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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el Bautismo del Señor.

13 de enero de 2008

EL SEÑOR ASUMIÓ SU MISIÓN EN SU BAUTISMO, ¿TAMBIÉN NOSOTROS?

Mis hermanos, por la gracia inmensa del bautismo, el Padre nos ha introducido en la vida trinitaria haciéndonos hijos suyos con la vocación de alcanzar su vida misma; pero también por medio de este sacramento hemos sido iniciados en el misterio de la Iglesia en la que participamos en la celebración fiel y perseverante de los demás  sacramentos.

Permítanme hoy, mis hermanos, empezar este comentario a la Palabra de Dios con una breve reflexión sobre una realidad triste pero que no podemos soslayar. Me refiero al hecho de que muchos de nosotros fuimos bautizados, pero vivimos como si no fuéramos cristianos. Nos hemos quedado en la entrada y de ahí no hemos pasado. No nos interesamos por conocer más a Aquel en quien decimos creer y a quien decidimos seguir. No tenemos claridad en el contenido de la fe y por lo tanto no nos empeñamos en crecer y madurar esa fe; nos quedamos sólo en las prácticas de una religión de ritos externos; pensamos que ser cristiano es observar, en primer lugar, mandatos y evitar los que se prohíbe. Muchas veces nuestras prácticas, dizque cristianas no pasan de ser culturales y folclóricas, es decir, no son otra cosa que cuestión de usos y costumbres cristianas vacías de su contenido original. Por eso, no fallamos en asistir el último día del año y bendecir las velas para luego encenderlas los días primeros de mes, como si se tratara de algo mágico; por eso vamos a misa "cuando nos nace", y de la misma forma tomamos la ceniza al inicio de la cuaresma, pero sin ningún sentido de conversión. Y así, hermanos, podríamos seguir describiendo esta situación de muchos bautizados, pero poco o nada cristianos.

Hoy que celebramos la fiesta del Bautismo del Señor, mis queridos hermanos, podemos entender que una de las causas fundamentales que explicarían esa realidad es que con mucha frecuencia se celebra el bautismo con mucha ligereza, por costumbre, por conveniencia social o por otras motivaciones de carácter mágico.

Hoy quiero invitarlos, queridos hermanos a que, iluminados por el bautismo del Señor, tomemos conciencia de la importancia de vivir permanentemente la gracia de nuestro bautismo y de asumir cada quien, en lo que le toca, la propia responsabilidad al acercar a los niños a este sacramento.

Para el Señor Jesús, su bautismo expresó la aceptación de la misión que su Padre le había asignado. No se lo pidió al Bautista porque tuviera necesidad de penitencia, puesto que en Él no había pecado.  Lo solicitó porque quería manifestar a hacer la voluntad de su Padre. Y es su Padre quien da el significado de esta acción con su intervención mediante la voz que Jesús oyó: “Este es mi Hijo amado, en quien he puesto todo mi amor”, igualmente lo hace el Espíritu que desciende sobre él como una paloma. De esta forma aparece como el Mesías e Hijo de Dios anunciado por los profetas, precisamente como lo anunció Isaías a quien hemos escuchado en la primera lectura. Entonces, la misión que asume Jesús ese día de su bautismo está bien descrita por este profeta: promover y hacer brillar la justicia sobre todos los pueblos. Justicia, en el lenguaje bíblico ha de entenderse, queridos hermanos, como la adecuación del actuar del creyente a la voluntad de Dios. Es por eso que Jesús dice al Bautista que es necesario cumplir lo que Dios quiere. Y lo que Dios quiere de Jesús es que sea semejante a todos, excepto en el pecado y que con su obediencia hasta la muerte los salve a todos.

Éste es el sentido de su Bautismo. Si Jesús asume su bautismo en buena parte es como aceptación de su misión. ¿Con qué sentido somos nosotros bautizados? Ciertamente, nosotros, a diferencia de Jesús, lo recibimos para el perdón de nuestros pecados. Pero ¿qué tanta conciencia tenemos de la actitud de conversión con la que debemos vivir permanentemente? ¿Qué tan responsables somos con la alianza de amor que Dios ha hecho con cada uno de nosotros en su amor? El día de nuestro bautismo fuimos hechos inicialmente, pero también de una manera irrevocable, hijos de Dios en su Hijo ¿Cómo vamos por la vida correspondiendo a este don tan grande? ¿Y cómo nos empeñamos en acrecentarlo, precisamente con la práctica de los otros sacramentos que son como el refrendo de nuestro bautismo?

En el momento de esta celebración de la Eucaristía dominical, preguntémonos ¿por qué estamos aquí? ¿Por costumbre? ¿Para que me vaya bien? O más bien ¿para mantenerme en relación cada vez más profunda con Él que me ama tanto? ¿Para vivir la comunión fraterna cada vez más sólidamente como Él me lo manda?

Mis amados hermanos, la mejor manera de expresar cada día que somos bautizados, es decir, de que somos criaturas nuevas, es buscar hacer siempre la voluntad de nuestro Padre, precisamente como se lo hemos pedido en la primera oración de esta misa.

Que Él nos lo conceda y que nuestra Niña y Madrecita Santa María de Guadalupe nos alcance del Padre la gracia de irnos conformando cada vez más a la imagen de su Hijo, especialmente en el cumplimiento de su mandamiento del amor. Amén.

 
 
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