El
Emmo. Sr. Cardenal Norberto Rivera Carrera, hizo
hoy el envío de más de cuatro mil jóvenes y familias misioneras
que irán a unas 500 comunidades del país, llevando en mensaje
evangélico en esta Semana Santa.
Muy queridos jóvenes, muy queridas familias
que participan en la MEGAMISION de Juventud y Familia misionera
en este año del 2006; queridos hermanos en el Ministerio Sacerdotal.
Hemos recitado en el Salmo Responsorial: que el Señor cuidará
a su pueblo como un pastor cuida a su rebaño, una frase que
llena el corazón de serenidad al saber que nuestras vidas
no están solas en los difíciles caminos que recorren cotidianamente.
Sin embargo hay algo mucho más maravilloso, Dios cuida a su
pueblo no de un modo lejano ni impersonal, sino de una manera
cercana, cariñosa, tierna, que se hace próxima a cada corazón
y que lo hace a través de cada uno, de cada una de ustedes.
Para algunos es la primera experiencia misionera quizá, para
otros es un eslabón más en la cadena de la fidelidad a la
voz de Cristo que nos invita a la evangelización.
Unos y otros saben que durante esta semana cada uno de ustedes
será el rostro de Dios para muchas personas, y que cada uno
de ustedes será la forma en que Dios, Buen Pastor, cuidará
a su pueblo.
Que hermosa responsabilidad, que maravillosa oportunidad, poder
ser para tantos hombres y mujeres, para tantos niños y jóvenes,
el rostro de Dios; poder ser para tantos corazones la palabra
que Dios les dirige. Poder ser para tantas personas el consuelo
que Dios derrama sobre su vida a veces sumida en la pobreza
material y en la pobreza espiritual.
Esta es la tarea que ustedes miembros de la Familia y de la
Juventud Misionera, llevarán a cabo en esta Semana Santa.
Una semana que será santa no sólo por los maravillosos Misterios
que la Iglesia año tras año celebra en estos días, Misterio
que nos habla del amor de Dios hecho hombre, que llega hasta
la cumbre del dolor para salvar al hombre, sino que esta semana
santa será santa porque ustedes serán canales de santidad
en las comunidades y pueblos a los que llegarán con su esfuerzo,
con su palabra, con su sonrisa y su empuje misionero.
Cómo tienen que estar llenos de gratitud y de compromiso sus
corazones al constar esto que Dios pone en sus manos de jóvenes,
en sus manos de familias, en sus manos de seglares comprometidos
en su Iglesia.
Ustedes serán los canales de Santidad en esta semana santa,
es decir, serán los caminos que recorrerá la vida de Dios
hasta llegar a los corazones de sus hermanos.
¿En qué consiste esta santidad que ustedes van a llevar? Fundamentalmente
en lo que nos dice el profeta Ezequiel en la Primera Lectura
que acabamos de escuchar:
“Voy a hacer con ellos una alianza eterna de paz, los asentaré,
los haré crecer y pondré mi Santuario entre ellos para siempre.
Voy a ser su Dios y ellos van a ser mi pueblo”.
La santidad, todos ustedes lo saben, no es algo raro e inalcanzable,
la santidad es algo necesario para el corazón humano en cualquier
circunstancia en la que se encuentre porque la santidad es
la paz del corazón, la santidad es el crecimiento del ser
humano hasta su plenitud; la santidad es la certeza de la
presencia de Dios en la vida de cada ser humano.
¿Podríamos nosotros negarle esto a alguien?, podríamos negarle
a alguien la paz de su corazón?, podríamos negarle a alguien
su crecimiento como ser humano?, podríamos negarle a alguien
la presencia de Dios en su vida?.
Sin embargo, las circunstancias de la vida de nuestros hermanos
y hermanas nuestras ven como las situaciones de su existencia
les niegan precisamente esto; se les niega la paz cuando se
pierde la esperanza, cuando se pierden los valores que dan
sentido a la existencia humana.
Se les niega el crecimiento cuando su vida se ve oprimida
por la miseria, por la falta de horizontes humanos y espirituales,
por la ignorancia religiosa que limita su vida espiritual.
Se les niega la presencia de Dios en su vida cuando no hay
nadie que les hable del Dios del amor, del Dios de la esperanza,
cuando no hay nadie que les lleve la paz de la reconciliación
y la amistad de la Eucaristía; cuando no hay nadie que les
lleve la luz del Evangelio y la certeza de la doctrina cristiana.
Ciertamente ustedes están aquí porque no le quieren negar esto
a las comunidades a las que van a misionar durante estos días
de la semana santa, porque en su corazón sienten la necesidad
de acercarse a hermanos necesitados en lo espiritual y en
lo material, y responder de esta manera al llamado que Dios
deposita en sus vidas. Y sobre todo, porque no quieren que
la entrega de Jesús nuestro Salvador y Señor, quede infructuosa
por falta de operarios de la mies.
El Evangelio de San Juan nos hablaba de esta entrega, Jesús
iba a morir por la nación, y no sólo por la nación sino también
para congregar en la unidad a los hijos de Dios que estaban
dispersos. Y el precio que Jesús iba a pagar por esto sería
su misma vida.
Ustedes también van a pagar un precio en esta semana santa,
un precio que es su tiempo de descanso, un precio que es su
esfuerzo en estos días, un precio que es la exigencia personal
de una vida que busca dar testimonio de los valores cristianos
porque predicarán no sólo con palabras sino con su propia
vida.
Quizá algunos de ustedes también estén dispuestos a pagar un
precio un poco más alto, un precio de amor completo, de amor
que se entrega en la generosidad, en la respuesta a la vocación,
a la vida sacerdotal o consagrada; de amor que se da cuenta
de que en el interior hay un amigo que invita no a dar una
semana, sino a dar la existencia en una aventura que merece
la pena ser vivida.
La amistad con Cristo hasta entregar la vida por él de modo
completo, es un don que cambia radicalmente las ideas o los
proyectos exclusivamente humanos que nosotros podríamos tener,
como decía recientemente Su Santidad el Papa Benedicto XVI:
“Cristo Sumo Sacerdote, en su preocupación por la Iglesia
llama además en cada generación a personas que se preocupen
de su pueblo.
En particular llama al Ministerio Sacerdotal a hombres que
ejerciten una función paterna”.
La misión del sacerdote en la Iglesia es insustituible, por
lo tanto nunca debe faltarnos la certeza de que Cristo sigue
suscitando hombres, los cuales como los apóstoles, dejando
toda otra ocupación, se dedican totalmente a la celebración
de los Sagrados Misterios, a la predicación del Evangelio
y al ministerio pastoral.
Muchas puertas se van a abrir delante de ustedes en estos días,
les invito a que también ustedes abran las puertas de su corazón,
las de su conciencia, las de su generosidad.
Encontrarse con Cristo abre de par en par las mentes y los
corazones al Misterio inagotable de Dios que llena toda existencia
humana.
Hoy el amor de Dios Padre llama a la puerta de nuestros corazones,
no dejemos pasar esta llamada del mejor de los amigos a nuestra
vida.
Que la Santísima Virgen, Santa María de Guadalupe, los llene
de su fortaleza en el camino que hoy comienzan, y sobre todo,
que sea Ella la que los acompaña, para que en esta semana
santa cada uno se encuentre con el Cristo misionero a partir
de hoy, ese Cristo que llevan en su corazón.