2 de febrero de 2008
Mis amados hermanos y hermanas, fieles laicos
de Cristo. Especialmente hoy, saludo a mis hermanos y hermanas
de la vida consagrada, mis hermanos del Ministerio Sacerdotal,
diáconos, capellanes, Cabildo de Guadalupe.
Cada año celebramos la fiesta de la Presentación del Señor,
cuarenta días después de la Navidad, ya que el Calendario Litúrgico
quiere adaptarse a los tiempos indicados en el Evangelio. Según
la ley todo varón primogénito era consagrado al Señor cuarenta
días después de su nacimiento.
Esta fiesta, mis hermanos, nace en Oriente y se le llama Ipapanté,
es decir, del encuentro. Del encuentro del Señor con Simeón y
Ana. Y desde luego a través de Simeón y Ana, el encuentro del
Señor con su pueblo de Israel. La liturgia ha recogido y ritualizado
su sentido, sobretodo con la procesión hacia el altar y en las
luces o candelas.
El anciano Simeón movido por el Espíritu Santo, lo escuchamos
en el Evangelio, fue al templo y ese mismo Espíritu le hace encontrarse
con el Mesías prometido. Encuentra a su Mesías y su Mesías encuentra
en él a su pueblo. Y dirigiéndose a María, Simeón le anuncia dichas
y dolores. Ahí está el encuentro que pone de relieve que Jesús
entre en su pueblo, como dice, san Juan: “Los suyos no lo recibieron”.
Es la fiesta, pues, del encuentro, pero anticipadamente, también,
de la ofrenda y de la inmolación del Cordero. Por eso si en el
misterio de la Navidad, el Padre ha entregado al Hijo a la humanidad,
ahora es el Hijo el que presenta al Padre a la humanidad reconciliada
en su oblación pascual. Y esto es lo que ora la Iglesia en la
oración sobre las ofrendas de hace un momento: Sea grata a
tus ojos Señor la ofrenda que la Iglesia te presenta llena de
alegría, a Ti que has querido que tu Hijo unigénito se inmolara
como Cordero inocente para la salvación del mundo.
Mis amados hermanos y hermanas, además de esta fiesta de la
Presentación del Niño Jesús, celebramos también, la Purificación
de María. La fiesta de hoy es también conocida como la Candelaria,
por las candelas que hemos encendido al inicio de nuestra celebración,
inspirándonos en aquellas palabras que el anciano Simeón pronunció
al ver a Jesús: “Mis ojos han visto a tu Salvador, a quien
has presentado ante todos los pueblos, luz para alumbrar a las
naciones y gloria de tu pueblo Israel”.
La luz, mis hermanos y hermanas, es símbolo frecuente en las
páginas de las Sagradas Escrituras, para indicar la presencia
de Dios. La primera manifestación de Dios consistió en la creación
de la luz, en el primer día, Y tal como afirma el prólogo del
Evangelio de san Juan, que proclamamos siempre en la Navidad,
la Palabra que era Dios, tenía en Él la vida y la vida era la
luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas, en la oscuridad,
pero estas no han podido apagarla. Existía, Él que es la luz verdadera,
aquella que al venir al mundo ilumina todo. El Credo al hablar
del Hijo recoge esta idea y proclama que “Jesús es Dios de
Dios, luz de luz, Dios verdadero, de Dios verdadero”.
Jesús, mis hermanos, en un determinado momento de su predicación
revela abiertamente quien es Él, diciendo: “Yo soy la luz del
mundo, quien me sigue no anda en tinieblas, sino que tiene la
luz de la vida”. Los que seguimos a Cristo, los que queremos
imitarlo, los que queremos configurarnos a Él con la fuerza y
el poder del Espíritu Santo hemos de ser, también, luz. Jesús
nos lo ha dicho en el Evangelio de san Mateo: “Ustedes son
la luz del mundo, brille su luz ante los hombres, así verán sus
buenas obras y glorificarán a su Padre Celestial”.
Entre los seguidores de Cristo, los consagrados y consagradas,
nuestros hermanos y hermanas de la vida consagrada deben ser expresión
viva, visible, tangible de la presencia de Dios. Ya hace años,
desde los tiempos del Papa Paulo VI se había ido organizando en
Roma, una celebración especial de los religiosos, con ocasión
de esta fiesta, dando gracias a Dios, por el don de la Vida Consagrada.
En esta fiesta en la que de manos de María y José sucedió la presentación
y ofrenda de su Hijo Jesús en el templo, se está viendo como un
símbolo de la ofrenda que los religiosos hacen de su vida a Dios.
Es por eso que hoy está un grupo numeroso de religiosas, religiosos.
Aquí están en medio de nosotros, fíjense que son 70 casas de vida
religiosa alrededor de nuestro Santuario, alrededor de nuestra
Basílica, 70 casas. Muchas comunidades religiosas y se hacen presentes
hoy en el Santuario y se hacen presentes a través del apostolado,
también, en nuestra Basílica. Muchos de los religiosos, de las
religiosas son Ministros Extraordinarios de la Eucaristía, por
ejemplo.
Miren, mis hermanos, celebramos, pues, la Jornada de la Vida
Consagrada, es precisamente el año de 1997, con el Papa Juan Pablo
II extendió a toda la Iglesia esta iniciativa e instituyó esta
jornada. La fiesta que hoy celebramos y la jornada de la vida
consagrada, son una buena ocasión para que todos reflexionemos,
profundicemos, tomemos conciencia de esta realidad gozosa, el
don que ha hecho Dios a la Iglesia, el don que ha hecho Dios a
la Iglesia, el don que ha hecho Dios a la humanidad con la vida
consagrada, miles y miles de hombres y mujeres han decidido, siguiendo
la vocación que sentían dentro. Las monjas y monjes, es su monasterio
de vida contemplativa. Las religiosas y religiosos de vida activa
en sus comunidades, dedicados, al apostolado muy diversos en la
Iglesia. Los miembros de los Institutos Seculares que actúan en
medio del mundo.
Todos ellos, mis amados hermanos y hermanas, dan a la Iglesia
y al mundo un testimonio admirable de entrega, de seguimiento
radical de Cristo y de su estilo evangélico de vida, llevando
a plenitud su compromiso bautismal. Cada uno según el carisma
que ha recibido del Espíritu Santo, lo hacen con el voto de pobreza,
para libre de toda atadura entregarse más generosamente a los
demás, sobretodo a los más pobres, a los desvalidos e ingenuos.
Con el voto de castidad amando con Cristo y como Cristo a todos
con amor universal. Con el voto de obediencia viviendo en comunidad
y aceptando que la mayor libertad, es ponerse a disposición de
la Iglesia para anunciar el reino de Dios y servir a todos.
Todos ellos religiosos, religiosas quieren ser signos vivos,
visibles del reino de Dios que Cristo proclamó, quieren ser luz
y fermento para los demás, para que los valores cristianos vayan
penetrando en las sociedad, unos lo hacen sirviendo a los enfermos
o a los ancianos, otros atendiendo a las escuelas, otros evangelizando
a la sociedad con mil medios distintos, otros yendo, marchándose
a tierras de misión, en general con una clara preferencia por
los más pobres y marginados.
Vale, pues, la pena, mis amados hermanos, que todos demos gracias
a Dios, por la existencia de estas familias religiosas y consagradas,
que enriquecen a la comunidad cristiana y a la vez que le pidamos
al Señor que siga llenando de su gracia a todas estas personas
y que susciten nuestras numerosas vocaciones a esta clase de vida
evangélica, vale la pena ser consagrado, vale la pena ser religioso,
religiosa. Vean a las monjitas aquí presentes sonrientes, ninguna
tiene cara de empachada o de empachado.
¡Qué alegría! Vale la pena, aquí hay muchas jovencitas, seguramente
en el Santuario, porque no decirle: Señor aquí estoy para servirte.
Papás porque no decirle al Señor: Toma una de nuestras hijas,
para Ti. Toma uno de tus hijos para Ti. Vale la pena ser consagrados,
vale la pena ser sacerdote. Olvídense de que nosotros entramos
al seminario o al monasterio, al convento, porque no la hicimos
en el mundo, porque no la hicimos con los muchachos o con las
muchachas.
Mis hermanos, valoremos la vida consagrada, valoremos, vale
la pena dedicarse totalmente a Dios. Que honor, que gracia, para
una familia tener un hijo sacerdote, tener una hija religiosa,
tener un hijo religioso. El año pasado, el Santo Padre Benedicto
XVI, invitaba a los miembros de la vida consagrada; a que acogieran
la luz del Señor como la Virgen Santa María y san José al presentar
al Niño en el templo. Y quiero terminar mi reflexión con las palabras
del Santo Padre: “Queridos consagrados y consagradas, haced
que esta llama arda en nosotros, que resplandezca en vuestras
vidas, para que por doquier brille un rayo del fulgor de Jesús,
esplendor de verdad. Dedicándose exclusivamente a Él, testimoniáis
al Señor mismo. La fascinación de la verdad de Cristo y la alegría
que brota del amor a Él. En la contemplación y en la actividad,
en la soledad y en la fraternidad, en el servicio a los pobres
y a los últimos, en el acompañamiento personal y en los areópagos
modernos. Estad dispuestos a proclamar y testimoniar que Dios
es amor, que es dulce amarlo”.
Hasta aquí las palabras del Papa, pues, mis hermanos, esta
luz elocuente la deseamos poner en el candelero de nuestra vida,
dejando que con ella Dios siga narrando su buena noticia, para
la salvación de los hombres.
Que la Señora modelo de consagrado y consagrada interceda siempre
por nosotros y por ustedes.
Que así sea.