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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el Domingo de Resurrección.

8 de abril de 2007
HA COMENZADO UN MUNDO NUEVO


¡CRISTO HA RESUCITADO MIS HERMANOS!
¡ALELUYA! ¡ALABEN A YAVHÉ! ¡ALABEN AL SEÑOR, NUESTRO DIOS!

La resurrección del Señor Jesús es un acontecimiento histórico que, si bien hoy no se puede comprobar, la Iglesia lo afirma desde el principio como lo señala el apóstol san Pedro en la primera lectura, al decirnos que Él le concedió verlo junto con un grupo de testigos que él se eligió de antemano y con los cuales comió y bebió después de haber resucitado de entre los muertos.

Igualmente san Juan, en el evangelio, nos relata cómo María Magdalena fue a avisar a los apóstoles que el cuerpo no estaba donde había sido sepultado. Este mismo apóstol con san Pedro da fe de este hecho que vieron y creyeron, porque hasta entonces no habían entendido las Escrituras que habían anunciado que debía resucitar de entre los muertos.

Hermanos, desde el inicio, la Iglesia anuncia como buena noticia, la pasión, la muerte y la resurrección de Cristo. Así lo atestiguan las lecturas que iremos escuchando a lo largo del tiempo pascual en los Hechos de los Apóstoles. San Pablo nos exhorta, en la segunda lectura, a vivir de acuerdo a este misterio en el que fuimos insertados por el bautismo, buscando los bienes de arriba.

Estos bienes de arriba son bienes que aquí abajo, en la realidad de nuestro mundo actual, podemos ya hacer realidad gracias a nuestra condición de resucitados.

Cuando pasa entre nosotros una persona buena, nos deja una sensación pacificadora y estimulante. ¿Por qué no se multiplicarán estas personas y estos pasos? Ellos son los diez justos de los que habla la Biblia. Ellos son los que nos reconcilian con el hombre. <<seres que justifican el mundo, que ayudan a vivir con su sola presencia>> (A. Camus).

En cada uno de esos pasos Dios se acerca a nosotros. Pero, llegado el momento culminante, fue Dios mismo el que quiso pasar entre nosotros. <<“Viene Dios en persona y los salvará”>> (Is 35, 4). Nadie podía sospechar que este anuncio profético se cumpliera literalmente. Porque si viene Dios en persona, todo tendrá que cambiar: <<Se abriran los ojos del ciego, los oídos del sordo, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará>>.

Los evangelistas nos prueban que todas estas maravillas las realizó Jesús. Y Pedro, cuando da testimonio de Jesús, resume: Pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él. Jesús fue el paso de Dios por nuestra tierra y, según pasaba, lo dejaba todo lleno de bendición y de gracia.

Pero el paso decisivo fue el de la muerte a la vida. Pasar de la muerte a la vida biológica, si, pero de todas las muertes a todas las vidas. Son pasos radicales que el hombre necesitaba dar para conseguir su libertad y su salvación. Tenia que pasar del orgullo a la humildad, del abuso al servicio, de la codicia a la solidaridad, de la violencia a la ternura, del odio al amor. Todo esto es pasar de la muerte a la vida. Todo esto es resucitar.

La resurrección biológica es una consecuencia de estas resurrecciones espirituales. Lo que realmente esclaviza y mata al hombre y a la humanidad son esas fuerzas tenebrosas, verdaderamente demoníacas, que anidan en su corazón. La victoria sobre esas fuerzas es lo que llenará de luz al hombre de belleza al mundo. El hombre mata y muere cuando odia, cuando oprime, cuando acapara. El hombre vive y hace vivir cuando respeta, cuando ayuda, cuando comparte, cuando ama. La Pascua, el paso vivificante, todos los pasos liberadores, son el triunfo del amor.

Por eso mis amados hermanos:

Busquemos al Jesús vivo en las cosas que a Él le interesan: la paz, la concordia, la justicia y la misericordia con todos los que dentro o fuera de la Iglesia trabajan por un mundo mejor.
Caminemos en la alegría y en la certeza que nos da la fe al seguirlo permanentemente para anunciarlo con gozo a todo el mundo. Vivamos acogiéndonos unos a otros, incluso con los que piensan diferente de nosotros sin miedos ni temores. Aprendamos a vivir con Él a través de nuestro encuentro con los más pobres, los marginados y despreciados de este mundo.

Dejemos que arda nuestro corazón con su presencia viva, cercan y fiel a través de nuestros hermanos, especialmente en nuestras asambleas eucarísticas. Escuchemos con atención a quienes verdaderamente siguen a Jesús vivo como discípulos; lo mismo a quienes, mediante su testimonio valiente y lleno de amor, y dispuestos al perdón ante quienes los persiguen, siguen las huellas del resucitado. Estemos dispuestos, confiados en el autor de la vida, a defenderla en todas sus etapas, desde su concepción hasta la muerte natural porque la gloria de Dios es el hombre vivo (san Ireneo) y vivo en plenitud.

Estas, y muchas otras, serían mis hermanos, las mejores pruebas de nuestra vida actual en Cristo vivo. Que el Padre Dios nos lo conceda con la intercesión y la compañía amorosa de nuestra Niña y Madrecita, la Dulce Señora del Tepeyac, Santa María de Guadalupe. Amén. ¡Aleluya!

 
 
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