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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XXVIII Domingo Ordinario.

14 de octubre de 2007

GRATITUD, LA MEJOR EXPRESIÓN DE LA FE

Hermanos: iluminados por la Palabra, comencemos nuestra reflexión dando gracias a Dios, nuestro Padre, por la fe en su Hijo Jesucristo, nuestro Señor y Salvador, pues por ella encontramos pleno sentido a la vida que recibimos como un don en sí misma y como lugar donde experimentamos ya lo que se nos promete alcanzar algún día.

El domingo pasado vimos aquella petición de los discípulos al Señor: “Auméntanos la fe”. Esta solicitud venía precedida por las parábolas anteriores, la del administrador infiel y la del pobre Lázaro y el rico anónimo. La respuesta de Jesús nos describió la fe no por su cantidad material, sino por su calidad, su espesor. Es decir, por su gratitud y confianza, que pasa por el servicio a los demás.

Y este domingo parece como si nos encontráramos con una continuidad práctica. No se trata de ninguna parábola ni de un diálogo con los discípulos, sino que escuchamos el relato de una acción, de un milagro, la curación de diez leprosos camino a Jerusalén. Los diez quedaron puros mientras seguían su camino a Jerusalén. Los diez quedaron puros mientras seguían su camino a Jerusalén, para presentarse a los sacerdotes, pero sólo uno, un samaritano, por sorpresa, volvió atrás para agradecer al Señor su curación.

Por tanto, si confeccionáramos una estadística de este fragmento evangélico de hoy podríamos concluir que un 90 por ciento  de los curados se encuentran en el marco de la legalidad vigente, mientras un 10 por ciento valora la gratitud. O dicho de otro modo, unos creen que han sido curados por un derecho verificable y otro lo considera un regalo a agradecer.

"Fe y gratitud", "dos extranjeros, una sola fe"; "salud física, signo de algo más". Tres títulos, que podrían darse a nuestra reflexión, y quedarían bien, pero finalmente, me gustaría titularla como "Gratitud, la mejor expresión de la fe". Es, queridos hermanos, a lo que he llegado preparando esta meditación que hago con ustedes.

Como les he dicho ya, el tema de este domingo está en continuación estrecha con el del domingo pasado. Y es que cuando uno descubre, mis queridos hermanos, que nada merecemos, y que, en cambio, todo lo que tenemos nos ha sido dado gratuitamente, caemos en la cuenta de que no podemos exigir, sino agradecer lo que tenemos.

El mundo consumista que sufrimos y en el que frecuentemente nos vemos envueltos, nos hace, por un lado, vivir obsesivamente por conseguir más de todo, supuestamente para ser más; por otro lado, nos lanza a vivir en competencia con todos, creando así una barrera para la sana y constructiva convivencia;  pero además, nos hace olvidar e ignorar el valor de lo que tenemos.

Aquí hablamos, mis hermanos, no en primer lugar de la gratitud como un valor moral, sino de la gratitud como inequívoca expresión de la fe. El aspecto moral viene como consecuencia práctica, pero es importante no caer en consideraciones moralizantes que se quedan comúnmente, de alguna manera, en lo superficial. De cualquier modo, sólo diremos que la gratitud es una actitud muy noble, más que simplemente sana, sobre todo si expresa la fe como su corona.

La salvación es un don incomparable de la benevolencia universal de Dios. Es una oferta de su amor por toda la humanidad, pues nadie queda excluido de ella, pero no todos la aceptan en los términos que Dios señala.

La fe es, entonces, mis hermanos, un don de Dios y al mismo tiempo es la posibilidad de una respuesta; respuesta con la que se cierra el diálogo de amor entre Dios y el hombre. La respuesta de fe se expresa, precisamente, en la renuncia a todo lo que no es del verdadero Dios: en primer lugar los ídolos como falsos dioses (dinero, bienes materiales, el poder y la fama, la moda, una sexualidad exacerbada, etc.) pero también los intereses, las certezas y seguridades adquiridas como autoafirmación frente a Dios.

Renunciar a todo esto, mis queridos hermanos, es lo que en la Iglesia llamamos conversión, que significa volver a Dios para reconocerlo como único Señor; es lo que hicieron Nahamán y el samaritano, pues en adelante abandonaron sus creencias para creer en el Dios verdadero de Israel y en el de Jesús. Pero la conversión implica también vivir permanentemente en actitud de agradecimiento por la salvación y por todo lo que El Señor nos concede.

Todo milagro, hermanos, es signo de algo más que sucede en la vida del creyente, y los de sanación corporal significan, de alguna manera, la salud definitiva, es decir, el don de la vida eterna no sólo la que se nos promete más allá de la muerte, sino la actual, la que se posee ya en la amistad con Dios. Es lo que comúnmente llamamos vivir en estado de gracia.

En todo caso, la salud física recibida como un don no puede más que considerarse como una prenda, como un adelanto, o anuncio de realidades futuras que se alcanzarán en plenitud en la otra vida.  Pregúntenos a nosotros los sacerdotes de esta Basílica de los maravillosos milagros que constatamos diariamente aquí por intercesión de nuestra Muchachita y Madrecita Guadalupe.

La acción de gracias es, como decía, la manifestación externa, más aún, la evidencia de que tenemos fe. Por eso, hermanos, la Eucaristía (que significa acción de gracias) es la máxima expresión de nuestra fe. ¡Es la fiesta del agradecimiento! Los invito, hermanos a ir superando cada vez más una actitud legalista o de puro interés al asistir a la Sagrada Eucaristía dominical. Acudamos a ella, más bien con espíritu humilde y pobre del que necesita y recibe gratuitamente la gracia de la comunión con el Dios verdadero, el Padre de nuestro Señor Jesucristo y también Padre nuestro.

Acudimos a la Eucaristía porque somos pecadores que necesitamos ser sanados y no por otros intereses ajenos a ella. La Celebración eucarística nos debe llenar de una alegría especial: ¡la que nace precisamente de la gratitud! Si vivimos en la amargura en el miedo o la angustia, es tal vez porque no somos agradecidos. Nunca terminaremos de agradecer la salvación, y si somos conscientes de ello, nunca dejaremos de ser felices.

Que Nuestra Morenita del Tepeyac; la Dulce Señora del Cielo, la llena de Gracia, la siempre alegre, porque estaba plenamente llena del favor benevolente de un Dios misericordioso, nos asista con su intercesión para descubrir y experimentar la bondad de un Dios misericordioso. Amén.

 
 
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