Mis amados hermanos y hermanas, desde la casita
del Tepeyac de nuestra dulce Señora y Madre nuestra Santa María
de Guadalupe, los invito a alabar y bendecir a nuestro Dios y
Señor por el gran designio de salvación para todos los hombres
del mundo entero, para el cual ha querido establecer su Iglesia
como signo e instrumento de salvación de la que todos los creyentes
en Cristo estamos comprometidos.
Mis hermanos, celebramos hoy la Jornada Mundial de las Misiones,
el DOMUND que no deja nunca de mantener su pertinencia, pues,
para todas las iglesias particulares, sin excepción, siempre resultan
oportunas la animación, la información, la formación y la cooperación
misioneras, pues la Iglesia Universal que peregrina en este mundo
es esencialmente misionera. La Iglesia somos nosotros y somos
llamados a ser misioneros.
En la pasada V conferencia del Episcopado Latinoamericano y
del Caribe, nuestros obispos nos han inducido a reflexionar sobre
esto que es esencial en nuestra vida: ser discípulos y misioneros
de Cristo. Esta ocasión resulta especial para intensificar estas
modalidades de la actividad evangelizadora y también para dirigir
nuestras reflexiones y plegarias a la luz del tema que el mismo
Papa Benedicto XVI nos propone: “Todas las Iglesias para todo
el mundo”. Y el Papa Benedicto nos recuerda en su mensaje
que la ardua labor de evangelización la sostiene y acompaña la
certeza de que el Dueño de la mies está con nosotros, la certeza
de que el Dueño de la mies nos guía sin cesar, no deja a su pueblo.
El tema elegido para esta Jornada Mundial invita a las iglesias
locales de los diversos continentes a tomar conciencia de la urgente
necesidad de impulsar nuevamente la acción misionera ante los
múltiples y graves desafíos de nuestro tiempo.
Mis queridos hermanos y hermanas, creemos que Dios nuestro
Padre nos ha hablado a lo largo de toda la Historia, por medio
de los profetas y de una manera inigualable y al mismo tiempo
definitiva a través de su Hijo amado Jesucristo.
Mis hermanos, creemos que su Palabra permanece en la vida de
la Iglesia, claro, por la proclamación que en ella se hace a través
de las lecturas sagradas contenidas en la Escritura, en la Biblia,
especialmente en toda Celebración Litúrgica, como sucede el día
de hoy Domingo Eucarístico.
Está, también, claro y a conciencia del pueblo de Dios que
su misión es precisamente anunciar la Buena Noticia de Salvación
a partir del testimonio vivo de la fe, la esperanza y la caridad
cristianas; por eso las Sagradas Escrituras están presentes en
nuestras asambleas y en las diversas actividades pastorales de
la Iglesia. Entre estas actividades, mis hermanos queridos, está
precisamente el anuncio gozoso y constante del proyecto de Dios
de salvar a todos los hombres que se abren a la obra Cristo que
tiene su punto más alto y definitivo en su Muerte y en su Resurrección.
San Pablo expresa todo esto muy claramente en su primera carta
a Timoteo, que hemos escuchado hoy en la segunda lectura. Pero
en la primera, que está tomada del profeta Isaías, se señala que
la única condición para adquirir la salvación es una adhesión
firme y fiel al Dios único y verdadero, el Dios de todos los pueblos
y naciones del mundo.
Mis amados hermanos y hermanas, Dios se da por bien servido
con todos aquellos que practican la justicia y respetan y trabajan
por los derechos de los demás de una manera desinteresada. Llama
mucho la atención, mis queridos hermanos, la referencia al templo
como un lugar de encuentro con la divinidad por la oración: “Mi
casa será llamada, casa de oración para todos los pueblos”. Los
requisitos de acceso al templo de carácter cultual, racial o biológico
ya no tienen vigencia en las nuevas dimensiones de la verdadera
religión. Lo único que cuenta, mis hermanos, es querer vivir como
siervos fieles y obedientes del Señor. Tenemos aquí, mis hermanos,
una doctrina constante en la tradición bíblica, especialmente
la profética. Lo que realmente cuenta para salvarse es la obediencia
amorosa al verdadero y único Dios.
El Evangelio san Mateo nos presenta la visión, después de la
Resurrección, confirmando la promesa de Isaías: “Que la salvación
se ofrece a todos los hombres en el mundo que busquen la verdad,
hagan la justicia y trabajen por la paz”, para esto Jesús
indica a sus apóstoles la visión que han de ir ofreciendo a todos
los hombres la salvación, sin distinción de razas, lengua, condición
social, en fin, de cultura.
Bautizando y enseñando es la forma como se ofrece la posibilidad
de salvación para el universo de la humanidad. El bautismo vincula
la persona de nuestro salvador, el bautismo exige lo sacramental
de la vida en Cristo, pero este no se puede celebrar, sino como
expresión de la libertad con que se acoge y se agradece, con el
compromiso que comporta y este signo mis hermanos, este signo
sacramental no es posible si no se conoce a Aquel que se acepta
en el signo inicial del bautismo, por eso es necesario evangelizar.
¡Urge proclamar la Buena Noticia del Evangelio! predicar, enseñar;
es decir, catequizar.
Se dice, por otro lado, mis hermanos, que nadie da lo que no
tiene de aquí que si hemos de cumplir esta delicada y hermosísima
tarea de anunciar a Cristo como el único Señor que salva, todos
los bautizados, como los apóstoles hemos de estar en una relación
ininterrumpida de amor y de conocimiento profundo de Cristo para
enseñar a guardar todo lo que Él nos ha mandado. Y desde luego
que nosotros tenemos la gracia, la bendición, la oportunidad de
ser acompañados desde hace 475 años de nuestra niña y muchachita
Santa María de Guadalupe, la discípula y misionera perfecta, el
miembro más contado del pueblo santo de Dios, que nos anima, nos
alienta a anunciar el gozo del Evangelio, ese que nos trajo Él,
mis hermanos, ese que nos entregó a través de su querido san Juan
Diego Cuauhtlatoatzin.
Este domingo, mis amados hermanos, tenemos la oportunidad de
tomar conciencia de la misión que tenemos como Iglesia de servir
a la comunidad, de ser instrumentos de salvación, no hemos recibido
la gracia de la fe para sentirnos superiores a los que no comparten
la fe con nosotros. El hecho de ser elegidos, no nos dispensa
de ocuparnos de que otros conozcan al Dios único y verdadero para
que conociéndolo lo amen y amándolo se acerquen a la salvación.
La fe recibida es un don que hay que compartir para que crezca
en nosotros, mis hermanos, aceptemos así también, nuestra propia
salvación.
La
Eucaristía es, queridos hermanos, en su celebración el anuncio
gozoso de la salvación que Cristo conquistó para todos, por eso
en ella nunca excluimos a nadie en nuestra intercesión con Cristo.
La Eucaristía es evidentemente católica, es decir, universal,
es el sacramento ecuménico por excelencia, por tanto mis amados
hermanos y hermanas, vayamos quitando en la mentalidad y en la
práctica todo lo que haga aparecer a la Eucaristía como hago privado,
como algo cerrado, como algo elitista. Que nuestra asamblea litúrgica,
especialmente la dominical, sea una verdadera casa de oración
para todos los pueblos. Qué bellamente vivimos esto en esta casita
del Tepeyac, arquitectónicamente incluso está construida de tal
manera que todos los hombres del Norte, del Sur, del Oriente o
del Poniente vengan aquí, a adorar, a bendecir, a glorificar a
nuestro Dios por quien se vive; creyentes, no creyentes llegan
a la esta casita de la Madre, hombres de toda raza, hombres de
todas lenguas, de todas condiciones sociales, en fin, de todas
las culturas.
Mis amados hermanos y hermanas, manifestamos nuestra alabanza
de acción de gracias al Padre que ha querido que el don de la
Redención salvífica de su Hijo Jesucristo, llegue a todas generaciones
de todos los tiempos por la celebración del sacramento del sacrificio
de Cristo. Desde hace dos mil siete años el Padre Bueno, por medio
de Jesucristo el Señor en el Espíritu Santo, han nutrido a nuestros
hijos e hijas con el pan de la vida, con el cáliz de la bendición.
Desde hace dos mil siete años este pan santo es viático para miles
de familias. Desde hace dos mil siete años somos conformados con
la presencia del pan de los ángeles. En la participación de este
gran misterio nuestra vida llega ser una acción de gracias por
todo lo creado y sube al Padre con canto y alabanza.
Amados hermanos y hermanas, dejémonos transformar por el sobreabundante
amor del sacramento pascual, victoria que vence nuestros miedos,
liberación de nuestros pecados, alimento en nuestro camino, sagrado
viático.
Que María, nuestra dulce Señora y Madre, Santa María de Guadalupe
estrella de la primera y de la nueva evangelización, quien nos
trajo el Evangelio hace 475 años, nos alcance la gracia de ser
dignos servidores del Reino mediante un anuncio gozoso en el que
vaya comprometida toda nuestra vida.
Que así sea, mis amados hermanos.