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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el II Domingo de Cuaresma.

17 de febrero de 2008

DEL MIEDO A LA CONFIANZA EN DIOS

Hermanos, demos gracias a Dios, nuestro Padre porque no deja de mostrarnos su misericordia en cada momento de nuestra vida al conducirnos por sus caminos, a pesar de nuestras resistencias y miedos, y en medio de tribulaciones y dificultades, hacia el destino que nos tiene señalado, destino de felicidad y dicha eterna junto e Él.

Hermanos, el domingo pasado asistíamos a la victoria de Jesús sobre las tentaciones que el demonio le ponía. Agradecíamos su libertad y su obediencia al proyecto divino, que Él optó por asumir hasta las últimas consecuencias. Pero decíamos que esa narración era una forma de enseñarnos que la vida de Jesús transcurrió toda en medio de tentaciones, dudas y miedos frente a lo que le esperaba. ¡La tentación no se vence de una vez por todas! Es necesario ser realistas y aceptar que siempre estará al acecho: especialmente cuando creemos que ya la hemos deja atrás y caminamos muy seguros y tal vez distraídos, si no es que hasta arrogantes, comprobamos que exige de nosotros vigilancia y fortaleza.

El miedo es una experiencia natural e incluso, hasta cierto punto, necesaria, pero se convierte en un verdadero problema cuando nos paraliza y nos impide ver con objetividad la realidad que debemos afrontar, asumir y superar. El miedo puede ser también una de las trampas que pone el demonio.

Pero el miedo se supera sólo con confianza y optimismo realista y, cuando se trata de superar un miedo existencial es necesaria la fe. Tal es el caso de la vocación y misión de Abraham que, por su respuesta a la propuesta de Dios, ha llegado a ser nuestro Padre en la fe, como se nos propone en la primera lectura de este domingo.

En efecto, mis hermanos, Dios pidió Abraham una disposición total de su persona para el proyecto que le proponía y entró con Dios en un diálogo caracterizado por la obediencia y una disponibilidad tal que revelaba en él apertura tal como nunca antes se había visto. Abraham se muestra confiado, muy dispuesto, desapegado, generoso, en fin, pronto a cooperar en el proyecto de Dios. Es importante tener en cuenta la importancia de las promesas y las bendiciones que le vendrían con su respuesta confiada a Dios.

La confianza, la que va unida  a la fe y al amor, puede hacernos superar los miedos. No quiero decir eliminarlos. Tal vez, hermanos, han de permanecer, precisamente para que se note que la fortaleza viene de Dios. Y me parece que, como sucedió con Abraham, es lo que sucede ahora con Jesús cuando lleva a tres de sus apóstoles a vivir la experiencia de la transfiguración.

La narración evangélica, que hemos escuchado este domingo, hermanos, se da después de que Jesús ha advertido a sus discípulos que ha de ir a Jerusalén para padecer mucho por causa de los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, sufrir la muerte y al tercer día resucitar (Mt 16,21). Los discípulos se desanimaron mucho y hasta Pedro quiso disuadirlo de aceptar esa suerte, pues, junto con sus compañeros, ve frustradas las expectativas que motivaban su seguimiento. "La transfiguración es una palabra de ánimo, pues en ella se manifiesta la gloria de Jesús y se anticipa su victoria sobre la cruz" (comentario en la Biblia de nuestro Pueblo). Podríamos decir, mis hermanos, que este  acontecimiento no es sólo por los discípulos sino también por Jesús que, una vez más se confirma en su decisión libre y amorosa, así como obediente, de asumir el proyecto del Padre en la salvación del género humano a través de la cruz y la resurrección.

La transfiguración es también para nosotros que creemos en el Señor Jesús como Mesías y Señor y que queremos ser discípulos y seguidores suyos. Su gloria y su victoria es la garantía para nosotros, sus discípulos, de que los sufrimientos y las persecuciones sufridas por Jesús, y ahora por nosotros, son parte de la condición inherente a la fe en Él con un fin preciso: la gloria de Dios y nuestra salvación. No se puede llegar a la gloria sin pasar por el camino de la cruz, como nos lo recuerda el prefacio de este día. Su manifestación misteriosa no elimina el temor de quienes lo seguimos, porque es parte de la experiencia ante el misterio de la trascendencia divina, pero nos hace valientes y razonablemente optimistas y alegres por la fe.

En estos tiempos que nos toca vivir, mis queridos hermanos, los brotes constantes de mesianismo, están al día. Y tenemos la tentación de seguir el camino fácil del éxito, de lo vistoso y espectacular (cf. Segunda tentación). Ese mesianismo fue rechazado por Jesús para asumir el único que salva: el del amor y del servicio.

La palabra de Dios que hoy estamos escuchando y contemplando nos lleva precisamente a ver y escuchar a Jesús porque es el único que nos revela el verdadero y el único camino que conduce al Padre, ya que Él mismo es camino, verdad y vida (Jn 14,6). No podemos ahorrarnos la cruz y el sufrimiento, como lo pretendía, de alguna manera Pedro. No. Con la fortaleza que Jesús nos da, podemos asumir comprometidamente nuestra realidad de discípulos y seguidores de Cristo, tomando parte en las fatigas y riesgos que implica vivir y anunciar el evangelio hoy, en nuestro tiempo.

Cada domingo, mis hermanos, la Sagrada Eucaristía nos transfigura como iglesia y como individuos. Nos hace ver y degustar la gloria que nos espera, la que anuncia el banquete de la Palabra y de la Eucaristía misma. Pero no nos permite evadir nuestros compromisos de fe, sino al contrario, nos hace, como a Jesús poner la mirada en el proyecto de Dios y nos lleva a abrazarlo en la obediencia y el amor.

Que Nuestra Muchachita y Celestial Señora que camina a nuestro lado en esta cuaresma rumbo a la Pascua, nos asista con su ejemplo y su intercesión pidiendo para nosotros la fuerza del Espíritu para ser valientes y alegres en el anuncio del evangelio en nuestra vida diaria. Amén.

 

 
 
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