Versión estenográfica
de la
Homilía
pronunciada por Mons. Ramón Castro Castro, Obispo de la Diócesis
de Campeche, en ocasión a su peregrinación a la Basílica de
Guadalupe.
(Saludo) a cada uno de ustedes, a los peregrinos de la Diócesis
de Campeche, a los campechanos que radican en la Ciudad de México. A
cada uno de nuestros sacerdotes que después de muchos años, vemos que
a Dios gracias, aumenta el número.
Han venido desde lugares lejanos de la Diócesis de Campeche
con sus respectivas comunidades y eso es un verdadero regalo de Dios,
y agradezco infinitamente el esfuerzo que nuestros sacerdotes han hecho
por organizar y por venir como pueblo de Dios a manifestar a Nuestra
Madre esta devoción y este amor. Cuantas cosas en el corazón del obispo
para compartir con ustedes. Vamos a tratar de concentrarnos en algo específico para que
esta Eucaristía nos deje un sabor y un recuerdo de fe y de crecimiento
espiritual. Indudablemente que al estar en este Santuario lo primero
que viene al corazón es saludar a la Dueña y Señora, a la Madre del
Verdadero Dios, la Madre compasiva de todos.
Nuestra Señora de Guadalupe, poniendo en mis labios las palabras
del himno con que fue coronada en Campeche hace 62 años: “Salve a ti, reina augusta María, del
Anáhuac grandeza y honor. Hoy Campeche te canta por fiad y te brinda
corona de amor”.
Saludo, pues, con también con especial cariño a los seminaristas,
a todos los feligreses que están presentes, a todos que con esfuerzo
han venido de la Diócesis de Campeche. Aunque desde mucho tiempo atrás
nuestra diócesis tenía ya un día asignado para la celebración de la
santa misa en el Tepeyac, fue en 1951 cuando el Sr. Obispo Don Alberto
Mendoza y Bedolla, de feliz memoria, dio inicio a la peregrinación diocesana
anual, siguiendo esa piadosa tradición los campechanos; rebaño y pastor,
nos congregamos una vez más en este lugar, vértice de nuestro catolicismo
mexicano.
Estamos reunidos en el santuario del amor materno, porque como
escribiera Don Antonio Valeriano en las primeras líneas del Nican
Mopohua: “El amor de perfecta Virgen, Santa María, Madre de Dios,
Nuestra Venerable Señora y Reina la hizo visible en este sitio”
y ese mismo amor nos entregó a su preciosa y amada imagen. Siguiendo
el ejemplo de san Juan Diego al que llamaban el peregrino por las largas
caminatas que realizaba movido por devoción para ir en pos de las cosas
de Dios. En peregrinación nos hemos alejado de nuestras antiguas tierras
de Akimpech, Acanul, de Potonchan, de los Chenes,
de Candelaria, de las poblaciones que florecen en los márgenes de Laguna
de Términos y de los ríos, de las comunidades que viven en el corazón
de la frondosa selva, para venir a postrarnos a los pies de la siempre
Virgen Santa María de Guadalupe en su hogar predilecto, su templo del
Tepeyac, pese a que en nuestro territorio diocesano y este lugar sagrado
median muchos y muchos kilómetros de distancia, diferentes altitudes,
diversidad de paisajes y climas; sin embargo, la fe en el mismo Dios
y en la misma Madre del Cielo nos mantiene íntimamente vinculados.
El Evangelio según san Lucas, nos deja ver que María también
fue peregrina, se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de
Judea, y entrando a la casa de Zacarías saludó a Isabel. Su vida misma
fue en continuo peregrinar en la fe, pero María no sólo fue peregrina,
también fue misionera, fue evangelizadora, pues, en su vientre llevaba
la buena noticia hecha persona. A través de Ella, como escribió san
Pablo a los Gálatas, al llegar la plenitud de los tiempos envió Dios
a su Hijo: el Evangelio viviente, la Palabra definitiva de Dios hecha
carne. A México, María también vino a Evangelizar, vino a traer a Jesucristo.
En este Recinto veneramos a María con el nombre de Guadalupe,
que quiere decir: río de luz; eso significa que Ella no es la luz, sino
el cause por el cual nos viene la luz verdadera. Jesucristo es el cause
a través del cual podemos llegar a la fuente de la luz. María es el
camino seguro para llegar a Dios y para alcanzar de Él lo que, en su
más escondida profundidad, el ser humano anhela.
Hemos venido a honrar a Santa María de Guadalupe, más no para
quedarnos sólo con Ella, puesto que Ella no se predica así misma, precisamente
pidió que se le erigiera un templecito, para en el mostrar a su Hijo.
Ella quiere repetir hoy el milagro de aquel invierno de 1531, quiere
que en el helado cerro cubierto de abrojos, el mundo contemporáneo arraigue
en las preciosas flores de la verdad, es decir: Jesucristo, su Hijo.
Para eso es imprescindible
que el corazón humano se disponga, se abra a la gracia. Al estar en
su casa roguemos a Nuestra Madre que nos acerque más al Señor, que nos
ayude a afinar nuestro oído para captar su Palabra, que nos ayude a
poner nuestra vida en fiel sintonía con nuestra fe. Pidámosle que podamos
imitar al indio santo a Juan Diego que escuchó su venerable aliento,
su amada Palabra infinitamente grata, que no es otra que la pronunciada
en Caná, aquel día de bodas: “Hagan lo que Él les diga”.
Pocos meses hace
que se celebró en Aparecida, Brasil, la V Conferencia General del Episcopado
Latinoamérica y del Caribe, ahí se ahondó en la reflexión sobre el binomio;
discípulo, misionero que conforta la vida de todo cristiano, y la repercusión
que debe tener en el ambiente donde el creyente se desenvuelve. En este
tercer milenio muchos son los desafíos que experimenta Campeche, pero
sobretodo está muy necesitado de auténticos discípulos y misioneros
de Cristo, de laicos comprometidos enserio con su fe y con la cultura
de la vida, de religiosos, sacerdotes y seminaristas santos hasta el
heroísmo, porque el anuncio del Reino y su implantación es una tarea
común, todos tenemos que ser trabajadores de la viña del Señor, para
que todos los pueblos en Él tengan vida.
Santa María de
Guadalupe lo puso de manifiesto al pedir a Juan Diego, un laico indígena
que interviniera de un modo singular en la Evangelización de México,
consiguiendo la colaboración de Zumárraga, un obispo español. Sólo María
es modelo de discípula, que forma discípulos para Cristo, por eso insistimos
al Señor en nuestra oración diaria: “Danos sacerdotes, religiosos
y laicos santos, y decimos: te lo pedimos por la Inmaculada Virgen de
Guadalupe, tu dulce y santa Madre.”
Como los antiguos
mexicanos que venían a reconocer su carácter divino a tener la horra
de presentarle sus plegarías, así nosotros hoy le pedimos a la Virgen
de Guadalupe que coloque a los pies de su Hijo la ofrenda de nuestros
corazones, el ramillete de nuestras necesidades, nuestras prioridades
diocesanas, las familias, los jóvenes, las vocaciones de modo especial
en este día en que la Iglesia celebra la memoria de san Juan María Vianney,
modelo de sacerdote eucarístico y mariano. Imploremos a Nuestra Señora
que vele por todos los sacerdotes de nuestra diócesis, que los haga
crecer en número, en sabiduría y en santidad, también encomendemos nuestro
semillero sacerdotal, nuestro seminario en sus diversas etapas; Menor,
Curso Introductorio y Mayor, este último en noviembre próximo cumplirá
25 años de existencia, que Ella, la formadora de los futuros sacerdotes
de Campeche, molde en sus corazones los sentimientos y las actitudes
de su Hijo para que sean testigos veraces, transparencias de Jesucristo
Sumo Sacerdote y Buen Pastor. Que atraiga el corazón de nuestros jóvenes
hacía su Hijo. Traemos a nuestra memoria sus tiernas palabras, que son
garantía de auxilio seguro: “Estaré siempre dispuesta a escuchar su llanto, su tristeza,
para purificar, para curar todas sus diferentes miserias, sus penas
y dolores”.
Porque como dice
el Libro del Eclesiástico: Ella es la Madre del amor, del temor,
del conocimiento y de la santa esperanza.
Madre Santísima
de Guadalupe a todos los que conformamos la Diócesis de Campeche guárdanos
en el cruce de tus brazos, en el hueco de tu manto, para que peregrinemos
seguros por el mundo y al final de los tiempos podemos presentarnos
ante el Señor junto con todos lo pueblos y naciones con el espíritu
lleno de júbilo lo glorifiquemos entonando con alegría la sinfonía celeste
en el gozo de la vida futura. Así sea.