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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XXIII Domingo Ordinario.

7 de septiembre de 2008
“Año de San Pablo”

 

LA CORRECCIÓN FRATERNA  ES UN SERVICIO

Mis amados hermanos y hermanas, fieles laicos de Cristo. Muy amados hermanos y hermanas en la Vida Consagrada, mis queridos hermanos en el ministerio diaconal, presbiteral, Cabildo de Guadalupe.

La misericordia de Dios vuelve a ser hoy tema de nuestra reflexión. En realidad, queridos hermanos y hermanas, nunca terminaremos de profundizar en este misterio del amor de Dios. Pero hoy, hermanos, hemos de contemplar este misterio divino en la Iglesia como una experiencia comunitaria. Especialmente en su expresión sacramental, que es la Penitencia como celebración de la misericordia divina ejercida por la Iglesia, tal como lo deseo el Señor Jesús.

Pero antes de intentar profundizar en la dimensión sacramental, conviene que veamos el deseo de Jesús, respecto a la corrección fraterna, en su realidad cotidiana. Es importante que consideremos este acto fraternal antes que nada como un servicio al prójimo al mismo tiempo que a la Iglesia. Como podemos ya prever, mis amados hermanos, se trata de un servicio de amor, mucho antes que de castigo; y aunque pudiera, en caso extremo, llegarse a la excomunión, ésta no tendría otro propósito que el que sirviera como medicina. La Iglesia no excomulga por excomulgar, no, no es su tarea, ni su misión. Es exhortar con amor, corregir al que al que hierra. Y en este servicio, mis hermanos, estamos todos implicados porque es responsabilidad de todos los miembros de la Iglesia y no sólo de los ministros ordenados: sacerdotes, obispos y el papa.

Así lo podemos deducir de la primera lectura donde Dios le advierte al profeta Ezequiel que le pedirá cuentas de la muerte del pecador en el caso de que no le advirtiera de su mala conducta. Notemos que no se trata de andar haciéndole al policía ni mucho menos que nos constituyamos en jueces de los demás. No se trata tanto, amados hermanos y hermanas, de vigilar como de cuidar la observancia de las normas que Jesús ha establecido para su comunidad, a la que pertenecemos y en la cual servimos como señal en medio del mundo. Se advierte, entonces, hermanos, que no podemos desentendernos de los desórdenes que se suscitan en la comunidad, pues no benefician ni al individuo ni a la comunidad. Pero este cuidado no puede darse sólo por un prurito de orden moralizante o simplemente cultural. Desde luego, que habremos de cuidar de no aparecer con una actitud hipócrita al momento de corregir al hermano, sino de buscar realmente, con sinceridad y amor, su salvación, como nos sugiere la primera lectura.

El procedimiento en la corrección fraterna está bien señalado por Jesús en el Evangelio de hoy. Ante la evidencia de una falta, lo primero que hay que hacer es ser conscientes de que queremos hacer el bien. Por lo tanto el primer acto ha de distinguirse por la discreción y el respeto en la caridad con el que ha errado, no con el cuchicheo y el cuchi, cuchi, a ver, no mis hermanos, ¿cuántas veces cometemos estos errores? Siempre el evitar escándalos será lo mejor. No debemos, entonces, en primer lugar ir a hablar con otros de las faltas de los demás, sino tratar directamente el asunto con quien necesita corrección a fin de motivarlo a corregir su falta.

En segundo lugar, dado el caso de que no se acepte la ayuda, conviene que se acuda a personas dignas de crédito para que juntos le hagan ver el error en que se encuentra. Así parece que la intención de Jesús es que, a partir de criterios objetivos de la Iglesia sirvamos, amonestando en la caridad, a quien ha cometido faltas que así lo ameriten.

Y finalmente, ya como último recurso, Jesús ordena que se acuda a la comunidad. Pero también en este caso, mis queridos hermanos, hay que tener cuidado de entender que no es necesario exhibir a la persona ante todos los miembros de la Iglesia, sino ante la autoridad que, a nombre de ella, juzgue del caso e invite a observar las normas de la Iglesia que, a su vez, no se ha dado a sí misma, sino que las ha recibido del mismo Señor. Es así como se entienden las palabras de ‘atar’ y ‘desatar’. Son la expresión de la autoridad de la Iglesia que Jesús le confirió. En esta línea va también el sentido del Sacramento de la Penitencia.

Pero en la vida ordinaria, queridos hermanos, las situaciones reales se multiplican, y quiero, entonces, centrar la atención en una muy importante: me refiero a la familia. Ésta es la primera comunidad, pues en ella nacemos y se dan las más diversas ocasiones de vivir el Evangelio. Es ahí donde crecemos y maduramos integralmente. Resulta, entonces, muy oportuno recordar que es un lugar privilegiado para dar y recibir con el mayor provecho el servicio de la corrección fraterna. Ojalá lo ejerzan especialmente los padres con los criterios del Evangelio y que los hijos la aceptemos, también, con lo criterios del Evangelio. La corrección no es, obviamente, para sentirse superiores, ni para desquitarse, ni para reprochar o lastimar. No debemos tener temor alguno al ejercer este servicio si nos dejamos conducir por el interés de ayudar al crecimiento integral de los demás. Mis hermanos, no perdamos de vista siempre, siempre será: caridad fraterna.

Este encargo de Jesús se realizará de la mejor manera si la acompañamos de la oración. Si nos apoyamos en ella para ayudar a alguien en el caso de que se encuentre actuando contra las normas de la comunidad inmediata como puede ser la familia, o bien al margen de la vida de la Iglesia. Por eso, mis hermanos,  tiene mucho sentido que en la Eucaristía, que es la oración más perfecta de esta gran familia de creyentes, oremos por quienes están en una situación de riesgo en nuestras comunidades. En ella lo hacemos unidos en el amor y en la obediencia con Cristo, nuestro Maestro, Señor y Hermano mayor.

Que nuestra Muchachita y Celestial Señora, la Morenita del Tepeyac: la perfecta discípula de Cristo nos asista con su intercesión a recibir con humildad la corrección cuando la necesitemos.

Que  así sea, mis amados hermanos.

 
 
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