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Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios.


1 de enero de 2007

MARÍA, MAESTRA DE CONTEMPLACIÓN

Cantemos, hermanos, con María y como ella, la sierva bendita del Señor, la bendita entre todas las mujeres, cantemos, repito, alabanzas e himnos de gratitud a Dios, nuestro Padre que, al enviarnos a su Hijo, nos ha bendecido con toda clase de bienes celestiales y temporales.

A lo largo del Adviento hemos venido contemplando a María como figura principal de la espera de la salvación. Después, ya en el tiempo de Navidad, ella nos invita a la contemplación del misterio del cual es protagonista muy cercana a la figura central de este acontecimiento: Jesucristo.

María, nuestra Señora, a pesar de que sabe que es madre, no acaba de comprender cómo sucedió aquello. Ella no tiene que creer en su maternidad como lo tuvo que hacer Señor san José. Dicen que lo que se ve o se experimenta por los sentidos o por la razón no es objeto de la fe, por eso digo, mis hermanos, que ella no tenía que creer el hecho de su embarazo y de dar a luz al que es la Luz; ella centra su atención y su fe en comprender cómo pudo haber sido que ella concibió al Hijo de Dios. Se maravilla, ciertamente del qué, pero sobre todo del cómo. Eso es más profundo todavía, mis hermanos, si acompañando a María seguimos el proceso de su contemplación que nos lleva más atrás y más adelante del hecho para preguntarnos primero ¿por qué?  ¿Por qué razón Dios hizo esto?  ¿Qué motivos tuvo para actuar así? Y después, ¿para qué? ¿Con qué fin?

Ya, en la anunciación, María se había manifestado libremente dispuesta a cooperar con su obediencia, desde su fe y sobre todo desde su amor a Dios. Sin entender mucho y abandonándose a la voluntad divina había pronunciado un sí firme y comprometido que no desconocía el riesgo. ¡La fe es un riesgo! Un riesgo que sólo se puede correr en el amor y la libertad. De esta manera María se convirtió en una señal junto con el niño que nace de ella. Permítanme, hermanos, decirles que ella podría representarnos a todos los que queremos acoger a Jesús y creer en Él. Por eso nadie como ella nos puede conducir por el camino de la contemplación que nos permita crecer en el conocimiento y en el amor a Dios por el don de su Hijo, para escucharlo, seguirlo e imitarlo.

Pero también María con el niño-Dios son una señal divina que nos llama a ver la omnipotencia divina en la pobreza, la pequeñez y la humildad de estos seres tan especiales que nos llenan de paz; de la paz de Dios; la única y verdadera paz. Es también señal divina. Frente a los poderosos de la tierra que sólo hacen la guerra para sentirse grandes, tenemos en esta escena navideña el signo sensible y eficaz de la paz auténtica a la que somos invitados a incorporarnos en la sencillez, la verdad, la justicia, el amor y la libertad; cuatro columnas sobre las que se apoya la paz, como diría el Papa Beato Juan XXIII.

Este año su Santidad Benedicto XVI nos da su mensaje con el tema “La persona humana, corazón de la paz” y destaca que la paz duradera y autentica debe estar construida sobre la roca de la verdad de Dios y la verdad del hombre: “Solo esta verdad puede sensibilizar los ánimos de la justicia, abrirlos al amor y a la solidaridad, y alentar a todos a trabajar por una humanidad realmente libre y solidaria. Mi deseos de paz lo dirijo en particular a todos los que están probados  por el dolor y el sufrimiento, a los que viven bajo la amenaza de la violencia y la fuerza las armas, o que agraviados en su dignidad, esperan en su rescate humano y social. Lo dirijo a los niños que con su inocencia enriquecen de bondad y esperanza a la humanidad, y, con su dolor nos impulsan a todos a trabajar por la justicia y la paz”.  

Las lecturas de este día nos recuerdan esta gran verdad que se contempla en el pesebre de Belén. Así, la primera lectura, tomada del libro de los Números, nos hace ver el pensamiento bíblico que consideraba que tanto la bendición como la maldición producen, por su propia fuerza, salvación o desgracia. De manera que hacer descender la bendición del Señor sobre nosotros significa invocar sobre nosotros su nombre, es decir, todo su poder misericordioso y protector, de manera que Él mismo viene a salvarnos. Esta salvación consistía, entonces, en protección, propiciación y paz. No debemos pasar por alto que, en la mentalidad bíblica, paz significa abundancia, felicidad, desarrollo, progreso, seguridad y armonía. ¡Todo eso es shalom!

En la segunda lectura, tomada de la carta de san Pablo a los Gálatas, se nos habla del don de la salvación que nos trajo el Hijo de Dios quien se sometió a todo lo humano, incluida la ley ¡para liberarnos de su peso y hacernos libres! Libres para el amor y la justicia (es decir, la santidad) por lo que llegamos a ser verdaderamente hijos de Dios. De manera que ya no somos esclavos de nada ni de nadie, sino verdaderos hijos que podemos llamar ¡Papá a Dios! Y heredar todos los bienes del cielo.

¡Jesús es nuestra salvación! Eso nos lo dice el evangelio de hoy. Cuando llevaron José y María al niño para circuncidarlo le pusieron el nombre que le había indicado el ángel a José en sueños. ¡Jesús es nuestra paz! Porque Él es la mayor bendición que jamás hayamos recibido. Él, desde su nacimiento hasta su resurrección, no hizo otra cosa que poner en paz todas las cosas: nuestras relaciones con Dios mismo, las que se dan entre nosotros los seres humanos, las nuestras con las cosas de este mundo para que no se nos impongan como ídolos que nos separan de Dios y para las respetemos en su orden y armonía que el Creador les dio.

Como vemos, mis hermanos, Cristo vino a hacer todo nuevo. A nosotros nos toca trabajar por mantener esa paz y armonía en el mundo que nos toca vivir. Que todo sea para nuestro provecho, felicidad y armonía, es nuestra responsabilidad actual. La paz es un don, como lo estamos entendiendo, pero es también una tarea que se nos da hoy a todos los que decimos amar la verdad, la justicia y la libertad.

Y si Cristo es nuestra paz, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, tenemos en la Eucaristía la fuente de esa paz que nos dan su Palabra y su Cuerpo como sacramentos de vida. En ellos encontramos la fuerza para entrar de lleno cada día, como nuestra Señora, en los planes de la Salvación.

Pidamos a Nuestra Niña y Señora, Santa María de Guadalupe, Reina de la Paz, “que nos enseñe en su Hijo el camino de la paz e ilumine nuestros ojos para que sepan reconocer su Rostro en el rostro de cada persona humana, corazón de la paz”. Amén.

 
 
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