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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la Solemnidad de Cristo Rey del Universo.

25 de noviembre de 2007 

EL CRUCIFICADO ES EL REY QUE SALVA HOY

Queridos hermanos, hemos llegado con la fiesta solemnísima de Cristo Rey al fin del año litúrgico.  No podíamos terminar de mejor manera el recorrido de los misterios de la salvación. Es una fiesta de victoria, de triunfo real, pero no de triunfalismo ni de arrogancia, sino todo lo contrario. Hoy proclamamos que Jesús es el Mesías Rey en su trono de gloria (como lo daría a enteder san Juan) que es la cruz.

Tenemos en Cristo Jesús un rey que contrasta demasiado con los reyes del mundo. Ahí en la cruz aparece como un rey fracasado, prácticamente, visto desde el lado meramente humano, haciendo el ridículo. El Señor crucificado es un verdadero reto a la fe. Y los que llegamos a creer aseguramos que ahí está el signo perfecto del amor de Dios que triunfa sobre el egoísmo y el odio del mundo. Por eso tenemos siempre a Jesús en su trono presidiendo nuestras asambleas en las que celebramos el amor de Dios, pues confesamos que en la muerte de Jesús, Dios selló con su sangre una alianza eterna de amor fiel con la humanidad. Dejemos que las lecturas de este domingo, incluida hoy la segunda, ilustren estas afirmaciones de fe que estamos haciendo.

Los dos libros de Samuel nos narran el inicio de la monarquía en el pueblo de Israel. Un sistema político muy especial en el pueblo que recientemente se estaba organizado. Aunque se nos dice en el primer tomo que Dios no estaba de acuerdo con un sistema monárquico, accedió a las súplicas de su pueblo nombrando y consagrándoles a Saúl como primer rey. Tenemos de esta forma una monarquía teocrática, es decir, un sistema político en el que el verdadero rey es Dios que elige a su representante para que conduzca, en su nombre al pueblo. Por eso se le exigía al rey una fidelidad y docilidad a Dios muy especiales que Saúl no mantuvo, por lo que Dios decidió elegir a David por medio de la unción que sobre él realizó el profeta Samuel cuando todavía vivía Saúl. Poco después, a la muerte de Saúl, todas las tribus de Israel lo reconocieron rey del pueblo elegido. Sabemos, por la historia subsiguiente, que aunque la monarquía duró poco más de cuatro siglos, siempre estuvo marcada por las trampas del poder político: injusticias, corrupción, autoritarismo y abuso de toda clase, lo propio de la arrogancia y la soberbia humanas. Esta lectura, mis hermanos, nos presenta, entonces el contraste de la imagen que tanto la segunda lectura como el evangelio nos dan de Jesús como Rey. 

En efecto, en la segunda lectura, san Pablo en su carta a los colosenses nos da, mediante un himno bellísimo y a la vez muy difícil, una imagen muy diferente del reinado de Jesús pues nadie como Él da tanta cohesión al mundo como principio de unidad, de armonía y de paz, puesto que "El amor del Padre al Hijo es lo que explica en definitiva que el mundo haya sido creado y salvado por él y para él" (Edouard Cothenet, Las cartas a los colosenses y a los efesios, CB 82, p.23): ¡es el verdadero y único Rey del Universo!

El pasaje del evangelio de san Lucas, que acabamos de escuchar, presenta algunas particularidades que nos permiten descubrir las intenciones del autor de presentarnos a Jesús como rey. "Da la impresión de que Lucas quiso reunir aquí todos los detalles que recuerdan la realeza de Jesús". Notemos que los jefes dicen: si es el Cristo, el elegido, se entendía: el rey mesías; después los soldados burlándose le dicen: si eres el rey de los judíos, sálvate; y finalmente el narrador indica que había sobre la cruz un letrero... que decía: 'este es el rey de los judíos' pero también, mis hermanos, hemos de notar que junto con la triple proclamación de la realeza, tres veces también se alude a la salvación (Augustin George, El evangelio según san Lucas" CB 3, p. 65). Mis hermanos, la realeza y la salvación son objeto de la burla de todos, excepto del buen ladrón que, más bien confiesa su realeza al decirle: cuando llegues a tu Reino; y pide la salvación cuando le dice: cuérdate de mí ¡Una perfecta profesión de fe que consiste en reconocer a Cristo como Señor y Rey que puede salvar!

La respuesta de Jesús no se hace esperar. Y le asegura; 'hoy', conmigo, estarás en el paraíso. Es el resultado de la fe, como adhesión radical a su persona, pues "quien está con Jesús, jamás se verá separado de él. Estar con Jesús significa el perdón" (íb., 66). Debemos entender, mis hermanos, que la salvación es para hoy; para el momento presente; para el momento en que nos encontramos con Jesús y nos adherimos existencialmente a su persona y a su misterio de amor. En esto consiste, entonces, reconocer y proclamar la realeza de Jesucristo. ¡Es amando y perdonando como el Señor del universo ejerce todo su poder, pues a eso vino al mundo!

Queridos hermanos, proclamar a Jesucristo como Rey, no es cosa de un entusiasmo o de una emoción exaltada. Es una verdadera profesión de fe. Muy importante y fundamental de la fe cristiana. Es lo que hacemos, efectivamente, en toda celebración eucarística, pero también en el sacramento de la Penitencia cuando nos reconocemos pecadores arrepentidos; estamos, entonces, proclamando que el Señor Jesús es Rey que tiene el poder de restablecer la paz y la armonía entre Dios y la humanidad y con cada uno de los que la integran.

Creer en el crucificado es creer, mis hermanos, en el amor infinito de Dios que todo lo perdona por los méritos de su Hijo, el Rey que no decepciona como los de la tierra, incluidos los del pueblo elegido, pues aunque David, que fue tenido en la tradición judía como modelo del Mesías, también falló. Este Rey Jesús, da la vida por sus ovejas (Jn 10,11), porque, como él mismo dice, nadie tiene amor más grande que el que da la vida por lo que ama (Jn15,13).

Que Nuestra Muchachita, Reina y Madre de México y de América María, humilde y alegre servidora de Jesús, su Hijo; nos ayude a vivir en la alegría, como ella, en el servicio permanente al gran Rey.

 
 
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