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Homilía
pronunciada por Mons. Eduardo Porfirio Patiño Leal, Obispo de la Diócesis de Córdoba, en la peregrinación de su diócesis a la Basílica de Guadalupe.

14 de junio de 2007

Hermanos y hermanas todos en el Señor: Como cada año, al visitar a nuestra Madre María de Guadalupe en su casa del Tepeyac, somos nosotros los que nos sentimos visitados por Ella misma. Por la fe en su Hijo Jesucristo nuestro Señor, que permanece el mismo, ayer, hoy y siempre, la alegría y la gracia de sus visitas se siguen prolongando entre nosotros.

La visita de María, atestiguada por el Evangelio de San Lucas, a su prima Santa Isabel, le hizo experimentar el amor y cercanía servicial de la sierva del Señor, y la presencia salvífica de si Hijo por nacer, desencadenó el júbilo de Juan Bautista que saltó de gozo aún en el seno de su madre Isabel. Si contemplamos su otra visita al Tepeyac, narrada en el Nican Mopohua, dirigida a nosotros moradores de estas tierras del continente americano, representados en la persona del indio San Juan Diego. Como estos dos encuentros, los feligreses de la Diócesis de Córdoba saludamos a nuestra Madre diciéndole: ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién “somos nosotros” para que la madre de “nuestro” Señor venga a “vernos”? ¿Quiénes somos nosotros para tener la gracia de venirte a visitar en este día?

Al venir tantas familias, trayendo en nuestra mente y corazón las preocupaciones de nuestros seres queridos, junto con sus súplicas, quizás como Juan Diego apurado por la salud de su tío Juan Bernardino, le podemos saludar con la candorosa ingenuidad de quien apenas comienza a conocer a la Reina del Cielo, y Salud de los enfermos, y quizás como él, en su hermosa lengua náhuatl que conjunta el sumo respeto con la suma ternura, podríamos decirle hoy a nuestra Madre: “Mi Jovencita, Hija mía la más pequeña, Niña mía, ojala que estés contenta; ¿cómo amaneciste? ¿Acaso sientes bien tu amado cuerpecito, Señora mía, Niña mía?

Que nuestros corazones se dejen evangelizar por la sencillez y disponibilidad de San Juan Diego, para que de este nuevo encuentro con nuestra madre, podamos regresar a nuestras comunidades, con una lluvia de rosas y cantos, al experimentar la ternura y el socorro siempre pronto de nuestra Madre de Guadalupe.

Hermanos y Hermanas: ¿Qué esperamos de este encuentro con el Señor en la Eucaristía de hoy? Como en un  nuevo cenáculo con María y los apóstoles, hemos sido convidados a sentarnos a la mesa con Jesús, para penetrar en la contemplación de su Palabra que nos da vida y alimentarnos de su propio Cuerpo y Sangre, Alma y Divinidad que nos acompaña como viático en nuestra peregrinación terrena.

Hemos venido a:

  • Darle gracias, por tantos dones que recibimos.
  • Hemos venido a confirmar nuestras amistad y nuestra confianza.
  • A confirmar nuestro discipulado, nuestra concienciade hijos y herederos.
Hemos venido a afianzar y profundizar nuestra liberación de todo lo que nos ata, nos divide o nos destruye. Hoy la Palabra de Dios en la Carta de San Pablo a los cristianos de Galacia, se nos recuerda que gracias al Hijo eterno del Padre, nacido de mujer, el Hijo de María, hecho hombre por nosotros, y como nosotros nacido bajo la ley, ha venido a darnos la verdadera libertad. De tal manera que ya no somos esclavos, sino que por el Espíritu de amor que hemos recibido en nuestro Bautismo, somos hijos y herederos, y compartimos este misterio admirable de poder llamar a Dios, como Jesús, ABBA, Papá.

Solo en Jesucristo hermanos, podemos vivir en la libertad de los hijos de Dios. Por eso los invito a comprometernos en profundizar en nuestro “discipulado” como verdaderos seguidores del Maestro que nos da ese único Evangelio, la única verdad que nos hace libres. Y si somos coherentes discípulos, seremos también “misioneros” llamados y enviados a “hacer discípulos” a todos los que comparte con nosotros el peregrinar a la casa del Padre común. Los invito a hacer nuestro el mensaje de la V Conferencia de Obispos reunidos en Aparecida,  Brasil. Mientras esperamos el documento que señalará nuevos rumbos para nuestros pueblos latinoamericanos, sintonicemos con sus llamados centrales:

“En nuestro servicio pastoral, invitamos a dedicarle más tiempo a cada persona, escucharla, estar a su lado en sus acontecimientos importantes y ayudar a buscar con ella las respuestas a sus necesidades. Hagamos que todos, al ser valorados, puedan sentirse en la Iglesia como en su propia casa.

Al reafirmar el compromiso por la formación de discípulos y misioneros, esta Conferencia se ha propuesto atender con más cuidado las etapas del primer anuncio, la iniciación cristiana y la maduración en la fe. Desde el fortalecimiento de la identidad cristiana ayudemos a cada hermano y hermana a descubrir el servicio que el Señor le pide en la Iglesia como en su propia casa.

En un mundo sediento de espiritualidad y concientes del a centralidad que ocupa la relación con el Señor en nuestra vida de discípulos, queremos ser una Iglesia que aprende a orar y enseña a orar. Una oración que nace de la vida y el corazón y es punto de partida de celebraciones vivas y participativas que animan y alimentan la fe.

Desde el cenáculo de Aparecida nos disponemos a emprender una nueva etapa de nuestro caminar pastoral declarándonos en misión permanente.

Jesús invita a todos a participar de su misión. ¡Que nadie se quede de brazos cruzados! Ser misionero es ser anunciador de Jesucristo con creatividad y audacia en todos los lugares donde el Evangelio no ha sido suficientemente anunciado o acogido, en especial, en los ambientes difíciles y olvidados y más allá de nuestras fronteras. Como fermento en la masa. Seamos misioneros del Evangelio no sólo con la palabra sino sobre todo con nuestra propia vida, entregándola en el servicio, inclusive hasta el martirio.

Insertos en la sociedad, hagamos visible nuestro amor y solidaridad fraterna (cf. Jn 13, 35) y promovamos el diálogo con los diferentes actores sociales y religiosos. En una sociedad cada vez más plural, seamos integradores de fuerzas en la construcción de un mundo más justo, reconciliado y solidario .Las agudas diferencias entre ricos y pobres nos invitan a trabajar con mayor empeño en ser discípulos que saben compartir la mesa de la vida, mesa de todos los hijos e hijas del Padre, mesa abierta, incluyente, en la que no falte nadie. Por eso reafirmamos nuestra opción preferencial y evangélica por los pobres.

Nos comprometemos a defender a los más débiles, especialmente a los niños, enfermos, discapacitados, jóvenes en situaciones de riesgo, ancianos, presos, migrantes. Queremos contribuir para garantizar condiciones de vida digna: salud, alimentación, educación, vivienda y trabajo para todos. La fidelidad a Jesús nos exige combatir los males que dañan o destruyen la vida, como el aborto, las guerras, el secuestro, la violencia armada, el terrorismo, la explotación sexual y el narcotráfico.

Esperamos hermanos que este espíritu y nuevo dinamismo que brota de Aparecida, refuerce y encuentre su cauce en el desarrollo y aplicación de nuestro Plan Diocesano de Pastoral, cuyos objetivos coinciden en mucho con los énfasis pastorales de la quinta Conferencia.

Otra fuente de reforzamiento para nuestro caminar pastoral es la reciente carta que hemos recibido de la Santa Sede.

Como recordarán hermanos, en Septiembre de 2005 acudí a la Visita ad límina con el Santo Padre Benedicto XVI y otros hermanos obispos de México. Presenté entonces una relación de los primeros cinco años como diócesis (2000-2004). El Emmo. Cardenal Giovanno Batista Re, Prefecto de la Congregación de los Obispos, en carta fechada el pasado 8 de mayo de 2007, envió la respuesta de la Santa Sede, felicitándonos a cuantos integramos la comunidad diocesana, animándonos a redoblar esfuerzos y haciéndonos llegar de parte del Papa su Bendición Apostólica.
Es  una carta muy providencial, ya que cumplimos hoy nuestro 7° Aniversario como Iglesia Particular de Córdoba, erigida el 14 de Junio de 2000.

Personalmente esta carta, me anima grandemente, ya que en medio de las dificultades y nuevo desafíos que enfreno como su pastor, no e siento solo. Sé que el Señor siempre está conmigo y que ese Jesús el Pastor y Obispo de nuestras almas, el único y verdadero Obispo de Córdoba. El nos asiste con su Espíritu y a mí me socorre en mi debilidad,  en mis propias limitaciones y en las limitaciones de los que integramos esta familia diocesana.

Sin embargo, la carta de la Santa Sede, es un modo muy tangible, de la preocupación del Santo Padre y sus colaboradores por todas las iglesias y muy concretamente por la nuestra.

A través de ella nos sentimos apacentados por el Sucesor del Apóstol Pedro y Pastor de la Iglesia Universal y agradecemos de corazón sus palabras de aliento y estímulo. Nos confirma que vamos por el camino correcto, a pesar de las incertidumbres y limitaciones. Junto a la felicitación nos hacen recomendaciones concretas que buscaremos aprovechar para bien de todos.

¿Qué dice a nuestros sacerdotes?

Alienta saber que la mayoría de los sacerdotes de Córdoba amen su vocación y traten de vivir su identificación con Cristo en la entrega generosa al servicio de sus hermanos, como Usted mismo lo resalta en su Relación. Valoro las distintas iniciativas que la Comisión del Clero ha promovido para favorecer la formación permanente de los sacerdotes, especialmente en lo que respecta a la madurez humana y al fortalecimiento de la vida espiritual. Conviene mantener anualmente la semana de Ejercicios Espirituales y la semana de estudio, así como los retiros espirituales mensuales, las convivencias sacerdotales y los distintos encuentros de fraternidad sacerdotal. Envío mi saludo a todos los sacerdotes de este presbiterio, invitándolos a permanecer siempre unidos y en comunión con su Obispo, a colaborar con gusto en todas las actividades pastorales de la diócesis y a servir siempre con amor a todos sus fieles. “Reúnanse también gustosos y alegres para descansar”, pensando en aquellas palabras con el que el Señor invitaba, lleno de misericordia, a los apóstoles cansados: < Venid, retirémonos a un lugar desierto y descansad un poco > (Mc 6,31)” (Presbyterorum Ordinis 8).

¿Qué dice sobre las vocaciones y nuestro seminario?

quiero felicitarlo particularmente por todo lo que ha hecho por la promoción vocacional, por procurar un Seminario a la diócesis y por buscar todos los medios posibles para sostener esta obra tan esencial para la vida de la Iglesia. Al respecto, la Asociación “Familia del buen Pastor” me parece una forma concreta y efectiva para promover en todas las parroquias de la diócesis la oración por las vocaciones y el apoyo económico al Seminario. Es interesante el proceso que la Comisión de Pastoral Vocacional ha establecido para el acompañamiento de los jóvenes y adolescentes que manifiestan inquietudes por la vida sacerdotal.

Se aprecia también el esfuerzo que realizan los formadores del Seminario Menor para ofrecer una formación integral que contribuya al discernimiento vocacional y favorezca la libertad y responsabilidad de los jóvenes de Córdoba que escuchen la llamada personal de Jesús, Buen Pastor, que los invita a servir como sacerdotes en esta porción de su grey.

¿Qué dice a los religiosas?

Considero que el testimonio de vida cristiana que ofrecen las distintas comunidades religiosas masculinas y femeninas presentes en la diócesis es muy significativo y provechoso para los demás miembros del pueblo de Dios. Su colaboración en las distintas dimensiones de la actividad pastoral hacen de esta diócesis una comunidad eclesial más viva y dinámica. He constatado en su Informe que los religiosos y religiosas trabajan con gran dedicación y generosidad en la educación, la catequesis, la formación de los laicos, las obras de asistencia social a los más pobres, a los enfermos y a los ancianos y en muchas otras obras diocesanas y parroquiales, Aprovecho esta oportunidad para dirigir un saludo a todos los miembros de la vida consagrada que forman parte de esta diócesis, exhortándolos a ser siempre testigos privilegiados de la esperanza del Reino que viene y a trabajar siempre en comunión con el Obispo y el presbiterio.

¿Qué dice a los laicos?

Las estadísticas presentadas manifiestan que los laicos han ido tomando conciencia de su misión en la Iglesia y han ido encontrando el lugar que les corresponde en la obra evangelizadora. Todo esto gracias al esfuerzo de quienes colaboran en la formación de los laicos y en las instituciones diocesanas, decanales y parroquiales que ofrecen la posibilidad de una capacitación pastoral para los fieles. Auguro que la existencia de los distintos Movimientos eclesiales y grupos laicales, así como elevado número de catequistas y de ministros extraordinarios de la Eucaristía sean realmente un fermento de vida cristiana en el seno de esta Iglesia particular y, al mismo tiempo, espero que haya más laicos que se preparen adecuadamente para ser promotores del Evangelio en sus ambientes de trabajo y en las estructuras políticas, económicas y culturales de la sociedad.

Se nos invita  a todos a seguir trabajando por una vida litúrgica viva.

Respecto a la vida litúrgica de la diócesis se subraya el cuidado que se ha tenido en la preparación pre-sacramental, en la digna celebración de los sacramentos y en la promoción de los equipos litúrgicos. Será importante promover aún más la participación de los fieles en la Misa dominical y promover entre los sacerdotes el cuidado minucioso y atento de esta Eucaristía, que ha de ser realmente el centro y culmen de toda la vida parroquial. Alegra que sean muchos los fieles que acudan con humildad al sacramento de la Reconciliación y que se promueva con gran fervor la adoración eucarística en casi todas las parroquias. Convendrá seguir ofreciendo a los fieles distintas posibilidades de formación litúrgica y cuidar la actualización de los ministros en esta área, así como mantener los aspectos positivos de la religiosidad popular.

A quienes laboran en la pastoral social una palabra especial:

Ante los grandes problemas sociales que se viven al interno de la diócesis, conforta saber que en Córdoba, desde la pastoral social, se da una atención especial a los más pobres, a los enfermos, a los ancianos, a los inmigrantes, a los encarcelados, a los desempleados y a todos aquellos que son víctimas del alcoholismo o la drogadicción. Afortunadamente son varios los centros diocesanos y parroquiales que hacen frente a todas estas situaciones denigrantes de la persona humana. En este rubro conviene valorar, no solo las obras de asistencia social, sino también la formación y promoción integral de quien vive en la indigencia y la capacitación profesional de quienes colaboran en estas obras de caridad. Vale la pena duplicar los esfuerzos por atender con eficacia y desde el Evangelio las necesidades más urgentes de quienes viven en la pobreza material, cultural y espiritual. Dirijo una felicitación muy especial a quienes trabajan a favor de los más necesitados y los aliento para que sigan descubriendo en el “pobre” el rostro de Cristo. Reconozco también los esfuerzos realizados en el campo de la educación, la familia, la pastoral juvenil y los medios de comunicación social.

La carta concluye invitándonos a trabajar unidos, “en un ambiente de comunión y de profunda espiritualidad eucarística, de modo que todos se entusiasmen por ser discípulos fieles de Jesús y misioneros fervorosos del Evangelio”. Y nos dice:

El Santo Padre, quien ha tomado atento conocimiento del estado de la diócesis envía con amor la Bendición Apostólica a Vuestra Excelencia, a los sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas y laicos, con un recuerdo muy especial por los enfermos y los más pobres de esta querida diócesis de Córdoba. Encomendando el fruto de esta Iglesia particular a la poderosa intercesión maternal de la Virgen María de Guadalupe,…

Y aquí estamos hermanos, a los pies de nuestra Madre de Guadalupe. A su cuidado maternal encomendamos nuestros trabajos y esfuerzos y con ella esperamos frutos abundantes. A nombre de ustedes le pedimos al Señor, con la oración por las familias:

Socorre  nuestras familias,
especialmente aquellas que pasan
por pruebas y dificultades:
las afectadas por la pérdida de valores,
la soledad o la marginación y la falta de
amor

Te consagramos, Señor, nuestros hogares.
Que la Sagrada Familia:
Jesús, José y María,
con su intercesión y ejemplo
nos conserven en comunión y armonía.

Padre siempre fiel,
nos falta tanto el vino del verdadero amor.
Como en las bodas de Caná,
que María interceda como madre,
nosotros obedeceremos a tu Hijo,
y él transformará el agua de nuestra conversión
y de nuestra esperanza
en el fino de la eterna alianza.

El que vive y reina contigo,
por los siglo de los siglos.
Amén.

 
 
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