ELEGIDOS PARA SER ENVIADOS
Muy amados hermanos y hermanas, fieles laicos de Cristo. Muy
amados hermanos y hermanas en la vida consagrada, mis queridos
hermanos diáconos, capellanes, Cabildo de Guadalupe.
La
Palabra de Dios ocupa un lugar muy importante en nuestras celebraciones
litúrgicas, es decir en la oración oficial y solemne de la Iglesia.
Pero no se queda ahí, mis amados hermanos. El efecto que produce
se da, en realidad, en la vida cotidiana, en nuestros hoy, en
nuestro aquí y en nuestros ahora, donde debemos encarnar y proyectar
día a día esa Palabra de Dios. Es aquí en la Eucaristía donde
la acogemos en la intimidad del corazón. Es en lo más profundo
del Espíritu donde comienzan sus efectos. Por eso dejemos que
ella nos penetre y haga en lo más hondo su labor transformadora.
Si salimos de misa, con la sola sensación de haber cumplido un
precepto, en realidad no habremos aprovechado toda la riqueza
de este encuentro dominical.
Los invito, pues, mis amados hermanos y hermanas, a que en
este momento abramos el corazón y la mente para hacer eco en nuestro
interior a la Palabra que Dios nos ha regalado este domingo para
nuestro crecimiento espiritual.
El pequeño trozo del libro del Éxodo que hemos escuchado constituye
el prólogo a la celebración de la alianza entre Dios y su pueblo
elegido. A la manera de un soberano de la antigüedad, Dios recuerda
los favores hechos a su pueblo con una imagen poética muy bella:
“Los he levantado a ustedes sobre las alas del águila y los
he traído a mí” imagen poética muy bella que expresa el carácter
extraordinario y amoroso de su intervención salvadora cuando los
liberó de la esclavitud en Egipto.
Dios afirma que con esa intervención histórica se ha establecido
una relación, entre Él y el pueblo elegido, mucho más íntima que
con el resto de los pueblos de los cuales Él también es Dios.
La alianza que están por pactar implica que el pueblo se considere
un reino de sacerdotes, es decir, un pueblo que ejerza la función
de intermediario entre el Dios universal, el único y verdadero,
y todos los pueblos de la tierra. También, mis hermanos, implica
que se considere una nación santa, es decir un pueblo diferente
entre todos los pueblos. Israel es entonces un pueblo elegido
para llevar a cabo una encomienda.
En el Evangelio que acabamos de escuchar, mis queridos hermanos,
el Señor Jesús, compadecido de las multitudes confundidas, desorientadas,
fatigadas y abatidas, como ovejas sin pastor, porque a nadie le
interesan, toma la decisión de atenderlas. Para ello lleva a cabo
una obra que corresponde a la vocación de Israel, a la que se
refiere el texto del Éxodo que acabamos de escuchar. Pero, también,
corresponde a la misión propia de Jesús. Para ello, mis hermanos,
elige a los doce para enviarlos a cumplir la misión que Israel
no ha sabido asumir; y, efectivamente, los envía dotándolos de
poderes especiales que son los propios de Jesús y de los que Él
mismo ya ha echado mano al anunciar la Buena Nueva de la salvación.
Los doce apóstoles, mis queridos hermanos, representan a toda
la Iglesia, pues ésta existe por voluntad de Cristo y es elegida
como su nuevo pueblo par ser instrumento de salvación para todos
los pueblos de la tierra. Para atraer a toda la humanidad a la
salvación en Cristo.
De estas lecturas bíblicas podemos sacar en claro que Dios
nos recuerda hoy el sentido de la existencia de la Iglesia y de
nuestra pertenencia a ella. De esta manera, entonces, podemos
decir que así como Israel y los Doce son llamados para una experiencia
especial junto a Dios y al lado de Jesús, y poder así ser testigos
de esa verdad trascendente ante los demás, así también la Iglesia,
todos nosotros que somos la Iglesia, comunidad querida por Dios,
estamos llamados a ser el pueblo de encuentro entre el único Dios
y los pueblos de la tierra.
Pero, como pueblo sacerdotal también estamos llamados, como
Iglesia, a representar a la humanidad frente a Dios. Esto es lo
que da sentido a nuestra Liturgia, es decir, al culto que le damos
a Dios, pues, no es a título personal como oramos en la asamblea
litúrgica, sino que, unidos a Cristo, nos presentamos ante el
Padre a nombre de la humanidad.
A la luz de la primera lectura del Éxodo y del Evangelio, san
Mateo, podemos afirmar, hermanos, que somos un pueblo sacerdotal
porque, con Cristo, en el encuentro con Él y por la Palabra, la
alabanza y la acción de gracias, así como por la súplica, representamos
a toda la humanidad para la cual, por otro lado, somos sigo humilde
y misterioso de la presencia y de la acción de Dios en el mundo.
Nuestra misión, entonces, mis hermanos, entonces es vivir cada
vez más intensamente la experiencia de Dios en medio de nosotros
para ser testigos de su obra salvadora. Si no estamos imbuidos
de Dios, del Espíritu de Cristo, sino tenemos la experiencia de
Dios, mis hermanos, como vamos a ser testigos en medio del mundo
de la salvación que el Señor Jesús nos ha ganado con su vida,
pasión, muerte y gloriosa resurrección.
Y no sólo la Iglesia como comunidad es misionera sino todos
y cada uno de los que la formamos, todos y cada uno de nosotros,
en la situación en la que nos encontramos. En la tradición de
los Padres de la Iglesia, encontramos la afirmación de que lo
que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo,
esos somos nosotros en el mundo. Por eso Jesús dice: “Son sal,
son luz, son fermento”. (Discurso a Diogeneto, VI).
Mis amados hermanos y hermanas, cuando nos reunimos par celebrar
cada domingo la Sagrada Eucaristía, al escuchar la Palabra de
Dios y acogerla con devoción individual y comunitariamente, recibimos
los dones del Espíritu de Cristo que nos capacita para conformarnos
poco a poco a su imagen y a su misión. Cada Eucaristía nos cristifica,
nos transforma en otros cristos, para que seamos Cristo en nuestro
mundo, en nuestras realidades sociales, políticas, económicas,
laborales, culturales de la diversión, en todos los campos, mis
hermanos. De esta manera podemos comprender cómo la misión de
la Iglesia, en su conjunto y en cada uno de los que la integramos,
es la misma de Jesús. Es el resultado de la alianza que Dios ratifica
con nosotros cada Eucaristía y cada acción que realizamos en el
amor y la obediencia.
Pidamos a María, nuestra Muchachita y Celestial Señora, que
nos asista siempre con su intercesión ante el Padre y ante su
Hijo, para que podamos cada vez más fielmente, responder a la
vocación y a la misión que debemos llevar a cabo hoy en el mundo
que nos ha tocado vivir.
Que así sea, mis amados hermanos.