MOMENTOS
Bendito sea Dios, nuestro Padre, y Padre de nuestro Señor Jesucristo
que, en su gran misericordia, irrumpió en la historia por medio
de su Hijo amado, para hacernos experimentar la eternidad, mediante
la práctica de la fe, ya desde ahora, a nosotros que nos encontramos
inmersos en el tiempo y en el espacio, es decir en la historia,
que Él ha santificado y le ha dado sentido con su Encarnación.
Somos tiempo, diría un filósofo existencialista del siglo pasado (Martín
Heidegger). Y es que nos sólo estamos inmersos en el tiempo, sino
que estamos hechos de tiempo y espacio; aquí radica nuestra
diferencia frente a Dios, el Eterno, sin tiempo ni espacio que
lo limiten. El tiempo y el espacio, pues, son evidencias
de nuestra finitud y debilidad. Y es precisamente la conciencia
de nuestras limitaciones lo que no hace anhelar lo permanente, lo
estable y eterno.
Por eso, mis hermanos, cuando afirmamos que Dios se hizo
hombre, necesariamente hacemos referencia a su realidad histórica:
nació en un lugar y en un tiempo concreto. Podríamos afirmar
con ese pensador que lo más nuestro es nuestra historia personal
que se sitúa en la historia de la humanidad y del mundo. Y Dios
asumió nuestra realidad. Esta realidad.
Dios, el todopoderoso y eterno, que no está limitado por tiempo ni espacio
alguno, al condescender con nosotros los hombres asumió nuestra
realidad histórica. Y es en este sentido como podemos entender que
Jesús, como san Pablo en su carta a los Gálatas (4,4) nos
hablen de la plenitud del tiempo. Se trata de un tiempo
fijado por Dios desde la eternidad. Es el tiempo de Dios. El
tiempo que Dios previó y cuando llegó, su Hijo se acercó definitivamente,
habitó entre nosotros, diría san Juan (1,14).
Las cuatro frases que componen el resumen de la predicación
de Jesús, están relacionadas con el tiempo: se ha cumplido el
tiempo, se ha acercado definitivamente el Reino de Dios encarnado
en su Hijo; por tanto, son urgentes la conversión y la fe
como respuesta inmediata al proyecto divino. Parece que Jesús
dice: ahora o nunca, o bien: “lo tomas o lo dejas”.
Es la hora de la decisión. No tiene caso darle largas. No
hay que pensarlo demasiado.
Pero el misterio del Reino, mis hermanos, encarnado en la
persona de Cristo que asume nuestra historia para trascenderla
por su muerte y resurrección, nos lleva también a nosotros,
los cristianos, a vivir de una manera diferente, especialmente como
si no viviéramos en el tiempo. San Pablo, que vivió intensamente
una conversión muy especial, entendió la importancia de una respuesta
pronta y decidida. Así, nos dice en su primera carta a los corintios
(2ª. Lectura) que el tiempo apremia porque se termina. La
paciencia de Dios es eterna, pero Él exige una respuesta en nuestro
tiempo. Es la oportunidad, el momento oportuno que requiere
de una respuesta pronta y decidida. Porque somos nosotros los que
estamos en el tiempo y éste se va, se agota, nos devora.
El tiempo de la salvación pasa como una oferta. Como una promesa
que, obviamente, mira al futuro. Esta oferta se da en el tiempo, pero lanza a la eternidad.
Libera de todas las ataduras. Porque nace de la misericordia
de Dios. Urge como el amor: la caridad de Cristo nos urge, diría
san Pablo (2Co 5,14).
La respuesta inmediata al anuncio de salvación, mis hermanos,
se nos señala en el anuncio mismo en la conversión y en la fe. En
efecto, señala Jesucristo en su mismo anuncio: conviértanse
y crean en el Evangelio. El evangelio es, en primer lugar, Jesucristo
mismo y en segundo término es su enseñanza. De manera
que la respuesta inmediata es muy dinámica: hay que creer para
cambiar y hay que cambiar para creer. Porque el cambio que se
requiere es, en primer lugar, íntimo y, por lo mismo radical:
cambio de mente y de corazón, para aceptar la propuesta del
evangelio. Y quien cree, queridos hermanos, tiene la vida eterna
según nos lo dijo Jesús: todo el que está vivo y crea en mí,
jamás morirá (Jn 11,26).
Por eso la conversión y la fe vividos en un momento
favorable (u oportuno, según el significado más cercano de ‘kairós’)
es un paso de la muerte a la vida. Es superación del tiempo
viejo que encamina hacia la ruina para encaminarse al tiempo nuevo,
de cielos nuevos, de realidades nuevas que, en nuestro tiempo
pertenecen al futuro, nuestro futuro, cuando se acabe el
tiempo y nos encontremos, por la misericordia de Dios, con el Eterno.
Este misterio, queridos hermanos, es una realidad actual. Podemos,
y de hecho ya estamos viviendo los cristianos estas realidades futuras,
sin dejar de vivir en el tiempo, desde el momento de la conversión
a Cristo y su evangelio y cuando nos mantenemos en la fidelidad
y en la caridad. Los signos de la conversión son muy claros,
según el evangelio mismo: la caridad, en primero lugar, la misericordia,
la esperanza y el abandono de sí mismo en la voluntad santa de Dios
en todos los aspectos de la vida personal y comunitaria.
En la celebración eucarística nos reunimos como comunidad convertida
que busca y encuentra en la Palabra de Dios y en la comunión
el sentido y la fuerza para vivir en estado permanente de conversión,
mediante la práctica de las obras de misericordia por la fe y el
amor a Dios y el fraterno, especialmente para los más necesitados
y marginados.
Estoy seguro, mis hermanos que Nuestra Niña y Señora Santa
María de Guadalupe nos sirve en mucho de ejemplo y de apoyo solidario,
ya que ruega por nosotros constantemente para que podamos responder
a las oportunidades de conversión y de fe que Dios nos ofrece y
podamos ser testigos de la misericordia y el amor. Que así
sea.