EL
SEÑOR ES SIEMPRE JUSTO
Mis amados hermanos y hermanas, fieles laicos de Cristo. Muy
amados hermanos y hermanas de la vida consagrada, mis queridos
hermanos en el ministerio diaconal, presbiteral, Cabildo de Guadalupe.
En su infinita misericordia y su inmensa bondad, el Señor,
nuestro Dios, no nos trata según nuestros criterios de justicia.
Y si así lo hiciera, mis amados hermanos, ya nos habría acabado,
pues nos pagaría según nuestros méritos que son ciertamente muy
escasos, pobres, mezquinos. Hemos de reconocer, entonces, que
su misericordia y su bondad son el criterio del trato que nos
da, esta es la enseñanza central de este domingo, mis hermanos.
Su misericordia y su bondad son el criterio del trato que nos
da. Precisamente lo hemos escuchado en el salmo 144 que hoy proclamamos:
“el Señor es compasivo y misericordioso… Siempre es justo el
Señor en sus designios…”
Mis amados hermanos, estamos muy acostumbrados a movernos en
nuestras relaciones personales con una alta contaminación comercial
en el peor de sus sentidos. El comercialismo que se caracteriza
por ser no más que una estrecha relación entre prestación y recompensa.
Nos parece impensable que podamos recibir algo de una manera completamente
gratuita. Ordinariamente damos porque esperamos recibir algo a
cambo de lo que damos, como recompensa: yo te doy, tú me das,
toma y da.
Miren, mis hermanos, desgraciadamente es ésta la forma como
pretendemos relacionarnos con Dios. Pretendemos hacer méritos
frente a Dios y esto no está del todo mal. Al contrario parece
que Dios no se opone a nuestro esfuerzo y a nuestros deseos legítimos
de felicidad, de gozo, de libertad y plenitud que Él mismo ha
puesto en lo más profundo de nuestro ser. Más aún Él es nuestra
felicidad; Él es nuestra alegría; Él es nuestro gozo; Él es nuestra
plenitud. La pretensión equivocada es que exijamos un pago correspondiente
según los criterios tan cortos y estrechos de nuestro egoísmo
y de nuestros cálculos meramente humanos.
En la primera lectura nos advierte el Señor por medio de su
profeta Isaías: “que sus pensamientos no son nuestros pensamientos,
ni nuestros caminos o maneras de proceder son los suyos”.
No es la única vez que en la Sagrada Escritura se toca ese tema
de la oposición entre el concepto humano de justicia y la forma
de actuar de Dios. El mismo Jesús la describe muy bien en el reproche
del hijo mayor en la parábola del hijo pródigo o más bien del
padre bueno, del padre bondadoso.
La verdad, mis hermanos, es que el comportamiento misericordioso
de Dios para con sus hijos es una novedad revelada en la Sagrada
Escritura, desde el Antiguo Testamento, pero expresada y manifestada
de una manera plena y definitiva por Jesucristo y, más concretamente,
en el misterio de su persona por su encarnación, su muerte y
su gloriosa resurrección. Sólo desde el misterio de Cristo podemos
alcanzar a vislumbrar la profundidad de su comportamiento con
nosotros los humanos. Es esta, mis amados hermanos, una verdad
siempre nueva y siempre antigua, como diría san Agustín. Por eso
es misterio que nos provoca y nos invita a la adoración, a la
alabanza y a la gratitud, precisamente como lo hemos escuchado
y lo hemos hecho en el salmo responsorial y lo celebramos en la
sagrada Eucaristía.
Pero, mis hermanos, mientras caminamos hacia la promesa, es
decir, a alcanzar la salvación, no podemos descuidarnos y debemos,
entonces, estar atentos a nuestros desvíos y resistencias a vivir
en relación con nuestros hermanos a la luz de este misterio. Conviene
entonces, mis hermanos, que, de entrada, aceptemos que la lógica
de Dios no es la nuestra; y que más bien sepamos que es opuesta
e irreconciliable con la nuestra. Con mucha frecuencia lo que
para nosotros es ganancia, para Dios es pérdida y al revés. Lo
que para el hombre es de primer orden, para Dios es lo último.
El que quiera ganar su vida que la pierda, nos dice el Señor.
El que quiere ser el primero hágase el último. El que quiere ser
el mayor hágase el menor. Pero, la medida está en el Señor Jesús,
mis hermanos, están en el misterio de la cruz.
La enseñanza de Jesús y en general, la Palabra de Dios va en
sentido contrario de nuestros criterios, de nuestros deseos, proyectos
y juicios. Con razón se dice que Cristo es radicalmente subversivo.
Los valores propios de los hombres no son los del Evangelio, no
son los de nuestro Señor Jesucristo. Por eso para Jesús los últimos,
Él insiste en su Evangelio, mis hermanos: “los últimos serán
los primeros y los primeros los últimos”. Sólo desde esta
perspectiva pudo decir san Pablo, como lo escuchamos en la segunda
lectura: “para mí la vida es Cristo y la muerte una ganancia”.
Mis amados hermanos y hermanas, cada vez que nos reunimos para
celebrar la Santísima Eucaristía, recordamos y tratamos de hacer
nuestra la lógica de la cruz que expresa el don perfecto y gratuito
del amor de Dios. El Dios y Padre de todos que nos da todo gratuitamente
y en abundancia. Porque Dios es plenitud; Dios es abundancia.
Nosotros somos diríamos pichicatos, poca cosita y damos de a poquito,
somos poquiteros. Ah pero cuando desde Dios vivimos; cuando desde
Dios vamos creciendo; cuando desde Cristo caminamos; como el Señor
Jesús, también, seremos generosos, seremos abundantes. El Dios
y Padre de todos, que nos da todo gratuitamente y en abundancia,
quiere que nosotros también demos en abundancia. Seamos generosos
y no por nuestros méritos, sino por su absoluta generosidad, por
su plena benevolencia.
Mis amados hermanos y hermanas, después de celebrar cada domingo
estos misterios del amor de Dios ¿No deberíamos salir con deseos
de ser más fraternales, con menos envidia, sin deseos de estar
por encima de los demás? ¿No deberíamos salir cada domingo de
la Santa Misa alegrándonos por los dones de los otros y por los
propios? Porque Dios nunca se deja ganar en generosidad y ciertamente
a nadie deja sin recompensa, pero es libre y soberano para dar
cuanto quiere, como quiere, cuando quiere y a quien quiere.
Pidámosle, hermanos, la gracia de saber alegrarnos con lo que
tenemos y con lo que somos, con lo que sabemos. Lo importante
es que para Dios somos únicos e irrepetibles y valemos mucho ante
sus ojos.
¡Cuánta falta nos hace vivir con esta actitud en este mundo
violento llevado por la codicia, la avaricia, por la soberbia!
Ahí están las consecuencias, mis amados hermanos: inseguridad,
violencia, terrorismo, angustia, miedo y desesperación, ya no
salimos tranquilos a la calle. Volvamos al Señor Jesús, que nos
de hondura, solides a nuestra vida a este pueblo de México, tan
querido nuestro México. Profundamente marcado por la presencia
de la Morenita del Tepeyac: que nos trajo al Dios por quien se
vive; el Creador de las personas; el Dueño del cerca y del junto;
el Señor del cielo y de la tierra nos empuja día a día a que construyamos
el reino de Dios, ya desde ahora. Este reino de paz, de verdad,
de justicia, de santidad, que necesitamos urgentemente, mis hermanos.
Estamos en el mes patrio pidámosle a la Señora del cielo, pidámosle
al Señor por un México más justo, humano, solidario y democrático,
pidámosle por un México en paz, sin violencia donde la sana convivencia
y la búsqueda de estos valores sean el motor que pongan en marcha
a esta gran nación hacía una nueva sociedad, desde la justicia
y la igualdad y que sean sus notas características tal y como
sus libertadores alguna vez lo soñaron. Que retos y desafíos nos
presenta hoy el Señor, mis hermanos.
Terminemos de construirle a la Morenita la casita que Ella
quiere y deseo vivamente, que me construyan una casita. Pero,
no es esta bella y hermosa Basílica moderna funcional. Es la casita
de cada uno de ustedes, mis amados hermanos: es la casita familiar,
es la casita sociedad, es la casita nación, es la casita continente,
es la casita mundo.
Pidámosle, pues, al Señor, mis amados hermanos, la gracia de
saber alegrarnos con lo que tenemos y con lo que somos y seamos
fermento de un México nuevo y de un México mejor.
Que nuestra Muchachita y Madrecita, la Dulce Señora del Tepeyac,
la siempre humilde y pobre mujer de Nazaret que nos visitó y está
con nosotros desde hace 477 años. Nos enriquezca con su fe, no
enriquezca con su servicio, con su disponibilidad, con su amor,
nos auxilie siempre y sea para nosotros modelo de mansedumbre,
modelo de misericordia, modelo de servicio.
Que así sea, mis amados hermanos.