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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XXV Domingo Ordinario.

21 de septiembre de 2008
“Año de San Pablo”

EL SEÑOR ES SIEMPRE JUSTO

Mis amados hermanos y hermanas, fieles laicos de Cristo. Muy amados hermanos y hermanas de la vida consagrada, mis queridos hermanos en el ministerio diaconal, presbiteral, Cabildo de Guadalupe.

En su infinita misericordia y su inmensa bondad, el Señor, nuestro Dios, no nos trata según nuestros criterios de justicia. Y si así lo hiciera, mis amados hermanos, ya nos habría acabado, pues nos pagaría según nuestros méritos que son ciertamente muy escasos, pobres, mezquinos. Hemos de reconocer, entonces, que su misericordia y su bondad son el criterio del trato que nos da, esta es la enseñanza central de este domingo, mis hermanos. Su misericordia y su bondad son el criterio del trato que nos da. Precisamente lo hemos escuchado en el salmo 144 que hoy proclamamos: “el Señor es compasivo y misericordioso… Siempre es justo el Señor en sus designios…”

Mis amados hermanos, estamos muy acostumbrados a movernos en nuestras relaciones personales con una alta contaminación comercial en el peor de sus sentidos. El comercialismo que se caracteriza por ser no más que una estrecha relación entre prestación y recompensa. Nos parece impensable que podamos recibir algo de una manera completamente gratuita. Ordinariamente damos porque esperamos recibir algo a cambo de lo que damos, como recompensa: yo te doy, tú me das, toma y da.

Miren, mis hermanos, desgraciadamente es ésta la forma como pretendemos relacionarnos con Dios. Pretendemos hacer méritos frente a Dios y esto no está del todo mal. Al contrario parece que Dios no se opone a nuestro esfuerzo y a nuestros deseos legítimos de felicidad, de gozo, de libertad y plenitud que Él mismo ha puesto en lo más profundo de nuestro ser. Más aún Él es nuestra felicidad; Él es nuestra alegría; Él es nuestro gozo; Él es nuestra plenitud. La pretensión equivocada es que exijamos un pago correspondiente según los criterios tan cortos y estrechos de nuestro egoísmo y de nuestros cálculos meramente humanos.

En la primera lectura nos advierte el Señor por medio de su profeta Isaías: “que sus pensamientos no son nuestros pensamientos, ni nuestros caminos o maneras de proceder son los suyos”. No es la única vez que en la Sagrada Escritura se toca ese tema de la oposición entre el concepto humano de justicia y la forma de actuar de Dios. El mismo Jesús la describe muy bien en el reproche del hijo mayor en la parábola del hijo pródigo o más bien del padre bueno, del padre bondadoso.

La verdad, mis hermanos, es que el comportamiento misericordioso de Dios para con sus hijos es una novedad revelada en la Sagrada Escritura, desde el Antiguo Testamento, pero expresada y manifestada de una manera plena y definitiva por Jesucristo y, más concretamente, en el misterio de su persona por su encarnación,  su muerte y su gloriosa resurrección. Sólo desde el misterio de Cristo podemos alcanzar a vislumbrar la profundidad de su comportamiento con nosotros los humanos. Es esta, mis amados hermanos, una verdad siempre nueva y siempre antigua, como diría san Agustín. Por eso es misterio que nos provoca y nos invita  a la adoración, a la alabanza y a la gratitud, precisamente como lo hemos escuchado y lo hemos hecho en el salmo responsorial y lo celebramos en la sagrada Eucaristía.

Pero, mis hermanos, mientras caminamos hacia la promesa, es decir, a alcanzar la salvación, no podemos descuidarnos y debemos, entonces, estar atentos a nuestros desvíos y resistencias a vivir en relación con nuestros hermanos a la luz de este misterio. Conviene entonces, mis hermanos, que, de entrada, aceptemos  que la lógica de Dios no es la nuestra; y que más bien sepamos que es opuesta e irreconciliable con la nuestra. Con mucha frecuencia lo que para nosotros es ganancia, para Dios es pérdida y al revés. Lo que para el hombre es de primer orden, para Dios es lo último. El que quiera ganar su vida que la pierda, nos dice el Señor. El que quiere ser el primero hágase el último. El que quiere ser el mayor hágase el menor. Pero, la medida está en el Señor Jesús, mis hermanos, están en el misterio de la cruz.

La enseñanza de Jesús y en general, la Palabra de Dios va en sentido contrario de nuestros criterios, de nuestros deseos, proyectos y juicios. Con razón se dice que Cristo es radicalmente subversivo. Los valores propios de los hombres no son los del Evangelio, no son los de nuestro Señor Jesucristo. Por eso para Jesús los últimos, Él insiste en su Evangelio, mis hermanos: “los últimos serán los primeros y los primeros los últimos”. Sólo desde esta perspectiva pudo decir san Pablo, como lo escuchamos en la segunda lectura: “para mí la vida es Cristo y la muerte una ganancia”.

Mis amados hermanos y hermanas, cada vez que nos reunimos para celebrar la Santísima Eucaristía, recordamos y tratamos de hacer nuestra la lógica de la cruz que expresa el don perfecto y gratuito del amor de Dios. El Dios y Padre de todos que nos da todo gratuitamente y en abundancia. Porque Dios es plenitud; Dios es abundancia. Nosotros somos diríamos pichicatos, poca cosita y damos de a poquito, somos poquiteros. Ah pero cuando desde Dios vivimos; cuando desde Dios vamos creciendo; cuando desde Cristo caminamos; como el Señor Jesús, también, seremos generosos, seremos abundantes. El Dios y Padre de todos, que nos da todo gratuitamente y en abundancia, quiere que nosotros también demos en abundancia. Seamos generosos y no por nuestros méritos, sino por su absoluta generosidad, por su plena benevolencia.

Mis amados hermanos y hermanas, después de celebrar cada domingo estos misterios del amor de Dios ¿No deberíamos salir con deseos de ser más fraternales, con menos envidia, sin deseos de estar por encima de los demás? ¿No deberíamos salir cada domingo de la Santa Misa alegrándonos por los dones de los otros y por los propios? Porque Dios nunca se deja ganar en generosidad y ciertamente a nadie deja sin recompensa, pero es libre y soberano para dar cuanto quiere, como quiere, cuando quiere y a quien quiere.

Pidámosle, hermanos, la gracia de saber alegrarnos con lo que tenemos y con lo que somos, con lo que sabemos. Lo importante es que para Dios somos únicos e irrepetibles y valemos mucho ante sus ojos.

¡Cuánta falta nos hace vivir con esta actitud en este mundo violento llevado por la codicia, la avaricia, por la soberbia! Ahí están las consecuencias, mis amados hermanos: inseguridad, violencia, terrorismo, angustia, miedo y desesperación, ya no salimos tranquilos a la calle. Volvamos al Señor Jesús, que nos de hondura, solides a nuestra vida a este pueblo de México, tan querido nuestro México. Profundamente marcado por la presencia de la Morenita del Tepeyac: que nos trajo al Dios por quien se vive; el Creador de las personas; el Dueño del cerca y del junto; el Señor del cielo y de la tierra nos empuja día a día a que construyamos el reino de Dios, ya desde ahora. Este reino de paz, de verdad, de justicia, de santidad, que necesitamos urgentemente, mis hermanos. Estamos en el mes patrio pidámosle a la Señora del cielo, pidámosle al Señor por un México más justo, humano, solidario y democrático, pidámosle por un México en paz, sin violencia donde la sana convivencia y la búsqueda de estos valores sean el motor que pongan en marcha a esta gran nación hacía una nueva sociedad, desde la justicia y la igualdad y que sean sus notas características tal y como sus libertadores alguna vez lo soñaron. Que retos y desafíos nos presenta hoy el Señor, mis hermanos.

Terminemos de construirle a la Morenita la casita que Ella quiere y deseo vivamente, que me construyan una casita. Pero, no es esta bella y hermosa Basílica moderna funcional. Es la casita de cada uno de ustedes, mis amados hermanos: es la casita familiar, es la casita sociedad, es la casita nación, es la casita continente, es la casita mundo.

Pidámosle, pues, al Señor, mis amados hermanos, la gracia de saber alegrarnos con lo que tenemos y con lo que somos y seamos fermento de un México nuevo y de un México mejor.

Que nuestra Muchachita y Madrecita, la Dulce Señora del Tepeyac, la siempre humilde y pobre mujer de Nazaret que nos visitó y está con nosotros desde hace 477 años. Nos enriquezca con su fe, no enriquezca con su servicio, con su disponibilidad, con su amor, nos auxilie siempre y sea para nosotros modelo de mansedumbre, modelo de misericordia, modelo de servicio.

Que así sea, mis amados hermanos.

 
 
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