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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XI Domingo Ordinario.

15 de junio de 2008
“Día del Padre”

ELEGIDOS PARA SER ENVIADOS

Muy amados hermanos y hermanas, fieles laicos de Cristo. Muy amados hermanos y hermanas en la vida consagrada, mis queridos hermanos diáconos, capellanes, Cabildo de Guadalupe.

La Palabra de Dios ocupa un lugar muy importante en nuestras celebraciones litúrgicas, es decir en la oración oficial y solemne de la Iglesia. Pero no se queda ahí, mis amados hermanos. El efecto que produce se da, en realidad, en la vida cotidiana, en nuestros hoy, en nuestro aquí y en nuestros ahora, donde debemos encarnar y proyectar día a día esa Palabra de Dios. Es aquí en la Eucaristía donde la acogemos en la intimidad del corazón. Es en lo más profundo del Espíritu donde comienzan sus efectos. Por eso dejemos que ella nos penetre y haga en lo más hondo su labor transformadora. Si salimos de misa, con la sola sensación de haber cumplido un precepto, en realidad no habremos aprovechado toda la riqueza de este encuentro dominical.

Los invito, pues, mis amados hermanos y hermanas, a que en este momento abramos el corazón y la mente para hacer eco en nuestro interior a la Palabra que Dios nos ha regalado este domingo para nuestro crecimiento espiritual.

El pequeño trozo del libro del Éxodo que hemos escuchado constituye el prólogo a la celebración de la alianza entre Dios y su pueblo elegido. A la manera de un soberano de la antigüedad, Dios recuerda los favores hechos a su pueblo con una imagen poética muy bella: “Los he levantado a ustedes sobre las alas del águila y los he traído a mí” imagen poética muy bella que expresa el carácter extraordinario y amoroso de su intervención salvadora cuando los liberó de la esclavitud en Egipto.

Dios afirma que con esa intervención histórica se ha establecido una relación, entre Él y el pueblo elegido, mucho más íntima que con el resto de los pueblos de los cuales Él también es Dios. La alianza que están por pactar implica que el pueblo se considere un reino de sacerdotes, es decir, un pueblo que ejerza la función de intermediario entre el Dios universal, el único y verdadero, y todos los pueblos de la tierra. También, mis hermanos, implica que se considere una nación santa, es decir un pueblo diferente entre todos los pueblos. Israel es entonces un pueblo elegido para llevar a cabo una encomienda.

En el Evangelio que acabamos de escuchar, mis queridos hermanos, el Señor Jesús, compadecido de las multitudes confundidas, desorientadas, fatigadas y abatidas, como ovejas sin pastor, porque a nadie le interesan, toma la decisión de atenderlas. Para ello lleva a cabo una obra que corresponde a la vocación de Israel, a la que se refiere el texto del Éxodo que acabamos de escuchar. Pero, también, corresponde a la misión propia de Jesús. Para ello, mis hermanos, elige a los doce para enviarlos a cumplir la misión que Israel no ha sabido asumir; y, efectivamente, los envía dotándolos de poderes especiales que son los propios de Jesús y de los que Él mismo ya ha echado mano al anunciar la Buena Nueva de la salvación.

Los doce apóstoles, mis queridos hermanos, representan a toda la Iglesia, pues ésta existe por voluntad de Cristo y es elegida como su nuevo pueblo par ser instrumento de salvación para todos los pueblos de la tierra. Para atraer a toda la humanidad a la salvación en Cristo.

De estas lecturas bíblicas podemos sacar en claro que Dios nos recuerda hoy el sentido de la existencia de la Iglesia y de nuestra pertenencia a ella. De esta manera, entonces, podemos decir que así como Israel y los Doce son llamados para una experiencia especial junto a Dios y al lado de Jesús, y poder así ser testigos de esa verdad trascendente ante los demás, así también la Iglesia, todos nosotros que somos la Iglesia, comunidad querida por Dios, estamos llamados a ser el pueblo de encuentro entre el único Dios y los pueblos de la tierra.

Pero, como pueblo sacerdotal también estamos llamados, como Iglesia, a representar a la humanidad frente a Dios. Esto es lo que da sentido a nuestra Liturgia, es decir, al culto que le damos a Dios, pues, no es a título personal como oramos en la asamblea litúrgica, sino que, unidos a Cristo, nos presentamos ante el Padre a nombre de la humanidad.

A la luz de la primera lectura del Éxodo y del Evangelio, san Mateo, podemos afirmar, hermanos, que somos un pueblo sacerdotal porque, con Cristo, en el encuentro con Él y por la Palabra, la alabanza y la acción de gracias, así como por la súplica, representamos a toda la humanidad para la cual, por otro lado,  somos sigo humilde y misterioso de la presencia y de la acción de Dios en el mundo. Nuestra misión, entonces, mis hermanos, entonces es vivir cada vez más intensamente la experiencia de Dios en medio de nosotros para ser testigos de su obra salvadora. Si no estamos imbuidos de Dios, del Espíritu de Cristo, sino tenemos la experiencia de Dios, mis hermanos, como vamos a ser testigos en medio del mundo de la salvación que el Señor Jesús nos ha ganado con su vida, pasión, muerte y gloriosa resurrección.

Y no sólo la Iglesia como comunidad es misionera sino todos y cada uno de los que la formamos, todos y cada uno de nosotros, en la situación en la que nos encontramos. En la tradición de los Padres de la Iglesia, encontramos la afirmación de que lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo, esos somos nosotros en el mundo. Por eso Jesús dice: “Son sal, son luz, son fermento”. (Discurso a Diogeneto, VI).

Mis amados hermanos y hermanas, cuando nos reunimos par celebrar cada domingo la Sagrada Eucaristía, al escuchar la Palabra de Dios y acogerla con devoción individual y comunitariamente, recibimos los dones del Espíritu de Cristo que nos capacita para conformarnos poco a poco a su imagen y a su misión. Cada Eucaristía nos cristifica, nos transforma en otros cristos, para que seamos Cristo en nuestro mundo, en nuestras realidades sociales, políticas, económicas, laborales, culturales de la diversión, en todos los campos, mis hermanos. De esta manera podemos comprender cómo la misión de la Iglesia, en su conjunto y en cada uno de los que la integramos, es la misma de Jesús. Es el resultado de la alianza que Dios ratifica con nosotros cada Eucaristía y cada acción que realizamos en el amor y la obediencia.

Pidamos a María, nuestra Muchachita y Celestial Señora, que nos asista siempre con su intercesión ante el Padre y ante su Hijo, para que podamos cada vez más fielmente, responder a la vocación y a la misión que debemos llevar a cabo hoy en el mundo que nos ha tocado vivir.

Que así sea, mis amados hermanos.

 
 
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