Mis amados hermanos y hermanas, es muy cierto que la muerte
separa a los hombres y al mismo tiempo los congrega. La muerte
nos aleja de nuestros amigos, de nuestros parientes que parten,
pero al mismo tiempo, mis amados hermanos, nos acerca y nos une
más a los que todavía quedamos en la vida.
La partida de nuestro querido padre José Álvarez Barrón, quien
muchos años fuera rector del Seminario Conciliar de México, que
prestó grandes servicios a la Diócesis de Toluca. Que sirvió como
párroco 27 años en la Parroquia de la Piedad, en la colonia Narvarte.
Que sirvió como confesor en esta Basílica de Guadalupe hasta los
días de su muerte. Que fue maestro de muchos de nosotros, que
fue nuestro rector, hoy lo recordamos con cariño, con afecto.
La partida de este hermano nuestro de este mundo al Padre es
el motivo principal de encontrarnos hoy en esta asamblea litúrgica,
para acompañar el dolor de esta familia Álvarez Barrón y de esta
iglesia arquidiocesana a la que sirvió con tanto entusiasmo y
con tanta alegría.
Estamos aquí reunidos para despedir cariñosamente a este hermano
que nos ha abandonado, aunque no del todo y para siempre. Estamos
aquí para ofrecer todos juntos a Dios, esta muerte corporal, unida
a la de Jesucristo por la fe y los sacramentos. Rogando al Señor
que a él y a todos nosotros nos conceda participar un día de su
gloriosa resurrección, de su luz y de su paz allá en casa definitiva
en el Reino de los Cielos. Así es como los que tenemos una misma
fe en Cristo vivimos esa fe en comunión con nuestros hermanos
y formamos así una auténtica familia de hermanos en Cristo y de
hijos de Dios.
Precisamente, mis amados hermanos y hermanas, los invito a
que reflexionemos unos minutos en esta realidad de la comunión
de vida entre todos los cristianos vivos y muertos. En esta relación
entrañable de familia que tenemos los cristianos aquí en la vida
y que se prolonga más allá de la muerte. A esta realidad le damos
un nombre en católico: La Comunión de los Santos. Esta es precisamente
la verdad que está a la base de esta liturgia que celebramos hoy
por nuestro querido Padre José Álvarez Barrón. Nosotros recitamos
en el Credo: Creo en la Iglesia Católica, la Comunión de los Santos,
el perdón de los pecados, la resurrección de los muertos y la
vida eterna.
¿Qué significa, amados hermanos, este artículo de nuestro credo
católico? Si preguntásemos a muchos cristianos seguramente nos
responderían alguna lindeza: que los santos comulgaron aquí en
la tierra o siguen comulgando ahora en el cielo. No, no es esto
mis amados hermanos. Comunión o Comunicación de los Santos,
no quiere expresar más que aquella vida en común que poseemos
todos los bautizados, todos los que formamos la Iglesia de Jesucristo.
La
Iglesia, Pueblo de Dios, es un cuerpo. Un cuerpo no físico, sino moral.
La reunión o el conjunto de todos los creyentes en Cristo. El
cuerpo místico de Jesús, formado por Él, como cabeza y por todos
los cristianos como miembros. Pero este cuerpo, este organismo,
no está muerto, tiene vida. Y una vida divina, eterna. La vida
que Jesús es y que hace circular por todo su cuerpo místico.
La gracia santificante es esta vida, como una corriente sanguínea
que brota de Cristo cabeza y que distribuye, se comunica, y llega
a todos los miembros del cuerpo.
Ahora bien, mis amados hermanos, este cuerpo de Cristo está
digamos distribuida en tres estados, en tres niveles, y esto lo
estudiamos desde el catecismo. La Iglesia es Peregrinante, Purgante,
Triunfante. No son tres iglesias, sino una sola en tres situaciones
diferentes de los discípulos de Cristo. Unos peregrinamos todavía,
estamos en marcha, vamos a la casa del Padre. Otros, ya difuntos,
se purifican. Otros gozan de la gloria contemplando claramente
a Dios tal como es. Más todos, en un grado diverso vivimos unidos
en una misma caridad. Vivimos en un mismo amor, pues todos los
que son de Cristo por poseer su Espíritu constituyen una misma
y sola iglesia y mutuamente se unen con Él, estamos profundamente
unidos. Si las tres forman el único y total cuerpo de Cristo,
entre ellas debe haber mutua intercomunicación y vida. A esta
comunicación o intercambio de vida es a lo que llamamos Comunión
de los Santos.
Existe, pues, entre todos los miembros de la Iglesia, una
mutua influencia, una comunicación de bienes. Cualquiera de estos
bienes o males repercute en toda la Iglesia. Todo lo bueno, todo
lo malo que hace un cristiano cualquiera repercute para bien o
para mal en todo el cuerpo de Cristo. Por eso dice el Concilio
Vaticano II muy claro en la Constitución Dogmática sobre la Iglesia
Lumen Gentium (Luz de los pueblos) en su número 51: Este
sagrado Sínodo recibe con gran piedad la venerable de fe de nuestros
antepasados acerca del consorcio vital (es decir, la comunión
de vida) con nuestros hermanos que se hayan en la gloria celeste
o que aún están purificándose después de la muerte, y de nuevo
confirma los decretos de los Sagrados Concilios Niceno II, Florentino
y Tridentino.
Mis amados hermanos ésta es nuestra fe católica sobre la Comunión
de los Santos. Y claro que de esta comunión de los santos, de
esta verdad católica, se desprenden consecuencias muy prácticas:
primero hemos de recordar que no se trata de una comunicación
con los difuntos al estilo de las sectas espiritistas. Ahora podemos
entrar en comunión con nuestro querido padre José Álvarez Barrón
más que como lo hacíamos antes. Antes queríamos ver al padre Pepe,
y veníamos visitarlo. Ahora lo podemos invocar pero no al estilo
de sectas espiritistas. No, esa clase de comunicación ni existe,
ni es cristiana, ni tiene nada que ver con la intercomunicación
eclesial. Eso no pasa de ser un truco o una ilusión colectiva
o un comercio pecaminoso con el diablo. No, no es por ahí. Estamos
hablando de la comunión con los santos.
En segundo lugar, esta comunión con nuestros difuntos es ante
todo de tipo personal, psicológico y sobre todo espiritual. Psicológico,
no quiere decir sentimental, sino sencillamente quiere decir humano.
Nuestros difuntos siguen presentes en nuestro recuerdo, en nuestro
cariño y además en el bien que de ellos dimana y que pervive en
nosotros. Igual como reconocemos al Resucitado en lo que irradia
de Él, podemos recordar a nuestros difuntos por lo que pervive
de ellos. Todos lo que han muerto pertenecen a la comunidad humana
y a la eclesial también y están unidos a nosotros.
Aquí en la tierra podemos sentir la presencia de Cristo murió
y no solo sino que venció a la muerte como escuchamos en la Palabra
de Dios que hemos proclamado. Sentimos fuertemente la presencia
de María, y más aquí en el Tepeyac, ella que fue asunta a los
cielos. Si llevamos una vida como la Cristo y nos dirigimos a
ellos en la oración, entramos en comunión profunda con ellos.
Lo mismo hay que decir de los otros difuntos. Es cierto que ya
no vamos a escuchar: Mantelito Blanco, Jícaras de Michoacán,
y tantas cosas que nos cantaba don José Álvarez Barrón. Ya no
vamos a escuchar su carcajada su risa. Pero lo vamos a vivir en
el recuerdo en la alegría que nos enseñaba. Eso lo vamos a recordar
siempre y muchas otras cosas más. Pero ahora estamos en comunión
profunda, en una relación íntima que esta relación espiritual,
que es lo más profundo. Unión nuestra con todos los cristianos
que ya murieron y es ante todo una relación espiritual, a todos
los niveles de la vida cristiana: de fe, de esperanza, de amor,
de oración y de culto.
Dice la Lumen Gentium: la unión de los viadores (nosotros
somos los viadores, estamos en la vía en el camino, peregrinamos)
con los hermanos a que se murieron en la paz de Cristo de ninguna
manera se interrumpe, antes bien se robustece. Es decir, permanecemos
todos: los que peregrinamos, los de la Iglesia Purgante, la Iglesia
Triunfante, unidos en Cristo. Y mutuamente oramos los unos por
los otros: los que peregrinamos oramos por los que se purifican,
y por eso escuchamos en la primera lectura: es laudable orar
por nuestros difuntos. Y por eso oramos por ellos. En la oración
entramos en comunión con ellos para que se purifiquen y los encomendamos
a los bienaventurados, que su vez nos edifican con su ejemplo
de santidad y desde luego piden por nosotros. Ellos que han llegado
a la Patria, ahora el padre José Álvarez, no dejan de interceder,
por Él, con Él y en Él, a favor nuestro ante el Padre celestial.
Tenemos ya un intercesor más en el Reino de los Cielos: el padre
José Álvarez Barrón.
Mis amados hermanos, la iglesia que peregrina recuerda y ofrece
sufragios por los difuntos y venera la memoria de los santos
del cielo, los invoca humildemente, acude a su oración, protección
y socorro. Esta es la Comunión de los Santos. Esta mutua y total
comunión inter-eclesial llega a su cumbre en el culto cristiano,
en la liturgia eucarística.
Dice la Lumen Gentium, también: celebramos juntos
con gozo común las alabanzas de la divina majestad, y todos congregados
en una sola Iglesia, ensalzamos con un mismo canto de alabanza
al Dios uno y trino. Así pues, al celebrar el sacrificio
eucarístico es cuando mejor nos unimos al culto de la Iglesia
celeste, sobre todo cuando entramos a la Plegaría Eucarística
cuando con los ángeles y santos cantamos todos: Santo, Santo,
Santo es el Señor Dios del universo. Ahí pregustamos ya desde
ahora esa liturgia celeste, ya en esta liturgia que celebramos
aquí en la Tierra. Pensemos en eso, es en la Eucaristía en donde
entramos en comunión y renovando la memoria de la santísima Virgen
María o de San José, de los Apóstoles de los mártires y de todos
los santos, vivimos desde ahora, pregustamos desde ahora esa vida
eterna.
Aquí tienen,
pues, mis amados hermanos, el sentido de esa verdad católica que
llamamos Comunión de los Santos. Así como los lazos de una familia
no se rompen con la muerte, lo mismo sucede con esta gran familia
de Dios que es la Iglesia. La Iglesia es un cuerpo único y forma
una comunidad de bienes aquí en la vida y la sigue formado después
de la muerte. Esta es la razón última en que se fundamentan nuestras
prácticas cristianas de orar, de rezar, de ofrecer sufragios por
los muertos. Nosotros los canónigos tenemos la obligación de ofrecer
tres misas por los canónigos, aparte del novenario, aparte de
las misas gregorianas, tenemos esta piedad, esta devoción, más
que obligación de orar por los difuntos, y más por quienes fueron
hermanos nuestros ligados a nosotros.
Continuemos nuestra eucaristía, donde está presente a misma
vida de Dios, que es Cristo, para que Él lleve a la vida eterna
a nuestro hermano José Álvarez Barrón, el padre “Pepe”. Que la
Señora del cielo lo introduzca a la casa del Padre. Ella a quien
el padre José amó tanto y veneró tanto aquí en su casita.
Continuemos pues esta eucaristía, para que esta vida de Dios,
vida que se nos ofrece en Cristo en riqueza y llene también a
todos los que formamos los Iglesia y peregrinamos hacia el Señor
hacia la casa del Padre.
Que así sea, mis hermanos.