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Homilía
pronunciada por
Mons. Juan Manuel Mancilla Sánchez, Obispo de la Diócesis de Ciudad Obregón, con motivo de la peregrinación a la Basílica de Guadalupe de la Diócesis de Ciudad Obregón.

8 de julio de 2006

¿Cómo pueden llevar luto los amigos del esposo, mientras Él está con ellos?,  ¿cómo puede haber luto en nuestra diócesis mientras su madre está con ellos?

Queridos hermanos, en el Evangelio de hoy se nos presenta a Cristo, más aún, Él se presenta como el novio, como el esposo.

Un novio, un esposo es el hombre en su mejor momento, es el hombre en plenitud, cuando la vida le sonríe, cuando goza de salud, de vigor, de fortaleza.

Se trata de alguien que  casi lo tiene todo, que disfruta la juventud; se trata de una persona que puede establecer relaciones muy intensas, agradables.

Se es novio, se es esposo cuando se tiene acceso al universo del amor y la  alegría, a la fiesta, a los amigos, a la amada.

Es esposo el que se entrega, el que se ofrece para convertirse en fundamento, en soporte; es alguien que da la vida al estilo de Cristo: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”. Se ofrece para convertirse en fundamento, en soporte. Es aquel que por muchos años podrá garantizar el alimento, el vestido, la educación, la dignidad y el futuro de los suyos.

Sabe mirar hacia delante, hacia arriba y hacia abajo, hacia Dios y hacia los pequeños. El esposo, es el único que puede dar la cara ante Dios, ante la gente, ante su esposa amada.

Por eso hemos venido aquí, Madre Santísima, porque nuestra Iglesia particular de Ciudad Obregón sabe perfectamente que el secreto de su vida, que la calidad de su existencia depende de tu divino Hijo, aquel que se presentó como el novio, como el esposo.

Queremos que en nuestra Diócesis, la frescura de Cristo el novio, el que alegra la vida, el que hace la fiesta, se siga sintiendo con profunda fuerza. Queremos, Madre Santísima, que nos des acceso a Cristo, el secreto del amor y la alegría.

Queremos, Madre nuestra, que tú nos digas, que tú nos expliques, que tú nos hables acerca de tu Hijo. No queremos otra cosa, no hemos venido a buscar nada mas, más que a tu propio Hijo, aquel que ha llenado de luz y de profunda alegría, aquel que ha puesto en fiesta no sólo a nuestra religión católica que es una religión en fiesta, sino a toda la humanidad, y el día de mañana para siempre en la casa eterna del cielo. 

Madre bendita, en ocasiones nos duele profundamente la ausencia de Cristo, porque entonces si llega la tristeza. En ocasiones sentimos que la presencia de tu Hijo se va del corazón de nuestros jóvenes, de nuestros trabajadores incluso de nosotros los hombres de Iglesia.

Hemos venido a peregrinar aquí, Madre bendita, para suplicarte que no nos falte nunca la bendición de la presencia de tu divino Hijo en todas las estructuras de nuestra iglesia diocesana. Queremos un pueblo en donde la alegría sea una característica fundamental. Queremos ser una iglesia joven como es joven el novio, el esposo que tú regalaste a la humanidad.

Queremos una iglesia con energías, con entusiasmo, con ilusiones; una iglesia que congrega, que convoca al banquete de bodas. No queremos una iglesia selectiva, una iglesia que se margina o margine, queremos ser una iglesia, casa, escuela de amor y comunión.

Cómo necesitamos, Madre bendita, que tú nos des el secreto para que Jesucristo, tu Hijo, reine profundamente entre nosotros. Cómo queremos, Madre bendita, que tú inspires en cada uno de los corazones esta delicia de tener al amado entre nosotros. 

Hoy queremos, ciertamente, darte gracias después de un tiempo tan prolongado de sequía este año, tu nos regalaste la cosecha. Madre dinos que vendrán días en que el sembrador alcanzará al segador, que vendrán días en que  el que pisa las uvas dará alcance al sembrador.

Que de nuestros valles, que de nuestros montes, brotará vino y correrá por las colinas, que nosotros plantaremos, que nosotros comeremos y beberemos los frutos que tu esposo divino nos comparte.

Madre bendita, dinos que ya no será arrancada de nuestro corazón la fe y la esperanza, que nuestro pueblo, que nuestra gran comunidad diocesana de Ciudad Obregón, tenga días de prosperidad, días de paz.

Venimos a darte gracias porque en estos últimos días pudimos tener nuestras elecciones y participar democráticamente sin sobresaltos. Venimos a darte gracias porque a nuestro pueblo le diste cordura y sensatez, nunca le quites la sabiduría de tu divino Hijo para que siga construyendo una democracia en una comunidad viva, armoniosa, llena de jubilo y de paz.

Venimos a darte gracias porque a nuestra iglesia diocesana la vas fortaleciendo en todas sus estructuras diocesanas. Venimos a darte gracias porque estamos iniciando una etapa crucial en nuestro plan diocesano de pastoral. Venimos a darte gracias porque en muchas comunidades van aumentando el fervor y la devoción. 

Venimos a darte gracias porque cada vez son más los ministros extraordinarios de la sagrada eucaristía. Venimos a darte gracias porque nuestras catequistas y nuestros catequistas cada vez se comportan con mayor espíritu de sacrificio y generosidad. Venimos a darte gracias porque a los  niños de nuestra diócesis les sigues orientando por el  camino del bien y de la santidad.

Venimos a darte gracias porque tenemos tantos sacerdotes que con gran fidelidad, siguen trabajando en obediencia, en dignidad, en sacrificio por nuestra querida diócesis. Venimos a darte gracias porque cada vez más, la catequesis para los adultos cobra fuerza.

Venimos a darte gracias Madre bendita porque durante muchos años diste una referencia sólida y admirable en la persona de nuestro  querido Don Vicente García, nuestro Obispo emérito.

Venimos a darte gracias Madre bendita porque sentimos la presencia del esposo santo desde el momento en que toda la iglesia de Ciudad Obregón sigue caminado en armonía,  perfeccionando todos sus servicios pastorales. Por eso bendice la sierra, bendice la montaña, tu conoces de montañas; bendice el valle, concede días hermosos a nuestros valles; bendice el mar, tu sabes que solo Dios tiene señorío sobre las olas del mar; bendice a todos nuestros queridos hermanos de la costa.

Bendice todas y cada una de las empresas de nuestra diócesis, pública y privadas, que en todas partes se sienta la hermosísima pujanza de tu Hijo el novio, el esposo que nunca nos permitirá estar de luto o caer en la tristeza.

Llena de gozo a esta querida comunidad, Madre bendita, que nuevamente se  consagra a ti para que tú la presentes a los pies de tu divino hijo.
 Que así sea.

 
 
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