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Homilía
pronunciada por Mons. Mario Espinosa Contreras, Obispo de la Diócesis de Mazatlán, en ocasión de la peregrinación de su diócesis al Tepeyac.

12 de agosto de 2007

Con gozo y alegría, en nombre de nuestra Iglesia Particular que peregrina en el Sur de Sinaloa, en Mazatlán, nos encontramos hoy en esta emblemática y entrañable casa solariega de María, y nos sentimos confortados e iluminados por Ella, pues como dice el Documento de Aparecida: "con ella, providencialmente unida a la plenitud de los tiempos llega a cumplimiento la esperanza de los pobres y el deseo de salvación, concibiendo, educando y acompañando a su hijo hasta su sacrificio definitivo.

Desde la cruz Jesucristo confió a sus discípulos, representados por Juan, el don de la maternidad de María, que brota directamente de la hora pascual de Cristo: "y desde aquel momento el discípulo la recibió como suya" (Jn. 19, 27). Perseverando junto a los Apóstoles a la espera del Espíritu, cooperó con el nacimiento de la Iglesia misionera, imprimiéndole un sello mariano que la identifica honradamente, como Madre de tantos, fortalece los vínculos fraternos entre todos, alienta a la reconciliación y el perdón, y ayuda a que los discípulos de Jesucristo se experimenten una familia, la familia de Dios".

Desde lo más profundo de nuestro ser le agradecemos a nuestro Padre Dios el don de María, Madre Tierna y Cariñosa, Discípula perfecta de Jesucristo, Inspiración sugerente del Evangelio, Consoladora de nuestras penas e intercesora de nuestras necesidades.

Santa María de Guadalupe, nos exhorta a ser como ella, una auténtica creyente, mujer de profunda fe, que como Abraham fue obediente a la Palabra y la voluntad de Dios, tener fe no es sólo nombramos cristianos católicos, sino vivir la vida en el plan de Dios, esforzándonos por ser veraces, justos, responsables, trabajadores, respetuosos de la dignidad humana de los demás y preocupados por ser generosos y caritativos. Tener fe es ser comprometidos, tener fe es dar nuestro personal aporte para construir familias unidas, centros de trabajo eficientes y una sociedad armónica. La fe no es sólo sentimiento es donación y entrega.

Nuestra Señora en su vida terrena se condujo con una decidida fe, llena de buenas obras "unas bolsas que no se destruyen y acumuló en el cielo una riqueza que no se acaba, allá donde no llega el ladrón, ni carcome la polilla", porque Dios era su tesoro supremo.

Que nosotros también inspirándonos en ella que no pongamos nuestro corazón e interés en los bienes transitorios y el dinero, bienes inconsistentes y vulnerables, sino que nuestra principal preocupación sea cultivar una gran comunión e intimidad con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios es nuestro origen y debe ser nuestro término, y nuestra existencia será acertada si Él es la primacía de nuestro amor, nuestro tesoro.

Si Dios tiene este primer lugar, la relación con Él necesariamente nos impulsará a vivir la caridad y la fraternidad con nuestros semejantes y seremos como María que ama a Dios sobre todas las cosas y ama y sirve universalmente a todos los hombres y mujeres.
Ella toda su vida creció en profundizar su intimidad con Dios, fue siempre dócil a las invitaciones del Señor, siempre se condujo ante la voluntad divina con el "Hágase en mi según tu palabra" y fue hasta el último de sus días terrenos una persona fraterna, servicial, y acompañó con solicitud la Iglesia naciente, fue hija exquisita del Padre y hermana de todos los semejantes. Que también nosotros seamos esmerados hijos de Dios y hermanos entre nosotros

Queridos hermanos y hermanas, que cumplamos nuestra misión en este mundo, que hagamos una buena administración, y que estemos siempre atentos, listos, con la túnica puesta y las lámparas encendidas, cuidando no cansamos, no desfallecer en nuestro seguimiento de Cristo, evitando caer en el mal y el pecado. No exponernos, sino suplicar al Señor que perseveremos en el bien y nos esforcemos por ello, y si por desgracia caemos levantamos con la ayuda misericordiosa de Dios y proseguir con ánimo tras las huellas de Cristo que es el Camino, la Verdad y la Vida. Así cumpliremos nuestro llamado, gozaremos el bien, ofreceremos a los demás lo que somos y tenemos, nos realizaremos y nos disponemos al encuentro definitivo con el Padre.

Que Santa María de Guadalupe ruegue al Señor para que todos nosotros vivamos más y más el Evangelio, y para que así nuestra tierra sinaloense sea el inicio de la Tierra Nueva y de los Cielos nuevos. Que Dios Nuestro Señor bendiga abundantemente a nuestra Diócesis de Mazatlán, y que nuestro próximo Año Jubilar sea ocasión de mayor evangelización a fin de celebrar dignamente los cincuenta años de nuestra vida diocesana.


¡SANTA MARÍA DE GUADALUPE, REINA y PATRONA DE MÉXICO,
SALVA NUESTRA PATRIA Y CONSERVA NUESTRA FE!

Que así sea.

 
 
 
 
 
 
 
 
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