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Versión estenográfica de la
Homilía

pronunciada por el Emmo. Sr. Card. Don Antonio Cañizares Llovera, Arzobispo de Toledo y Primado de España, durante la Ordenación Sacerdotal de misioneros Operarios del Reino de Cristo.

13 de julio de 2007

Querido hermano obispo Mons. Eduardo,  querido director general  de la confraternidad sacerdotal de los Operarios del Reino de Cristo, queridos hermanos sacerdotes y diáconos, queridas familias de los que van a ser ordenados presbíteros,  queridos especialmente, los que vais a ser ordenados sacerdotes en esta celebración como miembros de esta confraternidad de los Operarios del Reino de Cristo, queridos todos hermanos y hermanas en el Señor.

Cantemos y alabemos por siempre la misericordia del Señor, el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres porque hace en medio nuestro, por su eterna e infinita misericordia, obras grandes al constituir a estos hermanos nuestros en sacerdotes de Jesucristo, sumo, único y eterno sacerdote. 

Damos gracias a Dios de quien procede todo bien por este inmenso don del sacerdocio sacramental. Hoy se cumple entre nosotros la promesa de Dios: “os daré pastores conforme a mi corazón”. 

Queridos ordenandos vais a recibir con la imposición de manos y la oración de consagración, la unción del Espíritu Santo que os asocia sacramentalmente al mismo Jesucristo, ungido sacerdote único, sumo y definitivo de la Nueva y Eterna Alianza en la sangre del Cordero, Alianza que se actualiza en la Eucaristía, como lo recuerda el Papa Benedicto XVI en su Exhortación Apostólica Post-Sinodal Sacramentum Caritatis: “La víspera de su muerte, Jesús instituyó la Eucaristía y fundó al mismo tiempo el sacerdocio de la  Nueva Alianza.  Él es sacerdote, víctima y altar; mediador entre Dios y el pueblo; víctima de expiación, que se ofrece a sí mismo en el altar de la Cruz.

Nadie puede decir este es mi cuerpo, este el cáliz de mi sangre si no es en el nombre y en la persona de Cristo, único sacerdote de la Nueva y Eterna alianza. Así queridos ordenandos, queridos hermanos sacerdotes, el misterio del sacerdocio de la Iglesia radica el hecho de que nosotros seres humanos, frágiles, miserables; en virtud del sacramento podemos hablar con su Yo, in persona Christi, en la persona de Jesucristo. 

Jesucristo quiere ejercer su sacerdocio por medio de nosotros, sacerdotes. Por la ordenación sacerdotal Jesucristo mismo toma posesión nuestra y el Espíritu Santo, aun con toda nuestra carga de fragilidad y miseria, nos hace ser signo que como dócil  instrumento en sus manos se refiere a Cristo, sacramento de la presencia sacerdotal única y definitiva de Cristo.

Como el Papa en la misa Crismal del año pasado, con la hondura, belleza y sencillez que le caracterizan: “Nuestras manos han sido ungidas con el óleo que es el signo del Espíritu Santo y su fuerza ¿Por qué precisamente las manos? se pregunta.  La mano del hombre es el instrumento de su acción, es el símbolo de su capacidad de afrontar el mundo, de dominarlo.  El Señor nos impone las manos y ahora quiere nuestras manos para que en el mundo se trasformen en las suyas. Quiere se ya no sean instrumentos para tomar las cosas, los hombres, el mundo para nosotros, para tomar posesión de él; sino que trasmitan su toque divino poniéndose al servicio de su amor. Quiere que sean instrumentos para servir y por tanto expresión de la misión de toda persona que se hace garante de él y lo lleva a los hombres.  Toma, en primer lugar, nuestras manos y pone en ellas su propio cuerpo entregado por los hombres como vida del mundo, amor de los amores, para que lo traigamos a este mundo y lo llenemos de su amor, desbordante a favor de todos.

En la Sagrada Eucaristía se da a sí mismo mediante nuestras manos, se da a nosotros.  El gran y supremo servicio que Jesús nos presta a todos, como buen pastor que da la vida por sus ovejas, está en la cruz.  Se entrega a sí mismo y no sólo en el pasado, por eso y con razón, en el centro de la vida sacerdotal, está la Sagrada Eucaristía en la que el sacrificio de Jesús en la cruz está realmente presente entre nosotros.

A partir de esto aprendemos también qué significa celebrar la Eucaristía de modo adecuado: es encontrarnos con el Señor, que por nosotros se despoja de su propia gloria divina, se deja humillar hasta la muerte en la cruz y así se entrega a cada uno  de nosotros.  

Es muy importante para el sacerdote la Eucaristía diaria en la que se expone siempre de nuevo a este misterio, se pone siempre de nuevo a sí mismo en las manos de Dios, experimentado de nuevo al mismo tiempo la alegría de saber que Él está presente, me acoge, me levanta y me lleva siempre de nuevo, me la mano, se da a sí mismo.

La Eucaristía debe llegar a ser para nosotros una escuela de vida en la que aprendamos a  entregar nuestra vida. La vida no se da sólo en el momento de la muerte y no solamente en el modo del martirio. Debemos darla día a día. Debo aprender día a día que yo no poseo mi vida para mismo, día a día debo aprender a desprenderme de mismo, a estar a disposición del Señor para lo que necesite de mí en cada momento, auque otras cosas me parezcan más bellas y más importantes.  Dar la vida no tomarla.

Precisamente así experimentaremos la libertad, la libertad de nosotros mismos, la amplitud del ser, la amplitud del amor de Dios en nosotros. Precisamente así siendo útiles, siendo personas necesarias para el mundo, nuestra vida llega a ser importante y bella.  Sólo quien da su vida la encuentra.   

Hoy en esta ordenación sacerdotal de nuevos presbíteros no podemos dejar de recordar aquellas consoladoras y alentadoras palabras de Jesús tras haber instituido la Eucaristía y el sacerdocio que hemos escuchado en el Evangelio: ya os llamo siervos, por el siervo, no sabe lo que hace su amo, a vosotros os he llamado amigos,  porque todo lo que he oído a mi padre os lo he dado a conocer.  El Señor se pone en nuestra manos y nos trasmite a cada uno de nosotros sacerdotes y pone en nuestras manos su misterio más profundo y personal; quiere que participemos de su poder de salvación; quiere que hagamos presente en medio de los hombres y para los hombres aquello que conmemoramos: su amor infinito; es decir, el misterio redentor salvífico de amor y reconciliación de la cruz para todos los hombres, pero esto requiere que nosotros por nuestra parte correspondamos a su amistad, esto es: seamos de verdad amigos del Señor, santos. 

Y como le dice Pablo a Timoteo en su primera carta, seamos hombres de piedad y religiosidad honda y verdadera que es promesa de vida. Reclama de nosotros que caminemos en la esperanza en Dios vivo que es salvador de todos. Que seamos como pastores conforme al corazón de Dios, modelo de los fieles en palabras, en conducta, en caridad, en pureza de vida.

Ser amigos de Jesús requiere de nosotros que, manteniendo vivo el don que hay en nosotros,  estemos unidos a Él; que le amemos; que permanezcamos en su amor; que le escuchemos, que hablemos con Él; que le conozcamos día a día mejor en el trato de amistad; en la oración; en la lectura de la palabra de Dios, en la aceptación de sus enseñanzas, y le busquemos y le encontremos en donde se encuentra; es decir, el sagrario donde está realmente presente Él y en los pobres y en los que sufren con los que Él se identifica.

Requiere que nosotros por nuestra parte, como exhorta san Pablo tengamos los sentimientos de Jesús, el cual siendo de condición divina  se  despojó de sus rango, tomó la condición de esclavo, se rebajó y obedeció al Padre, hasta la muerte y una muerte de cruz,  por nosotros los hombres.

Ser amigo de verdad de Jesús, requiere pues, que nuestros sentimientos se conformen con sus sentimientos, y que nuestra voluntad se conforme la suya, que en todo estuvo unida en obediencia a la del Padre. Ser de Dios es la manera única de ser enteramente y por completo para los hombres.

Este es y debiera ser nuestro camino de cada día, conformarnos con Él, unirnos a Él, entrar en comunión plena con Él. Que Él permanezca en nosotros, tener sus mismos sentimientos intensificar la amistad con Él. Tener los mismos sentimientos y ser amigos de Jesús son dos realidades que se exigen y reclaman mutuamente. Vivir en comunión de pensamiento, de sentimiento, de voluntad y de obra es vivir en la amistad con Jesús. Para ello, no lo olvidemos, es preciso conocer a Jesús de un modo cada vez más personal, escuchándolo, viviendo con Él, estando con Él.  El núcleo del sacerdocio es ser amigo de Jesucristo. Solo así podemos hablar verdaderamente en la persona de Cristo.  Aunque nuestra lejanía interior de Cristo, no puede poner en peligro la validez del sacramento.

Ser sacerdote significa por tanto, ser hombre de oración, asiduo a la escucha de la palabra, perseverante en el don y en la enseñanza recibida. Atentos a nosotros mismos en nuestros sentimientos. Así nos reconocemos y salimos de la ignorancia de los simples siervos, así aprendemos a vivir, a sufrir y a obrar con Él y por Él. Ser sacerdote significa convertirse en amigo de Jesucristo y esto cada vez más con toda nuestra existencia. El mundo tiene necesidad de Dios, del Dios de Jesucristo, del Dios que se hizo carne y sangre, que nos amó hasta morir por nosotros. Que resucitó y creó en sí mismo un  espacio para el hombre.  Este Dios debe vivir en nosotros y nosotros, con Él y en Él. 

Esta es nuestra vocación sacerdotal. Sólo así nuestro ministerio sacerdotal puede dar fruto y fruto abundante.  Somos elegidos para que vayamos y demos frutos. Avivar y tener los sentimientos de Cristo, mantener y avivar la amistad con Él, es una llamada que se nos dirige a todos los sacerdotes siempre y en todo momento. Para ello es imprescindible fortalecer y avivar nuestra comunión con la Iglesia, cuerpo de Cristo, esposa de Cristo, sacramento de su presencia, inseparable de su cabeza y de su Señor, que es Jesucristo, presidida por el sucesor de Pedro y los sucesores de los apóstoles, por los que entramos en la tradición católica.

Hermanos, el horizonte, además de los sentimientos y de la amistad en la que Jesús nos introduce, es la humanidad entera. Pues Él quiere ser para todos el Buen Pastor que da su vida y lo subraya con fuerza en el discurso del Buen Pastor que vino para reunir a todos, no sólo al pueblo elegido, sino a todos los hijos de Dios dispersos.

Por eso nuestra solicitud pastoral no puede menos que ser universal, de ser misionera, como corresponde a vuestro carisma de Operarios del Reino de Cristo, para salir siempre de nuevo a los caminos  y  de parte de Dios invitar a su banquete a todos los que hasta ahora no han oído hablar nada de Él o no han sido tocados interiormente por Él o se han alejado voluntaria o involuntariamente de Él y andan extraviados. 

No olvidemos, por lo demás, lo que Jesús mismo nos dice: “mirad yo os envío como ovejas en medio de lobos, así que sed precavidos como las serpientes y sencillos como las palomas”. No tengáis miedo, sed valientes y manteneos perseverantes, unidos  a Cristo en el camino,  con la mida puesta en Jesús iniciador y consumador de nuestra fe, que sabe de ignominia y ha entregado su vida por nosotros en el suplicio de la pasión y cruz, perpetrada por los hombres.

Manteneos firmes en la fe y tened por muy cierto que la fuerza de lo alto, el Espíritu Santo con que habéis sido ungidos actuará en vosotros, hablará por vosotros, Él mismo cuidará de que no os echéis atrás en el anuncio y la entrega del Evangelio que es fuerza del salvación para todo el que cree.

Queridísimos ordenandos, queridísimos hermanos sacerdotes, Jesús asumió nuestra carne, démosle nosotros la nuestra para que de este modo pueda venir al mundo y trasformarlo. Tened esto siempre presente, particularmente en los tiempos que vivimos y no olvidéis nunca la carta a los Hebreos que acabo de insinuar.  Una nube ingente de testigos, dice la carta, nos rodea.  Por tanto, quitémonos lo que nos estorba y el pecado que nos ata. Corramos la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en Él que inició y completa nuestra fe, Jesús.  Que renunciado al goce inmediato soportó la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios.  Recordad al que soportó la oposición de los pecadores y no os canséis, ni perdáis el ánimo, todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado.

Que la Virgen María, Nuestra Señora de Guadalupe, que nos preside, en cuyo seno Cristo tomó nuestra carne, nos proteja y guíe; nos ayude y auxilie a todos y no olvidéis sus palabras en las Bodas de Caná: haced lo que Él os diga.  Amén.  

 

 
 
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