LA
MISIÓN: HACER QUE TODOS SEAN DISCÍPULOS
Adoremos, hermanos, a Jesús, Señor del cielo y de la tierra,
nosotros los que hemos sido elegidos a formar su Iglesia con una
misión bien precisa.
Quien nos ha llamado a ser sus discípulos nos envía también a
dar testimonio de Él en el mundo y de lo que nos ha enseñado para
que todos se salven aceptándolo en la fe y en el amor, de lo cual
es signo eficaz el bautismo. Por eso, hermanos, démosle la
gloria, la alabanza y la acción de gracias que a Él sólo se deben.
Hermanos, estamos llegando al fin de la Pascua. Y a la luz
del Señor resucitado hemos estado meditando, durante estos días,
el gran don de la redención que se nos ha otorgado en la persona
y en el misterio de Jesucristo, el Señor y Pastor de nuestras
almas. Este Señor que nos conduce a la vida de su Padre, nos
revela su misericordia, está siempre con nosotros, nos defiende
del maligno y nos da su Espíritu sin medida, confía también
en nosotros y nos encomienda el encargo de anunciar al mundo
la salvación a todos los miembro de la humanidad hasta el
fin de lo tiempos.
En la primera lectura que hemos escuchado del libro de los
Hechos de los Apóstoles, su autor, san Lucas nos narra
qué sucedió y cuáles fueron las palabras con que Jesús se dejó
de ver para permanecer entre ellos de una manera nueva. A
éstos, que Él había elegido de una manera muy especial para que
estuvieran con Él, a pesar de que en el momento decisivo de su
pasión y su muerte lo abandonaron, huyendo o negándolo, los
reúne para despedirse, confirmando así el sentido de su vocación
y para enviarlos con una misión bien precisa.
Notemos, mis hermanos, que la misión va acompañada de una
promesa muy importante, que ya les había hecho a propósito
del bautismo de Juan y que ha de cumplirse ahora que está a punto
de dejarse ver; esta promesa es la del bautismo en el Espíritu
Santo. Hasta ese momento, aún con la experiencia de verlo
resucitado durante cuarenta días, los apóstoles no comprenden
cabalmente la misión de Jesús, ni serían capaces de dar testimonio
de Él, pero con el don del Espíritu podrán anunciar lo que han
visto, oído y vivido profundamente acerca del misterio de
Dios, que es Padre, Hijo y espíritu Santo.
Se trataba, entonces, mis hermanos, de que los apóstoles experimentaran
la fuerza del Espíritu y de que entendieran que sólo
con su acción eficaz es como podrían cumplir la misión que
les encomendaba Jesús.
San Mateo, por su parte, en el evangelio que acabamos de escuchar,
sitúa el desarrollo de su narración en el monte, precisamente
donde había dado la nueva ley (5-7), lo esencial de
la vida cristiana: pero también se sitúa en la región de Galilea,
denominada “de los gentiles”, es decir de los paganos o no creyentes
judíos, zona reservada para la predicación de Jesús, así
como lugar en donde fueron llamados los Doce. Tenemos entonces
que el evangelista señala a Galilea como el lugar del llamado
y de la misión. Podemos decir, entonces, mis hermanos, que
Galilea es el lugar de nacimiento del evangelio como anuncio,
como acción realizada por Jesús y por los apóstoles.
Galilea es también el lugar donde comienza el seguimiento de
Jesús. A partir de su vocación, los apóstoles se adhirieron
a la persona de Jesús, viviendo con él en comunión de intereses
y de acciones. A lado suyo aprendieron que sólo Él podía
determinar los modos de conducirse en sus vidas. Siguiéndolo experimentaron
que sólo siguiendo sus caminos y sus criterios podían llegar seguros
a la meta, que, aunque por momentos, no alcanzaron a ver con
claridad (ni siquiera en este momento, pues algunos vacilaban,
nos señala el evangelista).
Este día, mis queridos hermanos, es una magnífica oportunidad de meditar en
el sentido de nuestra fe en el misterio de Cristo. Igual que
los apóstoles y los otros discípulos, hemos sido llamados también
mediante el bautismo que nos ha insertado en el misterio de Cristo,
es decir, en su ser mismo, en su obra y su misión. No olvidemos,
mis hermanos, que fuimos bautizados en el nombre del Padre, y
del Hijo, y del Espíritu Santo. Y es esto lo que la Iglesia anuncia
permanentemente: el misterio de Dios, su Reino, la necesidad
de creer y expresar esta adhesión a Dios por medio de Jesús y
mediante el bautismo y su seguimiento, para que todos se salven.
De entre los bautizados el Sr. Jesús sigue llamando de manera
especial a algunos hombres para confiarles el ministerio sacerdotal.
Hoy es el día del Seminario Conciliar de México, nuestro
seminario, el semillero donde se forman los futuros sacerdotes,
hombres llamados a encarnar el espíritu y la acción pastoral de
Jesús. Podemos aplicarles las palabras del profeta Isaías que
se aplicó a sí mismo Jesús (Is. 61, 1-2).
Son ungidos por el Espíritu. Todo cristiano lo es, pero el sacerdote
de una manera especial. Si un fiel recibe el santo crisma
dos veces, el sacerdote lo recibe tres. Ungido el bautizado
en su cabeza, ungido el confirmado en su frente, ungido el
sacerdote en sus manos. Ungidas las manos sacerdotales –
todavía hay personas mayores que las besan – para bendecir,
para perdonar, para ungir, para consagrar, para partir el pan,
para transmitir gracia y protección. Es una gracia especial,
no importarían las manos, para hacer presente a Cristo Pastor.
La unción, sabemos, es signo del Espíritu, que cura y penetra
con la fuerza de su amor. El Mesías significa
el Ungido, en plenitud, o el Cristo,
porque estaba empapado del Espíritu. Jesús es el Cristo
de Dios. Nosotros, cuantos más ungidos por el Espíritu,
seremos, no sólo más cristianos, sino más Cristo y más de Dios.
El sacerdote llevará la buena noticia de Jesús –El evangelio– , que estamos
salvados en Jesús, que Dios nos ama en Jesús, que estamos perdonados
y santificados en Jesús, que ya no tenemos nada que temer por
Jesús y la buena noticia de que Jesús sigue presente en nosotros,
y que todos estamos llamados a ser presencia de Jesús.
Dara buenas noticias a los pobres, venderá los corazones
rotos, pregonará la liberación a los cautivos, dará vista a los
ciegos, consolará a todos los que lloran y proclamará un año de
gracia.
Agradecidos y confiados pidamos al Señor nos dé abundantes
vocaciones: Bendice, Padre a todas las familias, que se
mantengan unidas y sean semilleros vocacionales y ofrenden a sus
hijos para tu servicio. Bendice, Padre a los seminaristas,
que cultiven con esmero su vocación y se dejen configurar por
el Espíritu a ti único sacerdote. Bendice, Padre a los sacerdotes,
que sean verdaderos pastores y evangelizadores de tu pueblo.
La
Eucaristía, especialmente la de cada domingo,
es el medio por el cual nos mantenemos en el seguimiento de
Jesús. En este momento semanal tenemos el privilegio de escuchar,
atender, acoger y de comprometernos con los intereses de Dios,
tal como nos los muestra Jesús. Aquí recibimos también, junto
con la luz de su Palabra y el alimento de su Cuerpo, el don del
Espíritu que nos hace fuertes y sabios para dar el testimonio
de nuestra fe a nuestros hermanos que se encuentran todavía lejos
del influjo de la Buena Nueva que es Jesús. Entre el número de
esos hermanos alejados de Dios y de sí mismos, se encuentran
muchos que, pesar de que ingresaron a este camino por su bautismo
y algún otro sacramento, permanecen indiferentes o ignorantes
del don de la salvación que nos alcanzó Cristo con su muerte
y resurrección.
Pidamos a Nuestra Muchachita Señora y Madre que nos acompañe
siempre en la misión que hemos de llevar a cabo, por encargo
de su Hijo, entre nuestros hermanos; que interceda por nosotros
para que no nos falte jamás la fuerza del Espíritu para cumplir
esta sublime tarea.
Amén.