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Homilía
de Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario para el XXIV Domingo Ordinario.

16 de septiembre de 2007

GOZO Y MISERICORDIA DE DIOS

Mis queridos hermanos: celebremos con gran gozo la misericordia de nuestro Dios que no cesa jamás de amarnos al grado de que podamos estar seguros, en la fe, de que nunca nos faltará su amor. Nuestro Dios es incompatible con la venganza y la ira. No pueden coexistir porque se excluyen por naturaleza. Esta certeza es el fundamento de nuestra esperanza y de nuestra alegría. De esta alegría que nada ni nadie nos puede quitar. Y además de la seguridad que nos da esta verdad, es también la razón de nuestra gratitud y nuestra obediencia total.

¡Todo es don suyo! Todo lo que viene de Él es gracia, es decir es ternura y benevolencia. Y todo lo que digamos de Él es poco o casi nada, pues aunque le quedan todos los adjetivos más bellos y positivos que tiene el hombre para expresar lo más noble y sublime, todo eso, aplicado a Él, se queda corto. Es eso y más de lo que podemos imaginar y expresar de Él.

Así pasa cuando hablamos de su misericordia. Los hebreos emplearon un término (hesed) que indicaba el amor misericordioso de Dios hacia su pueblo. Este término indica la benevolencia, la solidaridad, el cariño que debe existir entre los miembros de la misma familia o de una sociedad, dispuestos a ayudarse entre ellos con amor,  generosidad y fidelidad. Es precisamente, mis hermanos, lo que aparece en la primera lectura en las relaciones entre Dios y su pueblo, que no es capaz de observar los términos de la alianza sellada en el Sinaí.

Israel, símbolo de la humanidad, no es capaz de mantener esta actitud frente a un Dios que no cesa de amar a su pueblo a pesar de las infidelidades de éste. Dios no se deja llevar por el resentimiento y el deseo de venganza, como lo hacemos los humanos, sino todo lo contrario: "la bondad se convierte en la ternura y la piedad que Dios tiene por el hombre, mientras le ofrece la salvación haciéndola derivar del pecado mismo, y le da continuamente nuevos medios más eficaces para triunfar y responder así finalmente a las exigencias de la alianza. Como decía, ¡Todo es don de Dios! ¡Hasta la capacidad de responderle en la gratitud!

En la tradición bíblica se nos revela un Dios cuya característica principal es la misericordia frente al pecado del hombre. Esto era demasiado difícil de entender y de aceptar entre los judíos contemporáneos a Jesús; especialmente lo rechazaban las autoridades religiosas, los especialistas en la Escritura y los fariseos quienes, más bien, tenían el concepto de un Dios justiciero e implacable ante el pecador. Ellos consideraban que, si aceptaban a un Dios misericordioso, estarían profesando la fe en un dios débil y demasiado humano.

Pero, queridos hermanos, Cristo, verdadero rostro del Padre, según nuestra fe, nos ha hecho ver, como nadie, que Dios nos ama por pura benevolencia suya, es decir, gratuitamente, sin que nosotros lo hayamos merecido, ¡y jamás podremos merecerlo! Jesús nos ha dicho, con su propio testimonio hasta la muerte en la cruz, que Dios es amor.

Precisamente, mis hermanos, esto es lo que quiere decir el evangelista san Lucas al transmitirnos las tres parábolas acerca de lo perdido y encontrado. Jesús nos hace ver en esas composiciones suyas -por cierto, de las más bellas y sublimes en la literatura universal-, que Dios está siempre dispuesto al perdón, simplemente porque Él es Dios y no una criatura humana. Dios está de fiesta cuando alguien vuelve al camino del bien; cuando se deja amar por Él. La tercera de estas tres parábolas, es la que mejor describe la imagen del Dios que nos ha revelado Jesucristo y se podría llamar: "parábola del Padre misericordioso". Precisamente, esta parábola nos dibuja, hasta donde es posible, a un Dios paciente que no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva (Sb 11,23; 12,1; Rm 2,4-5; 2Pe 3,9).

En el mismo pasaje evangélico, hermanos, podemos ver cómo es el proceso de conversión. En efecto vemos en la narración cómo el hijo menor una vez que se aleja y toca fondo se da cuenta de lo que ha perdido, pero también sabe que tiene la posibilidad de recuperarlo con sólo una decisión suya: volver para dejarse amar por su padre y compartir todo con él. Otra consideración la podemos hacer a partir de la figura del hermano mayor que por su rectitud entendida más bien como sometimiento y represión de sí mismo, no es capaz de valorar lo que tiene y no lo disfruta y, al contrario, distorsiona todo por su actitud irracional de envidia y resentimiento: no es feliz ni deja  a los demás serlo.

Mis hermanos, todos llegamos a ser pecadores, rebeldes y necios sólo porque no nos dejamos amar; porque no apreciamos todo el bien que nos viene con el amor que Dios nos tiene.  De manera que la única manera de salir de nuestra situación de pecado es, después de contemplar la misericordia de Dios y la paciencia que nos tiene, decidirnos a volver a Él.

En otro momento nos dice Jesús: Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso (Lc 6,36). Es en esto, queridos hermanos, en lo que nos hemos de parecer a Dios, nuestro Padre, así debía haberse comportado el hermano mayor con su hermano. Ojalá así respondamos también nosotros en nuestra vida diaria unos con otros.

En estos días de acuerdos y desacuerdos políticos y empresariales, los mexicanos católicos tenemos una magnífica oportunidad de practicar la misericordia, especialmente con los que menos tienen en todos los aspectos de su vida. Ojala los que más tienen no tomen como pretexto dos centavos de aumento al litro de los combustibles y los nuevos impuestos para disparar los precios de los productos y servicios que prestan. Recordando que la misericordia es, ante todo, solidaridad y fraternidad, no estaría mal que los cristianos dieran testimonio de su misericordia, ajustando un poquito sus necesidades a la situación general del país. El lucro es contrario a la misericordia.

Le encomendamos a Nuestra Muchachita y Dulce  Señora de Guadalupe, nuestra madre y maestra el deseo de construir un país más justo y fraternal, para que haya una paz auténtica fundada en el amor y la justicia.

 
 
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