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Versión estenográfica de la
Homilía
de Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, para el XXIX Domingo Ordinario.

21 de octubre de 2007

Mis amados hermanos y hermanas, desde la casita del Tepeyac de nuestra dulce Señora y Madre nuestra Santa María de Guadalupe, los invito a alabar y bendecir a nuestro Dios y Señor por el gran designio de salvación para todos los hombres del mundo entero, para el cual ha querido establecer su Iglesia como signo e instrumento de salvación de la que todos los creyentes en Cristo estamos comprometidos.

Mis hermanos, celebramos hoy la Jornada Mundial de las Misiones, el DOMUND que no deja nunca de mantener su pertinencia, pues, para todas las iglesias particulares, sin excepción, siempre resultan oportunas la animación, la información, la formación y la cooperación misioneras, pues la Iglesia Universal que peregrina en este mundo es esencialmente misionera. La Iglesia somos nosotros y somos llamados a ser misioneros.

En la pasada V conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, nuestros obispos nos han inducido a reflexionar sobre esto que es esencial en nuestra vida: ser discípulos y misioneros de Cristo. Esta ocasión resulta especial para intensificar estas modalidades de la actividad evangelizadora y también para dirigir nuestras reflexiones y plegarias a la luz del tema que el mismo Papa Benedicto XVI nos propone: “Todas las Iglesias para todo el mundo”. Y el Papa Benedicto nos recuerda en su mensaje que la ardua labor de evangelización la sostiene y acompaña la certeza de que el Dueño de la mies está con nosotros, la certeza de que el Dueño de la mies nos guía sin cesar, no deja a su pueblo.

El tema elegido para esta Jornada Mundial invita a las iglesias locales de los diversos continentes a tomar conciencia de la urgente necesidad de impulsar nuevamente la acción misionera ante los múltiples y graves desafíos de nuestro tiempo.

Mis queridos hermanos y hermanas, creemos que Dios nuestro Padre nos ha hablado a lo largo de toda la Historia, por medio de los profetas y de una manera inigualable y al mismo tiempo definitiva a través de su Hijo amado Jesucristo.

Mis hermanos, creemos que su Palabra permanece en la vida de la Iglesia, claro, por la proclamación que en ella se hace a través de las lecturas sagradas contenidas en la Escritura, en la Biblia, especialmente en toda Celebración Litúrgica, como sucede el día de hoy Domingo Eucarístico.

Está, también, claro y a conciencia del pueblo de Dios que su misión es precisamente anunciar la Buena Noticia de Salvación a partir del testimonio vivo de la fe, la esperanza y la caridad cristianas; por eso las Sagradas Escrituras están presentes en nuestras asambleas y en las diversas actividades pastorales de la Iglesia. Entre estas actividades, mis hermanos queridos, está precisamente el anuncio gozoso y constante del proyecto de Dios de salvar a todos los hombres que se abren a la obra Cristo que tiene su punto más alto y definitivo en su Muerte y en su Resurrección. San Pablo expresa todo esto muy claramente en su primera carta a Timoteo, que hemos escuchado hoy en la segunda lectura. Pero en la primera, que está tomada del profeta Isaías, se señala que la única condición para adquirir la salvación es una adhesión firme y fiel al Dios único y verdadero, el Dios de todos los pueblos y naciones del mundo.

Mis amados hermanos y hermanas, Dios se da por bien servido con todos aquellos que practican la justicia y respetan y trabajan por los derechos de los demás de una manera desinteresada. Llama mucho la atención, mis queridos hermanos, la referencia al templo como un lugar de encuentro con la divinidad por la oración: “Mi casa será llamada, casa de oración para todos los pueblos”. Los requisitos de acceso al templo de carácter cultual, racial o biológico ya no tienen vigencia en las nuevas dimensiones de la verdadera religión. Lo único que cuenta, mis hermanos, es querer vivir como siervos fieles y obedientes del Señor. Tenemos aquí, mis hermanos, una doctrina constante en la tradición bíblica, especialmente la profética. Lo que realmente cuenta para salvarse es la obediencia amorosa al verdadero y único Dios.

El Evangelio san Mateo nos presenta la visión, después de la Resurrección, confirmando la promesa de Isaías: “Que la salvación se ofrece a todos los hombres en el mundo que busquen la verdad, hagan la justicia y trabajen por la paz”, para esto Jesús indica a sus apóstoles la visión que han de ir ofreciendo a todos los hombres la salvación, sin distinción de razas, lengua, condición social, en fin, de cultura.

Bautizando y enseñando es la forma como se ofrece la posibilidad de salvación para el universo de la humanidad. El bautismo vincula la persona de nuestro salvador, el bautismo exige lo sacramental de la vida en Cristo, pero este no se puede celebrar, sino como expresión de la libertad con que se acoge y se agradece, con el compromiso que comporta y este signo mis hermanos, este signo sacramental no es posible si no se conoce a Aquel que se acepta en el signo inicial del bautismo, por eso es necesario evangelizar. ¡Urge proclamar la Buena Noticia del Evangelio! predicar, enseñar; es decir, catequizar.

Se dice, por otro lado, mis hermanos, que nadie da lo que no tiene de aquí que si hemos de cumplir esta delicada y hermosísima tarea de anunciar a Cristo como el único Señor que salva, todos los bautizados, como los apóstoles hemos de estar en una relación ininterrumpida de amor y de conocimiento profundo de Cristo para enseñar a guardar todo lo que Él nos ha mandado. Y desde luego que nosotros tenemos la gracia, la bendición, la oportunidad de ser acompañados desde hace 475 años de nuestra niña y muchachita Santa María de Guadalupe, la discípula y misionera perfecta, el miembro más contado del pueblo santo de Dios, que nos anima, nos alienta a anunciar el gozo del Evangelio, ese que nos trajo Él, mis hermanos, ese que nos entregó a través de su querido san Juan Diego Cuauhtlatoatzin.

Este domingo, mis amados hermanos, tenemos la oportunidad de tomar conciencia de la misión que tenemos como Iglesia de servir a la comunidad, de ser instrumentos de salvación, no hemos recibido la gracia de la fe para sentirnos superiores a los que no comparten la fe con nosotros. El hecho de ser elegidos, no nos dispensa de ocuparnos de que otros conozcan al Dios único y verdadero para que conociéndolo lo amen y amándolo se acerquen a la salvación. La fe recibida es un don que hay que compartir para que crezca en nosotros, mis hermanos, aceptemos así también, nuestra propia salvación.

La Eucaristía es, queridos hermanos, en su celebración el anuncio gozoso de la salvación que Cristo conquistó para todos, por eso en ella nunca excluimos a nadie en nuestra intercesión con Cristo. La Eucaristía es evidentemente católica, es decir, universal, es el sacramento ecuménico por excelencia, por tanto mis amados hermanos y hermanas, vayamos quitando en la mentalidad y en la práctica todo lo que haga aparecer a la Eucaristía como hago privado, como algo cerrado, como algo elitista. Que nuestra asamblea litúrgica, especialmente la dominical, sea una verdadera casa de oración para todos los pueblos. Qué bellamente vivimos esto en esta casita del Tepeyac, arquitectónicamente incluso está construida de tal manera que todos los hombres del Norte, del Sur, del Oriente o del Poniente vengan aquí, a adorar, a bendecir, a glorificar a nuestro Dios por quien se vive; creyentes, no creyentes llegan a la esta casita de la Madre, hombres de toda raza, hombres de todas lenguas, de todas condiciones sociales, en fin, de todas las culturas.

Mis amados hermanos y hermanas, manifestamos nuestra alabanza de acción de gracias al Padre que ha querido que el don de la Redención salvífica de su Hijo Jesucristo, llegue a todas generaciones de todos los tiempos por la celebración del sacramento del sacrificio de Cristo. Desde hace dos mil siete años el Padre Bueno, por medio de Jesucristo el Señor en el Espíritu Santo, han nutrido a nuestros hijos e hijas con el pan de la vida, con el cáliz de la bendición. Desde hace dos mil siete años este pan santo es viático para miles de familias. Desde hace dos mil siete años somos conformados con la presencia del pan de los ángeles. En la participación de este gran misterio nuestra vida llega ser una acción de gracias por todo lo creado y sube al Padre con canto y alabanza.

Amados hermanos y hermanas, dejémonos transformar por el sobreabundante amor del sacramento pascual, victoria que vence nuestros miedos, liberación de nuestros pecados, alimento en nuestro camino, sagrado viático.

Que María, nuestra dulce Señora y Madre, Santa María de Guadalupe estrella de la primera y de la nueva evangelización, quien nos trajo el Evangelio hace 475 años, nos alcance la gracia de ser dignos servidores del Reino mediante un anuncio gozoso en el que vaya comprometida toda nuestra vida.

Que así sea, mis amados hermanos.

 
 
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