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Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la Fiesta de la Epifanía.

7 de enero de 2007

REYES Y SABIOS, POBRES Y HUMILDES  QUE ADORAN AL SEÑOR

Adoremos, hermanos, al único Dios verdadero, el Padre que nos ha llamado a todos los hombres a la salvación manifestada en  su Hijo, el Señor, y gocémonos en su Espíritu proclamando ante el mundo que Él es grande y generoso en todas sus obras.

La humanidad camina, aunque en medio de dudas y temores, hacia la unidad que, paradójicamente, jamás, hasta ahora no ha podido alcanzar. Cada vez más anhelamos algo por lo que, parece increíble, trabajamos en contra. Como nunca, hoy percibimos y experimentamos un universalismo en el que las culturas cada vez más se van asimilando unas a otras. Somos cada vez más conscientes de que es imposible permanecer aislados los pueblos unos de otros, y en cambio sentimos la necesidad de cooperación y organización a nivel mundial para salir adelante en tantos retos que nos plantea la vida actual, en la economía, la ciencia, la política y, en general, la convivencia y la supervivencia.

Es desde los más profundo de su ser que el ser humano se sabe igual a todos; es ésta una certeza que Dios mismo ha puesto en lo más íntimo del hombre; al reconocerse en igualdad de derechos y responsabilidades, se descubre también con un destino común. Sin embargo, mis hermanos, como podemos comprobarlo a diario, no encontramos una forma común para alcanzarla porque tal vez descuidamos la igualdad en la diversidad de las personas. Al descuidar a la persona en su realidad de única, libre y autónoma, caemos en la despersonalización y en la masificación amorfa que maneja como criterios la moda, la estadística y la uniformidad. ¡Pero la uniformidad no es la unidad!

Sí, queridos hermanos, Dios nos ha destinado a todos a ser hijos suyos en su Hijo. Pero en esta vocación universal, sin embargo, todos somos diferentes y llegamos a la unidad sólo a partir de nuestra identidad personal de seres libres; de seres capaces de decidir nuestra suerte en la libertad y en el amor. Dios no nos manipula para someternos fatalmente a sus planes. Él más bien, se hace presente en nuestra vida con métodos pobres y humildes que no imponen ni violentan nuestra autonomía. A lo largo de la historia podemos ver que, para proponer su plan de salvación, elige siempre a los más humildes,  como lo vemos en los pastores que acuden a adorar a Cristo en el pesebre, como los vemos en el mismo Acontecimiento Guadalupano con nuestro Santo indio Juan Diego Cuauhtlatoatzin.

En esta fiesta de la Epifanía, podemos ver una vez más que pobres y humildes son también los magos que buscan al recién nacido rey de los judíos. Como cada domingo, y para dejarnos iluminar por estos personajes, tomemos el camino de la contemplación a través de un breve análisis de las lecturas que la Liturgia nos ofrece este día.

En la primera lectura, el profeta Isaías, como hombre de profunda pobreza espiritual, invita a Jerusalén —símbolo de la Iglesia de Cristo— a saberse llena de luz y reconocerse incluso como luz en medio de las tinieblas, pues en ella brilla la gloria del Señor. Jerusalén atraerá a todos los pueblos de la tierra para iluminarlas con su luz, es decir, con la salvación que es el Señor mismo. Esa luz es el pueblo de Dios que se ha transformado en fuente de luz, como lo son en el Nuevo Testamento la Iglesia y cada uno de los cristianos.

En la carta a los Efesios, san Pablo afirma que el proyecto divino de salvar a todos se cumplió cuando le fue confiado a él la  misión de anunciar este misterio a todos los no judíos para hacer de los judíos y de los no judíos un solo pueblo que participa de las promesas hachas a los antepasados.

Esto mismo nos quiere decir, auque a su manera, san Mateo. El nuevo pueblo de Dios, es decir, la Iglesia, está en perfecta continuidad con el antiguo y al mismo tiempo es rompimiento, ya que siendo Jesús quien lleva a plenitud la obra salvadora de Dios, supera las promesas llevándolas a su cumplimiento. En efecto, mis hermanos, tenemos en los magos la imagen de aquellos pueblos paganos que el tercer Isaías vislumbraba como una promesa. Los magos representan a todos lo pueblos y a todos los hombres y mujeres que están abiertos a la verdad revelada por Cristo y lo buscan con sincero corazón. Apenas reciben la más leve señal (una estrella) ponen todo lo que está de su parte para encontrarse con Él.

La sabiduría es un don de Dios; tiene en Él su origen y se le concede a todo ser humano. Por eso todo hombre que no se deja ofuscar por el pecado y está abierto, en la sencillez y la humildad, a la verdad trascendente, que es Cristo, tarde que temprano la encuentra. Y cuando la encuentra está totalmente dispuesto a adora el misterio del Dios-con-nosotros. En el evangelio de hoy aparecen los judíos y Herodes como la reacción negativa frente a Dios que se revela y sale al encuentro, pues aunque los escribas saben la doctrina y conocen las profecías, y Herodes tiene a su disposición los medios para encontrar al que ha nacido rey de los judíos, por su necedad no llegan a descubrir su presencia.

En la Eucaristía, sacramento por excelencia de nuestra salvación, tenemos todos los cristianos un momento culminante de nuestra fe que, al celebrarla, nos hace cada vez más sencillos para descubrir en la vida la presencia salvadora de Dios en las diversas formas de su presencia: en los más pobres y pequeños; en lo que no es importante para los poderosos y engreídos; en los que sufren enfermedades y persecuciones para ponernos a su servicio. Es de la Eucaristía dominical de donde salimos muy conscientes y decididos para ser, como Iglesia, nueva Jerusalén, y como los magos luz par quienes buscan al Señor, porque la asamblea dominical es epifanía, es decir manifestación de la Iglesia universal con su unidad en la diversidad, donde cada uno construye por diferentes caminos la unidad. Es así, hermanos, como adoramos al verdadero Dios en espíritu y en verdad (cf.Jn 4,24).

Nuestra Niña y Madre, Santa María, nuestra Señora, nos enseña y nos acompaña a ser verdaderos adoradores del Padre en la obediencia y en el amor. Amén.

 
 
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