Queridos hermanos: Dios viene a nosotros trayendo la salvación
para todos pues Él es salvador universal. De esta manera nuestra
espera, y la preparación que la expresa, como veíamos el domingo
pasado, es no sólo nuestra, como creyentes. Somos más bien
el clamor vivo de la esperanza de la humanidad. Nuestra preparación
no es individualista sino solidaria y profundamente comunitaria.
Más aún, podríamos decir que es cósmica, según lo insinúa el profeta
Isaías.
En efecto, así nos lo sugiere el profeta Isaías con
la figura de una armonía entre los enemigos que podríamos llamar naturales,
que luchan por la supervivencia a costa unos de otros; igualmente
lo señala el apóstol Pablo como una realidad que se da entre enemigos
culturales: judíos y paganos formando las primeras comunidades
cristianas.
Pero no se trata de ser ingenuamente ilusos y soñadores. No
se trata, hermanos, de negar la realidad. Podríamos incurrir en cobardía.
La única forma de cambiar las situaciones negativas de la vida
es asumirlas con su realidad aunque sea dura.
Por eso, mis hermanos, los invito a pasar una mirada por sobre
la realidad actual de nuestro entorno. Los invito, entonces a
que oigamos cómo la humanidad, y nosotros como Iglesia clamamos con
ella: ¡Ven, Señor, Rey de justicia y de paz!
Este es el clamor de la humanidad que, a pesar de la
venida del Señor hace dos mil años, todavía camina por senderos
de oscuridad: de mentira y soberbia, de egoísmo y soledad, de tristeza
y frustración, de ira y violencia... Durante el adviento, la Iglesia
hace suyo ese clamor, porque ella misma está necesitada de liberación
en la verdad, el amor, la justicia y la paz que sólo puede darnos
Jesucristo.
Pero, como decíamos el domingo pasado, como la esperanza,
también la súplica ha de ser muy activa. Y la mejor manera
de hacerla es con la actitud sincera de conversión. No se puede
pedir a Dios, mis hermanos, lo que no estamos dispuestos a recibir.
Por eso la Palabra de Dios nos propone la reconciliación
como signo de cooperación con el don de la salvación. Entonces,
mis hermanos, en el contexto del Adviento, 'salvación' significaría
derribar barreras absurdas que separan y aíslan a los hombres que
habitan un mismo mundo, una misma ciudad o comunidad. Vivir la
salvación como reconciliación significa salir de sí para ir al encuentro
de los otros. Significaría, queridos hermanos, perdonarnos
y amarnos dando y recibiendo, es decir, compartiendo los dones
del único Padre y Señor de todos. Éste es el único camino para superar
el cuadro que hemos presentado de nuestro entorno.
En el evangelio de san Mateo se nos dan, a través de
la actividad de Juan el Bautista, las etapas de este proceso de
disponibilidad y apertura para la venida del Señor: Primero, escuchar
la predicación, es decir, atender a lo que Dios nos dice; enseguida
aceptar, mediante una conversión permanente, lo que nos exige la
Palabra y, en tercer lugar, con la alusión al bautismo, se nos
invita a la celebración de un encuentro existencial muy profundo
y sincero que se manifieste en los frutos de la verdadera conversión.
El Bautista advierte que no basta con identificarse como
hijos de Abraham o, en nuestro caso, como cristianos, para tener
por segura la salvación; de ningún modo; es necesario dar frutos
de conversión. De hecho, hermanos, ser cristiano no es sólo
un privilegio, sino un compromiso muy serio que exige dar señales
claras de serlo a través de las obras. Por eso san Pablo en su carta
a los Romanos invoca sobre ellos el don de la concordia y de la
unanimidad para alabar auténticamente al Dios y Señor, al Padre
de nuestro Señor Jesucristo.
En resumen, queridos hermanos, la palabra de Dios nos invita
este domingo a prepararnos a la celebración de la próxima Navidad
y a la venida del Señor con una actitud sincera de conversión,
especialmente en lo que tiene que ver con las divisiones y discordias,
capillismos y grupismo cerrado en la esperanza de que consiste ante
todo en creer que con Jesús, el Mesías prometido y anunciado
por el Bautista, la salvación ha llegado a nosotros y ha comenzado
ya una nueva etapa en la que podemos vivir en el amor que se nos
ha revelado en Él.
La
Eucaristía nos ofrece a los creyentes cristianos una magnífica
oportunidad de superar esas divisiones y diferencias que con frecuencia
solemos colocar no sólo con los no cristianos sino, por desgracia,
también entre nosotros. Que la santísima Eucaristía sea cada vez más
el mejor vínculo de fraternidad y de unión con Dios en Cristo
nuestro Señor.
Y la Muchachita, Madre Amorosa, la Morenita del Tepeyac, Virgen
del Adviento, nuestra Señora de Guadalupe, que siempre nos acompaña
en esta espera, nos asista con su intercesión y con su ejemplo.
Amén.