EN CRISTO RESPLANDECE, PARA TODOS LOS
PUEBLOS, LA GLORIA DE DIOS
Demos gracias a Dios, mis queridos hermanos, por
habernos dado la gracia de conocer su misterio en la persona de
su Hijo Jesucristo; pero también porque nos hace, como a los pastores,
portadores de esa alegría que nos trae la certeza de sabernos
salvados con toda la humanidad.
Queridos hermanos: la humanidad tiende hoy cada vez
más decididamente a esforzarse por un universalismo que acabe
con las barreras de la cultura, de los regionalismos, de los idiomas
y otros tipos de distinciones que parecen hoy puramente convencionales.
Se pretende que todos los habitantes de este planeta nos relacionemos
con recursos universales, válidos para todos sin distinción de
culturas, religión, política o estado social. Con esto se
pretende lograr la unidad de todos los hombres y mujeres de la
tierra. Es esto, no podemos negarlo, un anhelo noble, pues
desde luego, se perciben por doquier algunos resultados positivos.
El problema, mis amados hermanos y hermanas, es que
al hablar de 'unidad' se corre el riesgo de hablar, más bien,
de uniformidad. De hecho, existe una tendencia o ideología,
cada vez más extendida de apreciar como una gran meta la 'globalización'
que traería consigo muchas ventajas. La verdad es que se trata
de una tendencia muy identificada con una política económica
salvaje y brutal que anula la identidad de pueblos, que anula
la identidad de las personas.
Se pretende una sociedad plana y sin
diferencias que se permita manejar de una manera segura, práctica,
fácil y eficaz la economía a favor de las grandes potencias mundiales. Para este sistema económico
no deben existir diferencias individuales y en todo caso sólo
existen grupos más o menos homogéneos a los que fácilmente se
les puede etiquetar para un trato preferencial o marginal.
Sin embargo, mis queridos hermanos y hermanas, sabemos,
por la enseñanza constante de la fe católica, que la unidad
se funda en la diversidad y que unidad de ninguna manera es uniformidad,
pues en la variedad de culturas está la riqueza de la humanidad,
y dentro de cada cultura, las distintas formas de comportamiento
de las personas. En la misma Iglesia siempre han coexistido diferentes
normas de vivir la única fe en Cristo. Recordemos como la misma
Señora del Cielo, nuestra niña y muchachita Santa María
de Guadalupe le dijera un día a nuestro querido San Juan
Diego Cuauhtlatoatzin y lo sigue repitiendo hoy, mis hermanos,
a cada uno de nosotros: “Porque en verdad soy vuestra madre compasiva,
tuya y de todos los hombres que en esta tierra están en uno, y
de las demás variadas estirpes, mis amadores, los que a mí me
clamen, los que me busquen, los que confíen en mí”.
N. M. 29-31.
En esta fiesta de la Epifanía o manifestación del misterio
de Dios, escuchamos, en los textos bíblicos, que nos facilitan
el encuentro con la Palabra, que todas las naciones, que pueblos
del mundo están llamados a creer y a salvarse a partir de sus
propias experiencias de fe en el encuentro con Jesucristo como
luz que ilumina sus realidades.
En el texto de Isaías, que hemos escuchado en
la primera lectura, se habla de Jerusalén, símbolo de la Iglesia,
si lo releemos desde de perspectiva cristiana. Ahí se nos dice
que los pueblos caminarán a su luz porque en ella resplandece
la luz del Señor, pues en ella la presencia del Señor, hace
que toda ella sea luz que ilumina a todos los pueblos. De hecho
aquí en esta Basílica vivimos esta universalidad,
gentes de todo el mundo, de todas las lenguas, de todas las razas,
de todas las culturas vienen a visitar a nuestra niña y
muchachita Santa María de Guadalupe y juntos siempre celebramos
con gozo, con alegría; una misma fe, en un sólo
Señor, porque hemos recibido un sólo bautismo y
reconocemos a un sólo Dios y Padre, y nos sentimos alentados
por una sola Madre, la Santísima Virgen de Guadalupe.
San Pablo, en su carta a los Efesios, nos dice
que en Cristo se ha revelado el rostro del Padre Dios como
la Palabra definitiva que Dios ha pronunciado a la humanidad,
pues no son llamados a salvarse sólo los hebreos, no son llamados
a salvarse sólo los judios, sino también los paganos, es decir
todos nosotros que no somos judíos.
Mis hermanos, sólo Cristo puede y de hecho ha
roto verdaderamente todas las barreras que separan a los hombres;
especialmente el odio y la soberbia propios del
egoísmo que separa, divide y fomenta la violencia. Este
es el significado principal de esta fiesta en la que el recién
nacido Rey se manifiesta a todos los que buscan la verdad,
aman la justicia y practican el amor.
La nueva Jerusalén es Belén, más aún, es el que ha nacido
ahí, el anunciado por los profetas y fue esperado por los antepasados,
es el Rey Universal al que se refiere el salmo responsorial:
"Que te adoren Señor todos los pueblos, todos"
. Él es la estrella, mis hermanos, dejémonos
iluminar por esta estrella y sólo el que busca la estrella
encontrará la plenitud de la vida, sólo el que busca
a Cristo Jesús y desde Él finca su existencia tendrá
plenitud en su vida, el que no sólo se estrellara, sabremos
que camino seguir, mis hermanos. Él es la estrella que,
como signo real atrae a todos los hombres y mujeres, de todos
los tiempos y de todos los pueblos de la tierra que, en la narración
del evangelio de san Mateo, están representados por los magos
o astrólogos y que conocen este designio por los medios con
los que cuentan estos hombres originarios de Mesopotamia.
Mis queridos hermanos y hermanas, en la Eucaristía
de cada domingo, nos reunimos para rendirle la gloria que
merece nuestro Dios por medio de su Hijo, nuestro Hermano Jesucristo.
Nosotros sabemos y hemos reconocido en Cristo, el rostro del
único y verdadero Dios que es Rey del Universo. Reconocemos
en Jesucristo Dios, al Dios que se nos ha mostrado toda su misericordia
y su amor inagotable. Y, al reunirnos para hacer nuestros
los anhelos de todos los hombres, damos testimonio de este
misterio por el que podemos alcanzar la verdadera unidad en la
pluralidad de las comunidades. Es en la Santa Eucaristía,
en la Santa Misa, mis hermanos, el lugar privilegiado para irradiar
la luz de Cristo a todos los que buscan la verdad, a todos los
que aman la justicia, a todos los que practican la caridad.
Que nuestra Niña y Madrecita, Santa
María de Guadalupe, nuestra Señora y maestra nos enseñe a mostrar
al mundo nuestra fe y nuestra esperanza.
Que
así sea, mis hermanos.