
Madre continua en un lugar privilegiado, pues, con su obediencia
pronta y humilde es ella quien ha hecho posible la entrada del Hijo
de Dios en nuestra historia. Jesucristo es Hijo de Dios e hijo de
la humanidad por medio de María. La expresión más completa de su
maternidad virginal es su respuesta libre y gozosa en el amor al servicio
de Dios y de la humanidad.
Al celebrar, hermanos, este día primero del año, a la gran
Madre de Dios, la Iglesia celebra también la jornada de la paz.
Aparentemente nada tiene que ver la Virgen Madre de Dios con la paz.
Sin embargo, me parece que, al menos, hay dos razones por las
que están estrechamente relacionados.
La primera es la obediencia de María que, con su sí,
se convierte en constructora de la paz. La obediencia de María la hizo
entrar en armonía con el proyecto de Dios porque se dio en la fe y en
el amor. Si consideramos que paz (shalom) quiere decir, en primer lugar,
armonía, podemos comprender que cuando nuestra Señora le dijo sí a Dios,
ella entro en armonía perfecta con los planes de Dios y le dejó hacer,
sobre ella, cuanto quiso y como quiso. No puso condiciones, nos hizo
cálculos para ver si le convenía o no comprometerse en el proyecto divino,
simplemente aceptó sin más. Si acaso, hizo una pregunta con la cual
quería sólo saber qué debía hacer para cooperar y poner todo lo que
estaba en sus manos. Su respuesta fue expresión de fe y amor a Dios
y a la humanidad.
La segunda razón, mis hermanos, está en el hecho de habernos dado al Príncipe
de la paz, el que con su Encarnación, unió en la armonía el cielo
con la tierra y, con su muerte y su resurrección, puso en paz todas
las cosas. Vino a restablecer y a levantar lo que estaba derrumbado.
Vale, entonces, la pena reflexionar juntos, queridos hermanos,
en la paz como una de las consecuencias y, tal vez la principal,
así como en las exigencias que la Encarnación, la Muerte y la Resurrección
traen consigo a fin de hacer nuestra la obra redentora de Jesucristo.
Su Santidad Benedicto XVI en su mensaje por la paz,
ha puesto como premisa para alcanzarla, el sentido auténtico de la verdad.
Pues sólo cuando el hombre se deja iluminar por el resplandor de la
verdad emprende casi de modo natural el camino de la paz.
Insiste, haciendo eco a las enseñanzas de la Gaudium et Spes
que la humanidad no conseguirá construir “un mundo más humano para
todos los hombres, en todos los lugares de la tierra, a nos ser que
todos, con espíritu renovado, se conviertan a la verdad de la paz”,
pues de lo contrario, el imperio de la mentira, impedirá la consecución
de la paz y en consecuencia seguiremos siendo testigos de graves males
en la vida de los individuos y de las naciones.
Vivir la paz es, entonces, la primera de las exigencias de nuestra condición
de salvados. Por eso se impone una reflexión que nos haga comprender
este don de Dios, a fin de convertirnos en artífices de la paz. Jesús
dice en el evangelio de Mateo: Bienaventurados los que trabajan por
la paz (5,9. La paz es don de Dios, pero Él quiere que seamos colaboradores
suyos en su construcción. Y esta colaboración con Dios comienza en la
sintonía con su voluntad; comienza como en Cristo y en María, con un
sí participando por obediencia en el plan del Padre.
La paz es hermana de la justicia y, tal vez sería mejor decir que aquella
es resultado lógico de ésta. Cuando respetamos a los demás en su integridad,
estamos practicando la justicia y, por lo mismo, estamos cooperando
a la paz.
Cuando las relaciones familiares, laborales y políticas son
justas, estamos cooperando en la construcción de la justicia. Cuando
nos preocupamos de los más pobres y emprendemos acciones para su promoción
y desarrollo, aunque sea de la manera más discreta y humilde, estamos
entonces fomentando una cultura de paz comprometida y sostenida.
Tanto la observancia y el respeto de la leyes justas como la
promoción de la educación y del derecho al trabajo para todos por igual,
son condiciones para una auténtica paz que permite el desarrollo, la
seguridad y la convivencia entre la gente que vive en una misma casa
que es nuestro mundo. Y en esta tarea, mis hermanos, no tienen que ver
sólo las autoridades y los grandes, no es tarea de todos. Todos tenemos
algo que hacer más que decir en el tema de la paz.
En todo caso, son más bien, los pequeños y humildes,
como nos lo muestran Cristo y María, nuestra Señora de la Paz, los que,
con sus pequeñas acciones, discretas y modestas en todos sentidos,
logran crear ámbitos de paz en torno suyo como muestras de que para
construir la paz sólo se necesita amor y fidelidad a Dios y al hombre.
Hermanos, la humanidad está cansada de grandes discurso sobre la paz. El mundo
pide y necesita acciones muy concretas, aunque sean pequeñas, pero que
se desarrollen en la verdad y en el respeto integral de todos. Es importante
que en este año de intensidad política lo tengamos presente para
que, como discípulos del Rey de la paz, demos responsablemente testimonio
de esperanza en un país justo y pacífico.
En la Eucaristía, signo de nuestra reconciliación con Dios
y con los hermanos, por la acción única e insustituible de Cristo, podremos
ir profundizando cada domingo en este compromiso y honor de ser constructores
de estructuras cada vez más fraternales en las que reine la paz.
Y María, nuestra Señora de la paz, Nuestra Niña Santa María de Guadalupe,
que vino a reconciliar el antagonismo surgido entre mexicas y españoles,
nos siga acompañando con su ejemplo y su intercesión para lograr ser
artífices de paz. Amén.