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Homilía
pronunciada por Mons. Emigdio Duarte Figueroa, Obispo Auxiliar de la Diócesis de Culiacán, Sinaloa, en ocasión a su peregrinación a la Basílica de Guadalupe.

19 de agosto de 2007

Muy apreciados hermanos Sacerdotes y fieles laicos de nuestra querida Diócesis de Culiacán les saludo fraternalmente en este día de gracia y bendición; me dirijo primeramente a ustedes haciéndoles llegar a cada uno un especial saludo de nuestro Señor Obispo D. Benjamín Jiménez Hernández, Padre y Pastor de nuestra Iglesia Diocesana de Culiacán. Queridos hermanos todos.

Hemos querido detener hoy nuestra marcha en este largo peregrinar de nuestras vidas, para contemplar el rostro amoroso y tierno de nuestro Padre Dios, y contemplar igualmente a María, esta santa y pura Mujer, Señora y Madre nuestra, la Virgen bella y hermosa de Nazaret, a quien Tú, Señor, has querido colocar por encima de todas las criaturas celestiales y terrenas.

Hemos venido desde lejos al encuentro de nuestro Dios y Señor, porque toda peregrinación es una búsqueda de Dios, y nosotros, peregrinos en este valle de lágrimas, tenemos el gozo de haberlo ya encontrado.

Suplicamos ante todo a Dios que este peregrinar sea para cada uno una inmejorable oportunidad para renovar la fe y la esperanza en nuestros corazones.

Madre Santa, Tú nos has dado a Jesús, es tu Hijo Amado, y así como el Padre Eterno ha dicho "Éste es mi Hijo Amado", tú lo puedes decir también. Jesucristo, gracias a la bondad infinita de Dios y gracias al si generoso de María, se presentó ante nosotros como el rostro humano de Dios y el rostro divino del hombre.

Bien podría en este día de gloria y bendición proclamar como San Cirilo de Alejandría: “Tengo ante mis ojos la asamblea de los santos, que llenos de gozo y fervor han acudido aquí, respondiendo con prontitud a la invitación de la Santa Madre de Dios, la siempre Virgen María”.

Te saludamos y damos gracias, Santa y Misteriosa Trinidad, que nos has convocado, a nosotros tus hijos., en esta Casa -Santuario de Santa María de Guadalupe, la Virgen Morena del Tepeyac. Te saludamos, Madre Santísima, Reina y Protectora de nuestras familias.

Te saludamos con gran alegría, porque eres el tesoro digno de ser venerado por el universo entero. Te saludamos tus hijos, pastores y fieles laicos de la Diócesis de Culiacán; a Ti que encerraste en tu seno vivir a Aquel que es inmenso e inabarcable; a Ti, por quien la Santa Trinidad es adorada y glorificada; por quien exulta el cielo; por quien se alegran los ángeles y arcángeles.

Por Ti, Santa María de Guadalupe, el Hijo unigénito de Dios ha iluminado a los hombres y mujeres que vivían en tinieblas y en sombra de muerte.

Hermanos míos, ¿quién habrá que sea capaz de cantar como es debido las alabanzas de María? Ella, esta dulce y hermosa Mujer -como decía San Bernardo-, es Madre y Virgen a la vez; ¡qué cosa tan admirable! era Dios que todos nosotros reverenciemos y adoremos la unidad, que rindamos un culto impregnado de santo temor a la Trinidad indivisa, al celebrar hoy, con nuestras humildes alabanzas, a la Madre de Dios y a su amado Hijo Jesús, porque a Él pertenece la gloria y el honor por los siglos de los siglos.

Por eso, hasta el día de hoy sigue resonando en el corazón de la Iglesia y del mundo entero el cántico de María: "Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí". Tú eres bendita, María, entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre.

Por eso, Padre Santo, llenos de fe y esperanza, nuestra Diócesis de Culiacán quiere suplicarte unida a toda la Iglesia, diciendo: "Contempla, Señor, a la Madre de tu Hijo y escúchanos".
Te damos gracias porque nos has dado a María como Madre y ejemplo...

Te damos gracias porque tu humilde esclava ha estado presente en los momentos más dolorosos y dichosos de la vida de nuestras comunidades y de nuestras familias.

Queremos consagrarte nuestras vidas, nuestros trabajos de cada día, nuestras esperanzas, nuestros dolores y sufrimientos de cada día. Te suplicamos que, así como diste a María fuerza para permanecer junto a la Cruz, nos confortes en la tribulación y por su maternal intercesión nos concedas el gozo de la resurrección.

Así sea.

Unimos en esta Santa Misa nuestra ferviente oración por nuestros hermanos del Perú, que están sufriendo los embates y consecuencias dolorosas del terremoto.

Digamos juntos: "Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios, no desprecies las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades. Antes bien, líbranos de todos los peligros, Oh Virgen gloriosa y bendita. Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios, para que seamos dignos de alcanzar las divinas gracias y promesas de nuestro Señor Jesucristo".

Amén.

 
 
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