¡CRISTO HA RESUCITADO MIS HERMANOS!
¡ALELUYA! ¡ALABEN A YAVHÉ! ¡ALABEN AL SEÑOR, NUESTRO DIOS!
La resurrección del Señor
Jesús es un acontecimiento histórico que, si bien hoy
no se puede comprobar, la Iglesia lo afirma desde el principio como
lo señala el apóstol san Pedro en la primera lectura,
al decirnos que Él le concedió verlo junto con un grupo
de testigos que él se eligió de antemano y con los cuales
comió y bebió después de haber resucitado de
entre los muertos.
Igualmente san Juan, en el evangelio,
nos relata cómo María Magdalena fue a avisar a los apóstoles
que el cuerpo no estaba donde había sido sepultado. Este mismo
apóstol con san Pedro da fe de este hecho que vieron y creyeron,
porque hasta entonces no habían entendido las Escrituras que
habían anunciado que debía resucitar de entre los muertos.
Hermanos, desde el inicio, la Iglesia
anuncia como buena noticia, la pasión, la muerte y la resurrección
de Cristo. Así lo atestiguan las lecturas que iremos escuchando
a lo largo del tiempo pascual en los Hechos de los Apóstoles.
San Pablo nos exhorta, en la segunda lectura, a vivir de acuerdo a
este misterio en el que fuimos insertados por el bautismo, buscando
los bienes de arriba.
Estos bienes de arriba son bienes
que aquí abajo, en la realidad de nuestro mundo actual, podemos
ya hacer realidad gracias a nuestra condición de resucitados.
Cuando pasa entre nosotros una persona
buena, nos deja una sensación pacificadora y estimulante. ¿Por
qué no se multiplicarán estas personas y estos pasos?
Ellos son los diez justos de los que habla la Biblia. Ellos son los
que nos reconcilian con el hombre. <<seres que justifican el
mundo, que ayudan a vivir con su sola presencia>> (A. Camus).
En cada uno de esos pasos Dios se
acerca a nosotros. Pero, llegado el momento culminante, fue Dios mismo
el que quiso pasar entre nosotros. <<“Viene Dios en persona
y los salvará”>> (Is 35, 4). Nadie podía
sospechar que este anuncio profético se cumpliera literalmente.
Porque si viene Dios en persona, todo tendrá que cambiar: <<Se
abriran los ojos del ciego, los oídos del sordo, saltará
como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará>>.
Los evangelistas nos prueban que todas
estas maravillas las realizó Jesús. Y Pedro, cuando
da testimonio de Jesús, resume: Pasó haciendo el bien
y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.
Jesús fue el paso de Dios por nuestra tierra y, según
pasaba, lo dejaba todo lleno de bendición y de gracia.
Pero el paso decisivo fue el de la
muerte a la vida. Pasar de la muerte a la vida biológica, si,
pero de todas las muertes a todas las vidas. Son pasos radicales que
el hombre necesitaba dar para conseguir su libertad y su salvación.
Tenia que pasar del orgullo a la humildad, del abuso al servicio,
de la codicia a la solidaridad, de la violencia a la ternura, del
odio al amor. Todo esto es pasar de la muerte a la vida. Todo esto
es resucitar.
La resurrección biológica
es una consecuencia de estas resurrecciones espirituales. Lo que realmente
esclaviza y mata al hombre y a la humanidad son esas fuerzas tenebrosas,
verdaderamente demoníacas, que anidan en su corazón.
La victoria sobre esas fuerzas es lo que llenará de luz al
hombre de belleza al mundo. El hombre mata y muere cuando odia, cuando
oprime, cuando acapara. El hombre vive y hace vivir cuando respeta,
cuando ayuda, cuando comparte, cuando ama. La Pascua, el paso vivificante,
todos los pasos liberadores, son el triunfo del amor.
Por eso mis amados hermanos:
Busquemos al Jesús vivo en
las cosas que a Él le interesan: la paz, la concordia, la justicia
y la misericordia con todos los que dentro o fuera de la Iglesia trabajan
por un mundo mejor.
Caminemos en la alegría y en la certeza que nos da la fe al
seguirlo permanentemente para anunciarlo con gozo a todo el mundo.
Vivamos acogiéndonos unos a otros, incluso con los que piensan
diferente de nosotros sin miedos ni temores. Aprendamos a vivir con
Él a través de nuestro encuentro con los más
pobres, los marginados y despreciados de este mundo.
Dejemos que arda nuestro corazón
con su presencia viva, cercan y fiel a través de nuestros hermanos,
especialmente en nuestras asambleas eucarísticas. Escuchemos
con atención a quienes verdaderamente siguen a Jesús
vivo como discípulos; lo mismo a quienes, mediante su testimonio
valiente y lleno de amor, y dispuestos al perdón ante quienes
los persiguen, siguen las huellas del resucitado. Estemos dispuestos,
confiados en el autor de la vida, a defenderla en todas sus etapas,
desde su concepción hasta la muerte natural porque la gloria
de Dios es el hombre vivo (san Ireneo) y vivo en plenitud.
Estas, y muchas otras, serían
mis hermanos, las mejores pruebas de nuestra vida actual en Cristo
vivo. Que el Padre Dios nos lo conceda con la intercesión y
la compañía amorosa de nuestra Niña y Madrecita,
la Dulce Señora del Tepeyac, Santa María de Guadalupe.
Amén. ¡Aleluya!