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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el II Domingo de Adviento y en la Festividad de San Juan Diego Cuauhtlatoatzin  “Águila que Habla”.

9  de diciembre de 2007

PREPARAR EL CAMINO AL SEÑOR MEDIANTE LA CONVERSIÓN


Queridos hermanos: Dios viene a nosotros trayendo la salvación para todos pues Él es salvador universal. De esta manera nuestra espera,  y la preparación que la expresa, como veíamos el domingo pasado, es no sólo nuestra, como creyentes. Somos más bien el clamor vivo de la esperanza de la humanidad. Nuestra preparación no es individualista sino solidaria y profundamente comunitaria. Más aún, podríamos decir que es cósmica, según lo insinúa el profeta Isaías.

En efecto, así nos lo sugiere el profeta Isaías con la figura de una armonía entre los enemigos que podríamos llamar naturales, que luchan por la supervivencia a costa unos de otros; igualmente lo señala el apóstol Pablo como una realidad que se da entre enemigos culturales: judíos y paganos formando las primeras comunidades cristianas.

Pero no se trata de ser ingenuamente ilusos y soñadores. No se trata, hermanos, de negar la realidad. Podríamos incurrir en cobardía. La única forma de cambiar las situaciones negativas de la vida es asumirlas con su realidad aunque sea dura.

Por eso, mis hermanos, los invito a pasar una mirada por sobre la  realidad actual de nuestro entorno. Los invito, entonces a que oigamos cómo la humanidad, y nosotros como Iglesia clamamos con ella: ¡Ven, Señor, Rey de justicia y de paz!

Este es el clamor de la humanidad que, a pesar de la venida del Señor hace dos mil años, todavía camina por senderos de oscuridad: de mentira y soberbia, de egoísmo y soledad, de tristeza y frustración, de ira y violencia... Durante el adviento, la Iglesia hace suyo ese clamor, porque ella misma está necesitada de liberación en la verdad, el amor, la justicia y la paz que sólo puede darnos Jesucristo.

Pero, como decíamos el domingo pasado, como la esperanza, también la súplica ha de ser muy activa. Y la mejor manera de hacerla es con la actitud sincera de conversión. No se puede pedir a Dios, mis hermanos, lo que no estamos dispuestos a recibir.

Por eso la Palabra de Dios nos propone la reconciliación como signo de cooperación con el don de la salvación. Entonces, mis hermanos, en el contexto del Adviento, 'salvación' significaría derribar barreras absurdas que separan y aíslan a los hombres que habitan un mismo mundo, una misma ciudad o comunidad. Vivir la salvación como reconciliación significa salir de sí para ir al encuentro de los otros. Significaría, queridos hermanos, perdonarnos y amarnos dando y recibiendo, es decir, compartiendo los dones del único Padre y Señor de todos. Éste es el único camino para superar el cuadro que hemos presentado de nuestro entorno.

En el evangelio de san Mateo se nos dan, a través de la actividad de Juan el Bautista, las etapas de este proceso de disponibilidad y apertura para la venida del Señor: Primero, escuchar la predicación, es decir, atender a lo que Dios nos dice; enseguida aceptar, mediante una conversión permanente, lo que nos exige la Palabra y, en tercer lugar, con la alusión al bautismo, se nos invita a la celebración de un encuentro existencial muy profundo y sincero que se manifieste en los frutos de la verdadera conversión.

El Bautista advierte que no basta con identificarse como hijos de Abraham o, en nuestro caso, como cristianos, para tener por segura la salvación; de ningún modo; es necesario dar frutos de conversión. De hecho, hermanos, ser cristiano no es sólo un privilegio, sino un compromiso muy serio que exige dar señales claras de serlo a través de las obras. Por eso san Pablo en su carta a los Romanos invoca sobre ellos el don de la concordia y de la unanimidad para alabar auténticamente al Dios y Señor, al Padre de nuestro Señor Jesucristo.

En resumen, queridos hermanos, la palabra de Dios nos invita este domingo a prepararnos a la celebración de la próxima Navidad y a la venida del Señor con una actitud sincera de conversión, especialmente en lo que tiene que ver con las divisiones y discordias, capillismos y grupismo cerrado en la esperanza de que consiste ante todo en creer que con Jesús, el Mesías prometido y anunciado por el Bautista, la salvación ha llegado a nosotros y ha comenzado ya una nueva etapa en la que podemos vivir en el amor que se nos ha revelado en Él.

La Eucaristía nos ofrece a los creyentes cristianos una magnífica oportunidad de superar esas divisiones y diferencias que con frecuencia solemos colocar no sólo con los no cristianos sino, por desgracia, también entre nosotros. Que la santísima Eucaristía sea cada vez más el mejor vínculo de fraternidad y de unión con Dios en Cristo nuestro Señor. 

Y la Muchachita, Madre Amorosa,  la Morenita del Tepeyac, Virgen del Adviento, nuestra Señora de Guadalupe, que siempre nos acompaña en esta espera, nos asista con su intercesión y con su ejemplo. Amén.

 
 
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