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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. José Ulises Macías Salcedo, Arzobispo de la Arquidiócesis de Hermosillo, Sonora, en ocasión de la peregrinación de su arquidiócesis, a la Basílica de Guadalupe.

19 de julio de 2008

Saludo fraternal y afectuosamente a mi hermano en el episcopado obispo de Ensenada, Mons. Sigifredo, agradecemos que nos haya querido acompañar en esta concelebración. Saludo a mis sacerdotes y seminaristas y pueblo de la Arquidiócesis de Hermosillo, quienes desde aquel apartado rincón de la patria, del Estado de Sonora, vienen como peregrinos para movidos por su fe traer la oración, la devoción y el cariño de aquel pueblo a nuestra Madre la Virgen de Guadalupe. Y estar en esa casita que le construimos durante un espacio de tiempo y gozar y alegrarnos de su cercanía y de su belleza.

Saludo especialmente, también, a quienes nos acompañan hermanos y hermanas fieles siguientes de otras iglesias particulares y quizá hasta no sólo de México, sino también del extranjero. Que Dios bendiga su cariño a la Madre y haga que sus pasos a este Santuario se transformen, también, en un caminar un poquito más hacia el Padre que nos espera en el cielo.

¡Qué hermosa e importantísima siempre, y más siempre hoy, la súplica que hacemos en la oración a la Virgen María de Guadalupe!: Señora, intercede para que el Señor nos conceda aumentar nuestra fe y lograr un progreso auténtico por los caminos de la paz y de la justicia. Es la fe, y nosotros que la tenemos y ojala la vivamos los que podremos lograr este cambio social, moral, religioso, familiar, estructural de nuestra patria que tanto anhelamos. Y que todos consigamos ese progreso verdadero que alcance para todos; cree oportunidades para todos y se logrará porque somos de fe por lo caminos de la justicia y de la paz. Entendamos un poquito más esto.

Podemos confiar en Dios y por eso le pedimos que por intercesión de la Morenita aumente nuestra fe. La fe es creerle a Dios, confiar en Él, ponernos en sus manos y bajo su mirada providencial y protectora. Él quiere lo mejor para nosotros, nos creó con una gran dignidad como personas y además nos hizo hijos suyos por el bautismo, y quiere que vivamos una vida digna y de calidad. Lamentablemente no todos pueden gozar de esto.

La persona es atropellada en sus derechos sobretodo los más pobres y su calidad de vida no corresponde a esta grandeza que Dios le entregó al hacerlo imagen y semejanza suya. Por eso Señor, aumenta nuestra fe; para que logremos por estos caminos el cambio de nuestra patria y del mundo. Un mundo que responda al diseño salvífico que Tú proyectaste para el mundo, es decir; me refiero, al sentido bíblico de san Juan. Todo lo que constituye la historia de la humanidad, la humanidad misma, que es una historia de la salvación porque el Señor quiso hacerla así.

No hay paz, ni justicia como la anhelamos y como Dios la quiere en nuestra sociedad. El Señor con su providencia creó todas las cosas y las creó para el hombre. La creación es un regalo y una bendición de Dios para toda la humanidad. Yo me imagino esa creación como una gran mesa en la que todos debemos de tener un lugar y participar de sus beneficios para lograr esta vida digna y de calidad. Pero, hay quienes faltan a esta mesa. Y a mí me gustaría ver, por ejemplo; sentados en esta misa mesa, de la creación, a Caín y Abel, pero juntos no divididos por las envidias. La primer lucha frasuicida, el primer crimen, el hermano mata al hermano. Fue una guerrera fratricida.

Hoy día no se vive esta paz, porque no estamos sentados a la mesa los que persiguen y los perseguidos y todos deberíamos estar tranquilos y en paz. La guerra, la Iglesia nos lo enseña en su magisterio, es siempre una lucha fratricida: es el hermano contra el hermano, con pleito a muerte, vencerá el más poderoso, el que más armas tiene.

Hay un dato que me admira y me sobresalta, leí en una revista muy seria, que vivimos en el mundo aproximadamente ocho mil millones de personas, entre ellos nosotros, y se fabrican dieciséis mil millones de armas, más bien de balas de distinto calibre. No hay tanta pieza de caza para gastar todas estas balas, y si son dieciséis mil millones de balas y ocho mil millones poblamos el mundo, nos tocan dos balas a cada uno. Si esto se gasta y se derrama el dinero en una forma tan injusta, en las balas, imagínense, cuanto se gastará en el armamento que quiere disponer todo el país para ser fuerte en estas luchas fratricidas, en estas guerras. Alguien habla de quince mil guerras que ha habido en la historia de la humanidad: dos mil años antes de Cristo y dos mil después de Cristo. Escasamente ha habido completa paz en apenas cuatrocientos años de estos cuatro mil años de historia, más o menos el diez por ciento.

Hoy sigue habiendo luchas fratricidas, guerras. Inconcebible, cuando gozamos de esta técnica y este progreso material, cuando el hombre viaja al espacio, las maravillas de la cibernética, en la computación y en tantos aparatos y que todavía tengamos que luchar hermano contra hermano buscando el poder y la riqueza. No habrá este progreso sino se hace por el camino de la paz, y paz no es sólo ausencia de guerra, es esa paz interior que nos hace ver a todos como hermanos, porque lo somos. Y por eso me gustaría ver sentados en esta mesa a Caín y Abel juntos.

Me gustaría ver, también, en esta misma mesa de la creación sentados al papá con aquellos dos hijos de la parábola del hijo prodigo. La familia completa gozando de la mesa de la creación. No podemos lograr ese progreso auténtico, verdadero con las familias atacándose, como se les ataca y con tantos peligros y riesgos por los que ha perdido mucho de su identidad y no viven el proyecto para el que Dios las pensó. Como iglesias pequeñitas, como santuarios de la vida, como escuela y educadora de valores, como santuarios de santidad y centros de evangelización. No está la familia completa sentada, integrada en la mesa de la creación. Hay tantas familias desintegrándose, se piensa muy superficialmente de la estabilidad del matrimonio. Hay quienes llegan a casarse por la Iglesia, celebrando su sacramento matrimonial, pensando que si le va bien perfecto sino se divorcian, ya con una mentalidad divorcista.

¡Qué separación tan grande y cuanta distancia entre los esposos, entre los padres y los hijos, y los hermanos! ¡Cuánta ausencia y vacío se da en el hogar! Ya no es posible convivir juntos, porque los horarios no son compatibles, a veces ni siquiera se como juntos, cada quien en el momento que pueda. Y los pocos ratos que quedan en lugar de aprovecharlos para platicar, dialogar, intercambiar relaciones de cariño y de afecto los gastamos neciamente en la televisión, ahora en la computadora y en el internet, en tantas distracciones, que van desintegrando poco a poco y cada vez más a nuestra familia.

Como me duele, también, ver como se comportan los hijos con los papás, como les gritan, el sentido de autoridad y de obediencia va desapareciendo, alegando que son personas libres y con derechos, quieren hacer de su vida lo que quieran, ya no piden permiso, cuando mucho avisan: ya me voy o ya llegue, y esto no se vale. ¿Papá, mamá puedo ir?

Una familia integrada, una familia que rece junta unidos en familia. ¿Cuánto hace, por ejemplo, que en tu familia no rezas con toda ella unidos? La oración es el alma de la familia como institución de Dios para salvarnos. El hombre, Dios quiso que salvará en familia y a través de la familia: la familia de la sangre y la gran familia nuestra iglesia que es también nuestra madre. Por eso me gustaría ver al hijo prodigo que regresa y se integra a la familia. Y por eso me gustaría ver a nuestras familias así unidas, sentándose a la mesa de la creación para este progreso por el camino de la paz.

También, me gustaría ver mucho ver sentados a la mesa aquel rico Epulón y al pobre Lázaro, porque lo que a uno le sobraba al otro le faltaba y no podía ni siquiera comer de las migajas que caían de la mesa del amo porque no se lo permitían. ¡Cuánta injusticia! Pan hay para todos, sin embrago no todos alcanzan ese pan. La creación es más que suficiente para alimentar con dignidad a todos y hay muchos que no comen. Se dice que de la población mundial uno come, otro medio come y otro no come. Pensar que con justicia, todos comeríamos y sin embargo no todos comen porque a veces el pan se desperdicia. Un año un país de primer mundo tuvo una sobreproducción de trigo y para no correr el riesgo de abaratar todas las semillas prefirió anegar en el océano toneladas de este grano, en lugar de quizá mandarlo y repartirlo con aquellos países que no tienen lo suficiente para comer. Y lo del alimento, también, lo digo de la salud, de la enseñanza, de la oportunidad de aprender, de las relaciones. Como me gustaba aquel anuncio de la televisión, cuando a un médico rural se le pregunta ¿cómo quieres un México? Y dijo: un México donde desde ahora no vuelva a morirse ninguna persona, sobretodo indigente y pobre, porque no tiene asistencia médica o una medicina que lo cure.

Todavía nuestra patria hay gente que sufre de la salud y no tiene con que atenderse médica y sanitariamente. La injusticia que priva en tantos y en tantos lugares instituciones y estructuras. La injusticia entre nosotros mismos, también, al no compartir, no de lo que nos sobra, sino de lo que nos haga falta, pero hay alguien que lo necesita más y abrir la mano y hacer lo que hizo aquel buen samaritano con el caído a la orilla del camino.

Finalmente, como me gustaría ver sentados en la misma mesa aquel Herodes y aquellos niños que asesinó, pensando que con eso quitaría la vida al Mesías, al Rey que era esperado. Muertos aquellos niños inocentes. Y me gustaría verlo sentado ahí con ellos, porque hoy en día también se siguen asesinando a muchos inocentes. Se habla hasta de cincuenta millones de abortos provocados cada año y también nuestra patria, lamentablemente.

Ojala que esa propuesta de ley que fue aprobada, aquí en el D.F., de legalizar el aborto no sea propuesta en los otros Estados, porque no queremos que se juegue un poquito a ser Dios, puesto que Dios es el único que da la vida y por lo tanto el único que puede quitarla y pedirla en el momento que nos tiene destinado. Respetar la vida del inocente, la vida de aquella criatura que no pidió se le creara en aquel acto de amor a través del poder de Dios como instrumento de sus padres y que después como personas Él mismo nos haría sus hijos por el bautismo. Asesinar una criatura en el vientre de su madre sin que siquiera pueda defenderse, porque aunque gritara sus llantos y quejidos no llegarían a nuestros oídos.

Por eso Señora y Madre nuestra, Virgencita, Morenita de Guadalupe concede esta gracia de escucharnos y pide a tu Hijo, deberás intercede fuertemente, para que todo el mundo y también nuestra patria, México, logre ese progreso auténtico donde todos tengamos oportunidades, nos amemos y respetemos como personas, como hermanos y que lo logremos todos luchando por la justicia y por la paz.

Amén.

 
 
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