DESIERTO Y AMOR, FIESTA Y AYUNO
Bendito
sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, fiel y pródigo
en el amor que nos tiene, pues a pesar de nuestras rebeldías y
nuestras necedades, nos trata con paciencia y con ternura para
atraernos hacia Él y hacernos felices.
Hermanos, las lecturas de este domingo nos hablan de cuatro
temas, aparentemente sin relación alguna, y da más bien la impresión
de que deberían verse como contrapuestos: desierto y amor,
en la lectura del Antiguo Testamento, y fiesta y ayuno, en
el evangelio.
Siempre decimos, hermanos, que la Palabra de Dios,
especialmente proclamada y acogida en la asamblea dominical, es
fuente de sabiduría y luz para nuestros pasos por la vida. Estamos
seguros, además, de que es eficaz cuando abrimos nuestro espíritu
en la docilidad de la fe y en la humildad de la esperanza, con ánimo
agradecido y alegre.
El desierto es no sólo una realidad topográfica de algunas zonas de la
tierra. Es, con todo lo que ella implica, algo emblemático en
la experiencia espiritual y religiosa, no sólo del cristianismo
sino de otras religiones y visiones de Dios, el hombre y el mundo.
Es algo tan rico como provocativo que no se le puede polarizar y
ver como totalmente negativo o absolutamente positivo. Es
más bien una imagen (icono, dicen ahora) perfecta de muchas
realidades humanas. Es una imagen sencilla pero profunda.
Veamos pues, solamente algo de esta riqueza en las lecturas que
hoy nos propone la Iglesia para encontrarnos con la Palabra.
En un ambiente como en el cual nacieron el pueblo de Dios y
la Sagrada Escritura, el desierto no podía tratarse como algo intrascendente.
Los pueblos de Medio Oriente se desenvuelven en medio del desierto
de tal modo que podríamos decir que su cultura, sus costumbres,
sus tradiciones, en general su manera de ver el mundo, en fin,
su vida entera, están condicionadas por el frío y el calor, la soledad,
los riesgos y los peligros y, desde luego, la aventura y el desafío
permanentes tanto como la paz y la angustia. El desierto
no es un lugar romántico que se preste a la evasión, pues la cruda
realidad de lo hostil e inseguro exige capacidades, actitudes y
habilidades extraordinarias para vivirlo. El desierto es un desafío
para espíritus aventureros. Deseosos de crecer y madurar en
fortaleza.
Por eso el profeta Isaías, aludiendo a las mocedades del pueblo
de Dios transcurridas en la travesía del desierto, con tan grandes
y múltiples carencias, contempla esa época como la del noviazgo
de Dios con su Pueblo, pues fue donde este pueblo experimentó
todo el amor y todo el poder de un Dios lleno de ternura que les
dio las máximas pruebas de amor fiel. Fue ahí donde supieron
que tenían dueño, es decir un esposo.
En el desierto fue donde el pueblo, apenas en ciernes, aprendió
a corresponder al amor de tan gran amante. Fue donde conoció la
misericordia de un Dios perdonador, paciente y fiel a su alianza.
Ahí aprendió el pueblo a corresponder al amor del esposo con
la entrega confiada y absoluta, aunque siempre con fallas y
traiciones. La imagen de un Dios esposo del pueblo arranca de
esta época y se mantendrá viva en toda la tradición bíblica principalmente
en la profética, especialmente en Oseas, Isaías y Ezequiel, aunque
de una manera muy notable en el Cantar de los Cantares.
Jesús es el esposo que inauguró la alianza nueva y definitiva, prefigurada en
la antigua con el pueblo de Israel. Con su presencia en medio
del nuevo pueblo, comienza la verdadera fiesta de bodas. Ya
no hay temores ni pretextos para no ser feliz. Si en el desierto,
figura excelente del antiguo Testamento, Dios se hacía presente
en medio de las carencias y los peligros para mostrar su amor,
con signos inequívocos y maravillosos, en el Nuevo, la presencia
más viva de su amor es el signo o sacramento por excelencia que
es su propio Hijo hecho uno de nosotros. Los cristianos somos
personas en fiesta permanente y cada vez más intensa y totalizante
(holística, como dicen ahora).
Lo que el mundo espera de nosotros no es precisamente un conjunto de
normas y de prohibiciones que hacen pensar que la Iglesia es una
madrastra recelosa de la felicidad de sus hijos. Todo lo contrario:
en la Iglesia hemos de vivir de tal manera felices en medio de
este destierro y “valle de dolor” o de lágrimas, como se suele
decir, que seamos una carta abierta por medio de la cual el Espíritu
Santo habla y convoca a todos a seguir a Jesús en la alegría,
en la libertad y la paz de un amor fecundo. De ese amor
que tiene su origen en Dios que nos amó primero.
Como se puede ver, mis queridos hermanos, la novedad traída
por Jesús es, específicamente, una nueva manera de relacionarnos
con Dios desde el amor vivido en la obediencia y la entrega
confiada a su providencia. Ni el temor, entendido en su forma
más negativa, ni el deseo de agradar a Dios con las propias
obras —según el texto evangélico, el ayuno— pueden ganarnos la
benevolencia de Dios. Él está muy por encima de nuestros ayunos
y de nuestros formalismos legalistas. Su amor fiel y constante
ha sido derramado en nuestros corazones por su gran misericordia.
No está condicionado por nada.
Lo que se nos pide hoy es que, para expresar nuestra fe, vivamos
la alegría de la salvación en todos los aspectos de nuestra vida
a fin de dar testimonio de nuestra esperanza y amor. Un cristianismo
que da la impresión de valorar sólo el sufrimiento, la resignación
y el peso de la ley, no refleja la novedad que por naturaleza trae
Jesucristo en sí y su evangelio. Evangelio es, por definición,
novedad. Lo siempre nuevo es descubrir cada vez con mayor
profundidad que Dios nos quiere felices a su lado porque nos
ama desde la cruz y la resurrección de su Hijo. Esto es redescubrir
una y otra vez la belleza y la importancia del desierto en nuestra
vida y la fiesta sin fin en el amor y con ayunos, es decir, poniendo
todo lo que está de nuestra parte para lograr el proyecto de amor
de Dios sobre todos y cada uno de nosotros a fin de que seamos
la carta de Dios al mundo.
La
Eucaristía, hermanos queridos, nos permite
ver en el pasado no algo que nos mantiene anclados y nos impide
caminar, sino el comienzo de una aventura de amor que inicia
en Dios y continúa en cada uno de nosotros los que nos reunimos
para celebrar la fiesta de cada domingo. Eucaristía es recordar
que el Dios en quien creemos, el que nos ha revelado su Hijo,
Jesucristo, es el único capaz de llevarnos por caminos insospechados,
haciéndonos estrenar cada día la fe, la esperanza y el amor.
La celebración dominical de la Eucaristía, aún con sus ritos ya
previstos y establecidos, nos mantiene no en la rutina, sino en
la capacidad de descubrir lo que Dios nos va pidiendo cada día.
Esto gracias a que no está al margen de la vida. La celebración
dominical no es un paréntesis en al vida sino, más bien, la más
bella celebración de la vida.
Nuestra Niña y Señora, Santa María de Guadalupe nos acompaña
siempre, como miembro preeminente de la Iglesia que alaba al
Señor y le da gracias en la humildad y en la obediencia de la fe
celebrando sus maravillas, este el motivo de nuestro Año Jubilar
Guadalupano, vivámoslo intensamente. Amén.