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Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el III Domingo Ordinario.

Domingo 22 de enero de 2006

MOMENTOS

Bendito sea Dios, nuestro Padre, y Padre de nuestro Señor Jesucristo que, en su gran misericordia, irrumpió en la historia por medio de su Hijo amado, para hacernos experimentar la eternidad, mediante la práctica de la fe, ya desde ahora, a nosotros que nos encontramos inmersos en el tiempo y en el espacio, es decir en la historia, que Él ha santificado y le ha dado sentido con su Encarnación.

Somos tiempo, diría un filósofo existencialista del siglo pasado (Martín Heidegger). Y es que nos sólo estamos inmersos en el tiempo, sino que estamos hechos de tiempo y espacio; aquí radica nuestra diferencia frente a Dios, el Eterno, sin tiempo ni espacio que lo limiten. El tiempo y el espacio, pues, son evidencias de nuestra finitud y debilidad. Y es precisamente la conciencia de nuestras limitaciones lo que no hace anhelar lo permanente, lo estable y eterno.

Por eso, mis hermanos, cuando afirmamos que Dios se hizo hombre, necesariamente hacemos referencia a su realidad histórica: nació en un lugar y en un tiempo concreto. Podríamos afirmar con ese pensador que lo más nuestro es nuestra historia personal que se sitúa en la historia de la humanidad y del mundo. Y Dios asumió nuestra realidad. Esta realidad.

Dios, el todopoderoso y eterno, que no está limitado por tiempo ni espacio alguno, al condescender con nosotros los hombres asumió nuestra realidad histórica. Y es en este sentido como podemos entender que Jesús, como san Pablo en su carta  a los Gálatas (4,4) nos hablen de la plenitud del tiempo. Se trata de un tiempo fijado por Dios desde la eternidad. Es el tiempo de Dios. El tiempo que Dios previó y cuando llegó, su Hijo se acercó definitivamente, habitó entre nosotros, diría san Juan (1,14).

Las cuatro frases que componen el resumen de la predicación de Jesús, están relacionadas con el tiempo: se ha cumplido el tiempo, se ha acercado definitivamente el Reino de Dios encarnado en su Hijo; por tanto, son urgentes la conversión y la fe como respuesta inmediata al proyecto divino. Parece que Jesús dice: ahora o nunca, o bien: “lo tomas o lo dejas”. Es la hora de la decisión. No tiene caso darle largas. No hay que pensarlo demasiado.

Pero el misterio del Reino, mis hermanos, encarnado en la persona de Cristo que asume nuestra historia para trascenderla por su muerte y resurrección, nos lleva también a nosotros, los cristianos, a vivir de una manera diferente, especialmente como si no viviéramos en el tiempo. San Pablo, que vivió intensamente una conversión muy especial, entendió la importancia de una respuesta pronta y decidida. Así, nos dice en su primera carta a los corintios (2ª. Lectura) que el tiempo apremia porque se termina. La paciencia de Dios es eterna, pero Él exige una respuesta en nuestro tiempo. Es la oportunidad, el momento oportuno que requiere de una respuesta pronta y decidida. Porque somos nosotros los que estamos en el tiempo y éste se va, se agota, nos devora.

El tiempo de la salvación pasa como una oferta. Como una promesa que, obviamente, mira al futuro. Esta oferta se da en el tiempo, pero lanza a la eternidad. Libera de todas las ataduras. Porque nace de la misericordia de Dios. Urge como el amor: la caridad de Cristo nos urge, diría san Pablo (2Co 5,14).

La respuesta inmediata al anuncio de salvación, mis hermanos, se nos señala en el anuncio mismo en la conversión y en la fe. En efecto, señala Jesucristo en su mismo anuncio: conviértanse y crean en el Evangelio. El evangelio es, en primer lugar, Jesucristo mismo y en segundo término es su enseñanza. De manera que la respuesta inmediata es muy dinámica: hay que creer para cambiar y hay que cambiar para creer. Porque el cambio que se requiere es, en primer lugar, íntimo y, por lo mismo radical: cambio de mente y de corazón, para aceptar la propuesta del evangelio. Y quien cree, queridos hermanos, tiene la vida eterna según nos lo dijo Jesús: todo el que está vivo y  crea en mí, jamás morirá (Jn 11,26).

Por eso la conversión y la fe vividos en un momento favorable (u oportuno, según el significado más cercano de ‘kairós’) es un paso de la muerte a la vida. Es superación del tiempo viejo que encamina hacia la ruina para encaminarse al tiempo nuevo, de cielos nuevos, de realidades nuevas que, en nuestro tiempo pertenecen al futuro, nuestro futuro, cuando se acabe el tiempo y nos encontremos, por la misericordia de Dios, con el Eterno.

Este misterio, queridos hermanos, es una realidad actual. Podemos, y de hecho ya estamos viviendo los cristianos estas realidades futuras, sin dejar de vivir en el tiempo, desde el momento de la conversión a Cristo y su evangelio y cuando nos mantenemos en la fidelidad y en la caridad. Los signos de la conversión son muy claros, según el evangelio mismo: la caridad, en primero lugar, la misericordia, la esperanza y el abandono de sí mismo en la voluntad santa de Dios en todos los aspectos de la vida personal y comunitaria.

En la celebración eucarística nos reunimos como comunidad convertida que busca y encuentra en la Palabra de Dios y en la comunión el sentido y la fuerza para vivir en estado permanente de conversión, mediante la práctica de las obras de misericordia por la fe y el amor a Dios y el fraterno, especialmente para los más necesitados y marginados.

Estoy seguro, mis hermanos que Nuestra Niña y Señora Santa María de Guadalupe nos sirve en mucho de ejemplo y de apoyo solidario, ya que ruega por nosotros constantemente para que podamos responder a las oportunidades de conversión y de fe que Dios  nos ofrece y podamos ser testigos de la misericordia y el amor. Que así sea.

 
 
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