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Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el VIII Domingo Ordinario.

Domingo 26 de febrero de 2006

 

DESIERTO Y AMOR, FIESTA Y AYUNO


Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, fiel y pródigo en el amor que nos tiene, pues a pesar de nuestras rebeldías y nuestras necedades, nos trata con paciencia y con ternura para atraernos hacia Él y hacernos felices.

Hermanos, las lecturas de este domingo nos hablan de cuatro temas, aparentemente sin relación alguna, y da más bien la impresión de que deberían verse como contrapuestos: desierto y amor, en la lectura del Antiguo Testamento, y fiesta y ayuno, en el evangelio.

Siempre decimos, hermanos, que la Palabra de Dios, especialmente proclamada y acogida en la asamblea dominical, es fuente de sabiduría y luz para nuestros pasos por la vida. Estamos seguros, además, de que es eficaz cuando abrimos nuestro espíritu en la docilidad de la fe y en la humildad de la esperanza, con ánimo agradecido y alegre.

El desierto es no sólo una realidad topográfica de algunas zonas de la tierra. Es, con todo lo que ella implica, algo emblemático en la experiencia espiritual y religiosa, no sólo del cristianismo sino de otras religiones y visiones de Dios, el hombre y el mundo. Es algo tan rico como provocativo que no se le puede polarizar y ver como totalmente negativo o absolutamente positivo. Es más bien una imagen (icono, dicen ahora) perfecta de muchas realidades humanas. Es una imagen sencilla pero profunda. Veamos pues, solamente algo de esta riqueza en las lecturas que hoy nos propone la Iglesia para encontrarnos con la Palabra.

En un ambiente como en el cual nacieron el pueblo de Dios y la Sagrada Escritura, el desierto no podía tratarse como algo intrascendente. Los pueblos de Medio Oriente se desenvuelven en medio del desierto de tal modo que podríamos decir que su cultura, sus costumbres, sus tradiciones, en general su manera de ver el mundo, en fin, su vida entera, están condicionadas por el frío y el calor, la soledad, los riesgos y los peligros y, desde luego, la aventura y el desafío permanentes tanto como la paz y la angustia. El desierto no es un lugar romántico que se preste a la evasión, pues la cruda realidad de lo hostil e inseguro exige capacidades, actitudes y habilidades extraordinarias para vivirlo. El desierto es un desafío para espíritus aventureros. Deseosos de crecer y madurar en fortaleza.

Por eso el profeta Isaías, aludiendo a las mocedades del pueblo de Dios transcurridas en la travesía del desierto, con tan grandes y múltiples carencias, contempla esa época como la del noviazgo de Dios con su Pueblo, pues fue donde este pueblo experimentó todo el amor y todo el poder de un Dios lleno de ternura que les dio las máximas pruebas de amor fiel. Fue ahí donde supieron que tenían dueño, es decir un esposo.

En el desierto fue donde el pueblo, apenas en ciernes, aprendió a corresponder al amor de tan gran amante. Fue donde conoció la misericordia de un Dios perdonador, paciente y fiel a su alianza. Ahí aprendió el pueblo a corresponder al amor del esposo con la entrega confiada y absoluta, aunque siempre con fallas y traiciones. La imagen de un Dios esposo del pueblo arranca de esta época y se mantendrá viva en toda la tradición bíblica principalmente en la profética, especialmente en Oseas, Isaías y Ezequiel, aunque de una manera muy notable en el Cantar de los Cantares.

Jesús es el esposo que inauguró la alianza nueva y definitiva, prefigurada en la antigua con el pueblo de Israel. Con su presencia en medio del nuevo pueblo, comienza la verdadera fiesta de bodas. Ya no hay temores ni pretextos para no ser feliz. Si en el desierto, figura excelente del antiguo Testamento, Dios se hacía presente en medio de las carencias y los peligros para mostrar su amor, con signos inequívocos y maravillosos, en el Nuevo, la presencia más viva de su amor es el signo o sacramento por excelencia que es su propio Hijo hecho uno de nosotros. Los cristianos somos personas en fiesta permanente y cada vez más intensa y totalizante (holística, como dicen ahora).

Lo que el mundo espera de nosotros no es precisamente un conjunto de normas y de prohibiciones que hacen pensar que la Iglesia es una madrastra recelosa de la felicidad de sus hijos. Todo lo contrario: en la Iglesia hemos de vivir de tal manera felices en medio de este destierro y “valle de dolor” o de lágrimas, como se suele decir, que seamos una carta abierta por medio de la cual el Espíritu Santo habla y convoca a todos a seguir a Jesús en la alegría, en la libertad y la paz de un amor fecundo. De ese  amor que tiene su origen en Dios que nos amó primero.

Como se puede ver, mis queridos hermanos, la novedad traída por Jesús es, específicamente,  una nueva manera de relacionarnos con Dios desde el amor vivido en la obediencia y la entrega confiada a su providencia. Ni el temor, entendido en su forma más negativa, ni el deseo de agradar a Dios con las propias obras —según el texto evangélico, el ayuno— pueden ganarnos la benevolencia de Dios. Él está muy por encima de nuestros ayunos y de nuestros formalismos legalistas. Su amor fiel y constante ha sido derramado en nuestros corazones por su gran misericordia. No está condicionado por nada.

Lo que se nos pide hoy es que, para expresar nuestra fe, vivamos la alegría de la salvación en todos los aspectos de nuestra vida a fin de dar testimonio de nuestra esperanza y amor. Un cristianismo que da la impresión de valorar sólo el sufrimiento, la resignación y el peso de la ley, no refleja la novedad que por naturaleza trae Jesucristo en sí y su evangelio. Evangelio es, por definición, novedad. Lo siempre nuevo es descubrir cada vez con mayor profundidad que Dios nos quiere felices a su lado porque nos ama desde la cruz y la resurrección de su Hijo. Esto es redescubrir una y otra vez la belleza y la importancia del desierto en nuestra vida y la fiesta sin fin en el amor y con ayunos, es decir, poniendo todo lo que está de nuestra parte para lograr el proyecto de amor de Dios sobre todos y cada uno de nosotros a fin de que seamos la carta de Dios al mundo.

La Eucaristía, hermanos queridos, nos permite ver en el pasado no algo que nos mantiene anclados y nos impide caminar, sino el comienzo de una aventura de amor que inicia en Dios y continúa en cada uno de nosotros los que nos reunimos para celebrar la fiesta de cada domingo. Eucaristía es recordar que el Dios en quien creemos, el que nos ha revelado su Hijo, Jesucristo, es el único capaz de llevarnos por caminos insospechados, haciéndonos estrenar cada día la fe, la esperanza y el amor. La celebración dominical de la Eucaristía, aún con sus ritos ya previstos y establecidos, nos mantiene no en la rutina, sino en la capacidad de descubrir lo que Dios nos va pidiendo cada día. Esto gracias a que no está al margen de la vida. La celebración dominical no es un paréntesis en al vida sino, más bien, la más bella celebración de la vida. 

Nuestra Niña y Señora, Santa María de Guadalupe nos acompaña siempre, como miembro preeminente de la Iglesia que alaba al Señor y le da gracias en la humildad y en la obediencia de la fe celebrando sus maravillas, este el motivo de nuestro Año Jubilar Guadalupano, vivámoslo intensamente. Amén.

 
 
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