REYES Y SABIOS, POBRES Y HUMILDES
QUE ADORAN AL SEÑOR
Adoremos, hermanos, al único Dios verdadero, el Padre que nos
ha llamado a todos los hombres a la salvación manifestada en su Hijo,
el Señor, y gocémonos en su Espíritu proclamando ante el mundo que
Él es grande y generoso en todas sus obras.
La humanidad camina, aunque en medio de dudas y temores, hacia la unidad que,
paradójicamente, jamás, hasta ahora no ha podido alcanzar. Cada
vez más anhelamos algo por lo que, parece increíble, trabajamos en
contra. Como nunca, hoy percibimos y experimentamos un universalismo
en el que las culturas cada vez más se van asimilando unas a otras.
Somos cada vez más conscientes de que es imposible permanecer aislados
los pueblos unos de otros, y en cambio sentimos la necesidad de
cooperación y organización a nivel mundial para salir adelante
en tantos retos que nos plantea la vida actual, en la economía, la
ciencia, la política y, en general, la convivencia y la supervivencia.
Es desde los más profundo de su ser que el ser humano se
sabe igual a todos; es ésta una certeza que Dios mismo ha puesto
en lo más íntimo del hombre; al reconocerse en igualdad de derechos
y responsabilidades, se descubre también con un destino común. Sin
embargo, mis hermanos, como podemos comprobarlo a diario, no encontramos
una forma común para alcanzarla porque tal vez descuidamos la igualdad
en la diversidad de las personas. Al descuidar a la persona en
su realidad de única, libre y autónoma, caemos en la despersonalización
y en la masificación amorfa que maneja como criterios la moda, la
estadística y la uniformidad. ¡Pero la uniformidad no es la unidad!
Sí, queridos hermanos, Dios nos ha destinado a todos a ser
hijos suyos en su Hijo. Pero en esta vocación universal, sin embargo,
todos somos diferentes y llegamos a la unidad sólo a partir de nuestra
identidad personal de seres libres; de seres capaces de
decidir nuestra suerte en la libertad y en el amor. Dios no nos
manipula para someternos fatalmente a sus planes. Él más bien, se
hace presente en nuestra vida con métodos pobres y humildes que no
imponen ni violentan nuestra autonomía. A lo largo de la historia
podemos ver que, para proponer su plan de salvación, elige siempre
a los más humildes, como lo vemos en los pastores que acuden
a adorar a Cristo en el pesebre, como los vemos en el mismo Acontecimiento
Guadalupano con nuestro Santo indio Juan Diego Cuauhtlatoatzin.
En esta fiesta de la Epifanía, podemos ver una vez más que
pobres y humildes son también los magos que buscan al recién
nacido rey de los judíos. Como cada domingo, y para dejarnos iluminar
por estos personajes, tomemos el camino de la contemplación a través
de un breve análisis de las lecturas que la Liturgia nos ofrece este
día.
En la primera lectura, el profeta Isaías, como hombre
de profunda pobreza espiritual, invita a Jerusalén —símbolo
de la Iglesia de Cristo— a saberse llena de luz y reconocerse incluso
como luz en medio de las tinieblas, pues en ella brilla la gloria
del Señor. Jerusalén atraerá a todos los pueblos de la tierra para
iluminarlas con su luz, es decir, con la salvación que es el Señor
mismo. Esa luz es el pueblo de Dios que se ha transformado en fuente
de luz, como lo son en el Nuevo Testamento la Iglesia y cada uno
de los cristianos.
En la carta a los Efesios, san Pablo afirma que el proyecto
divino de salvar a todos se cumplió cuando le fue confiado a él la
misión de anunciar este misterio a todos los no judíos para hacer
de los judíos y de los no judíos un solo pueblo que participa de las
promesas hachas a los antepasados.
Esto mismo nos quiere decir, auque a su manera, san Mateo.
El nuevo pueblo de Dios, es decir, la Iglesia, está en perfecta
continuidad con el antiguo y al mismo tiempo es rompimiento, ya
que siendo Jesús quien lleva a plenitud la obra salvadora de Dios,
supera las promesas llevándolas a su cumplimiento. En efecto, mis
hermanos, tenemos en los magos la imagen de aquellos pueblos paganos
que el tercer Isaías vislumbraba como una promesa. Los magos representan
a todos lo pueblos y a todos los hombres y mujeres que están abiertos
a la verdad revelada por Cristo y lo buscan con sincero corazón.
Apenas reciben la más leve señal (una estrella) ponen todo lo que
está de su parte para encontrarse con Él.
La sabiduría es un don de Dios; tiene en Él su origen y se le
concede a todo ser humano. Por eso todo hombre que no se deja
ofuscar por el pecado y está abierto, en la sencillez y la humildad,
a la verdad trascendente, que es Cristo, tarde que temprano la
encuentra. Y cuando la encuentra está totalmente dispuesto a adora
el misterio del Dios-con-nosotros. En el evangelio de hoy aparecen
los judíos y Herodes como la reacción negativa frente a Dios
que se revela y sale al encuentro, pues aunque los escribas saben
la doctrina y conocen las profecías, y Herodes tiene a su disposición
los medios para encontrar al que ha nacido rey de los judíos, por
su necedad no llegan a descubrir su presencia.
En la Eucaristía, sacramento por excelencia de nuestra salvación, tenemos
todos los cristianos un momento culminante de nuestra fe que,
al celebrarla, nos hace cada vez más sencillos para descubrir en la
vida la presencia salvadora de Dios en las diversas formas de su presencia:
en los más pobres y pequeños; en lo que no es importante para los
poderosos y engreídos; en los que sufren enfermedades y persecuciones
para ponernos a su servicio. Es de la Eucaristía dominical de donde
salimos muy conscientes y decididos para ser, como Iglesia, nueva
Jerusalén, y como los magos luz par quienes buscan al Señor, porque
la asamblea dominical es epifanía, es decir manifestación de la Iglesia
universal con su unidad en la diversidad, donde cada uno construye
por diferentes caminos la unidad. Es así, hermanos, como adoramos
al verdadero Dios en espíritu y en verdad (cf.Jn 4,24).
Nuestra Niña y Madre, Santa María, nuestra Señora, nos enseña
y nos acompaña a ser verdaderos adoradores del Padre en la obediencia
y en el amor. Amén.