Alabemos a Dios, nuestro Padre quien por medio de su Hijo Jesucristo
se puso a nuestro servicio, para indicarnos que la vida se alcanza
en toda su plenitud cuando, siguiéndolo e imitándolo,
nos ponemos al servicio mutuo en especial con quienes más
nos necesitan.
Hermanos, la palabra de Dios, que cada domingo la Iglesia nos
propone a nuestra consideración y para crecimiento y consolidación
de nuestra fe, tiene su máxima expresión en
las palabras y en los hechos de Jesús que nos transmiten
los evangelistas.
Desde el domingo pasado hasta el próximo, escucharemos
a san Marcos que nos transmite la fe de las primeras comunidades
cristianas en las que tenemos nuestras raíces. Los trozos
del evangelio que estamos escuchando son, hermanos míos,
parte de un gran resumen que el evangelista nos hace para mostrarnos,
de una manera paradigmática, los lugares y las diversas
actividades de Jesús para cumplir la misión que
su Padre le asignó para llevar a cabo entre nosotros
(Mc 1,21-45).
Lo vemos, efectivamente, enseñando, arrojando demonios,
sanando a los enfermos, orando y predicando la Buena Noticia en
los más diversos lugares y de distintas formas: la sinagoga,
la casa y en todos los lugares abiertos por donde pasaba en Cafarnaún
y en toda Galilea. El evangelista nos presenta a un Jesús
siempre en movimiento y acompañado de sus discípulos
a quienes educa y prepara para el trabajo misionero.
El domingo pasado, mis hermanos, admirábamos con la
gente de su tiempo la eficacia de su palabra dicha con autoridad
y respaldada por sus actos. Hoy el mismo evangelista nos hace
entrar en la casa de Simón y de Andrés donde asistimos
a la curación de su suegra, que se levanta para servir
la cena, vemos luego llegar a la multitud que, al caer el
sol, se junta en la casa para ser curada y liberada de toda clase
de demonios. ¡Cuánta actividad en una sola tarde!
Al día siguiente vemos al Señor irse de madrugada
a un lugar solitario para un encuentro íntimo con su Padre
en la oración y repetir una vez más su actividad
misionera mediante la predicación y su obra liberadora en
otras poblaciones de Galilea, pues, como Él dice, para eso
salió. Sí, salió de Cafarnaún, pero
también para eso salió del Padre y vino al mundo.
La narración evangélica nos presenta dos cuadros
diferentes que vale la pena visualizar más de cerca para
apreciar con mayor profundidad su riqueza y su enseñanza
para nosotros: el primero en la casa de Pedro, con dos escenas,
una en casa, en familia; y otra donde se ve mucha gente que se agolpa
a la puerta en demanda de favores. El segundo cuadro nos presenta
a Jesús en su primera gira apostólica: vayamos
a otra parte, a otros pueblos, a predicar, pues para eso he salido,
dice a sus discípulos, y nos aclara a nosotros.
Concentrémonos, hermanos, en la primera escena del primer
cuadro. Vemos ahí que Jesús, apenas enterado de la
enfermedad de la suegra de Pedro, se dirige a ella para sanarla
levantándola de la mano y ésta, una vez aliviada
de sus dolencias, se pone a servir. Más de alguna
comentarista de escuela feminista se ha fijado y comentado humorísticamente
en que fue sanada por Jesús “justo a tiempo para
servirles la cena” (Amy-Jill Levine (ed.) Una compañera
para Marcos, Bilbao 2004).
Esto no deja de tener su sentido, mis hermanos. Si volvemos
la atención a la primera lectura de hoy, escuchamos a
Job expresando con todo realismo su experiencia de hombre
desde su situación de dolor, frustración, caducidad
y un aparente y dramático sin sentido. El autor de este
libro compuesto entre los siglos V y IV a.C., nos quiere hacer caer
en la cuenta de que el dolor es una experiencia inevitable en la
vida del hombre.
Como siempre, la primera lectura es muy buena preparación
inmediata para recibir con mayor provecho y profundidad la palabra
viva del Señor y Maestro. Pero desde el momento de que
Jesús libera de la enfermedad y el sufrimiento, como hoy
lo hemos escuchado en el evangelio, significa que esa experiencia
trágica del hombre no es querida por Dios en sí mismo
como un valor, pues, en todo caso, lo que Jesús mostró
con su pasión y su muerte en la cruz, es que el sufrimiento
puede desde el amor, y sólo desde éste, adquirir un
valor impensable fuera de este ámbito.
El sufrimiento y el dolor pueden, desde la fe, adquirir un
valor tal que llegan a ser una verdadera expresión de
amor, como nos lo recuerda el Papa Benedicto en su primera Encíclica
(Deus Caritas est) que recientemente nos ha dado, al citar las palabras
de Jesús, Quien aprecie su vida terrena, la perderá;
en cambio, quien sepa desprenderse de ella, la conservará
para la vida eterna (Jn 12,25) Y Jesús es todavía
más radical cuando nos advierte que: Nadie tiene amor
más grande que quien da la vida por sus amigos (Jn 15,13).
Por eso la vida adquiere su mayor sentido cuando vivimos
para el amor y en el amor. Y la más perfecta expresión
del amor es el servicio total y desinteresado. Si el sufrimiento
es inevitable, mis hermanos, vivámoslo permanentemente integrándolo
en el amor a través del servicio, ya que siempre hay
oportunidad de servir. En realidad amar es servir y servir
implica renuncia y sufrimiento. Casi no hay amor auténtico
sin dolor, de tal modo que si no se sufre, aunque sea en lo mínimo,
podríamos sospechar con mucha razón que no amamos
verdaderamente.
Hermanos, no tengamos miedo de sufrir cuando estamos sirviendo.
Eso no disminuye la vida sino más bien la aumenta, le da
profundidad y la llena de fuerza y de sentido. Y recordemos,
que entre los cristianos el dolor no está en contra de
la felicidad. No hay duda: vivimos para servir y sólo
servimos para vivir en plenitud. Aunque cueste hasta la vida, la
temporal.
Precisamente la celebración eucarística de
cada domingo, mis hermanos, nos hace capaces de amar en serio,
por la vida y la fuerza que recibimos de ella, pues, según
la experiencia y la recomendación de san Pablo (segunda lectura),
e incluso su ejemplo, podemos renunciar a nuestros derechos, hasta
los más legítimos, para ponernos al servicio de
los intereses de Dios y a favor de nuestros hermanos.
La siempre Virgen María, nuestra Señora del Tepeyac
quien maternalmente nos acompaña desde hace 475 años,
nos enseña a amar lo que Dios ama y a ponernos al servicio,
especialmente de los más pobres y necesitados, para que,
unidos a su Hijo Jesucristo, caminemos todos hacia Él en
la fraternidad. Amén.