GOZO Y MISERICORDIA DE DIOS
Mis queridos hermanos: celebremos con gran gozo la misericordia
de nuestro Dios que no cesa jamás de amarnos al grado de que podamos
estar seguros, en la fe, de que nunca nos faltará su amor.
Nuestro Dios es incompatible con la venganza y la ira. No pueden
coexistir porque se excluyen por naturaleza. Esta certeza es el
fundamento de nuestra esperanza y de nuestra alegría. De esta
alegría que nada ni nadie nos puede quitar. Y además de la seguridad
que nos da esta verdad, es también la razón de nuestra gratitud
y nuestra obediencia total.
¡Todo es don suyo! Todo lo que viene de Él es gracia, es decir es ternura
y benevolencia. Y todo lo que digamos de Él es poco o casi
nada, pues aunque le quedan todos los adjetivos más bellos y positivos
que tiene el hombre para expresar lo más noble y sublime, todo
eso, aplicado a Él, se queda corto. Es eso y más de lo que podemos
imaginar y expresar de Él.
Así pasa cuando hablamos de su misericordia. Los hebreos
emplearon un término (hesed) que indicaba el amor misericordioso
de Dios hacia su pueblo. Este término indica la benevolencia,
la solidaridad, el cariño que debe existir entre los miembros
de la misma familia o de una sociedad, dispuestos a ayudarse
entre ellos con amor, generosidad y fidelidad. Es precisamente,
mis hermanos, lo que aparece en la primera lectura en las relaciones
entre Dios y su pueblo, que no es capaz de observar los términos
de la alianza sellada en el Sinaí.
Israel, símbolo de la humanidad, no es capaz de mantener esta
actitud frente a un Dios que no cesa de amar a su pueblo a
pesar de las infidelidades de éste. Dios no se deja llevar
por el resentimiento y el deseo de venganza, como lo hacemos
los humanos, sino todo lo contrario: "la bondad se convierte
en la ternura y la piedad que Dios tiene por el hombre, mientras
le ofrece la salvación haciéndola derivar del pecado mismo,
y le da continuamente nuevos medios más eficaces para triunfar
y responder así finalmente a las exigencias de la alianza. Como
decía, ¡Todo es don de Dios! ¡Hasta la capacidad de responderle
en la gratitud!
En la tradición bíblica se nos revela un Dios cuya característica
principal es la misericordia frente al pecado del hombre.
Esto era demasiado difícil de entender y de aceptar entre los
judíos contemporáneos a Jesús; especialmente lo rechazaban las
autoridades religiosas, los especialistas en la Escritura y los
fariseos quienes, más bien, tenían el concepto de un Dios justiciero
e implacable ante el pecador. Ellos consideraban que, si aceptaban
a un Dios misericordioso, estarían profesando la fe en un dios
débil y demasiado humano.
Pero, queridos hermanos, Cristo, verdadero rostro del Padre,
según nuestra fe, nos ha hecho ver, como nadie, que Dios nos
ama por pura benevolencia suya, es decir, gratuitamente, sin
que nosotros lo hayamos merecido, ¡y jamás podremos merecerlo!
Jesús nos ha dicho, con su propio testimonio hasta la muerte en
la cruz, que Dios es amor.
Precisamente, mis hermanos, esto es lo que quiere decir el
evangelista san Lucas al transmitirnos las tres parábolas acerca
de lo perdido y encontrado. Jesús nos hace ver en esas composiciones
suyas -por cierto, de las más bellas y sublimes en la literatura
universal-, que Dios está siempre dispuesto al perdón, simplemente
porque Él es Dios y no una criatura humana. Dios está de fiesta
cuando alguien vuelve al camino del bien; cuando se deja amar
por Él. La tercera de estas tres parábolas, es la que mejor describe
la imagen del Dios que nos ha revelado Jesucristo y se podría
llamar: "parábola del Padre misericordioso".
Precisamente, esta parábola nos dibuja, hasta donde es posible,
a un Dios paciente que no quiere la muerte del pecador sino
que se convierta y viva (Sb 11,23; 12,1; Rm 2,4-5; 2Pe 3,9).
En el mismo pasaje evangélico, hermanos, podemos ver cómo es
el proceso de conversión. En efecto vemos en la narración
cómo el hijo menor una vez que se aleja y toca fondo se da cuenta
de lo que ha perdido, pero también sabe que tiene la posibilidad
de recuperarlo con sólo una decisión suya: volver para dejarse
amar por su padre y compartir todo con él. Otra consideración
la podemos hacer a partir de la figura del hermano mayor que por
su rectitud entendida más bien como sometimiento y represión de
sí mismo, no es capaz de valorar lo que tiene y no lo disfruta
y, al contrario, distorsiona todo por su actitud irracional de
envidia y resentimiento: no es feliz ni deja a los demás serlo.
Mis hermanos, todos llegamos a ser pecadores, rebeldes y
necios sólo porque no nos dejamos amar; porque no apreciamos
todo el bien que nos viene con el amor que Dios nos tiene. De
manera que la única manera de salir de nuestra situación de pecado
es, después de contemplar la misericordia de Dios y la paciencia
que nos tiene, decidirnos a volver a Él.
En otro momento nos dice Jesús: Sean misericordiosos como
su Padre es misericordioso (Lc 6,36). Es en esto, queridos
hermanos, en lo que nos hemos de parecer a Dios, nuestro Padre,
así debía haberse comportado el hermano mayor con su hermano.
Ojalá así respondamos también nosotros en nuestra vida diaria
unos con otros.
En estos días de acuerdos y desacuerdos políticos y empresariales,
los mexicanos católicos tenemos una magnífica oportunidad de practicar
la misericordia, especialmente con los que menos tienen en todos
los aspectos de su vida. Ojala los que más tienen no tomen
como pretexto dos centavos de aumento al litro de los combustibles
y los nuevos impuestos para disparar los precios de los productos
y servicios que prestan. Recordando que la misericordia es,
ante todo, solidaridad y fraternidad, no estaría mal que los cristianos
dieran testimonio de su misericordia, ajustando un poquito sus
necesidades a la situación general del país. El lucro es contrario
a la misericordia.
Le encomendamos a Nuestra Muchachita y Dulce Señora de Guadalupe,
nuestra madre y maestra el deseo de construir un país más justo
y fraternal, para que haya una paz auténtica fundada en el
amor y la justicia.