GRATITUD, LA MEJOR EXPRESIÓN DE LA
FE
Hermanos: iluminados por la Palabra, comencemos nuestra reflexión
dando gracias a Dios, nuestro Padre, por la fe en su Hijo Jesucristo,
nuestro Señor y Salvador, pues por ella encontramos pleno sentido
a la vida que recibimos como un don en sí misma y como lugar
donde experimentamos ya lo que se nos promete alcanzar algún día.
El domingo pasado vimos aquella petición de los discípulos
al Señor: “Auméntanos la fe”. Esta solicitud venía precedida
por las parábolas anteriores, la del administrador infiel y
la del pobre Lázaro y el rico anónimo. La respuesta de Jesús
nos describió la fe no por su cantidad material, sino por
su calidad, su espesor. Es decir, por su gratitud y
confianza, que pasa por el servicio a los demás.
Y este domingo parece como si nos encontráramos con una continuidad
práctica. No se trata de ninguna parábola ni de un diálogo con
los discípulos, sino que escuchamos el relato de una acción,
de un milagro, la curación de diez leprosos camino a Jerusalén.
Los diez quedaron puros mientras seguían su camino a Jerusalén.
Los diez quedaron puros mientras seguían su camino a Jerusalén,
para presentarse a los sacerdotes, pero sólo uno, un samaritano,
por sorpresa, volvió atrás para agradecer al Señor su curación.
Por tanto, si confeccionáramos una estadística de este fragmento
evangélico de hoy podríamos concluir que un 90 por ciento de
los curados se encuentran en el marco de la legalidad vigente,
mientras un 10 por ciento valora la gratitud. O dicho de
otro modo, unos creen que han sido curados por un derecho verificable
y otro lo considera un regalo a agradecer.
"Fe y gratitud", "dos extranjeros, una sola
fe"; "salud física, signo de algo más". Tres títulos, que podrían darse a
nuestra reflexión, y quedarían bien, pero finalmente, me gustaría
titularla como "Gratitud, la mejor expresión de la fe".
Es, queridos hermanos, a lo que he llegado preparando esta meditación
que hago con ustedes.
Como les he dicho ya, el tema de este domingo está en continuación
estrecha con el del domingo pasado. Y es que cuando uno descubre, mis
queridos hermanos, que nada merecemos, y que, en cambio, todo
lo que tenemos nos ha sido dado gratuitamente, caemos en la cuenta
de que no podemos exigir, sino agradecer lo que tenemos.
El mundo consumista que sufrimos y en el que frecuentemente nos vemos
envueltos, nos hace, por un lado, vivir obsesivamente por conseguir
más de todo, supuestamente para ser más; por otro lado, nos
lanza a vivir en competencia con todos, creando así una barrera
para la sana y constructiva convivencia; pero además, nos
hace olvidar e ignorar el valor de lo que tenemos.
Aquí hablamos, mis hermanos, no en primer lugar de la gratitud
como un valor moral, sino de la gratitud como inequívoca expresión
de la fe. El aspecto moral viene como consecuencia práctica,
pero es importante no caer en consideraciones moralizantes que
se quedan comúnmente, de alguna manera, en lo superficial. De
cualquier modo, sólo diremos que la gratitud es una actitud
muy noble, más que simplemente sana, sobre todo si expresa
la fe como su corona.
La salvación es un don incomparable de la benevolencia universal
de Dios. Es una oferta de su amor por toda la humanidad, pues
nadie queda excluido de ella, pero no todos la aceptan en los
términos que Dios señala.
La fe es, entonces, mis hermanos, un don de Dios
y al mismo tiempo es la posibilidad de una respuesta; respuesta
con la que se cierra el diálogo de amor entre Dios y el hombre.
La respuesta de fe se expresa, precisamente, en la renuncia
a todo lo que no es del verdadero Dios: en primer lugar los
ídolos como falsos dioses (dinero, bienes materiales, el poder
y la fama, la moda, una sexualidad exacerbada, etc.) pero también
los intereses, las certezas y seguridades adquiridas como autoafirmación
frente a Dios.
Renunciar a todo esto, mis queridos hermanos, es lo que en
la Iglesia llamamos conversión, que significa volver a Dios
para reconocerlo como único Señor; es lo que hicieron Nahamán
y el samaritano, pues en adelante abandonaron sus creencias
para creer en el Dios verdadero de Israel y en el de Jesús. Pero
la conversión implica también vivir permanentemente en actitud
de agradecimiento por la salvación y por todo lo que El Señor
nos concede.
Todo milagro, hermanos, es signo de algo más que sucede en la vida del
creyente, y los de sanación corporal significan, de alguna
manera, la salud definitiva, es decir, el don de la
vida eterna no sólo la que se nos promete más allá de la muerte,
sino la actual, la que se posee ya en la amistad con Dios.
Es lo que comúnmente llamamos vivir en estado de gracia.
En todo caso, la salud física recibida como un don no puede
más que considerarse como una prenda, como un adelanto, o anuncio
de realidades futuras que se alcanzarán en plenitud en la otra
vida. Pregúntenos a nosotros los sacerdotes de esta Basílica
de los maravillosos milagros que constatamos diariamente aquí
por intercesión de nuestra Muchachita y Madrecita Guadalupe.
La acción de gracias es, como decía, la manifestación externa, más aún,
la evidencia de que tenemos fe. Por eso, hermanos, la
Eucaristía (que significa acción de gracias) es
la máxima expresión de nuestra fe. ¡Es la fiesta del agradecimiento!
Los invito, hermanos a ir superando cada vez más una actitud
legalista o de puro interés al asistir a la Sagrada Eucaristía
dominical. Acudamos a ella, más bien con espíritu humilde
y pobre del que necesita y recibe gratuitamente la gracia
de la comunión con el Dios verdadero, el Padre de nuestro Señor
Jesucristo y también Padre nuestro.
Acudimos a la Eucaristía porque somos pecadores que necesitamos
ser sanados y no por otros intereses ajenos a ella. La Celebración
eucarística nos debe llenar de una alegría especial: ¡la
que nace precisamente de la gratitud! Si vivimos en la amargura
en el miedo o la angustia, es tal vez porque no somos agradecidos.
Nunca terminaremos de agradecer la salvación, y si somos conscientes
de ello, nunca dejaremos de ser felices.
Que Nuestra Morenita del Tepeyac; la Dulce Señora del Cielo,
la llena de Gracia, la siempre alegre, porque estaba plenamente
llena del favor benevolente de un Dios misericordioso, nos
asista con su intercesión para descubrir y experimentar la bondad
de un Dios misericordioso. Amén.