Versión estenográfica
de la
Homilía
pronunciada por Mons. José Fernández Arteaga,
Arzobispo de la Arquidiócesis de Chihuahua,
en ocasión de la peregrinación de su arquidiócesis a la Basílica
de Guadalupe.
29 de julio de 2008
Mis queridos hermanos, todos, bienvenidos a esta casa de María.
Me siento con el derecho y deber de hacer más inteligible y profundizar
más esta semilla que es la Palabra de Dios en el corazón de todos
y cada uno de ustedes. Y esta palabra que es apoyada por el mensaje
mariano: “Me mostraré Madre tierna y cariñosa de cuantos me invoquen”.
Y después María nos pedía una casita. Una casita donde Ella
pudiera mostrarse Madre tierna y cariñosa.
Y aquí estamos, nosotros mismos, nuestros abuelos, nuestros
padres hemos colaborado con esta petición de María, aunque sea con
un pequeño grano de arena y hemos querido hacerle esta pequeña casita
y venimos a mostrarnos con Ella hijos obedientes, sinceros y amorosos
de la Madre que está en el cielo y que nos espera para estar con
Ella.
Hemos peregrinado desde la frontera de nuestra patria, desde
las riveras del Río Bravo para venir a manifestar nuestro cariño
a María. Es más cierto que Dios nos halla a nosotros, que nosotros
hallemos a Dios. Es Dios el que sale al encuentro nuestro. Es Dios
quien que se hace presente, que nos ha encontrado, pero quiere que
manifestemos el sí de estar con Él. Y eso significa este peregrinar.
El cariño nos hace acelerar nuestros pasos y usamos la vía aérea,
la vía terrestre. Aquí estamos dando los últimos pasos antes de
llegar a la Basílica caminando con el sudor de nuestra frente y
manifestando nuestro cariño en el canto, en el rezo, para que así,
también, lo primero que encuentre en nosotros, acción de gracias.
No queremos por lo pronto molestarla, que nos dispense la expresión,
molestarla con nuestras peticiones, contándole, nuestros dolores,
nuestros trabajos, nuestras penas, que las tenemos y muchos. Queremos
comenzar agradeciéndole a Dios, por intercesión de Ella, tantos
y tantos beneficios que recibimos en aquellas lejanas tierras en
kilómetros, pero muy cerca de Ella moralmente, como todo fiel mexicano.
Queremos agradecerle porque ha bendecido aquella tierra con
varios sacerdotes, que como aprendimos de los labios de Juan Diego,
el catequista de María, son aquellos que nos enseñan el camino del
Señor. Queremos agradecerle que haya aumentado el número de nuestros
sacerdotes para que nos absuelvan. Para que nos alimenten con la
Eucaristía. Para que laven a nuestros hijos, con el agua del bautismo
y los hagan hijos de Dios. Queremos agradecerle que haya sacerdotes
que bendigan nuestros matrimonios, que aquel sí que se dan uno al
otro sea siempre en presencia de Dios. Para que también los sacerdotes
puedan limpiarnos aquellos restos del pecado con la Unción de los
Enfermos y abrirnos de par en par las puertas del cielo. Queremos
agradecerle porque existe en nuestra patria una fe viva, una fe
limpia y una fe que quiere ser cada vez más ilustrada, más conocida,
más catequizada para entender lo que Dios nos ha dicho. Queremos
agradecerle porque en nuestra arquidiócesis casi no hay parroquia
en la cual, sino es el templo principal, siempre hay una capilla,
un templo dedicado a María Santísima y creo que en todos nuestros
templos siempre tenemos la imagen de Ella que nos ha dejado como
recuerdo de su amor.
Queremos agradecerle porque a pesar, a veces de las cercanías
de otras confesiones, de otras expresiones de fe, de otras llamadas
iglesias, nos hemos conservado en la unidad y hemos tenido la unida
de la fe, la unidad de la liturgia y también la unidad en la acción.
Y eso no es que se deba a nosotros, se debe ciertamente a la ayuda
del Espíritu Santo que a veces, lo puedo decir físicamente, se han
cansado mis brazos de ungir las frentes con el Santo Crisma de aquellos
que reciben el Espíritu Santo, para que no quede ningún cristiano
con esta compleción, vamos a decir, ya recibiendo completamente
la incisión cristiana en el Bautizo, la Eucaristía y la Confirmación.
Y todo esto se lo debemos a Dios por intercesión de María, nuestra
Madre que siempre se ha mostrado desde allá Madre tierna y cariñosa.
Pero, que también ahora queremos que nos disculpe porque ahora
queremos contarle nuestras penas, porque le tenemos amor, porque
le tenemos cariño. Es conocido de todos, y si se conoce fuera, nosotros
a veces los sufrimos, la facilidad a veces de burlar la ley, sentimos
amenazada nuestra autoridad superior en el Estado, nuestro gobernador
por la muerte de los pecadores, de los que el demonio ha vencido
llevándolos por el camino del crimen. Sentimos amenazadas nuestras
autoridades, sentimos la inseguridad de nuestros caminos, la inseguridad
de nuestras calles, la inseguridad de las noches para poder caminar
tranquilamente. Sentimos, también, a nuestros hermanos que se han
ido por otros caminos, que a veces engañados por otras confesiones
han ido a escuchar otras predicaciones y otras formas de expresarse,
que no son las únicas enseñadas por el Señor. Sentimos, también,
profundamente que algunos hermanos nuestros llamándose católicos,
también, quieran tomar caminos distintos, desprecien la autoridad
eclesiástica y vivir otra liturgia y tener otras explicaciones de
los acontecimientos. Nos duele todavía mucho más porque son más
allegados a nosotros. Queremos ponerlos en sus manos; queremos que,
también, Ella le ayude a entender aquella expresión que Ella dijo
algún día: “Hagan lo que mi Hijo le dice”. Y conocemos que
la expresión de su Hijo es siempre por la autoridad de la Iglesia.
Queremos, también, poner como dolor que tenemos nosotros a
veces también los desastres ecológicos. Queremos presentarle nuestras
tierras áridas, nuestros desiertos que queremos que den el fruto
para alimento de nosotros. Queremos ponérselos en sus manos para
que sepamos de todo esto sacar provecho, sacar vida y sobretodo
sacar amor a Dios nuestro Señor.
Mis queridos hermanos, la peregrinación oficial de nuestra
arquidiócesis la hacemos nos solamente los que vivimos allá, doy
la bienvenida entre nosotros a varios habitantes, ahora del Distrito
Federal y de otros lugares cercanos, se sienten todavía chihuhuences
con nosotros y han venido aquí, también, a demostrar juntamente
con nosotros el cariño que le tienen a María y a demostrar que no
olvidan el lugar de su origen y a sentirse otra vez con nosotros
amantes felices de María Santísima. Y todos unidos con las demás
personas, que han venido, venga de donde vengan, aún de lejos de
nuestra patria, queremos ofrecerle este sacrificio ahora para que
Ella siga aumentándonos la fe, al siga fortaleciendo, pero sobretodo
nos siga enseñando el camino, como Ella lo supo hacer en aquellas
montañas para ser el bien y manifestar nuestro cariño ante todo.
Sabemos que porque Jesús nació de Ella nosotros ahora podemos
llamarnos hijo de Dios con todos los derechos de los hijos, con
todas las herencias y por eso la queremos más y la amamos más. No
solamente es un decir, de cariño afectuoso, el que es nuestra Madre,
sabemos que la recibimos de los labios de su propio Hijo: Ella
es la Madre de ustedes, ustedes son los hijos de Ella, cuando
expresaba esto delante de Juan el evangelista.
Vamos a continuar nuestra celebración manifestando nuestra
fe, manifestando no solamente como un rito, sino como un compromiso
más. Si hemos venido con una fe grande, queremos que sea más grande,
para comunicarla a los que estarán cerca de nosotros al proclamar
las verdades queremos decir: que estamos dispuestos a vivirlas y
a reconocerlos hasta el final de nuestros días.
De pie todos, pues, proclamamos las verdades que Ella nuestra
catequista nos ha enseñado. Porque Ella, también, ha puesto los
catequistas de cada uno de nuestros ranchos, de nuestras ciudades
y de nuestras colonias.