Querido hermano obispo
Mons. Eduardo, querido director general de la confraternidad
sacerdotal de los Operarios del Reino de Cristo, queridos
hermanos sacerdotes y diáconos, queridas familias de los
que van a ser ordenados presbíteros, queridos especialmente,
los que vais a ser ordenados sacerdotes en esta celebración
como miembros de esta confraternidad de los Operarios del
Reino de Cristo, queridos todos hermanos y hermanas en el
Señor.
Cantemos y alabemos por siempre la
misericordia del Señor, el Señor ha estado grande con nosotros
y estamos alegres porque hace en medio nuestro, por su eterna
e infinita misericordia, obras grandes al constituir a estos
hermanos nuestros en sacerdotes de Jesucristo, sumo, único
y eterno sacerdote.
Damos gracias a Dios de quien procede
todo bien por este inmenso don del sacerdocio sacramental.
Hoy se cumple entre nosotros la promesa de Dios: “os daré
pastores conforme a mi corazón”.
Queridos ordenandos vais a recibir
con la imposición de manos y la oración de consagración,
la unción del Espíritu Santo que os asocia sacramentalmente
al mismo Jesucristo, ungido sacerdote único, sumo y definitivo
de la Nueva y Eterna Alianza en la sangre del Cordero, Alianza
que se actualiza en la Eucaristía, como lo recuerda el Papa
Benedicto XVI en su Exhortación Apostólica Post-Sinodal
Sacramentum Caritatis: “La víspera de su muerte,
Jesús instituyó la Eucaristía y fundó al mismo tiempo el
sacerdocio de la Nueva Alianza. Él es sacerdote, víctima
y altar; mediador entre Dios y el pueblo; víctima de expiación,
que se ofrece a sí mismo en el altar de la Cruz.
Nadie puede decir este es mi cuerpo,
este el cáliz de mi sangre si no es en el nombre y en la
persona de Cristo, único sacerdote de la Nueva y Eterna
alianza. Así queridos ordenandos, queridos hermanos sacerdotes,
el misterio del sacerdocio de la Iglesia radica el hecho
de que nosotros seres humanos, frágiles, miserables; en
virtud del sacramento podemos hablar con su Yo, in persona
Christi, en la persona de Jesucristo.
Jesucristo quiere ejercer su sacerdocio
por medio de nosotros, sacerdotes. Por la ordenación sacerdotal
Jesucristo mismo toma posesión nuestra y el Espíritu Santo,
aun con toda nuestra carga de fragilidad y miseria, nos
hace ser signo que como dócil instrumento en sus manos
se refiere a Cristo, sacramento de la presencia sacerdotal
única y definitiva de Cristo.
Como el Papa en la misa Crismal del
año pasado, con la hondura, belleza y sencillez que le caracterizan:
“Nuestras manos han sido ungidas con el óleo que es el signo
del Espíritu Santo y su fuerza ¿Por qué precisamente las
manos? se pregunta. La mano del hombre es el instrumento
de su acción, es el símbolo de su capacidad de afrontar
el mundo, de dominarlo. El Señor nos impone las manos y
ahora quiere nuestras manos para que en el mundo se trasformen
en las suyas. Quiere se ya no sean instrumentos para tomar
las cosas, los hombres, el mundo para nosotros, para tomar
posesión de él; sino que trasmitan su toque divino poniéndose
al servicio de su amor. Quiere que sean instrumentos para
servir y por tanto expresión de la misión de toda persona
que se hace garante de él y lo lleva a los hombres. Toma,
en primer lugar, nuestras manos y pone en ellas su propio
cuerpo entregado por los hombres como vida del mundo, amor
de los amores, para que lo traigamos a este mundo y lo llenemos
de su amor, desbordante a favor de todos.
En la Sagrada Eucaristía se da a sí
mismo mediante nuestras manos, se da a nosotros. El gran
y supremo servicio que Jesús nos presta a todos, como buen
pastor que da la vida por sus ovejas, está en la cruz.
Se entrega a sí mismo y no sólo en el pasado, por eso y
con razón, en el centro de la vida sacerdotal, está la Sagrada
Eucaristía en la que el sacrificio de Jesús en la cruz está
realmente presente entre nosotros.
A partir de esto aprendemos también
qué significa celebrar la Eucaristía de modo adecuado: es
encontrarnos con el Señor, que por nosotros se despoja de
su propia gloria divina, se deja humillar hasta la muerte
en la cruz y así se entrega a cada uno de nosotros.
Es muy importante para el sacerdote
la Eucaristía diaria en la que se expone siempre de nuevo
a este misterio, se pone siempre de nuevo a sí mismo en
las manos de Dios, experimentado de nuevo al mismo tiempo
la alegría de saber que Él está presente, me acoge, me levanta
y me lleva siempre de nuevo, me la mano, se da a sí mismo.
La
Eucaristía debe llegar a ser para nosotros una escuela de
vida en la que aprendamos a entregar nuestra vida. La vida
no se da sólo en el momento de la muerte y no solamente
en el modo del martirio. Debemos darla día a día. Debo aprender
día a día que yo no poseo mi vida para mismo, día a día
debo aprender a desprenderme de mismo, a estar a disposición
del Señor para lo que necesite de mí en cada momento, auque
otras cosas me parezcan más bellas y más importantes. Dar
la vida no tomarla.
Precisamente así experimentaremos la
libertad, la libertad de nosotros mismos, la amplitud del
ser, la amplitud del amor de Dios en nosotros. Precisamente
así siendo útiles, siendo personas necesarias para el mundo,
nuestra vida llega a ser importante y bella. Sólo quien
da su vida la encuentra.
Hoy en esta ordenación sacerdotal de
nuevos presbíteros no podemos dejar de recordar aquellas
consoladoras y alentadoras palabras de Jesús tras haber
instituido la Eucaristía y el sacerdocio que hemos escuchado
en el Evangelio: ya os llamo siervos, por el siervo,
no sabe lo que hace su amo, a vosotros os he llamado amigos,
porque todo lo que he oído a mi padre os lo he dado a conocer.
El Señor se pone en nuestra manos y nos trasmite a cada
uno de nosotros sacerdotes y pone en nuestras manos su misterio
más profundo y personal; quiere que participemos de su poder
de salvación; quiere que hagamos presente en medio de los
hombres y para los hombres aquello que conmemoramos: su
amor infinito; es decir, el misterio redentor salvífico
de amor y reconciliación de la cruz para todos los hombres,
pero esto requiere que nosotros por nuestra parte correspondamos
a su amistad, esto es: seamos de verdad amigos del Señor,
santos.
Y como le dice Pablo a Timoteo en su
primera carta, seamos hombres de piedad y religiosidad honda
y verdadera que es promesa de vida. Reclama de nosotros
que caminemos en la esperanza en Dios vivo que es salvador
de todos. Que seamos como pastores conforme al corazón de
Dios, modelo de los fieles en palabras, en conducta, en
caridad, en pureza de vida.
Ser amigos de Jesús requiere de nosotros
que, manteniendo vivo el don que hay en nosotros, estemos
unidos a Él; que le amemos; que permanezcamos en su amor;
que le escuchemos, que hablemos con Él; que le conozcamos
día a día mejor en el trato de amistad; en la oración; en
la lectura de la palabra de Dios, en la aceptación de sus
enseñanzas, y le busquemos y le encontremos en donde se
encuentra; es decir, el sagrario donde está realmente presente
Él y en los pobres y en los que sufren con los que Él se
identifica.
Requiere que nosotros por nuestra parte,
como exhorta san Pablo tengamos los sentimientos de Jesús,
el cual siendo de condición divina se despojó de sus rango,
tomó la condición de esclavo, se rebajó y obedeció al Padre,
hasta la muerte y una muerte de cruz, por nosotros los
hombres.
Ser amigo de verdad de Jesús, requiere
pues, que nuestros sentimientos se conformen con sus sentimientos,
y que nuestra voluntad se conforme la suya, que en todo
estuvo unida en obediencia a la del Padre. Ser de Dios es
la manera única de ser enteramente y por completo para los
hombres.
Este es y debiera ser nuestro camino
de cada día, conformarnos con Él, unirnos a Él, entrar en
comunión plena con Él. Que Él permanezca en nosotros, tener
sus mismos sentimientos intensificar la amistad con Él.
Tener los mismos sentimientos y ser amigos de Jesús son
dos realidades que se exigen y reclaman mutuamente. Vivir
en comunión de pensamiento, de sentimiento, de voluntad
y de obra es vivir en la amistad con Jesús. Para ello, no
lo olvidemos, es preciso conocer a Jesús de un modo cada
vez más personal, escuchándolo, viviendo con Él, estando
con Él. El núcleo del sacerdocio es ser amigo de Jesucristo.
Solo así podemos hablar verdaderamente en la persona de
Cristo. Aunque nuestra lejanía interior de Cristo, no puede
poner en peligro la validez del sacramento.
Ser sacerdote significa por tanto,
ser hombre de oración, asiduo a la escucha de la palabra,
perseverante en el don y en la enseñanza recibida. Atentos
a nosotros mismos en nuestros sentimientos. Así nos reconocemos
y salimos de la ignorancia de los simples siervos, así aprendemos
a vivir, a sufrir y a obrar con Él y por Él. Ser sacerdote
significa convertirse en amigo de Jesucristo y esto cada
vez más con toda nuestra existencia. El mundo tiene necesidad
de Dios, del Dios de Jesucristo, del Dios que se hizo carne
y sangre, que nos amó hasta morir por nosotros. Que resucitó
y creó en sí mismo un espacio para el hombre. Este Dios
debe vivir en nosotros y nosotros, con Él y en Él.
Esta es nuestra vocación sacerdotal.
Sólo así nuestro ministerio sacerdotal puede dar fruto y
fruto abundante. Somos elegidos para que vayamos y demos
frutos. Avivar y tener los sentimientos de Cristo, mantener
y avivar la amistad con Él, es una llamada que se nos dirige
a todos los sacerdotes siempre y en todo momento. Para ello
es imprescindible fortalecer y avivar nuestra comunión con
la Iglesia, cuerpo de Cristo, esposa de Cristo, sacramento
de su presencia, inseparable de su cabeza y de su Señor,
que es Jesucristo, presidida por el sucesor de Pedro y los
sucesores de los apóstoles, por los que entramos en la tradición
católica.
Hermanos, el horizonte, además de los
sentimientos y de la amistad en la que Jesús nos introduce,
es la humanidad entera. Pues Él quiere ser para todos el
Buen Pastor que da su vida y lo subraya con fuerza en el
discurso del Buen Pastor que vino para reunir a todos, no
sólo al pueblo elegido, sino a todos los hijos de Dios dispersos.
Por eso nuestra solicitud pastoral
no puede menos que ser universal, de ser misionera, como
corresponde a vuestro carisma de Operarios del Reino de
Cristo, para salir siempre de nuevo a los caminos y de
parte de Dios invitar a su banquete a todos los que hasta
ahora no han oído hablar nada de Él o no han sido tocados
interiormente por Él o se han alejado voluntaria o involuntariamente
de Él y andan extraviados.
No olvidemos, por lo demás, lo que
Jesús mismo nos dice: “mirad yo os envío como ovejas
en medio de lobos, así que sed precavidos como las serpientes
y sencillos como las palomas”. No tengáis miedo, sed
valientes y manteneos perseverantes, unidos a Cristo en
el camino, con la mida puesta en Jesús iniciador y consumador
de nuestra fe, que sabe de ignominia y ha entregado su vida
por nosotros en el suplicio de la pasión y cruz, perpetrada
por los hombres.
Manteneos firmes en la fe y tened por
muy cierto que la fuerza de lo alto, el Espíritu Santo con
que habéis sido ungidos actuará en vosotros, hablará por
vosotros, Él mismo cuidará de que no os echéis atrás en
el anuncio y la entrega del Evangelio que es fuerza del
salvación para todo el que cree.
Queridísimos ordenandos, queridísimos
hermanos sacerdotes, Jesús asumió nuestra carne, démosle
nosotros la nuestra para que de este modo pueda venir al
mundo y trasformarlo. Tened esto siempre presente, particularmente
en los tiempos que vivimos y no olvidéis nunca la carta
a los Hebreos que acabo de insinuar. Una nube ingente de
testigos, dice la carta, nos rodea. Por tanto, quitémonos
lo que nos estorba y el pecado que nos ata. Corramos la
carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en
Él que inició y completa nuestra fe, Jesús. Que renunciado
al goce inmediato soportó la cruz, despreciando la ignominia,
y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Recordad
al que soportó la oposición de los pecadores y no os canséis,
ni perdáis el ánimo, todavía no habéis llegado a la sangre
en vuestra pelea contra el pecado.
Que la Virgen María, Nuestra Señora
de Guadalupe, que nos preside, en cuyo seno Cristo tomó
nuestra carne, nos proteja y guíe; nos ayude y auxilie a
todos y no olvidéis sus palabras en las Bodas de Caná: haced
lo que Él os diga. Amén. |
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